Sábado, 21 de enero de 2017

| 2007/08/18 00:00

¿Despegó el dólar?

No necesariamente. Pero todo parece indicar que los días de la divisa por debajo de 2.000 pesos quedaron atrás.

La crisis del mercado inmobiliario de Estados Unidos tuvo repercusiones en las bolsas de valores de todo el mundo. El jueves casi todas cayeron. Y aunque después tuvieron una leve recuperación, reinan la incertidumbre y la zozobra.

Los inversionistas y los banqueros recordarán durante mucho tiempo la semana pasada. Una cascada de cifras negativas, que no se veía desde hace mucho tiempo, generó una epidemia de nerviosismo que, de paso, llegó a contagiar a los colombianos comunes y corrientes que normalmente no viven pendientes de lo que pasa con el precio del dólar ni con el comportamiento de las bolsas de valores.

El jueves el dólar tuvo su mayor subida en nueve años: 74,47 pesos. El día anterior había subido alrededor de 30 pesos. La Bolsa de Colombia cayó el mismo día un 4,91 por ciento, el descenso más fuerte desde enero. Las tasas de los TES también registraron una de las peores caídas diarias de los últimos años. El nerviosismo cundió entre los especialistas y la incertidumbre se apoderó de los observadores comunes. El clima enrarecido se complicó aun más por los datos de la economía mundial: desde Europa hasta Asia, pasando por Nueva York, casi todas las principales bolsas de valores se desplomaron.

La globalización ha convertido los asuntos económicos en problemas de toda la gente, y no sólo de los economistas. Los colombianos han vivido una época de dólar barato, en la que se les han abierto posibilidades que tradicionalmente no tenían al alcance de la mano. Han cambiado comportamientos y muchos consumidores llegaron a tener acceso a bienes y servicios con los que antes no habían podido soñar. Las importaciones aumentaron y los precios de varios productos, desde carros hasta computadores, se volvieron razonables. Los viajes al exterior han aumentado: la facilidad de ir a destinos centroamericanos con dólar a menos de 2.000 pesos había llegado a causar preocupación en las aerolíneas que cubren rutas nacionales.

Por todo lo anterior, el nerviosismo y la incertidumbre que causaron las informaciones económicas de la semana pasada no eran solo una cuestión de especialistas. Tampoco las innumerables preguntas que surgieron: ¿Se acabó la época del dólar barato? ¿Se frenará la economía, que venía creciendo a tasas históricas? ¿Hasta dónde llegará la devaluación? ¿Se precipita una grave crisis mundial, es decir, el consabido estornudo de los poderosos que contagia de gripa a las débiles?

El punto más difícil de entender, para un ciudadano común y corriente, es por qué un problema de otro país afecta a Colombia. El argumento para explicar los descalabros de la semana pasada en todos los continentes se concentró en el mercado hipotecario de Estados Unidos. En ese país, durante varios años, la construcción de vivienda ha sido un motor poderoso del crecimiento, gracias a una política de créditos flexible y muy poco exigente. Se expandió una modalidad de préstamos que allá llaman subprime. Es decir, que se otorgan con pocos requisitos y garantías, a beneficiarios sin comprobados recursos personales, con la contraprestación, para los bancos, de que cobran más por esas operaciones. Son movidas de mayor riesgo que los préstamos normales que son la mayoría y que exigen certificados de ingresos y cuotas iniciales altas.

Las alarmas no son nuevas. Desde hace tiempo se había detectado un aumento en el incumplimiento en algunos créditos, e incluso, un descenso en los precios de las propiedades raíz en Estados Unidos. En realidad, hace rato se hablaba de que la burbuja hipotecaria se caería y las apuestas no se concentraban en si se produciría o no el desplome, sino cuándo.

Cuando Washington estornuda...

Hay tres razones por las cuales un problema interno de la economía de Estados Unidos tuvo, o tiene, connotaciones de crisis mundial. El primero de los vasos comunicantes es el mercado de las inversiones. En la medida en que en Estados Unidos se empezaron a subastar y a titularizar propiedades de dueños que se quedaban colgados con sus pagos, este negocio atrajo dinero de todo el mundo. Varios fondos de entidades poderosas y de gran reputación como el UBS de Suiza, Barclays de Inglaterra y Paribas de Francia, tenían fondos respaldados por hipotecas de las llamadas subprime. La crisis se expandió por este camino a otros continentes, y aún se desconoce qué otras entidades en todo el mundo podrían haberse visto afectadas.

