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| 5/26/2007 12:00:00 AM

De la teoría al terreno

Las bibliotecas-parque de Medellín son una conmovedora muestra de que a través de la educación se puede cambiar el destino de una ciudad.

Son las 2 pasadas de una tarde de sábado cargada de nubes y bochorno sobre Medellín. El vagón del metrocable se acerca a su última parada, la estación de Santo Domingo Savio y, a mano izquierda, comienzan a tomar forma tres enormes bloques de granito casi negro que cuelgan de un barranco. Es la estructura que diseñó el arquitecto barranquillero Giancarlo Mazzanti y que ahora es orgullo del barrio. Mucho más que biblioteca. Porque las tres torres que conforman la edificación también son parque, centro de cómputo, lugar de reunión para los jóvenes y las familias, los niños, un espacio con sus terrazas abiertas las 24 horas del día, terrazas que ofrecen una vista espléndida de la ciudad y de los cerros del flanco occidental del valle de Aburrá.

De día el edificio se mimetiza con las montañas y a duras penas se ve desde la parte plana de la ciudad. De noche se alumbra como un gran faro blanco que se ha convertido en un hito de la ciudad.

Como en la canción de Serrat: “Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi barrio se vistió de fiesta”. Tres cuadras separan la estación de metrocable de la biblioteca-parque. Los pequeños negocios a lado y lado de la calle y los toldos instalados en la plaza están adornados con festones de colores. Se oye música que sale de diversos sitios. Los habitantes del barrio y los visitantes aprovechan el calor de la tarde para recorrer los alrededores, ir a misa, oír los breves discursos y testimonios de la ceremonia inaugural que encabeza el alcalde Sergio Fajardo, y disfrutar de los espectáculos de gimnasia, danza y música.

Una vez terminada la ceremonia, la gente invadió las escaleras y los salones de la biblioteca, los adultos miraban libros, los más jóvenes entraban a Internet, los niños jugaban mientras les leían cuentos.

Santo Domingo Savio nació como barrio de invasión en 1964. Una ramada que durante cuatro décadas vivió la tragedia de la pobreza, la exclusión y la violencia. A la que los habitantes de medellín miraban con recelo y miedo. Al que desde hace un par de años van de visita en Metrocable desde la estación de metro de Acevedo (casi todos hacen la vuelta del hamster, que consiste en subir y bajar sin salir del vagón), una práctica que se volverá historia porque alrededor de la nueva biblioteca-parque se ha establecido gran cantidad de negocios coloridos que envían un mensaje muy claro. La violencia no se acaba con represión sino con proyectos de inclusión.

La biblioteca-parque de Santo Domingo Savio y la de San Javier, la León de Greiff en La Ladera y la Tomás Carrasquilla en La Quintana, así como el colegio que muy pronto se inaugurará en la antigua carretera de Guarne, son el resultado de una convicción que Fajardo construyó luego de varios años de reflexionar y escribir sobre su ciudad y sobre Colombia: la educación es la piedra fundamental para reconstruir el tejido social de una ciudad fragmentada por la violencia.  Lo repite una y otra vez el Alcalde luego de terminar la ceremonia. “Los edificios más bonitos de Medellín tienen que estar en los barrios más pobres”. Es la mejor manera de que los que tradicionalmente han sido excluidos, estigmatizados y discriminados sientan que forman parte de una ciudad que todavía tiene mil problemas por resolver, pero que ahora comienza a tratarlos con respeto.

A diferencia de la canción de Serrat, la fiesta como tal terminó con el último compás, pero siguió intacta en el alma de una ciudad que ya no mira las laderas de Santo Domingo Savio con miedo y recelo sino en busca del chorro de luz que en las noches ilumina una nueva Medellín.
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