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| 1/30/2016 12:00:00 AM

¿El amor de su vida?

El defensor tenía que caer pero no sólo por acoso sexual. ¿Qué tan justo fue el escándalo que lo tumbó?

Prácticamente, todas las denuncias de acoso sexual pasan por la etapa en que el supuesto agresor dice que la relación fue consensual. La del caso del defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora, no fue la excepción. Por lo general, estas situaciones nunca son en blanco o negro y esta podría ser una de ellas. Hay una zona gris en ese tipo de relaciones en la que convive el temor de retaliaciones laborales con otras consideraciones.

Los mensajes que reveló Astrid Helena Cristancho de su relación con Otálora le daban toda la razón a ella. Cuando él le dice “Muy bonita tu foto”, ella le responde “le pido por favor y con todo respeto y sin agresividad de ningún tipo que no me haga más comentarios personales”, y le aclara que “es importante que mantengamos una cercanía estrictamente laboral”. El defensor termina la conversación diciendo “solo quiero que tengas claro que TQM”. Si algo quedaba claro, era que la funcionaria quería mantener a raya a su jefe.

Cuando se publicaron los que Otálora reveló para defenderse, el tono era diferente. En uno de estos en momentos en que él tenía que hacer un viaje ella le dice “Si sumercé (sic) me lleva sería un honor. Usted sabe que a mí me gusta acompañarlo y ayudarlo. ¿Lo acompaño?”. Él le respondió: “Mejor estás pendiente en la oficina”. Posteriormente, cuando él se ve involucrado en un escándalo de maltrato laboral a sus subalternos, ella le escribe para asesorarlo sobre cómo manejar la situación: “Reconozca que ha sido muy difícil para usted liderar una entidad donde está sometido permanentemente a noticias catastróficas…todos cometemos errores. A usted lo respalda su gran labor misional”. También le dice que así podrá quedar como “un príncipe”.

En las entrevistas que dio el defensor en televisión, siempre dijo en su defensa que no solo fue una relación consensuada, sino que se trató de un gran romance que él puede probar. “Ella pasó muchas noches en mi apartamento, yo también me quedé muchas noches en el suyo”. Y agrega que “menos de un mes antes de presentar su renuncia, ella me estaba exigiendo que la nombrara en otro cargo y que se quería ir seis meses en comisión a Ginebra (Suiza)”. Ella en uno de los chats le dice que “Si usted dice que no se puede hacer, no me lo quiere dar, yo renuncio”.

De lo anterior no se puede deducir que había un romance, pero sí un nivel de cordialidad que definitivamente no se mantuvo hasta el final. Las versiones de él según las cuales Astrid Helena fue el amor de su vida y que llegaron a pensar en tener un hijo seguramente son exageradas. La versión de ella, según la cual actuó bajo presión, convence más. Pero sorprende la duración de esa relación de abuso pues durante más de un año efectivamente fueron a restaurantes, eventos sociales y viajes de trabajo.

La defensa inicial de Otálora fue inteligente.  Aclaró que se trató de una relación entre dos personas solteras, pero reconoció que era un error enredarse sentimentalmente con una subalterna pues “uno no elige de quién enamorarse”. Sin embargo, agregó que algo iba de eso a ser considerado un acosador sexual.

Aun así, sopesando todos los factores, el defensor tenía que irse. Independientemente de cualquier connotación sexual, no hay duda de que era un jefe maltratador. Las revelaciones que han hecho sus colegas y subalternos dejan claro que era algo más que ‘exigente’. Muchos personajes importantes tanto en el sector público como en el privado tienen ese defecto, pero sus excesos no han llegado a convertirse en un escándalo nacional. Las denuncias de Daniel Coronell en su columna antes de la aparición de Astrid Helena ya tenían al defensor en la cuerda floja.

La foto explícita y morbosa fue el tiro de gracia. En realidad si Otálora no se caía por acosador sexual, tenía que caerse por bruto. ¿A quién se le ocurre en la era digital, en que cualquier cosa puede ser ‘hackeada’ o reenviada, dejar evidencia de esa naturaleza en un celular? Si fuera cuidadoso podía haber enviado solo la segunda foto, que no tenía cara, lo cual le hubiera permitido negar que era él hasta el fin de sus días. Sin embargo, a la del problema, antecedió la de su cara sonriente en la hamaca.

Pero la principal razón por la cual tenía que irse es que la Defensoría del Pueblo es un cargo estrictamente moral. No tiene poder sancionatorio y, por lo tanto, sus decisiones no entrañan consecuencias administrativas o penales de ninguna clase. Es, simplemente, un faro ético. Por esto, al tener ese organismo la responsabilidad de que los derechos de los más débiles no sean pisoteados, el funcionario que enarbola esas banderas no puede sobrevivir a una acusación de esta naturaleza.   

El escándalo de esta semana, sin embargo, tiene algo de positivo. El acoso sexual ha sido un fenómeno históricamente tolerado en Colombia y está presente a muchos niveles. Las denuncias sobre el mismo son muy escasas y casi nunca prosperan. Es más, muchas veces pierde el cargo el denunciante y no el acosador. En Estados Unidos y en Europa ese tratamiento es considerado un delito grave y sancionado a ese nivel. En el país en teoría también es un delito, pero en la práctica se ha mirado con un sesgo machista de que un coqueteo inofensivo no da para tanto.

Con la caída de Otálora eso va a cambiar. Muchas mujeres que están viviendo esta situación van a perder el temor de denunciarla. Es una de las pocas veces en que la Procuraduría ha abierto una investigación sobre ese asunto. Eso ha contribuido a que se cree una conciencia de que el acoso sexual dejó de ser un tema tabú. Ese es un gran paso hacia adelante.

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