Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/09/24 00:00

¿De qué lado está la prensa?

Cuál debe ser el papel de la prensa colombiana en medio del conflicto armado. Lo que va de la imparcialidad a la neutralidad.

¿De qué lado está la prensa?

Imaginemonos que un soldado profesional se encuentra en la selva con un reportero de guerra después de fuertes combates con algún frente guerrillero. Los dos están perdidos. No ubican el pelotón y el espesor del follaje les impide detectar los referentes que les permitían llegar a la población más cercana. Después de varias horas de marcha sin rumbo se sientan a conversar sobre sus vidas, sus temores, sus aspiraciones y lo que significa ser colombiano en este vapuleado país de comienzo de siglo. En medio del diálogo encuentran un momento para reflexionar sobre el papel que cada uno está cumpliendo en medio de la guerra.

—“¿Y usted se ha puesto a pensar por qué o por quién carga ese fusil al hombro y arriesga su vida a diario?”, le pregunta el periodista, con esa típica manera de ser imprudente.

—“Para defender la democracia, maestro”, responde el soldado con la satisfacción del deber cumplido.

—“¿Y usted se ha preguntado por qué lleva consigo esa cámara y se mete como un suicida en el fuego cruzado del conflicto?”.

—“Para informar al país sobre lo que sucede y así fortalecer la democracia”, contesta el comunicador.

Pero si los dos dicen defender y luchar por lo mismo, ¿por qué se presentan las fricciones, incomunicaciones, malentendidos y confrontaciones entre la prensa y los militares? El problema comienza en como concibamos esa ‘democracia’ y la manera de erigirla y defenderla. De las visiones, intereses, valores que tengamos a la hora de construirla.

Aquí no estamos en la selva pero, como en el caso del periodista y el soldado, estamos juntos para reflexionar sobre nuestro papel en esta Colombia de adrenalina, de dolor, de pasión y de contrastes.

Y esa es una de las razones de este foro y por eso SEMANA ha querido ser uno de sus promotores. En un país como Colombia, con todos los problemas que está viviendo, es fundamental tender puentes y abrir espacios en los que podamos hablar y tratar de entendernos, para pensar sobre lo que estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo. Y para asumir esa responsabilidad es necesario preguntarse cuál es nuestro papel como medios de comunicación en un país atravesado por un sangriento conflicto armado.

Casi todos los periodistas levantan la bandera de la libertad de prensa cada vez que sienten un peligro inminente sin detenerse a pensar qué quiere decir o qué implica ese concepto. Algunos creen, equivocadamente, que la imparcialidad de los medios exige una neutralidad frente a los actores armados en aras de informar más objetivamente. Ese es un argumento tan ingenuo como peligroso. Los medios no son, como algunos pretenden creerlo, una especie de Olimpo que observa desde una distancia sideral el conflicto armado y que por su supuesto carácter de observador independiente le da un tratamiento proporcional al Estado y a las fuerzas paraestatales, llámense éstas Farc o paramilitares. La prensa debe asumir y defender posiciones. ¿Cuáles? La defensa de los valores democráticos y del Estado social de derecho que, entre otras, permiten que la libertad de prensa exista. En términos generales, no creo que se le debe dar la misma jerarquía político-periodística a lo que dice el Presidente de Colombia, nos guste o no, a lo que dicen Carlos Castaño o el ‘Mono Jojoy’. Defender el Estado social de derecho, la democracia o la Constitución en ningún caso quiere decir que la prensa trabaje de gancho con el gobierno, con los militares o con el Establecimiento, cualquiera que sea su definición. Por el contrario, los medios deben erigirse como un contrapoder del régimen. Tratar de defender los intereses de la sociedad frente a los abusos del Estado. Nada más reconfortante, útil y oportuno para los valientes soldados que ponen el pecho por todos los colombianos que una prensa independiente que critique y fiscalice los abusos y desbordamientos de la institución militar. O, también, que exalte sus logros y virtudes.

Las guerras no sólo son un fuego cruzado de pólvora. O un perfeccionamiento de las armas, la tecnología y la táctica militar. Son monumentales y complejas operaciones en las que se utilizan distintas tácticas y distintos escenarios. Y en Colombia la guerra no sólo está en la punta de los fusiles de quienes están en las trincheras: el conflicto saltó, hace rato, a la política, la sicología y los medios de comunicación.

