Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/03/03 00:00

DELATAR SI PAGA

Jorge Salcedo se ganó una recompensade 1,7 millones de dólares por entregar a Miguel Rodríguez Orejuela. Esta es su historia.

DELATAR SI PAGA

El general Rosso José Serrano, 14 de sus mejores hombres y cuatro agentes de la DEA llevaban más de seis horas en el apartamento 402 del edificio Colinas de Santa Rita, al occidente de Cali, buscando a Miguel Rodríguez Orejuela. Eran las seis de la tarde del sábado 15 de julio de 1995. La operación contra el fugitivo jefe del cartelde Cali se había iniciado 12 horas atrás cuando un hombre se comunicó con el cuartel general del Bloque de Búsqueda, en la capital del Valle del Cauca, y pidió hablar con uno de los agentes de la DEA que se encontraba allí.
El funcionario de la agencia antinarcóticos estadounidense identificó de inmediato la voz de su interlocutor, pues se trataba de su mejor informante. Este, en tono seguro y con lenguaje cifrado, dijo que si actuaba con rapidez podría capturar a Miguel Rodríguez, que en ese momento se encontraba en el apartamento de Colinas de Santa Rita. El general Serrano, director de la Policía, fue enterado de la información suministrada por la fuente y sin dudarlo un instante viajó a Cali para dirigir personalmente la operación. Y se tomaron el apartamento.
Las horas pasaron, sin embargo, y Serrano y sus muchachos empezaban a perder la esperanza de capturar al jefe del cartel de Cali. No había rastro alguno de él en el interior del lujoso apartamento. Cuando estaban a punto de desmontar la operación el misterioso hombre llamó de nuevo al agente de la DEA y le preguntó si había cumplido la misión. Ante la negativa el informante insistió en que Rodríguez sí estaba allí. "Si es necesario tumben el apartamento porque él está ahí", aseguró el hombre. Ante una afirmación tan categórica los uniformados decidieron reanudar el rastreo. Lo hicieron meticulosamente. Midieron el grosor de las paredes, las perforaron con brocas, buscaron interruptores que abrieran puertas secretas, desarmaron los closets, la biblioteca... pero no encontraron nada. No obstante, el informante, que seguía comunicado telefónicamente con el agente de la DEA, insistía en que sus datos eran exactos.
Hacia las nueve de la noche, y sin el menor rastro de la presencia de Miguel Rodríguez en ese apartamento, el general Serrano decidió cancelar la búsqueda. Un poco después de la una de la madrugada el delator volvió a comunicarse. Dijo que acababa de verificar su información y que Rodríguez sí estaba allí. Serrano ordenó regresar al edificio. Cuando ingresaron al inmueble quedaron estupefactos: en uno de los pasillos había una pipeta de oxígeno con su correspondiente mascarilla. A un lado, una toalla blanca con algunas manchas de sangre, probablemente provocadas por las brocas con que se perforaron las paredes. Unos metros más allá un bluyín y una camisa azul a cuadros. Miguel Rodríguez se les había escapado después de permanecer escondido dentro de una caleta construida en el baño auxiliar del apartamento. En medio de la frustración, Serrano y sus hombres comprendieron una cosa: que las pistas del informante eran ciertas.
El operativo, además, no había sido un total fracaso. En el apartamento en el que se escondía Miguel Rodríguez el Bloque de Búsqueda halló un verdadero tesoro. En el doble fondo de un gran escritorio los uniformados encontraron tres pesados maletines que contenían gran cantidad de documentos. La información contenida allí fue fundamental para que la Fiscalía iniciara procesos judiciales contra un centenar de personas, entre ellas numerosos congresistas que hoy están tras las rejas.Tres semanas después de la fallida captura de Rodríguez, en la madrugada del 6 de agosto, el informante de la DEA se salió con la suya. Una vez más se comunicó de urgencia para suministrar el lugar donde se encontraba el capo. En un operativo relámpago, 15 hombres del Bloque de Búsqueda se tomaron por asalto el edificio Buenos Aires, ubicado sobre las faldas del Cerro de las Tres Cruces en Cali. Allá capturaron a Miguel Rodríguez Orejuela.

