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| 5/2/2010 12:00:00 AM

Debatitis aguda

Los candidatos más atrasados en las encuestas son los que salen mejor librados en los debates. ¿Por qué?

Nunca antes en la historia electoral colombiana, y desde que existe la televisión, el país había tenido la posibilidad de ver tantos debates presidenciales. Todavía falta un mes para la primera vuelta y ya se han transmitido cuatro y están programados al menos otros seis.

La debatitis que ha caracterizado a la actual campaña no es solo resultado del interés de los medios. En esta ocasión los candidatos punteros -Antanas Mockus, Juan Manuel Santos y Noemí Sanín- han asistido a los sets y han respondido ante las cámaras inesperadas preguntas de todo tipo. En elecciones anteriores, en cambio, se dieron varios casos en que los líderes de las encuestas decidieron no asistir a los debates. Eso hizo Virgilio Barco en 1986, cuando no quiso enfrentarse a Álvaro Gómez y Luis Carlos Galán. Y Álvaro Uribe, en 2002 y 2006, cuando prefirió no asistir a varios cara a cara con Horacio Serpa y Carlos Gaviria por creer que la ausencia otorga importancia y que quien va adelante arriesga más de lo que puede ganar en estos encuentros.

Los debates son una moda que llegó tarde a Colombia. En otros países, incluso latinoamericanos, las confrontaciones de ideas por televisión son parte normal -y esencial- de una campaña. Sería impensable que en Estados Unidos o en Europa un aspirante a la jefatura del gobierno dejara de asistir argumentando razones de estrategia. Tendría un inmenso costo de opinión. Además, por la naturaleza espectacular y porque son transmitidos por el medio de comunicación más masivo -la televisión- concentran los momentos en que más atención logra un candidato en toda la campaña. No hay muchas otras oportunidades para llegarle a tanta gente.

Y eso que las opiniones están divididas sobre qué tan definitivos son los debates a la hora de definir el voto de los ciudadanos. Mientras algunos analistas magnifican sus consecuencias electorales, otros consideran que no cambian las intenciones de voto y que los televidentes tienden a ver como ganadores a aquellos por quienes previamente profesan sus simpatías.

En ese sentido, en los debates que se han llevado a cabo en las últimas dos semanas se ha producido una curiosa paradoja. Los columnistas y analistas repiten que Germán Vargas Lleras, Gustavo Petro y Rafael Pardo son los que mejor se han desempeñado ante las cámaras, y sin embargo están en el sótano de las preferencias electorales. Lo cual solo puede explicarse porque los televidentes ya tienen sus decisiones tomadas y no están dispuestos a cambiarlas a causa de los debates. Según el politólogo Alejo Vargas, "el votante no anda en función de qué dice el candidato para ver qué opción toma. La mayoría tiene decisiones tomadas previamente, y con el debate reafirma su posición". La otra hipótesis es que los aspirantes que saben que no van a ganar arriesgan más en sus respuestas, mientras quienes tienen posibilidades de llegar al poder no pueden asumir compromisos que después no podrían cumplir, ni jugarse con audacias innecesarias que modifiquen las tendencias de la campaña.

Por tratarse de eventos diseñados para la televisión, los debates privilegian la forma sobre el fondo. Son espacios donde los electores se fijan más en la imagen y la personalidad de los candidatos que en sus iniciativas, que quedan relegadas a un nivel secundario. "Son momentos donde los electores quieren ver qué tipo de persona son los candidatos", afirma el politólogo norteamericano Mitchell McKinney, especialista en técnicas de comunicación en campañas presidenciales, de la Universidad de Missouri. Elementos como el traje, la cara, el tono de voz y la mirada de los candidatos se vuelven más importantes que los matices en propuestas de salud, desempleo y corrupción. Al fin y al cabo, por cuenta de la coyuntura y de que las encuestas evidencian lo que quiere oír la gente. "Las respuestas de los candidatos son parecidas, lo que los diferencia es el nivel de prestigio, credibilidad y carisma de cada candidato", dice el asesor en estrategia Germán Medina.

Lo cual, de hecho, no le quita valor a esta modalidad de cubrimiento electoral. Las reacciones de los candidatos ante preguntas que desconocen previamente, su capacidad de reacción ante un ataque, su actitud frente a los competidores, muestran facetas de la personalidad que los ciudadanos deberían conocer sobre quienes los van a gobernar.

Lo cierto es que los debates tienen gran audiencia, y más en una campaña tan novedosa y reñida como la actual. El primero de ellos, organizado por RCN Televisión, RCN Radio, SEMANA y La FM fue visto por 1.318.190 personas. Y en el del martes pasado, promovido por CityTv, la audiencia del canal creció un 369 por ciento en comparación con los programas habituales que se transmiten en la misma franja.

Hay que tener en cuenta que los efectos de los debates dependen del momento de la campaña en los que se llevan a cabo. Los que se han realizado en Colombia se asemejan a los de las elecciones primarias en Estados Unidos, por el número de candidatos y por su frecuencia. La proliferación de encuentros les quita importancia y disminuye sus consecuencias. Otra cosa serán los encuentros para la segunda vuelta, entre solo dos candidatos. Por definición, las restricciones de tiempo que se han presentado en los foros previos a la primera vuelta desaparecen cuando hay solo atril para dos. Y el hecho de que apenas existan tres semanas entre las dos elecciones limita la cantidad de encuentros cara a cara que habrá en la recta final. En ese entonces, los debates pueden ser definitivos.

Y pueden serlo por varias razones. Felipe González derrotó a José María Aznar en dos elecciones porque en la televisión apareció con mayor carisma y conocimiento de los temas. Pero también se menciona que Richard Nixon perdió la Presidencia con el joven desconocido John F. Kennedy en 1960 -la primera vez que hubo una confrontación de este tipo- porque apareció cansado y extenuado al lado del juvenil y energético demócrata de 40 años. Varios estudios indican que lo que más se recuerda en los cara a cara entre candidatos son los errores, las ocurrencias o las anécdotas.

Jacques Chirac, en Francia, en 1987, se quejó porque su rival, el presidente François Mitterrand, quien aspiraba a la reelección, se refería a él como "primer ministro" en un momento de cohabitación. Según Chirac, con ese tratamiento el mandatario socialista lo quería presentar como subordinado y segundón. "Aquí somos iguales", le dijo, y Mitterrand le respondió impávido: "Sí, señor primer ministro". Ha habido errores famosos, como el de Gerald Ford, en calidad de Presidente, cuando le dijo a Jimmy Carter que la Unión Soviética no tenía una gran influencia en Hungría. Al otro día la campaña demócrata pautó una cuña de televisión que mostraba los tanques rojos por las calles de Budapest, la capital.

En Colombia también ha habido anécdotas célebres. Horacio Serpa perdió un debate con Andrés Pastrana en 1998, por una pregunta que le hizo Ana Mercedes Gómez, directora de El Colombiano, sobre si estaba dispuesto a extraditar al saliente presidente Ernesto Samper, en cuyo gabinete había estado Serpa. Este dijo que sí mientras que su rival, rabioso oposicionista, afirmó que no lo haría.

En la actual campaña es probable que la reñida competencia entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus les dé a los debates una mayor importancia, sobre todo si mantienen esa suerte de 'empate técnico' en el que se encuentran. Como afirma el semiólogo Armando Silva, "la segunda vuelta será de dominio mediático. Estas elecciones son una clara demostración de unos candidatos que se expresan en la palabra, frente a otro que lo hace desde el gesto, desde la estética. Mockus emociona pero Santos significa seguridad." Es decir, los debates podrían ser definitivos.
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