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| 8/22/1988 12:00:00 AM

DEL SECUESTRO AL DIALOGO

Tras la liberación de Alvaro Gómez, se abren los interrogantes sobre la nueva etapa del diálogo.

A las 5:00 de la tarde del 20 de julio, dos llamadas habían anunciado la liberación de Alvaro Gómez Hurtado esa misma noche. La primera de ellas fue hecha al ex ministro de Justicia Felio Andrade Manrique, personaje clave en el mes y medio de negociaciones con el M-19. En esa llamada los secuestradores le confirmaron la liberación del dirigente conservador y le pidieron que se lo comunicara a la familia, lo que Andrade hizo minutos después. La segunda llamada se hizo al Procurador Horacio Serpa Uribe, y en ella le dijeron que él y el senador liberal Ricardo Villa -quien había llevado y traido algunos mensajes entre el gobierno y el M-19- debían estar atentos, porque ellos eran los escogidos para recibir a Gómez. De este modo, tanto en el apartamento de la familia Gómez Escobar como en el del Procurador, todos estaban a la espera. Pasadas las 8:30 de la noche, el Procurador recibió una nueva llamada. Esta vez se le decía que debía desplazarse en compañia de Villa al restaurante Mister Ribs, situado en la calle 82 con carrera 10. Pero algo falló. A esas horas, el restaurante ya había sido escenario del último episodio de los 53 días de cautiverio del ex candidato conservador.
Un hombre de bigote y bufanda, con pantalón y chaqueta café y camisa a cuadros, y unos anteojos de marco oscuro que parecían prestados, se había sentado en la barra del restaurante hacia las 8:00 de la noche y había pedido un whisky. Mientras pasaban los minutos y se tomaba el trago, leía apartes de un libro de pasta negra que posteriormente se supo que era una biblia que una guerrillera le había regalado. Ese hombre, que pasó inadvertido aun para el mismo barman que le sirvió el trago, era Alvaro Gómez Hurtado. Había llegado en un taxi, en compañía de dos guerrilleros, con las instrucciones de esperar 20 minutos a dos compañeros que irían por él para llevarlo a su casa. Es de suponer que los guerrilleros habían pensado que Serpa y Villa se harían presentes en el lugar y que Gómez podría identificarse en el momento de verlos entrar. De este modo, el traslado de Gómez hasta su casa, pocas cuadras más al norte, habria contado con la protección no sólo de Serpa y Villa, sino de los seis guardaespaldas que siempre acompañan al Procurador. Pero un desfase de minutos hizo que Gómez, después de tres cuartos de hora de espera, decidiera pagar su whisky y emprender solo el regreso a casa, en medio de la oscuridad de la noche. Lo demás, el reconocimiento por parte de dos policías que vigilaban el edificio donde vive el dirigente y de los periodistas que montaban guardia desde el día anterior, la quitada del bigote postizo, las aglomeraciones, la confusión, la algarabía, el himno nacional, los mariachis, los pitos de los carros... son ya historia conocida.

GUERRA Y DIALOGO
Decantada la noticia de la liberación, la atención se centro entonces en lo que Gómez diría en una rueda de prensa que se anunció para el jueves a medio día. Se había dicho que, después de que el M-19 cumpliera con lo prometido en Panamá, la palabra la tendría Gómez. Y el dirigente conservador no defraudó las expectativas. Habló y habló, inclusive más de lo esperado. Antes de aceptar las preguntas del centenar de periodistas nacionales y extranjeros que se aglomeraron en el periódico El Siglo, Gómez hizo una disertación que se prolongó una hora. Extremadamente pálido -no había visto la luz del día durante su cautiverio-, Gómez llevaba unas noticas que, de vez en cuando, ojeaba, y en dos oportunidades se le sintió quebrada la voz.