¿Y quién es él?

Año y medio después de ocurridos estos dos episodios ha quedado al descubierto uno de los secretos mejor guardados en la historia del desmantelamiento del cartel de Cali: la identidad del hombre que se comunicaba con el agente de la DEA. Se trata del capitán en retiro de la reserva del Ejército Nacional Jorge Salcedo Cabrera, quien a finales de los años 80 se convirtió en uno de los hombres de mayor confianza de los principales capos del cartel de Cali, en especial de los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.
La identidad de Salcedo y el papel que desempeñó como informante de primera línea de la DEA en Colombia están contenidos oficialmente en un voluminoso expediente conocido como la Operación Piedra Angular. Este proceso, considerado como el principal encausamiento contra la cúpula del cartel de Cali en Estados Unidos, se encuentra radicado en la Corte Federal de Miami.
SEMANA investigó el proceso y encontró un anexo enviado por la Fiscalía de Estados Unidos al juez que lleva el caso. En dicho documento la Fiscalía norteamericana realiza una breve presentación de Salcedo, quien en el próximo mes de marzo se convertirá en testigo contra algunos de los acusados en el proceso, incluyendo a varios abogados estadounidenses sindicados de complicidad con los hermanos Rodríguez Orejuela.
El documento señala que Jorge Salcedo aceptó someterse al programa de protección de testigos en 1995 y salir voluntariamente de Colombia hacia Estados Unidos con una nueva y secreta identidad. Según la misma entidad, Salcedo recibió del gobierno colombiano la suma de 1'125.000 dólares en recompensa por sus informaciones. Al mismo tiempo la administración de la lucha contra las drogas de Estados Unidos le pagó 250.000 dólares por su trabajo y el Departamento de Estado le dio otros 40.000 dólares y le prometió un pago adicional de otros 250.000 dólares. Sumados estos pagos, fueron 1'665.000 dólares, lo que lo convirtió en el informante mejor pagado por dos gobiernos en la lucha contra el narcotráfico.

