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| 10/7/1996 12:00:00 AM

DE LA CALLE AL ASFALTO

¿Qué posibilidades tiene Humberto de la Calle de ser elegido Presidente en 1998?

A Humberto de la Calle no le había ido muy bien últimamente. Desde que el ministro del interior Horacio Serpa le puso el mote de 'ni chicha ni limoná' una cosa quedó clara: Ernesto Samper no permitiría por ninguna circunstancia que su vicepresidente asumiera el poder en la eventualidad de una renuncia. Peor aún, Samper no estaba dando muchas señas de que estuviera pensando en irse. Sin renuncia presidencial a la vista y con un enfrentamiento público entre él y Samper, la permanencia de De la Calle en el cargo no tenía mucho sentido. Los días estaban contados. Su meta seguía siendo llegar a ser Presidente de la República. Cerrada la puerta de la sucesión presidencial por renuncia del primer mandatario sólo le quedaba un camino: buscar la elección por voto popular en 1998. Con el ojo puesto en el Palacio de Nariño para ese año, la semana pasada Humberto de la Calle se lanzó al agua.
En el lanzamiento le fue regular. Más que un estilizado clavado de cabeza fue un barrigazo. Después de su renuncia a La embajada en España solicitó una controvertida licencia no remunerada a su cargo de vicepresidente para estudiar su opciones. Para ello se trasladó a Miami a una cumbre con sus principales asesores. De esta salió una carta dirigida a Samper en la que hacía un diagnóstico descarnado de la situación nacional. Cometió, sin embargo, un error estratégico. En lugar de renunciar categóricamente como consecuencia de este diagnóstico se limitó a decir que estaba "en plena disposiciòn" de hacerlo "si ello contribuye a abrir el camino de la reconstrucción de nuestra patria y facilitarle a usted la decisión que le corresponde tomar". En otras palabras: señor Presidente yo me voy si usted se va. Ahí estuvo el error. El hombre que había sido acusado de no ser 'ni chicha ni limoná' estaba confirmando esa acusación. Horacio Serpa, ni corto ni perezoso aprovechó los noticieros de televisión de esa misma noche para reiterar la acusación. Alternando rancheras con refranes logró desviar el tema del contenido de la carta al de la indecisión del vicepresidente. El mejor apunte de su arremetida en la pantalla chica fue cuando lo comparó con la copla santandereana: "Esto dijo el armadillo trepando en un palo de coco: ni me subo ni me bajo ni me quedo aquí tampoco".

El Presidente, por su parte, contestó inmediatamente la solicitud de renuncia de De la Calle en los siguientes términos: "El problema, señor vicepresidente, no se resuelve con que los dos abandonemos las responsabilidades del Estado dejando el país a la deriva. El problema depende de una sola decisión que está en sus manos y sólo en sus manos. O usted se queda o se sale del gobierno". El contenido de la carta de Ernesto Samper no sólo era injusto sino absurdo. El vicepresidente sin duda alguna era incómodo para el gobierno pero difícilmente se le podría atribuir responsabilidad alguna por lo que está sucediendo en Colombia. Por el contrario, el contenido de la carta de De la Calle era no sólo legítimo sino importante. El vicepresidente dijo muchas verdades sobre la crisis política, económica y de orden público. A pesar de que muchos le criticaron la tardanza en hacer estos planteamientos y el tono destemplado de la carta, ésta hacía eco de lo que muchos colombianos están sintiendo. Aún así, el mano a mano político de ese día lo ganó el gobierno. Con la carta de Samper y las declaraciones de Serpa la impresión que quedó no fue la del desprendimiento de la renuncia del vicepresidente sino el sabor de que lo habían sacado a sombrerazos.
Samper había ganado una batalla pero no necesariamente la guerra. El espectáculo de que su propio vicepresidente se sumara al coro de personas que le han pedido su renuncia no podía dejar de ser grave. Sobre todo en el ámbito internacional donde, a diferencia del país, todavía son noticia las cosas graves. Después de que su propio gerente de campaña, Fernando Botero, y su tesorero, Santiago Medina, habían puesto en duda la legitimidad de su elección, ahora lo hacía su compañero de fórmula. Ni más ni menos que la persona que había llegado al poder con él.
A De la Calle le pasaba exactamente lo contrario. Había perdido una batalla pero no necesariamente la guerra. Su carta a Ernesto Samper no tenía por propósito obtener la renuncia del Presidente sino lanzar su candidatura presidencial. Y no obstante los errores tácticos cumplió con su objetivo. Al cierre de esta edición se anticipaba la renuncia de De la Calle para comienzos de esta semana. El primer vicepresidente de la historia contemporánea de Colombia había tomado la decisión de regresar al asfalto con tal de recuperar su independencia crítica. A partir de ahora tendrá que ser o 'chicha o limoná'. Pero ya nadie lo podrá acusar de no ser ni lo uno ni lo otro. Regresar al asfalto tiene un costo muy alto. Significa librar la batalla como un colombiano más sin las gabelas del cargo.
Significa también tener que escoger entre dos formas de hacer política: la tradicional que se hace sobre los hombros de la maquinaria o la de la búsqueda del voto de opinión sin engranaje de ninguna clase.