Lo primero que hizo Gómez fue agradecer. Agradeció al pueblo colombiano su solidaridad, y agradeció especialmente a cada uno de los personajes claves que ante la opinión pública habían sido claves para obtener su liberación. Comenzó por el ex ministro Alvaro Leyva Durán, de quien dijo, haciendo alusión a lo que el califico como "sagacidad", que "desde mi cautiverio sabía que estaba dando en el blanco, que estaba moviendo lo que era un complejo de circunstancias huidizas (...) El se jugó completo". Después habló de Felio Andrade Manrique, a quien se refirió más como amigo que como político: "Felio Andrade puso ante el país una voluntad propicia a salvar al amigo y yo creo que dio un ejemplo, en un momento en que las grandes virtudes elementales parecen estar pasando por un proceso de decadencia". Al senador Rodrigo Marín Bernal, Gómez le dio tratamiento de presidenciable, refiriéndose a él como la persona que, en este episodio, "ha presentado un examen de estadista en este manejo tan difícil y tan lleno de riesgos". A monseñor Castrillon también le tocó su parte: "Es un hombre importante, audaz, conocido por sus ejecutorias anteriores y que se juega con una independencia compatible con su jerarquía".
Obviamente no podía darles las gracias a todos y cada uno de quienes participaron de alguna manera en el proceso de su liberación. Pero a juicio de muchos, hubo un agradecimiento que se le quedó entre el tintero. Uno muy importante. El que se merecía el gobierno o, por lo menos, el ministro de Gobierno, César Gaviria. En medio de las limitaciones jurídicas que le imponía la Constitución y de los obstáculos que le atravesaban los militares con sus duras posiciones, Gaviria también estuvo en la jugada. Y algunas de las pruebas de ello fueron los viajes a Cuba y Panamá.
Después de los agradecimientos, Gómez, muy enfático, se apresuró a declarar que seguía siendo el mismo hombre de antes del secuestro: "No he cambiado. Puedo tener la vanidad, por experiencias anteriores, que acaso yo soy hecho de un metal que no se fatiga . Esto último, conociendo a Gómez, puede ser verdad. Pero no tanto como para que se pueda decir que el secuestro en nada modificó algunas de sus posiciones frente a la situación nacional. Una revisión de sus editoriales de los últimos meses antes del secuestro, así lo demuestra. Por ejemplo, el 5 de abril de este año, en el editorial de El Siglo, al referirse a unas declaraciones del general Manuel Jaime Guerrero Paz, comandante de las Fuerzas Militares, en las que se oponía a la reanudación de conversaciones indefinidas con los guerrilleros, dijo lo siguiente: "Tiene razón el señor comandante, porque ese fue el sistema utilizado para convertir a los bandoleros en contraparte de los soldados colombianos. Es, sobre todo, la expresión más ofensiva de la guerra unilateral, porque se conserva mientras uno de los bandos sigue disparando". Pero más allá de opiniones concretas expresadas recientemente, para quienes escucharon la rueda de prensa del jueves, era evidente que se estaba ante un Gómez reformista muy lejano del Gómez desarrollista de los últimos 25 años. Por eso llamó poderosamente la atención, la vehemente defensa que hizo de una reforma agraria: "Hace 27 años le dijimos al país que debería hacer una reforma agraria. Hace 27 años hemos dicho que todos queremos hacer la reforma agraria(...) Esa reforma agraria no puede ser minúscula. No pueden ser 120 fincas que se entreguen en el Caquetá o en el Cauca. Tiene que ser algo que elimine la reforma agraria como uno de los pretextos de la violencia".
En lo que todos identificaron al Gómez de siempre fue en esa larga exposición en la que comparó su impotencia de secuestrado con la impotencia individual de muchos colombianos y con la colectiva de muchas instituciones: "Yo era el hombre más impotente del país. Y como uno tiene tanto tiempo para pensar, de pronto sentí que había otros impotentes". Dentro de los impotentes colocó a los otros secuestrados, a la gente sometida a la violencia y a la coacción, al gobierno, a la justicia, al Congreso, al sindicalismo. Y redondeó el tema hablando de la Colombia impotente: "Impotente frente a la droga, frente al manejo del crédito internacional, al manejo de los medios de pago... Esa colombia impotente... la pensé muchas veces en mi cautiverio y comprendí que ahí hay algo muy grande por hacer".