Contactos con Cali

Jorge Salcedo era un niño bien de la sociedad caleña que no había podido superar sus sueños de ser algún día un militar intrépido. Había culminado un curso de reservista en el batallón de Cali en el que adquirió las destrezas que lo llevarían a distinguirse como uno de los mejores en comunicaciones, armas y explosivos.
Su vida ha transcurrido en el filo de una navaja. A mediados de los 80 fue considerado por los militares un héroe por su lucha contra el M-19 en el Valle del Cauca. A comienzos de los 90 se convirtió en villano cuando inició sus conexiones con el cartel de Cali.
Este hombre, hijo del brigadier general en retiro del Ejército Jorge Salcedo Victoria, ingresó a las filas de los profesionales de la reserva del Ejército en 1982. Al poco tiempo se convirtió en uno de los más sobresalientes alumnos y no tardó en ganarse la confianza de sus superiores por su arrojo y valentía.
En aquella época los militares libraban una feroz lucha contra los últimos reductos del M-19 en Cali y Salcedo no dudó en hacer parte de la batalla. Salcedo y sus compañeros realizaban patrullajes y contactaban informantes para conocer los desplazamientos de los alzados en armas. Su labor continuó hasta marzo de 1990, cuando el M-19 se reincorporó a la vida civil.
Al término de esa guerra perduraron estrechos vínculos entre Salcedo y muchos oficiales de la III Brigada con sede en Cali. En esos ires y venires entabló una estrecha relación con el mayor Mario del Basto, quien por esa época acababa de retirarse de las filas del Ejército. Muy pronto se convirtieron en socios. Del Basto le presentó a varios de sus amigos en Cali. Fueron meses en los que Salcedo conoció un mundo de opulencia, lujos y bellas mujeres.
No necesitó mucho tiempo para descubrir que sus nuevas amistades trabajaban al servicio del cartel de Cali y que el mayor Del Basto era el jefe de seguridad de Miguel Rodríguez Orejuela. Ese mundo deslumbró a Salcedo, quien pocos meses después estaba sentado a manteles con los jefes de la organización.
En esas primeras reuniones Salcedo, que hablaba tres idiomas y había estudiado economía e ingeniería mecánica, descrestó a Miguel Rodríguez, quien vio en él a un gran aliado por la cercana relación que tenía con los militares. También le tomó un gran aprecio porque Salcedo era un hombre de mundo que combinaba la cultura y los buenos modales con su valentía y fogosidad.
Salcedo fue enviado a Panamá a convencer al ex consejero político del general Manuel Noriega, José Blandón, para que declarara en contra de su jefe en el juicio que se le seguía en Miami. Los abogados de Noriega sostienen que la Fiscalía de Miami negoció con el cartel la rebaja de penas del hermano medio de José Santacruz, preso en Miami por narcotráfico y comercio de armas, a cambio de que la organización llevara a Blandón a declarar. Blandón confirmó la visita de Salcedo, pero dice que se presentó voluntariamente.
Entre 1990 y 1991 Jorge Salcedo se consolidó como uno de los dos hombres de mayor confianza de los hermanos Rodríguez. El otro era el chileno Guillermo Pallomari, el hombre que manejaba la contabilidad de la organización. Salcedo también logró allanar el camino para convertirse en aliado de José Santacruz Londoño y Helmer Herrera. "Era el niño consentido de los jefes del cartel, quienes depositaron en él un enorme poder", señaló a SEMANA un agente de inteligencia del Bloque de Búsqueda.
Por aquella época desempeñaba dos oficios vitales para el cartel: primero, era el encargado de sobornar con millonarias sumas a oficiales que ocupaban cargos claves en la III Brigada y en la III División del Ejercito. "Les ofrecía dinero a los oficiales de inteligencia, a los que diseñaban operaciones antinarcóticos y a los oficiales encargados de montar los retenes en las calles de la ciudad. A diferencia de la Policía, él no sobornaba a los soldados sino a sus jefes. Así garantizaba la libre movilización de los cabecillas del cartel. Para todos ellos había mucha plata", dijo a SEMANA un alto oficial del Ejército que conoció a Salcedo por esos días.
El segundo papel se ajustó perfectamente al espíritu aventurero de Salcedo: la guerra del cartel de Cali contra el cartel de Medellín. Para ello aprovechó su formación militar y su experiencia en el manejo de explosivos. Autorizado por sus jefes, diseñó varios planes para acabar con Pablo Escobar. El más espectacular de todos fue la propuesta que hizo en agosto de 1991 para borrar del mapa la cárcel de La Catedral, donde estaban recluidos el jefe del cartel de Medellín y sus principales lugartenientes

