Martes, 24 de enero de 2017

| 2003/10/27 00:00

De armas tomar

Dos colombianas son las primeras mujeres en el mundo en medírsele a trabajos tan arriesgados como desactivar bombas y pilotear un helicóptero artillado.

El 22 de octubre pasado Sandra Games se levantó a las 5 de la mañana. Se bañó, se puso su uniforme, se maquilló y se alistó para salir . Nunca lleva trabajo a la casa pero ese día el trabajo le llegó hasta ella. Minutos después, mientras desayunaba, sintió un sacudón. En el barrio Restrepo, en el sur de Bogotá, a unas cuadras de allí acababa de estallar un carro bomba con 30 kilos de explosivos. Sandra no dudó en salir corriendo a mirar qué había pasado. Fue casi la primera en llegar al sitio en donde aún estaban humeantes los hierros retorcidos del carro. Sandra no llegó allí por curiosidad sino porque su oficio es precisamente el de técnica antiexplosivos. Es la única mujer en el mundo que desempeña esa peligrosa labor.

El día en que estalló el carro bomba la subintendente Games estaba cumpliendo 10 años en la Policía Nacional, pero no tuvo tiempo para celebraciones. Después de asegurar la zona, recoger pruebas, hacer análisis y entregar a sus superiores un informe sobre el hecho, Sandra se fue a su oficina, pensando que ya había pasado lo peor. Se equivocaba. Entre las 9 de la mañana y las 3 de la tarde ella y sus compañeros atendieron más de 20 denuncias de bombas en toda la ciudad. Por suerte ninguna resultó cierta. A las 3:30 de la tarde la llamaron para atender un caso en Fontibón. Cuando llegó la vivienda estaba rodeada de policías. Ninguno había intentado entrar.

Los de antiexplosivos siempre son los primeros en ingresar cuando se presentan estas situaciones. Y así fue. La subintendente y dos de sus compañeros entraron y comenzaron a buscar explosivos. Tras cavar huecos en el patio trasero encontraron lo que buscaban: 375 barras - 100 kilos- del explosivo Indugel. De haber explotado habrían borrado un conjunto residencial. "Cuando se logra evitar que los delincuentes cometan un acto terrorista es la parte más reconfortante de este trabajo", afirma Sandra, quien ese miércoles sólo regresó a su casa a las 10 de la noche.

Al contrario de lo que parecería, la subintendente Games es sencilla y amable. Afirma que ser la única mujer en el mundo que se le mide a este trabajo no le importa, pues su mayor felicidad es haber cumplido, a mediados de este año, la meta que se trazó hace casi una década. "Desde la época de las bombas de Pablo Escobar yo quería entrar a antiexplosivos, dijo Games a SEMANA. Me parecía que la mejor forma de ayudar era desactivando las bombas que tanto daño estaban haciendo".

Le tomó mucho tiempo desde que abandonó su natal Anapoima para incorporarse a la institución. Durante los tres primeros años trabajó en casi todas las especialidades en la Policía de Cundinamarca, desde policía de menores hasta vigilancia. De allí salió para Bogotá, en donde hizo parte de las siete primeras mujeres policías de tránsito de la capital. Por seis años patrulló en su moto toda la ciudad. "Siempre estuve pendiente de las convocatorias para hacer el curso de antiexplosivos, pero siempre pasaba algo, afirma Games. O me enteraba tarde o cuando llegaba ya no podía inscribirme. Muchos de mis compañeros me decían que estaba mal de la cabeza por querer entrar a antiexplosivos".

A comienzos de junio Sandra consiguió presentarse. Recuerda que un coronel empezó a llamar a la gente para que escogieran los grupos a los que querían entrar. "Cuando dijo que quiénes estaban interesados en antiexplosivos fui la única mujer que se quedó en la fila. El coronel se me acercó y me preguntó si estaba segura. Cuando respondí que sí, me felicitó y confesó que había dos trabajos que nunca haría en la vida: domador de leones y técnico antiexplosivos", dice.

Sandra fue sometida a pruebas sicológicas y técnicas. Pero le faltaba pasar una en la que muchos quedaban eliminados: la llamada prueba de confianza. Esta consiste en examinar la reacción del aspirante frente a una detonación. Vestida con el traje antiexplosivos el aspirante debe pararse a un metro de distancia de una barra de Indugel, la cual es detonada. Muchos no aceptan la prueba y prefieren desertar; otros son descartados porque quedan en shock. "No me dio miedo. Fue una sensación extraña pero era casi que agradable", recuerda la subintendente.

