Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/06/07 00:00

Damas de hierro

La labor de proteger a los dignatarios y las personalidades del país tiene un lado desconocido: cada vez más mujeres son escoltas.

Cada seis meses las mujeres escoltas deben asistir a los entrenamientos en la Escuela de Protección a Personas de la Policía donde sin importar los tacones, el pelo suelto y la ropa ceñida se le miden al polígono y a ejercicios con difíciles maniobras de reacción

"Usted con esa carita y semejante pistolón", le dijeron alguna vez a Alba Yaneth Castañeda cuando levantó la chaqueta de su vestido sastre. Era difícil adivinar que bajo su silueta femenina se ocultara un chaleco antibalas y un cinturón con un arma 9 milímetros, dos proveedores, navaja, linterna y un radio de comunicaciones. Pero desde hace 10 años esta mujer aceptó convertirse en una especie de escudo humano de importantes personalidades del país. Se ha encargado de la protección de Nohora Puyana de Pastrana, cuando era primera dama y hoy se desempeña como agente de seguridad de la familia del ministro de Defensa Juan Manuel Santos.

Ella hace parte de las 35 mujeres escoltas que protegen a dirigentes colombianos, un oficio que hasta hace poco era exclusivo de hombres. Por eso es normal que su labor pase inadvertida y que sean confundidas con asesoras o incluso familiares de su 'personaje', como llaman a quien está a su cargo.

Precisamente ese bajo perfil ha sido una de las razones por las cuales la Policía Nacional, entidad encargada de la protección de los altos funcionarios del Estado, ha aumentado en el último año el personal femenino en la seguridad. "En ese período la institución ha estado recibiendo todos los esquemas protectivos que manejaba el DAS. Y nos dimos cuenta de que se necesitaban más mujeres para que el trabajo fuera más integral y eficaz", explicó a SEMANA el coronel Henry Rubio, director encargado de Protección y Servicios Especiales de la Policía. "En muchos lugares no se imaginan que ellas sean escoltas, por lo cual tienen más fácil acceso y pueden recoger mayor información. Tan sencillo como que ellas pueden entrar a los baños y requisar a otras mujeres". Agrega además que son un elemento sorpresa pues "alguien que desee realizar un ataque no espera que una mujer sea quien le responda... porque están preparadas como cualquier hombre". Se refiere a los cursos de protección a dignatarios, que muchas han recibido del Servicio Secreto de Estados Unidos, el Departamento de Estado y los U.S. Marshall.

La igualdad en el nivel de exigencia física se hace evidente en los entrenamientos, aunque ellas estén en tacones: las mismas flexiones, perfección en puntería en el polígono; y resistencia en la prueba de claustrofobia cuando deben recorrer un estrecho túnel oscuro durante 45 minutos, encontrándose con fuego, agua y toda clase de presiones. "Nosotras tenemos que demostrar con mayor énfasis nuestras capacidades. El reto es no quedarse atrás, para ganarnos la confianza", opina la intendente Sandra Fagua, quien lleva 15 años en la institución. A ella le causaba gracia que uno de sus 'personajes', el entonces embajador de Estados Unidos William Wood, le dijera que no podía creer "que una mujer tan pequeña me esté cuidando y sea tan fuerte". Una tradición de varios miembros de su familia en la Policía sirvió para convertirla en una mujer de carácter y de apariencia imponente. Lo refleja en los ejercicios de protección que realiza con sus compañeras, en la pericia con la que saca el arma, y en la velocidad con que su mano izquierda toma a quien simula ser la persona protegida para ocultarla tras su cuerpo que se convierte en un muro infranqueable. Sin embargo tras esa rudeza prevalece el lado más sensible de Sandra, a quien le encanta proteger niños, tal vez porque gran parte de su experiencia en la Policía consistió en rescatar menores de las calles o de hogares maltratados. Como escolta, hace algún tiempo cuidó a los hijos del fiscal Mario Iguarán y ahora se encarga de la seguridad de Clara Rojas y del pequeño Emmanuel.