CAMINO DIFICIL

Humberto de la Calle escogió esta última. Al fin y al cabo su corta trayectoria política ha sido consolidada desde esta orilla. En la consulta popular de 1994 para la selección del candidato liberal había sido el jefe del antisamperismo. Esta postura le dio tan buenos dividendos que Samper tuvo que unir fuerzas con él para derrotar a Andrés Pastrana. Su electorado, por lo tanto, había estado compuesto por los enemigos de Samper. Con la decisión de renunciar estaba simplemente volviendo a casa. Posicionarse como el enemigo de Ernesto Samper tiene muchas ventajas y muchas desventajas. Por esto pocos se atreven a hacer pronósticos definitivos sobre el futuro de la candidatura de Humberto de la Calle. El consenso es que no convence del todo, pero por ahora ninguno de las de sus rivales convence más. La clase empresarial le tiene pánico a Serpa. Noemí asusta a los machistas. Andrés Pastrana no ha sido perdonado. Juan Manuel Santos es el candidato del establecimiento pero no de las masas. Y Carlos Lleras tiene más imagen que votos. Humberto de la Calle no asusta a nadie y entusiasma a pocos. Pero en encuestas es el único liberal, fuera de Serpa, que por ahora es viable. El Partido Liberal va a dividirse para tratar de atajar a Serpa y la reelección del samperismo y ese es el espacio político que quiere llenar Humberto de la Calle. Estar por fuera del samperismo significa enfrentarse a la aplanadora de la maquinaria liberal, que hasta ahora parece ser la única fuerza política que ha salido fortalecida del proceso 8.000.
Humberto de la Calle es, hoy por hoy, un aspirante a la Presidencia sin fuerza parlamentaria. Y lo que es peor: puede que el Congreso esté en su contra. Su grito de guerra pidiéndole la renuncia a Ernesto Samper fue recibida en el Capitolio como un baldado de agua fría. En ese recinto reina un espíritu de cuerpo donde esas cosas no se toleran. Para Julio César Guerra Tulena, Tito Rueda, Bernardo Guerra, José Name Terán y toda la bancada serpista Humberto de la Calle es un hombre políticamente muerto. De la Calle era consciente de lo que se le venía encima. Sabía que su carta tendría que caerle bien a los que tenía que caerle bien y mal a los que él quería que le cayera mal. Si renunció a la vicepresidencia es porque cree que la situación del país no da para aguas tibias. Y también porque cree que en la próxima elección el factor determinante va a ser más el voto de opinión que el voto de maquinaria. Así como reconoce la fuerza que en la actualidad tiene Horacio Serpa desea posicionarse como el antiSerpa. Por este honor compiten en la actualidad Noemí Sanín, Carlos Lleras, Juan Manuel Santos y Andrés Pastrana. De la Calle, sin embargo, les lleva una ventaja. Desde hace dos meses no ha parado de ser el blanco de críticas del Ministro del Interior. Luis Guillermo Giraldo, el delacallista más importante del Congreso, ha bautizado a Serpa como el "contestador automático del vicepresidente". La esperanza de Giraldo y de los otros estrategas de la campaña, como Arturo Sarabia, Alberto Calderón y Jorge Mario Eastman Jr. es que tiene que ser muy rentable políticamente ser percibido como la obsesión de Horacio Serpa.
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