En los cuatro meses que lleva en el equipo Sandra afirma que ya ha perdido la cuenta del número de casos que ha atendido. Dice que cada uno es diferente. "Más que miedo lo que uno debe sentir frente a una bomba es respeto", afirma. A sus dos pequeños hijos los tiene viviendo con sus abuelos fuera de la ciudad. "En caso de que pase algo sé que no pueden quedar en mejores manos". Sandra prefiere que ellos no estén enterados del trabajo que hace porque no quiere que se preocupen. Hace varios días que no los ve. La posibilidad de una oleada terrorista no le ha dejado tiempo.

La subintendente no es la única colombiana que desempeña un trabajo altamente peligroso en la guerra. Hay otra mujer, que se llama Janeth García, y es comandante de un helicóptero de combate.

Volando alto

En el mundo sólo cinco mujeres tienen este oficio: tres estadounidenses, una israelí y Janeth García, una capitana de la Policía Nacional que, aparte de ser la quinta en el mundo, es la primera mujer en Latinoamérica en pilotear un helicóptero de ataque. "En Colombia los pilotos de helicóptero siempre están en las zonas de guerra. Están al frente y siempre están en combate", afirma la capitana García para explicar parte de las razones que la motivaron para escoger una de las profesiones más arriesgadas del planeta.

Janeth es hija de un suboficial del Ejército que cayó en 1985 durante una emboscada del

M-19. Es la mayor de cuatro hermanas y cuando terminó la secundaria se presentó a una universidad para estudiar sicología. Aunque se le olvidó por qué quería estudiar esa carrera, recuerda como si acabara de pasar el día y la hora en que ingresó a la Escuela de Cadetes de la Policía. "Fue a las 7 de la mañana de 1993". Después de graduarse de subteniente trabajó en labores de vigilancia en Atlántico y en Bogotá. En esa labor fue madurando la idea de volverse piloto de la Policía. "Tenía muy claro que no quería ser piloto de avión sino de helicóptero", afirma.

Ingresar a una especialidad, como la aviación, tradicionalmente un "ambiente sólo para hombres", no era tarea fácil. Y mucho menos tratar de entrar a formar parte de la élite: la de los pilotos de helicóptero. "Cuando me presenté acababa de ascender a capitana y en ese momento sólo había cinco o seis mujeres piloto de aviones en la Policía, pero yo no quería eso", recuerda. Cuando dijo que lo que ella quería volar era helicópteros algunos se burlaron y otros la miraron con escepticismo. En la Policía hay cerca de 100 pilotos de helicóptero, todos hombres, y pocos vieron con buenos ojos que la capitana entrara a ese grupo. Pero

ella superó con creces las pruebas y en 2001 comenzó los cursos de entrenamiento.

Durante dos años fue copiloto de helicópteros UH-1H y Bell 212. Estas naves escoltan a los aviones de fumigación de los cultivos de coca y amapola. Su labor es repeler los ataques de guerrilleros y paramilitares. En esas misiones siempre algún avión o helicóptero termina impactado con balas de fusil. La capitana García tiene muy presente dónde y cuándo fue la primera vez que le dieron a su aeronave: "Fue durante unas fumigaciones cerca de San José del Guaviare en 2001".

Su excelente desempeño como copiloto y el reconocimiento de sus compañeros y superiores le sirvieron para subir un escalón. Y desde hace cerca de dos meses es la piloto de un Hughes-500. Este aparato es uno de los más rápidos y maniobrables del mundo, cualidades que lo hacen estar en la primera línea de combate durante un enfrentamiento. Desde la cabina la capitana García no sólo lo controla sino que además ella es la que opera la poderosa ametralladora Mini Gun, que dispara 2.000 balas calibre 7.62 por minuto. "Aunque siempre existe la posibilidad de que impacten y derriben el helicóptero o una bala nos hiera, cuando hay un ataque uno no siente miedo. Sólo piensa en sus compañeros y en cómo defenderlos", dijo la capitana. Sus profundos ojos verdes de mirada dulce revelan el valor de esta mujer. Dice, como si nada, que hace mucho tiempo perdió la cuenta del número de ataques que ha vivido. Sólo se acuerda que el último fue hace dos semanas en las montañas del Catatumbo.

Mientras espera que terminen de revisar su helicóptero para salir a una nueva misión afirma que el próximo peldaño de su escalera de sueños como piloto es llegar a comandar un Black Hawk. Y seguramente allá llegará pronto.

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