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| 12/10/2011 12:00:00 AM

De maoístas a capos

Los hermanos Úsuga, que vienen de la guerrilla del EPL, hoy están al frente de un grupo posparamilitar que, a sangre y fuego, se viene consolidando como uno de los grandes poderes del narcotráfico en Colombia.

En los próximos meses, colombianos van a oír hablar cada vez más de dos nombres, los cuales, si bien para muchos son desconocidos, hoy por hoy se están convirtiendo en una de las grandes amenazas del crimen organizado. Se trata de los hermanos Dairo y Juan de Dios Úsuga, jefes de Los Urabeños. Junto a ellos está Mi Sangre, Henry de Jesús López, un curtido narco que se convirtió en su socio para conformar el grupo que en la actualidad empieza a dominar el mapa criminal del país:

Los Urabeños

Si bien el nombre de este grupo es de triste celebridad entre los habitantes de Urabá, para el resto del país no ha pasado de ser uno más de los tantos apelativos de las llamadas bandas criminales o bacrim que surgieron tras la desmovilización paramilitar de 2003-2006. Sin embargo, mientras la atención pública y la persecución de las autoridades se enfocaban en otros grupos más notorios, como Los Rastrojos, Las Águilas Negras o Los Paisas, Los Urabeños, al amparo de su relativo bajo perfil, emprendieron una silenciosa expansión.

Los primeros campanazos públicos de alerta sonaron a fines del año pasado cuando unieron fuerzas con Maximiliano Bonilla, alias Valenciano, para combatir a Eric Vargas, alias Sebastián, por el control de Medellín, zonas aledañas y un corredor clave hacia Urabá. Valenciano fue capturado hace dos semanas en Venezuela, donde estaba escondido, en una operación de la Policía colombiana y autoridades de ese país, con lo cual, probablemente, esta 'guerra' en Medellín solo va a agudizarse.

"Hay denuncias de que está llegando mucha gente de Urabá al sector de Belencito Corazón y están vinculando jóvenes, a quienes les ofrecen 50.000 a 100.000 pesos semanales. Tras los golpes propinados por la Policía a las bandas de La Cañada y La Sierra, en la comuna 8, el espacio está siendo copado por hombres de Urabá, cuyo dominio ya se está extendiendo hasta la parte baja de Caicedo", afirmó a SEMANA un investigador de la Unidad Permanente para los Derechos Humanos (UPDH) de la Personería de Medellín. Reportes de inteligencia conocidos por SEMANA afirman que sectores de la comuna 13, como la parte alta de Belén, Rincón, Altavista y Aguas Frías, que estaban en manos de los hombres de Valenciano, habrían quedado controlados por gente de Mi Sangre, aliado de los jefes de Los Urabeños. Igual situación ocurre en el suroriente, en La Sierra, donde el combo La Agonía ya está bajo las órdenes de los nuevos 'patrones'.

Con la captura de Valenciano y el anuncio de su extradición a Estados Unidos directamente desde Venezuela, Los Urabeños pasan a primera línea en la lucha por el control de Medellín (ver artículo en Semana. com). Algo similar ya ha ocurrido en Urabá, donde Mi Sangre y los hermanos Úsuga controlan desde el narcotráfico hasta las extorsiones y asesinatos, y en Córdoba, donde están ferozmente enfrentados con una alianza entre Los Rastrojos y Los Paisas, que la gente allí llama "Rastropaisas". Pero no son las únicas zonas en donde esto se presenta. En Meta, Valle y el Eje Cafetero, las autoridades tienen evidencia de su creciente influencia.