A sus 30 años la patrullera Lina Betancourt tiene claro que una de las ventajas de las escoltas mujeres es lograr mayor empatía con sus personajes, especialmente si se trata de adolescentes. "A la pobre le tocó aguantarme en esa etapa cuando vivía con ganas de rumbiar y trasnochar todo el tiempo", cuenta Gabriel Santos, hijo del vicepresidente de la República. "Lo bueno es que uno entra a las discotecas sin pagar 'cover'", responde ella. Se conocen hace cuatro años, cuando él tenía 14 y desde entonces "es la tercera cara que veo cuando me levanto y la que sigo viendo durante todo el día", cuenta él para explicar por qué Lina, más que su escolta es su amiga y consejera; la que le sugiere qué regalo comprarle a la novia, ser moderado con el trago, y la única que puede decirle que una 'niña' no le gusta como para que la invite a salir. Una relación similar a la que la subintendente Alba Yaneth tiene con María Antonia, la hija del ministro Juan Manuel Santos, quien escogió a su escolta como su madrina de confirmación.

"Yo tenía el prototipo del guardaespaldas gigante con gafas de las películas y por eso una mujer me parecía algo raro. Pero Lina ha probado ser más capaz que cualquiera". Para demostrarlo Gabriel cuenta con emoción que en una oportunidad en una calle cercana a la vicepresidencia, un taxi lleno y varios hombres afuera llamaron la atención de la escolta. "Yo sólo oí el grito de Lina que les ordenaba se quedaran quietos mientras les apuntaba. No sé si pudo haber pasado algo pero ella notó que uno de los tipos portaba un arma. Su trabajo fue sacarnos de ahí rápido para no ponernos en riesgo mientras llamaba a las unidades de vigilancia". Quizás es el sexto sentido que tanto pondera Francisco Santos: "Por eso la vicepresidencia es la entidad con más mujeres en los esquemas de protección. Ellas son muy perceptivas y tienen una mirada distinta que las convierten en el complemento perfecto. Además es más fácil confiarles a los niños porque hasta hacen de mamá".

Pero al dedicar la vida a proteger a una familia como si fuera la propia corren el riesgo de sacrificar el cuidado de quienes los esperan en su casa. La intendente Claribel Rubio empezó a trabajar como escolta en los años 80 cuando estaba encargada de la seguridad de una fiscal amenazada. En su hoja de vida figuran el fiscal Alfonso Gómez Méndez, Ana Milena, Simón y María Paz Gaviria, la embajadora Anne Patterson, Gustavo Bell, María Emma Mejía, Horacio Serpa y su familia, y Álvaro Uribe cuando era candidato. Hoy, cerca de su retiro, recuerda las peripecias que le tocaba hacer para alcanzar a los hijos de Serpa que disfrutaban escapándosele en el baúl de los carros de sus amigos. O el desplante que le hicieron en una campaña donde no la recibieron como escolta por ser mujer. "Mi mayor satisfacción es cuando me doy cuenta de que gracias a mi labor una persona puede sentirse tranquila. Aun así es un trabajo que muchos no ven, a menos que algo malo suceda". En más de dos décadas de servicio, lo más duro ha sido afrontar los reclamos de sus tres hijas, quienes han sufrido con su ausencia y con el constante miedo de perderla. Incluso llegó a pensar que ellas crecerían solas cuando durante la toma de Miraflores de 1998 el helicóptero en el que viajaba fue impactado, un episodio en el que perdieron la vida y fueron secuestrados muchos de sus compañeros.

"Es cierto que para uno es difícil tener pareja y la vida personal se vuelve inestable, pero nuestra labor no es cualquier cosa, estamos hablando de proteger vidas, por eso a veces uno, y más de mujer, se vuelve sobreprotector", reconoce la capitana María Hoyos, encargada de la seguridad de los magistrados del Consejo Superior de la Judicatura donde 22 hombres siguen sus instrucciones. Admite que no hay noche en que no se acueste pensando en las falencias que pueda haber en los esquemas de seguridad para poder mejorarlos. "Este es un trabajo preventivo. Sacar el arma es la última opción".

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