Misión imposible

Como emisario del cartel y bajo el nombre de Richard, Salcedo emprendió una aventura por Centroamérica en busca de material bélico. Sus contactos lo llevaron a visitar El Salvador, donde el gobierno empezaba un promisorio proceso de paz con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional _Fmln_. Allí, mientras las partes en conflicto se sentaban en la mesa de negociaciones, surgía un enorme mercado negro de armas.
Sus enlaces en Centroamérica le informaron que la persona apropiada para conseguir lo que él necesitaba era el coronel de la Fuerza Aérea de El Salvador Roberto Leyva, quien en ese entonces se desempeñaba como segundo comandante de la base aérea de Comapala.
A mediados de septiembre de ese año Salcedo localizó al oficial. Al principio se presentó como un empresario interesado en realizar grandes inversiones en ese país y le propuso que se hicieran socios. Leyva se mostró muy interesado pues estaba a punto de dejar el uniforme y pasar al retiro. Durante los siguientes tres meses Salcedo y Leyva estrecharon aún más su amistad.
En noviembre se encontraron de nuevo, pero en esa oportunidad Salcedo cambió su versión. Le dijo a Leyva que era un militar colombiano que estaba muy preocupado porque el problema guerrillero era muy grave. Entonces le propuso al coronel Leyva que le ayudara a obtener varias bombas de alto poder destructivo para atacar los campamentos de los alzados en armas. Le pidió que pensara detenidamente el asunto y quedaron en reunirse de nuevo a comienzos del nuevo año. El 7 de enero de 1992, en una reunión en el hotel Charleston de San Salvador, Salcedo destapó finalmente sus cartas y le reveló al coronel Leyva que en realidad era un representante del cartel de Cali y que necesitaban las bombas con urgencia para realizar una operación que no podía fallar: la destrucción de la cárcel donde estaba Pablo Escobar. Le relató los principales detalles de la operación y agregó que el cartel de Cali estaba dispuesto a invertir cuatro millones de dólares para comprar las bombas y contratar a dos pilotos de helicóptero para realizar la operación.
El plan consistía en bombardear la cárcel de La Catedral en las horas de la noche con un helicóptero de guerra UH-212, capacitado para volar a 12.000 pies de altura. A la aeronave le serían acondicionadas amarraderas laterales para sujetar las bombas. Y como el ataque sería nocturno los pilotos ten-drían visores láser para ubicar el objetivo.
Leyva lo escuchó en el más absoluto silencio. Después tomó la palabra y dijo que él podía conseguir las bombas. Antes de finalizar la reunión el coronel manifestó que lo llamaría telefónicamente cuando tuviera en sus manos el encargo. Los dos hombres volvieron a reunirse el 23 de febrero en San Salvador. Allí diseñaron un plan para sacar tres bombas tipo 'papaya' que estaban guardadas en la bodega de armamentos de la base de Comapala.
En un cinematográfico episodio, Leyva burló las medidas de seguridad y en complicidad con otros dos militares sacaron las bombas en guacales marcados con un letrero en el que se leía: "Carga delicada. Caterpillar". Luego depositaron las bombas en un camión y las trasladaron a una base aérea. El resto de esta historia todavía es un misterio. Nunca se supo la forma como Salcedo sacó las bombas de El Salvador. Tampoco se conoció por qué razón no se llevó a cabo el bombardeo de La Catedral. Y hoy, cinco años después, no ha sido posible la localización de las bombas 'papaya', de 500 libras de peso cada una, por parte de las autoridades.
El único rastro visible, y con el cual el plan quedó al descubierto, fue que Salcedo dejó abandonada una de las tres bombas en una pista clandestina que posteriormente fue descubierta por las autoridades salvadoreñas. El coronel Leyva fue detenido en los primeros días de marzo de 1992 y poco tiempo después rindió un completo testimonio en el que relató la forma como conoció a Salcedo.