A finales del año pasado, Los Urabeños se apoderaron de una de las principales estructuras sicariales del Valle y la zona cafetera, conocida como La Cordillera. Esta oficina de cobros y asesinatos fue creada por el jefe del Bloque Central Bolívar de las autodefensas, Carlos Mario Jiménez, alias Macaco. En el río revuelto de luchas internas que se desató tras su extradición, Los Urabeños lograron reclutar a una parte significativa de los integrantes de La Cordillera y aniquilaron a los que no se les plegaron. Ahora han emprendido una ofensiva contra Los Rastrojos, heredera del cartel del norte del Valle. De allí, alegan las autoridades, el aumento en las estadísticas de homicidios de hasta 500 por ciento en algunos municipios, y la escalada de violencia en lugares del norte del Valle como La Victoria, Obando y El Águila, entre otros. La reciente captura de un sobrino de Diego Montoya en Pereira reveló que su organización, conocida como Los Machos, vieja rival de Los Rastrojos, está aliada con Los Urabeños, en una pelea a muerte contra los hermanos Calle Serna, o Los Comba, que comandan Los Rastrojos. En esta guerra se han visto prácticas sangrientas que se habían olvidado en la región, como devolver cuerpos picados a sus dolientes o desaparecer personas cercanas a una organización.

¿Quiénes son?

La historia de los hermanos Dairo y Juan de Dios Úsuga se remonta a finales de los años ochenta, cuando ambos militaban en el maoísta EPL, el primero en el frente Elkin González, en el oriente de Antioquia, y el otro en el Luis Carlos Galán, en Urabá. Tras la desmovilización de esa guerrilla en 1991, los dos ingresaron a las nacientes autodefensas de Córdoba y Urabá. Con la expansión paramilitar de finales de los años noventa, Dairo fue enviado desde Urabá hacia el Meta para reforzar y consolidar la creación del Bloque Centauros, comandado por Miguel Arroyave. Allí conoció a Daniel Rendón, alias Don Mario, quien era uno de los hombres más importantes de ese bloque en los Llanos Orientales.

También se encontró con un desconocido al que Arroyave le tenía mucha confianza: Henry de Jesús López, alias Mi Sangre. Oriundo del populoso barrio Boston en Medellín, este hombre comenzó como parte de una oficina de cobro que actuaba en el barrio Los Colores. Su 'eficiencia' lo llevó a realizar trabajos para la Oficina de Envigado y a conocer a importantes jefes paramilitares de Córdoba y el Bajo Cauca antioqueño, en especial a Vicente Castaño. Este lo envió al Meta a ayudar a la expansión del Bloque Centauros. Allí montó una oficina de cobro y se ganó la confianza de Arroyave, quien le pidió, junto con Diego Ruiz Arroyave, alias el Primo, crear el Bloque Capital, en Bogotá. En 2001, Mi Sangre instaló oficinas de cobro en los Sanandresitos y empezó a controlar todas las actividades de narcotráfico en la capital.

En septiembre de 2004, Arroyave fue asesinado y su organización cambió de manos. Don Mario y Dairo Úsuga regresaron a Urabá. Mi Sangre se desmovilizó como combatiente raso del Bloque Centauros, en septiembre de 2005, pero siguió manejando su oficina de cobros en Bogotá. Su nombre apareció por primera vez en 2007 cuando SEMANA reveló conversaciones que lo involucraban con al entonces senador Ciro Ramírez. Durante ese año, Mi Sangre intentó expandirse hacia Medellín y ordenó el asesinato de un miembro de la Oficina de Envigado, controlada por Don Berna, quien estaba desmovilizado. Eso le trajo serios problemas: "Yo tuve que esconderlo en mi finca en Ralito y con la ayuda de Macaco y Julián Bolívar impedimos que Berna y Rogelio mataran a Mi Sangre", declaró a la Corte Suprema de Justicia a mediados del año pasado Juan Carlos Sierra, alias el Tuso. Tras salvarse de ser asesinado, se refugió en Argentina. Hace casi dos años, luego de la extradición de Berna, entre otros poderosos enemigos que tenía en Antioquia, regresó a Colombia a buscar a sus antiguos aliados: los hermanos Úsuga.