Pero, sin duda, uno de los puntos más polémicos fue la respuesta que Gómez dio a la última pregunta de la rueda de prensa que siguió a su larga exposición. El periodista Darío Hoyos, cronista político de El Siglo y fiel de la casa Gómez, le preguntó sobre una posible candidatura presidencial, después de lo sucedido. Muchos esperaron que Gómez pasara agachado diciendo que no era el momento de hablar del tema, pero pudo más el síndrome del 90 y Gómez se lanzó al agua:"Para mí la presidencia de la República es un medio, no es un fin. Si uno necesita hacer algo sobre su país, lo puede hacer como periodista, yo lo hecho. Como parlamentario, 24 años de parlamentario. Y cuando comprendí que necesitaba más capacidad de acción, aspiré a la presidencia de la República como un medio. Es decir, yo no hago la política para ser presidente. Sino que busco la presidencia para ser gobierno. De manera que si, si, si es necesario que uno busque otros elementos...".
Pero más allá de todos estos polémicos asuntos, el planteamiento de fondo de la disertación de Gómez tuvo que ver con su posición frente al diálogo pactado en Panamá, paralelamente con su liberación. En este punto, más que en ningún otro, se centraba la expectativa, debido a que un espaldarazo de Gómez al diálogo era tan definitivo como su rechazo. Después de pedir comprensión para las Fuerzas Militares, se apartó, sin embargo, de las críticas que el alto mando le ha hecho a cualquier posibilidad de diálogo con la guerrilla. A pesar de darle la razón, utilizó sus mismos argumentos para controvertirlas: "Hay ambiente de guerra. Lo han dicho los militares(...) Hay clima de guerra. Están en lo cierto. Pero como hay clima de guerra, hay clima de conversaciones y de entendimiento, porque esos no son dos antagonismos. Precisamente porque hay guerra, es por lo que puede haber ánimo de concordia". Y fue más lejos: "El espíritu pacifista es una creencia nacional. Una tendencia nacional. Acabo de ver la última encuesta de opinión pública en que aparecen dos decisiones, dos actitudes del pueblo colombiano, que traen esta disyuntiva. Le preguntan a la gente: ¿ Usted cree que hay que tener mano dura con los alzados en armas? Y un porcentaje sumamente alto dice que sí. Y enseguida la siguiente pregunta: ¿ Usted cree que se debe dialogar con los alzados en armas? Y una proporción un poco mayor dice que sí... Si las encuestas producen realidad, lo que estamos haciendo con esta iniciativa nacida en Panamá, es manejando realidades".

LAS DUDAS
El respaldo de Gómez al diálogo pactado el 14 de julio en Panamá, terminó de darle más impulso del que ya traía. Después de los hechos de la última semana, nadie, ni siquiera los generales de la República, dudaba de la necesidad de intentarlo. O al menos las dudas no se habían hecho públicas. Esto, sin embargo, no significa que no existan. Los primeros desacuerdos comenzaron a surgir el jueves, cuando se dio a conocer la declaración de la Dirección Liberal Nacional, en la cual el partido resucitaba la idea del plebiscito para una profunfa reforma constitucional. Más de un dirigente conservador se sorprendió ante el reencauche de la idea que el presidente Virgilio Barco había lanzado a comienzos del año. Pero esto no es lo más grave, pues al fin y al cabo la cumbre del 29 de julio es para oír propuestas, lo cual no requiere que se llegue a ella con todos de acuerdo.
