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| 1/12/1987 12:00:00 AM

DE CALI CON TERROR

Las amenazas hechas al coronel Ramos Rodríguez en la capital del Valle, vinieron a cumplirse en Bogotá

Si en las obras de García Márquez los coroneles no tienen quien les escriba, en la realidad del país sí tienen quien lo haga, sólo que se trata casi siempre de corresponsales anónimos y el tema de sus cartas es uno solo: amenazas de muerte. Pero si las amenazas por escrito o por teléfono pudieran hacer parte de una narración de suspenso, las cosas han llegado a ponerse en el terreno de la novela de terror. Los anónimos dirigidos contra los coroneles sí cumplen.
Hace escasamente cuatro semanas fue asesinado cuando regresaba a Bogotá de "pasar el puente", el coronel Jaime Ramírez Gómez, ex jefe de narcóticos del DAS, presuntamente víctima de la venganza de los narcotraficantes. Y el pasado 10 de diciembre, a pocos metros de su residencia, fue abaleado el coronel José Agustín Ramos Rodríguez, nuevo comandante operativo de la Policía de Bogotá, al parecer asesinado por un grupo subversivo. Aunque los asesinos de ambos coroneles probablemente son de diferentes características, si existe un denominador común en las muertes de los dos. Cada uno, desde su especialidad, se había caracterizado por ser inflexible en la lucha contra la delincuencia. "Ambos han sido víctimas del crimen organizado --dijo a SEMANA un oficial de la Policía. Es que la guerrilla es también una organización de criminales como lo es la mafia", comentó.
En el caso del coronel Ramos Rodríguez, el asesinato prácticamente tiene nombre propio: la Coordinadora Nacional Guerrillera y en particular uno de sus grupos: El M-19. Desde cuando ocupaba el cargo de segundo comandante de la Policía Metropolitana de Cali, el coronel Ramos había recibido un buen número de amenazas por parte de las redes urbanas de ese movimiento, por cuanto, según ellas, había desempeñado un papel determinante en la muerte de numerosos cuadros de la organización subversiva. Incluso se le llegó a atribuir la responsabilidad en el caso del atentado con granada contra el dirigente del M-19, Antonio Navarro Wolf, cuando, todavía en tiempos de la tregua, desayunaba en una cafetería.
Sin embargo, en Cali no se atribuían a Ramos solamente las acciones contra grupos subversivos, en tregua o fuera de ella, sino que se lo asociaba también con las famosas "limpiezas" de los sábados, en que pistoleros inidentificados asesinaban indiscriminadamente a bazuqueros, prostitutas, travestis y mendigos. Las acusaciones llegaron a tal punto que la Procuraduría General de la Nación, en sus investigaciones sobre los "escuadrones de la muerte", vinculó con estos al coronel y a algunos de sus hombres. El entonces procurador Carlos Jiménez Gómez publicó en mayo pasado un informe pidiendo explicaciones con nombre propio al segundo comandante metropolitano.
Este empezó entonces a ser víctima de insistentes amenazas, y después de obtener su traslado a Bogotá, pasó a ocupar el Comando de la Décima Tercera Estación de Policía en esta ciudad. Sus actividades parecieron concentrarse ex profeso en el terreno cívico, más que en el del orden público. Esto le hizo merecedor de una imagen de "policía cívico" totalmente diferente de la que se había ganado en Cali. Como comandante de estación, sin embargo, tuvo también que participar en más de una ocasión en acciones de orden público.
La buena imagen lograda le fue haciendo cobrar confianza y poco a poco bajó la guardia con respecto a las amenazas recibidas. Le pedía a su chofer que lo esperara a cien metros de su casa, y hacía el trayecto a pie, sin protección y dándose el lujo de detenerse en las fruterías de la cuadra. Exceso de tranquilidad que sería finalmente el causante de su muerte el miércoles pasado, cuando un hombre y una mujer lo acribillaron a tiros en la Avenida Caracas con calle 44.
El asesinato del coronel Ramos pone nuevamente sobre el tapete la discusión sobre la responsabilidad de los denunciantes en un país donde cada día cobra mayor fuerza la aplicación de la "justicia privada", al tiempo que el aparato judicial institucional va perdiendo no solamente recursos sino crédito ante la opinión. Efectivamente, ya han aparecido las primeras acusaciones contra el ex procurador Jiménez Gómez por haberse atrevido a señalar al coronel Ramos como uno de los responsables de las mantanzas en serie que se realizaban en Cali cuando él era segundo comandante. De acuerdo con esta interpretación, quien denuncie algo está "colgándole la lápida al cuello" al acusado. Pero el argumento no para ahí, pues también sería válido para quien acusa al acusador. Culpar al ex procurador Jiménez Gómez de la muerte del coronel Ramos sería entonces colocarlo en la mira de los "escuadrones de la muerte". Y así indefinidamente.--
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