Estos, tras la captura de Don Mario en abril de 2009, quedaron al frente de Los Urabeños. Desde entonces los Úsuga y Mi Sangre, con la experiencia combinada de la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico, iniciaron una incontenible expansión. La estrategia de estos dos hermanos que pasaron del maoísmo al narcotráfico y de su aliado ha sido tan simple como efectiva: absorber rivales de otras bandas y aniquilar a los que se les oponen, arrancando desde Urabá hacia el centro del país, zona que hoy ya tienen controlada. Tanto han logrado avanzar en el turbio mundo de los grupos posparamilitares que no pocos, entre las autoridades y en el mundo del crimen organizado, consideran a estos tres hombres como los capos del momento. Y aún darán, probablemente, mucho de qué hablar.
 
¿Y ahora qué?
 
Tras la captura y extradición de Maximiliano Bonilla, alias Valenciano, un nuevo grupo entra de lleno en la escena criminal en Medellín.
 
En Medellín no van a cambiar mucho las cosas después de la captura de Maximiliano Bonilla, alias Valenciano. Si bien él es un capo que ya jugaba en las grandes ligas del narcotráfico, la importancia que alguna vez tuvo en el Valle de Aburrá quedó reducida.
 
Hasta hace apenas un par de años él se perfilaba como posible gran jefe de la criminalidad en Medellín. Pero dentro de la misma oficina de Envigado surgió a finales de 2008 una disidencia con nombre propio: Erick Vargas, alias Sebastián. En el comienzo de la confrontación, Valenciano y sus hombres lograron poner en apuros más de una vez a los combos de Sebastián. Desde ese momento se inició una reconfiguración de las fuerzas. Se le dice reconfiguración porque no es que un actor llegue a desplazar a otro, sino que entre los grupos que hay se inicia una puja por el poder.
 
Siempre se supo que Valenciano tenía un músculo financiero más fuerte, con dinero de sobra para comprar a miembros de la fuerza pública. Contaba con mejores armas, de largo alcance, como fusiles, ametralladoras, y se especializó en crear grupos pequeños, de 30 personas en promedio, con hombres expertos en el oficio de matar.
 
Quienes vivían en el mundo criminal y no cabían en esa lógica, terminaron por refugiarse bajo la franquicia de Sebastián. Siempre se supo que este tenía menos dinero, armas menos sofisticadas, pero más hombres y con mayor “conciencia del trabajo social”. Es como si hubieran heredado un aprendizaje de las milicias en ese sentido. En las comunas, los hombres de Sebastián solían presentarse como ‘reguladores’, o sea, como hombres del orden que mediaban en los conflictos y eso los ha legitimado mucho, particularmente en las comunas nororientales (1, 2, 3 y 4) y noroccidentales (5 y 6).
 
La percepción que se tenía en 2008 era que Valenciano sería el nuevo gran capo de la ciudad. Además, se pensaba, tenía la bendición de un amplio sector de la fuerza pública. Pero lo que hacían sus hombres empezó a incomodar y a deteriorar sobremanera la imagen de la seguridad en Medellín.
 
El punto de quiebre fue la masacre de Envigado de julio de 2010. En esa acción, en la que murieron ocho personas, se le atribuye a Valenciano en su guerra contra Sebastián. El impactante hecho coincidió en que días después Valenciano empezó a perder terreno en varias comunas donde llevaba ventaja. En puntuales episodios se pudo evidenciar cómo sus hombres o se sometieron a Sebastián, o tuvieron que huir. Entonces en el bajo mundo empezó creerse que en Medellín era necesario que existiera solo un capo. Dos son demasiado. En este contexto, el que representaba el ‘mal menor’ era Sebastián, por su relación con la gente. Así se inició algo que nadie reconoce, pero que es muy notorio: todos contra Valenciano. De hecho, mientras este ya acumulaba varias órdenes de captura, Sebastián apenas tuvo la primera este año. Valenciano pasó a las grandes ligas del narcotráfico y en esa confrontación se dio la alianza de Sebastián con Los Rastrojos y de Valenciano con Los Urabeños. En ese contexto, los hombres de Valenciano lograron quedarse con presencia en la parte alta de las comunas 5, 8, 13 y 16. Son sectores estratégicos.
 