Más grave, quizás, son las dudas que genera la presencia de dos de los interlocutores más importantes: el gobierno y la guerrilla. Y no sólo de su presencia, sino del papel que puedan cumplir. Si se juzgan los problemas que cada uno de estos tuvo en su propio seno en el proceso de negociación de la liberación de Gómez, es evidente que la cosa no va a ser fácil. En lo que se refiere al gobierno, ni en el discurso del presidente Barco en la instalación de la sesiones del Congreso, antes de que se liberara a Gómez, ni en el comunicado que saludó esa liberación, se pudieron disipar esas dudas. La gran pregunta es qué actitud van a asumir las Fuerzas Armadas frente al diálogo, si ya en el solo proceso de liberación de Gómez hablaron tan clara y duramente en contra del diálogo. SEMANA conversó con altos funcionarios del gobierno y pudo establecer que si bien el gobierno está ya casi decidido a enviar por lo menos un funcionario como observador, tiene preocupaciones muy concretas. "No es conveniente -dijo uno de esos funcionarios a SEMANA- que el país acepte que el necesario diálogo entre sus fuerzas sociales sea igual al diálogo con la guerrilla, y que el diálogo con la guerrilla, como una decisión autónoma del gobierno en busca de objetivos muy concretos, sea igual al diálogo impuesto por un secuestro". Al gobierno le preocupa que si no hay compromisos de desmovilización, se esté institucionalizando y legitimando la guerra. "Es regresar a un proceso ya superado, de grandes contraprestaciones, sin pedir nada a cambio", agregó la fuente. Para el gobierno es inaceptable que la única contraprestación por parte de la guerrilla pueda ser la liberación de Alvaro Gómez. Pero estas preocupaciones no significan oposición a que el diálogo se realice. "Es probable que el gobierno asista -indicó el alto funcionario-, siempre y cuando se hable de una reunión en un sitio como el Congreso de la República, siempre y cuando no se insista en la presencia de interlocutores al margen de la ley y siempre y cuando no se pretenda que ese diálogo sea decisorio y no deliberatorio. No se puede olvidar que las decisiones las toman el gobierno, el Congreso, la Corte y las demás instituciones, incluso si la cumbre produce un hecho político como el plebiscito, pues éste también tendría que ser convocado por algún tipo de instancia institucional ".
Pero si por el lado del gobierno llueve, por el lado de la guerrilla no escampa. Es evidente que la Coordinadora Nacional Guerrillera nada coordina, ni siquiera entre las dos fuerzas más importantes que la conforman, el M-19 y las FARC, para no hablar de la rueda suelta del ELN. Por lo menos en dos oportunidades durante el secuestro de Gómez, las diferencias entre FARC y M-19 se hicieron evidentes. La primera, cuando Jacobo Arenas, a nombre de la CNG, descartó pocos días después del secuestro de Gómez, que éste hubiera sido realizado por uno de los integrantes de la Coordinadora. Y la segunda, en la reunión de Panamá, cuando en reiteradas oportunidades los representantes del M-19 y de las FARC estuvieron en desacuerdo.
Más aún. Ni siquiera en el seno mismo del M-19, a pesar de que se cumplan las órdenes dictadas por su jefe máximo, Carlos Pizarro, los distintos miembros de la Dirección del movimiento están de acuerdo en lo que quieren y cómo lo quieren. Estas diferencias fueron dramáticas a lo largo de las negociaciones para la liberación de Gómez, en particular en lo que tiene que ver con los contactos que se dieron entre el M-19 y el gobierno. SEMANA ha reconstruido el itinerario de estos contradictorios episodios que revela por qué las dudas están plenamente justificadas.
Una semana después del secuestro de Gómez, Ricardo Santamaría y Reinaldo Gary, asesores de la Consejería Presidencial para la Rehabilitación, se desplazaron al Valle del Cauca, para tomar contacto con el comandante Raúl, uno de los miembros de la Dirección Nacional del M-19. El objetivo de ese viaje era, en primer lugar, verificar si el M-19 tenía a Gómez, para en caso de que asi fuera, concretar un contacto directo con Pizarro. La respuesta del comandante Raúl fue simplemente que era probable que ellos lo tuvieran. El segundo objetivo era dejar un canal abierto por medio de unas frecuencias de radio entre el comandante Raúl y la casa privada del entonces gobernador del Valle, Manuel Francisco Becerra. El radio estuvo funcionando durante más de una semana, pero Raúl nunca pudo confirmar si el M-19 tenía o no al dirigente conservador. Mientras tanto, proliferaban los más contradictorios comunicados: el de los Colombianos por la Salvación Nacional, que era más bien blando, el transmitido a una periodista mexicana en Panamá, que era muy duro y, finalmente, la entrevista de Otti Patiño a Germán Castro, en la que decía que no habría negociación. Preguntado el comandante Raúl, a través de la frecuencia de radio establecida, sobre estas confusiones, el guerrillero contestó que el gobierno sólo debía tomar como posición oficial del M-19 aquella que fuera expresada por documentos firmados, a la vez, por Pizarro, Antonio Navarro y el propio Raúl. Sin embargo, la inmensa mayoría de los pronunciamientos posteriores no fueron firmados por los tres.