El doble agente

Las revelaciones del coronel Leyva fueron conocidas muy rápidamente por los servicios de inteligencia del Ejército colombiano. Esto se sumó al trabajo de contrainteligencia que se había iniciado en la III Brigada, donde ya se tenían serias sospechas sobre la relación de Salcedo con los jefes del cartel de Cali.
El entonces comandante de la III División, general Camilo Zúñiga Chaparro, conoció en detalle esta información. El 26 de marzo de 1992 Zúñiga envió el oficio 1210 al comandante del Ejército, general Manuel Alberto Murillo, en el que solicitó la destitución de Salcedo Cabrera y de su esposa, la también capitán de la reserva Angela Acevedo. En su petición Zúñiga señaló que: "Este comando tiene conocimiento que el oficial en mención ha estado vinculado, desde tiempo atrás, con organizaciones delictivas, especialmente en aspectos de inteligencia". Finalmente, el 6 de abril, Salcedo y su esposa fueron desvinculados del Ejército y se les prohibió el uso de uniformes militares.Desterrado del Ejército, Salcedo se dedicó de lleno a trabajar para Miguel Rodríguez. Junto con su amigo Del Basto perfeccionó los sistemas de seguridad y de comunicaciones de la organización. También diseñó un complejo sistema de mensajes vía bíper y estableció códigos de identificación al estilo de la KGB para controlar los negocios de los Rodríguez. Salcedo se ufanaba de que ese sistema era imposible de descifrar y que cualquier transacción se podría realizar sin correr ningún riesgo.
Todo parecía marchar sobre ruedas. Salcedo tenía cada vez más ascendencia sobre la organización. Pero lo que él no sabía, a pesar de ser un experto en seguridad, era que desde el episodio de El Salvador estaba en la mira de la DEA. Varios agentes encubiertos comenzaron a seguir sus pasos. A finales de 1993, tres semanas después de la muerte de Pablo Escobar, fue contactado en Cali por los agentes estadounidenses.
Su desconcierto fue mayúsculo. Los funcionarios de la DEA le demostraron que conocían en detalle sus actividades dentro del cartel. El ex capitán se vio acorralado y en un laberinto sin salida. Pero los agentes secretos le abrieron una puerta: convertirse en informante a cambio de una buena paga y el compromiso de ser incluido en el programa de testigos del gobierno norteamericano.
Poco tiempo después, bajo una enorme presión y ante la posibilidad de terminar en la cárcel, Jorge Salcedo aceptó convertirse en doble agente. De acuerdo con el documento obtenido por SEMANA en la Corte Federal de Miami, "la información de Salcedo permitió el esclarecimiento de varios asesinatos y la confiscación de materiales para la fabricación de bombas y explosivos". Y el arresto de un capo del narcotráfico.

Datos precisos

Para su nuevo trabajo como agente encubierto Salcedo acordó varias reglas de juego con los funcionarios de la DEA. La primera, que mantendría comunicación con un solo agente, que tenía como sede la embajada de Estados Unidos en Bogotá. Segunda, que bajo ningún motivo entablaría relación con los integrantes del Bloque de Búsqueda. Y tercera, que si llegaba a ser descubierto por los Rodríguez la DEA proporcionaría los medios necesarios para sacarlo del país.
En esta primera etapa Salcedo manejó un bajo perfil y suministró información que sirvió para resolver algunos casos de poca monta. Pero su verdadero papel como informante se cumplió a partir de abril de 1995 cuando el Bloque de Búsqueda y las agencias norteamericanas se lanzaron de lleno tras la captura de los jefes del cartel.
Para esa época las relaciones de Salcedo y la DEA estaban en su apogeo. El ex capitán de la reserva suministró valiosa información con la cual el Bloque de Búsqueda desmanteló las redes de comunicaciones y de seguridad de los Rodríguez, Santacruz y Herrera. Los anillos de seguridad de los capos desaparecieron y se vieron obligados a limitar sus desplazamientos.
Pero la situación de Salcedo comenzó a complicarse tras la captura de Gilberto Rodríguez Orejuela, ocurrida el 9 de junio de 1995. Esta operación fue realizada por el Bloque de Búsqueda en coordinación con la DEA y la CIA. Al conocerse los pormenores de la detención de Rodríguez las autoridades revelaron que ésta había sido posible gracias a la colaboración de dos informantes que recibieron 750 millones de pesos cada uno.Miguel Rodríguez, que en ese momento también huía de la persecución, sospechó que quien había delatado a su hermano fue Jorge Salcedo. Dos días después de la captura de 'El Ajedrecista' los agentes de la DEA perdieron el rastro de Salcedo. Creyeron que había sido secuestrado por la organización.
Pero cuando todos creían que Salcedo estaba muerto, éste volvió a comunicarse con su contacto en la embajada. Ocurrió en los primeros días de julio. Salcedo se mostró muy preocupado y manifestó a su contacto en la DEA que había sido sometido a una especie de 'cuarentena'. Según él, Miguel Rodríguez les había ordenado a varios de sus hombres que investigaran a fondo en qué andaba él. De acuerdo con su relato, fue retenido, conducido al sótano de una casa y sometido a intensos interrogatorios. A pesar de las golpizas que recibió y de las amenazas de muerte contra su familia, logró convencer a quienes lo interrogaban que no se había vendido.Salcedo tenía claro en ese momento que sus días como informante estaban contados. Con su contacto de la DEA llegó a la conclusión de que era necesario precipitar la detención de Miguel Rodríguez. Así ocurrió. En las siguientes dos semanas suministró información que le permitió al Bloque de Búsqueda operar todos los días y estrechar el cerco sobre el fugitivo.Con base en sus datos fue que el 15 de julio el Bloque de Búsqueda, con el general Serrano a la cabeza, realizó el frustrado allanamiento al edificio Colinas de Santa Rita, donde el jefe del cartel de Cali logró escapar luego de permanecer por horas en una caleta.
La operación final contra Miguel Rodríguez, el 6 de agosto, fue ejecutada con base en la información entregada por Salcedo. Así lo admite la Corte Federal de Miami, que en el documento conocido por SEMANA asegura que la más trascendental contribución de Salcedo fue haber suministrado las pistas exactas de los sitios donde se escondía Miguel Rodríguez Orejuela.