Los medios son una ficha cada vez más importante en el ajedrez de la guerra por el poder. Todos los actores armados (guerrilla, paras o Fuerzas Militares) quieren manipular a los medios para lograr avances estratégicos. Y para ello, la desinformación es quizá la táctica más utilizada para mover sus fichas. Ahora algunos actores armados han logrado utilizar perversamente la resonancia de los medios para penetrar la sicología colectiva del país. Las apariciones de Castaño en televisión, donde trata de legitimarse como un redentor de la clase media desprotegida. O la ‘Ley 002’ de las Farc, que no fue más que la protocolización de lo que han venido haciendo hace años, pero cuyo impacto casi acaba con la inversión extranjera y con los empresarios colombianos, hacen parte de una calculada estrategia por manipular a los medios y bajarle la moral al país. Dentro de la clásica versión de la combinación de formas de lucha hay una variante en el siglo XXI: el fin ya no justifica los medios sino que los medios (de comunicación) ayudan a justificar los fines. Se trata de un conflicto ‘virtual’ por conectarse con la sicología colectiva y su logro tiene graves efectos reales. Ya sea a través de la persuasión: por ejemplo, la aparición de Castaño en entrevistas en las cuales echa su discurso y se muestra ante la opinión como una víctima de la violencia y una versión posmoderna de Robin Hood. Ya sea a través del terror: por ejemplo, los secuestros del ELN en las goteras de las ciudades —o las pescas milagrosas de las Farc— cuya resonancia en los medios hacen sentir a los habitantes rehenes en su propia ciudad. Cualquiera de las dos tiene insospechadas ventajas tácticas. Y lo hacen porque saben el poder que significa manejar a los medios como un efectivo instrumento de llegarles a las masas.

El impacto del efecto mediático y sicológico lo podemos ver si comparamos lo que sucedía hace cinco años a lo que sucede ahora. En ese entonces teníamos a unos generales que hablaban duro en los medios y su mensaje calaba en la conciencia de los colombianos: todos creíamos que estábamos en manos seguras y que estábamos ganando la guerra. Cuál era el telón de fondo, la realidad en el terreno militar y táctico: las derrotas en las Delicias, Patascoy, Puerres… Se alcanzó a hablar en su momento de que estábamos pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones. Sin duda un comienzo de derrota del Estado frente a los embates de la insurgencia. Hoy, cuando la ecuación de la guerra ha cambiado en favor de las Fuerzas Militares, la mayoría de los colombianos sienten que están sitiados, que la guerrilla es cada día más poderosa. ¿Por qué? Porque las derrotas que han sufrido en el terreno militar han sido reemplazadas por victorias sicológicas en la mente de los colombianos mediante actos de terrorismo que, paradójicamente, son un síntoma de debilidad militar. Es un ejemplo de los distintos frentes que tiene el conflicto y cómo los medios están desempeñando un papel cada vez más crucial en esa guerra por conquistar el estado de ánimo del país.

¿Qué deben hacer los medios entonces? ¿Apagarles los micrófonos a los guerrilleros y paramilitares? Porque, qué colombiano no está cansado —o indignado— de ver a ‘Tirofijo’ o a ‘Jojoy’ en los medios Y no les falta razón. Hay una sobreexposición de los actores armados en la prensa, en la radio y en la televisión. Muchos medios son cajas de resonancia de su efectivo aparato de propaganda. Pero aquí, como todo en Colombia, nada es blanco y negro. Una cosa es ser idiotas útiles y otra es la estigmatización de los actores armados. Si creemos en la salida negociada al conflicto no podemos pretender lograrla con la satanización de quienes están al otro lado de la mesa. El tránsito para que los actores armados desactiven su discurso guerrerista y lo conviertan en un proyecto político pasa por un debate de ideas, de una dialéctica intelectual y política, cuyo hábitat natural son los medios. El paso del fusil a la urna pasa necesariamente por el micrófono. Ese es el nuevo escenario de la política, como lo fue el ágora para los griegos. No podemos pretender que los grupos armados se reincorporen algún día a la vida civil si se tratan como parias de la sociedad. Hay que informar, pues, sobre lo que hacen la guerrilla y los paramilitares. Son protagonistas del país al fin y al cabo. Pero hay que informar con profundidad, profesionalismo e independencia. Y ahí es donde han fallado los medios. Se han dejado llevar por la dictadura del rating y siguen explotando el lado oscuro de la condición humana para cautivar más audiencia sin reparar en las consecuencias de una sobrexposición en el avance táctico de la guerrilla y los paramilitares.

Dentro de esa telaraña de intereses y manipulaciones que produce todo conflicto la prensa tiene un solo objetivo: buscar la verdad. ¿Cuál verdad se preguntarán? ¿La de la izquierda o la de la derecha? ¿La de arriba o la de abajo? Simplemente la que emerja de la sensibilidad de un criterio honesto y una preparación suficiente para abordar la compleja realidad colombiana. Porque no hay nada más difícil y más gratificante para un periodista que contar una buena historia. La historia que siente y que vive. Tolstoi dijo alguna vez: “Habla de tu aldea y te volverás universal”. Gabo habló de Aracataca y se ganó el Nobel.



*Palabras de instalación del seminario sobre “Fuerza pública y periodismo en una sociedad en conflicto”.

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