Más confusiones saltaron a la vista, cuando el 21 de junio, el ministro de Gobierno, César Gaviria, se entrevistó en Panamá con el general Manuel Antonio Noriega. Gaviria había viajado debido a que, desde Panamá, un mensajero de la inteligencia militar de ese país le había hecho saber al gobierno, que el M-19 se había contactado con el régimen de Noriega, para tender un puente con el gobierno colombiano. Sólo tres días después de esto, Antonio Navarro le hizo saber al gobierno cubano en La Habana, que el M-19 no quería que el gobierno panameño actuara como mediador. A pesar de todo esto, Gaviria le dijo a Noriega que el gobierno colombiano estaba dispuesto en cualquier momento a enviar dos delegados suyos a Panamá, para hablar con el M-19 . Pero este movimiento nunca respondió. Por el contrario, el 26 de junio hizo que el periodista Antonio Caballero viajara desde España hasta San José de Costa Rica, para hablar con Navarro y enviarle un mensaje a Gaviria, solicitando una cita en Panamá. A raíz de todo este enredo, el 29 de junio el ministro Gaviria decidió aceptar una invitación del gobierno cubano -directamente del presidente Fidel Castro- y viajar a La Habana. El gobierno colombiano buscaba, a través de esa gestión, el apoyo de Castro para evitar, a toda costa, un desenlace fatal del secuestro de Gómez.
Mientras todo esto sucedía, el senador Alvaro Leyva, y luego su colega, Rodrigo Marín, iniciaron otros contactos en México, San José y Panamá. El gobierno interpretó estos acercamientos como un cambio de opinión del M-19: ya no le interesaba tanto hablar con el gobierno, porque al parecer se habian abierto mejores perspectivas a través de los contactos con los dirigentes conservadores. Esta impresión se afianzó debido a que, a petición del M-19, la frecuencia de radio entre la casa del gobernador del Valle y el comandante Raúl, fue remplazada por un nuevo puente radio-telefónico entre el lugar donde se encontraba Pizarro, La Uribe, y el teléfono rojo del Palacio de Nariño. A través del teléfono rojo y durante más de una semana, los funcionarios de la Consejería de Rehabilitación, encabezados por Rafael Pardo, intentaron en varias oportunidades repetir el contacto inicial que se había dado en forma directa con Pizarro. Las respuestas siempre fueron evasivas hasta que, finalmente, Pizarro hizo saber que los contactos de ahí en adelante se harían en Panamá.
Pero las contradicciones no terminaron con la reunión de Panamá. SEMANA pudo establecer que la vispera de la reunión del 14 de julio, e incluso al día siguiente, el gobierno recibió diferentes mensajes aparentemente enviados por el comando del M-19 que tenía en su poder a Gómez, diciéndole que Pizarro quería hablar con el gobierno antes de liberar a Gómez. En algunos de esos mensajes, el M-19 llegó a plantear que, a pesar de lo acordado en panamá, ese contacta con el gobierno era condición sine qua non para la liberación del dirigente conservador. Fue por eso que el gobierno, el viernes 15 en la tarde, decidió emitir un comunicado dándole la bendición al acuerdo de Panamá y dejando en claro que en él se había pactado ya la liberación de Gómez.
Sobran los comentarios. Si todo este lio entre las diferentes versiones del M-19 se llega a repetir en el curso del diálogo que se inicia el 29 de julio, es seguro que éste estará condenado al fracaso. Si los dirigentes del M-19 tuvieron tantos problemas para ponerse de acuerdo, por ejemplo, sobre con quién y dónde dialogar para la liberación de Gómez, algo similar podría suceder frente a las dudas que le plantee al M-19 la nueva etapa de diálogo que está por comenzar. Y si el consenso es difícil entre el M-19, se plantea aún más complejo entre los distintos grupos guerrilleros y los demás sectores que estarán representados en la cumbre del 29.
Sin embargo, todas estas dudas no son suficientes para cuestionar la necesidad de diálogo. Precisamente porque hay desacuerdo, es que hay que sentarse a hablar. Como lo dijera el ex presidente Pastrana a la salida de su primer encuentro con Gómez recién liberado, "hay que insistir en el diálogo; ya no nos quedan muchas alternativas". Como quien dice, la peor diligencia es la que no se hace.
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