Nueva vida

Después de la captura de Miguel Rodríguez la situación de Salcedo no cambió. En principio el ex capitán no observó ningún indicio que le señalara que en la organización sospecharan de él como la persona que delató al jefe del cartel.Así lo confirma el expediente de la Corte de Miami al señalar que, pocos días después de la captura de Rodríguez, su hijo William buscó a Salcedo para encomendarle una misión: la búsqueda de Gladys Patricia Cardona, la esposa de Guillermo Pallomari, para asesinarla.
Pero dos hechos que ocurrieron poco después obligaron a Salcedo a buscar la protección de la DEA. Pese a que él estaba encargado de localizar a la esposa de Pallomari, fue enterado de que el 16 de agosto varios hombres armados la habían secuestrado al sur de Cali. Casi simultáneamente le informaron que en la organización tenían la certeza de que él era el delator y que lo iban a asesinar.
Estaba a punto de comunicar su intención de entregarse a su contacto en Bogotá cuando se enteró de que Guillermo Pallomari había tomado esa determinación tras el secuestro de su esposa. El contador de los Rodríguez se refugió en Bogotá durante algunos días y finalmente el 20 de septiembre de 1995 partió rumbo a Estados Unidos. Una semana después la DEA facilitó la salida de Salcedo.
Cuatro meses más tarde, el 17 de enero de 1996, el ex capitán compareció ante la Corte de Miami, en la cual se declaró culpable del delito de conspiración. Cumplido este trámite y bajo la protección del gobierno estadounidense, y con una nueva identidad, Salcedo comenzó a recibir el fruto de su colaboración como informante.
Ahora se sabe que el hombre que entregó a Miguel Rodríguez Orejuela es Jorge Salcedo. Pero ese nombre poco importa. Salcedo está viviendo en cualquier lugar de Estados Unidos, con un nuevo nombre, una nueva vida y sin pasado.

