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| 3/19/2011 12:00:00 AM

De Shakira a Unasur

Unasur quedó en manos de María Emma Mejía. Consolidar la integración es una meta ambiciosa para una región dividida que, sin embargo, ha aprendido que la guerra de ideologías es muy costosa.

Cuando se planteó la candidatura de María Emma Mejía para llenar el vacío que dejó Néstor Kirchner casi nadie consideró que tendría posibilidades de ser elegida. Se enfrentaba al excanciller venezolano Alí Rodríguez, quien había pegado primero y tenía varios votos asegurados. Venezuela, además, había estado mucho más activa en Unasur, desde su creación, mientras Colombia había entrado al club con innegable desgano. Y la Cancillería colombiana tenía limitaciones para hacer una fuerte campaña en favor de Mejía, porque tenía que evitar que las frágiles relaciones con Venezuela se vinieran abajo por la sospecha de que la intención del gobierno Santos era simplemente atajar al candidato chavista.

Por todas estas razones, la elección de María Emma fue muy bien recibida. No pertenece al partido ni al equipo del presidente Santos, sino al Polo Democrático que tiene afinidades en algunos gobiernos de la región que, a su vez, tienen peso en Unasur. Llega al cargo de la mano de su competidor venezolano -cada uno trabajará un año- con lo cual desaparece cualquier rasguño que hubiera podido generar la competencia entre los dos. Colombia le hizo saber a Venezuela que en el momento en que Alí Rodríguez tuviera una mayoría clara retiraría la aspiración de María Emma y se sumaría a su causa. Eso no ocurrió, y ante el equilibrio de fuerzas, Colombia y Venezuela -los dos países que se enfrentaron en Unasur en 2009 hasta llegar casi a la guerra- ahora compartirán periodo.

La pregunta ahora es qué hará María Emma Mejía. Unasur necesita encontrar un rumbo. El organismo fue un sueño de quienes consideraban que el debilitamiento de la hegemonía de Estados Unidos en América Latina le abría posibilidades a una integración suramericana al estilo de la Unión Europea. La idea giró en un principio en torno a construir obras de infraestructura -vías, comunicaciones- que acercaran a los pueblos, y a partir del entendimiento entre dos bloques subregionales: la Comunidad Andina y Mercosur. El convenio constitutivo contempla objetivos de todo orden que van desde la lucha contra el analfabetismo y la pobreza hasta el diálogo político. Unasur tendrá una sede permanente en las afueras de Quito, y mientras se construye, los gobiernos de Colombia y de Venezuela, en los periodos anuales de María Emma Mejía y Alí Rodriguez, prestarán oficinas y financiarán un equipo de soporte.

Unasur acaba de entrar en vigencia al cumplirse el requisito previsto de que nueve países ratificaran en sus respectivos Congresos el convenio constitutivo. En los últimos años, bajo la dirección del expresidente Néstor Kirchner, el organismo tuvo una primera etapa de dificultades porque se convirtió en el escenario de un intenso enfrentamiento ideológico. La pelea entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez absorbió las energías y concentró los esfuerzos.

A María Emma Mejía le corresponde gerenciar el acuerdo en una etapa de menor confrontación. Tendrá que superar el periodo hiperideologizado e iniciar uno de mayor pragmatismo, con agendas que incluyan asuntos muy concretos, como abolir visas y pasaportes para la circulación de los ciudadanos entre los países miembros, acuerdos de circulación de capitales y liberación de comercio, y mecanismos de cooperación en varios frentes. Si tiene éxito, Unasur también servirá para alcanzar metas de integración que ya no pueden lograr ni la Comunidad Andina ni Mercosur, por su desgaste y porque fueron superados por nuevas realidades políticas. No será fácil alcanzar resultados de tan amplio alcance entre gobiernos disímiles y con heridas del pasado que pueden no haber cicatrizado del todo. Pero esa es la apuesta, y en ella están fijadas las esperanzas de los países de América del Sur.
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