En la comuna 5 los hombres de Valenciano, agrupados en el combo Los Mondongueros, lograron sobrevivir. Su radio era el límite de las comunas 5 y 6. Estaban en toda la mitad de esas dos comunas rodeados por casi 20 combos de Sebastián. Eran hombres fuertes. Supuestamente, Los Mondongueros se sometieron a Sebastián hace poco. Esta zona conecta a Medellín con Bello por el occidente.
 
En la comuna 8, en el sector La Sierra, que queda en la parte alta, aún hay control de hombres que trabajaban para Valenciano. En un mapa, se puede ver que esa parte del oriente de Medellín es como una cresta que toma un pedazo de la comuna 9. Tomar el control de esa herradura da un punto de vigilancia estratégico para esa zona, que además colinda con el corregimiento de Santa Elena y, de paso, con el oriente antioqueño. A La Sierra llegaron hombres de Los Urabeños a reforzar a los hombres de Valenciano. Este es el extremo oriental de Medellín. Realmente llegó gente nueva que no se había visto antes. Por su color de piel negra, les llaman ‘chulapos’.
 
Pero la zona más importante de Medellín es el occidente, donde está la vía que conduce hacia Urabá. En ese sector están las comunas 13, la 16 y los corregimientos de San Cristóbal, Altavista, Palmitas y San Antonio de Prado. Buena parte de la zona rural de Medellín está en ese sector. Los enfrentamientos más duros que se han dado este año han sido allí. La zona fue crucial para la llegada de Los Urabeños. Ellos llegaron a Medellín por San Cristóbal y se metieron a San Javier la Loma (parte alta de la comuna 13) para luego extenderse por el resto de la zona. Valenciano, tras su debacle, quedó con un combo fuerte en la comuna 13 que se llama La Agonía. Este grupo fue algo así como el receptor de los hombres que les iban expulsando de otras zonas, básicamente, del sector nororiental (comunas 1, 2, 3 y 4, donde Sebastián tiene un importante control a tal punto, que la comuna 1, de histórica violencia, registró una notoria disminución en los homicidios. En el primer semestre de este año registró apenas 12 –los mismos que El Poblado–. En la alianza de Valenciano con Los Urabeños, La Agonía puede desempeñar un papel especial en la cesión del control.
 
La comuna 16 se conoce con el nombre de Belén. Algunas zonas de Belén adoptan su nombre con un apellido. Por ejemplo, Belén Altavista, Belén Las Mercedes, Belén los Alpes, en fin. En estos sectores puntualmente empezó a hablarse de presencia de los Gaitanistas desde hace más o menos dos años. Hoy se sabe que son los mismos Urabeños. Este sector es importante porque une, por la zona rural, el noroccidente de Medellín (San Cristóbal), el occidente (comuna 13) y el sur del valle de Aburrá (Itagüí y Envigado). Además abre el camino entre la zona rural de Medellín con la urbana por ese costado occidental.
 
No hay duda de que Los Urabeños están usando la estructura que dejó Valenciano desde cuando se lanzó a jugar a las grandes ligas del narcotráfico. El propio director de la Policía, general Óscar Naranjo, confirmó hace poco que ellos están en esos sectores.
 
Todo parecería indicar que Los Urabeños vienen avanzando a paso firme para encerrar a la oficina y quedarse con las zonas rurales. Es claro que su interés, especialmente, radica en controlar todas las rutas de salida de drogas y armas, sobre todo hacia Urabá, lo que obedecería a una lógica más narcotraficante. Mientras tanto, Sebastián se posiciona en el corazón de Medellín, incluso con participación política, lo que sería una lógica más al estilo de los antiguos paramilitares. 
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