Las recompensas

La primera vez que se ofreció recompensa por la captura de narcotraficantes fue en el gobierno de Virgilio Barco. En septiembre de 1989, un mes después del magnicidio de Luis Carlos Galán, las autoridades repartieron por todo el país miles de afiches en los que se anunciaba una bonificación de 100 millones de pesos a quien suministrara información sobre el paradero de Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha.
En 1992, y después de que Escobar se volara de la cárcel de La Catedral, la administración de César Gaviria lanzó un plan de recompensas en el cual se garantizaba absoluta reserva de la identidad de las personas que colaboraran con las autoridades en la delación del paradero del jefe del cartel de Medellín. La recompensa era muy tentadora: mil millones de pesos.
El plan de recompensas fue manejado por el Bloque de Búsqueda y la dirección general de la Policía Nacional. Se montó una sala de operaciones dotada con líneas telefónicas y atendida por mujeres policías, cuidadosamente seleccionadas, que recibían la información y a cada uno de los informantes les asignaban un código de identificación. Las operadoras no daban abasto para atender las cientos de miles de llamadas que decían saber dónde se encontraban escondidos Escobar y su gente.
La información suministrada por los ciudadanos era entregada a un grupo de expertos de inteligencia que tenían el trabajo de analizarla. A partir de esas pistas el Bloque de Búsqueda operaba. Cuando en febrero de 1993 el gobierno de César Gaviria subió la recompensa por Escobar a 6,7 millones de dólares la 'línea caliente' de la Policía se infartó. Era tal la cantidad de información que los analistas comenzaron a trabajar las 24 horas del día.
Como los avisos circularon en los principales periódicos del mundo, una legión de caza-recompensas y mercenarios apareció en Colombia en busca del botín. Por su parte, los informantes colombianos comenzaron a utilizar pomposos códigos de identificación. Los alias de Bareta, Agente 007, el Superagente 86, Remington Steel, Mc Garret eran escuchados a diario por las operadoras de la Policía.
El plan de recompensas comenzó a dar sus frutos. En el primer año el ala terrorista de Pablo Escobar fue desarticulada por el Bloque de Búsqueda. El pago de las recompensas no se hizo esperar. Al principio se hizo de una manera rudimentaria. Los oficiales del Bloque empacaban la plata en costales y cumplían citas en tiendas de barrio. Allí los informantes se identificaban con su santo y seña y después de firmar un acta de recibido partían sin dejar rastro.
Pero el premio mayor _que eran los 6,7 millones de pesos ofrecidos por Pablo Escobar_ no fue ganado por ninguno de los informantes ni los caza-recompensas. En esa oportunidad venció la tecnología. Con ayuda de equipos de radiometría la Policía encontró el lugar donde estaba escondido el jefe del cartel de Medellín. El gobierno de Gaviria decidió premiar a los hombres del Bloque. Parte de los 6,7 millones fueron invertidos en subsidios de vivienda para los 800 miembros de la Policía que participaron en su búsqueda. El resto de dinero fue entregado a fundaciones. Finalizada la guerra contra Escobar, el Bloque enfiló baterías contra el cartel de Cali. En marzo de 1995 aparecieron los primeros avisos de recompensa por sus cabecillas. El gobierno de Ernesto Samper ofrecía 5.000 millones de pesos a quienes suministraran información sobre el paradero de Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, José Santacruz Londoño, Helmer Herrera, Víctor Patiño Fómeque y Phanor Arizabaleta.
En manos de los informantes quedaron las recompensas por los hermanos Rodríguez, cada una de ellas por 1.500 millones de pesos. Igual sucedió con la de José Santacruz, por el cual hubo doble gratificación: una de 500 millones y otra de 2.000 millones, cuando se escapó de la cárcel de La Picota en Bogotá. Esta última fue pagada a un informante que se identificó como 'El Patriota', quien representaba a un grupo de hombres que se unieron en busca del premio mayor.
En esta segunda etapa el gobierno de Estados Unidos ofreció que a todas aquellas personas que entregaran información que permitiera dar con el paradero de los cabecillas del cartel de Cali se les garantizaría el cambio de identidad y el ingreso al sofisticado y complejo programa de testigos del gobierno estadounidense.
El plan de recompensas ha sido un éxito en el país. Y lo ha sido porque el gobierno ha cumplido a cabalidad con el pago de los dineros y porque ha mantenido en la más absoluta reserva la identidad de los informantes.

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