El segundo vaso comunicante que exportó a otros países el problema de la economía de Estados Unidos es toda una paradoja. En la medida en que cundió el pánico en el mundo, los inversionistas buscaron al Tesoro de ese país como refugio. Los Bonos del Tesoro son considerados una alternativa de inversión muy segura porque tienen el respaldo del gobierno de ese país. Muchos capitales volaron a Estados Unidos en busca de la seguridad que provee esta alternativa. Como dijo alguna vez el conocido economista John M. Keynnes, "los mercados son como un reinado de belleza: lo que importa es quién es la candidata que a todo el mundo le parece la más bella". Inversiones que habrían podido ir a otros países, y a economías emergentes, se fueron para el norte y presionaron la devaluación de las monedas de estos países. Este pudo haber sido, al menos en parte, el caso de Colombia.

Pero hay un tercer vaso comunicante: el nerviosismo. Ver que se desploman las bolsas de valores de las economías más fuertes, o que se desinfla el mercado hipotecario de Estados Unidos, infunde temor. "La gente tiene miedo y va a seguir con miedo", dice Juan Carlos Echeverri, ex director del Departamento de Planeación Nacional. Ya en otras crisis de la era de la globalización la comunidad financiera internacional había aprendido que el problema de uno se vuelve, fácilmente, asunto de todos: tal es el sentido de términos como 'la crisis asiática', el efecto Tequila, o el efecto cachaza, que se utilizaron para describir el contagio de los problemas de Tailandia y sus vecinos, México y Brasil, a finales de los años 90.

Ya casi nadie duda que los inconvenientes con las hipotecas subprime se sentirán en todo el mundo. Y que los primeros análisis sobre la materia, en cabeza de figuras tan prestantes como Ben Bernanke, el poderoso presidente de la Reserva Federal (FED), que aseguraban que el lío se mantendría dentro de las fronteras estadounidenses, estaban equivocados. Una encuesta realizada por Bloomberg entre inversionistas, a mediados de la semana pasada, concluyó que sólo un 30 por ciento consideraba que el problema se limitaba a la actividad hipotecaria gringa, y que un 70 por ciento estima que el enredo tiene alcance mundial.

Lo anterior es grave. Significa que la angustia no se ha superado. Los analistas consideran que la magnitud del descalabro puede alcanzar un 4 ó 5 por ciento del PIB de Estados Unidos. Y la gran expectativa es qué otros de los grandes fondos internacionales pueden tener inversiones respaldadas por inversiones subprime. A finales de la semana pasada, el viernes, la FED redujo las tasas de interés que cobra por los créditos a los bancos en un 0,5 por ciento. La medida fue bien recibida y las principales bolsas de valores cerraron ese día con crecimiento. Desde el punto de vista político, el aumento en la tasa, sumado a los esfuerzos de varios días para proveer liquidez -la FED ha inyectado recursos por 71.000 millones de dólares al mercado- fue interpretado como una señal inequívoca de que esa entidad hará todo lo que esté a su alcance para evitar una catástrofe de mayores proporciones.

Hasta el momento, en consecuencia, ha habido más zozobra que daño real. Las pérdidas han sido cuantiosas y las economías emergentes -como la de Colombia- han tenido que pagar platos que no fueron rotos por ellas. Lo que ya ha ocurrido es grave, según el ex ministro de Hacienda Juan Camilo Restrepo, "porque enrarece el mercado de crédito y porque demuestra que las señales de que había problemas se enfrentaron con ligereza". Pero así como no se puede decir que el impasse ya quedó atrás, tampoco se puede afirmar que el mundo está a las puertas de una hecatombe.

¿Y Colombia?

Los sobresaltos de la economía mundial también se sintieron en Colombia. ¿Qué tanto se afectará la economía hacia el futuro? Las inquietudes principales sobre la materia tienen que ver con la tasa de cambio -¿se seguirá devaluando el peso - y con el crecimiento de la economía: ¿se frenará el dinamismo que traía la producción?

La primera lección de los acontecimientos recientes tiene que ver con el alto grado de vulnerabilidad de los mercados nacionales. "Las grandes tendencias vienen de afuera y se magnifican en Colombia", según Mauricio Cárdenas, director de Fedesarrollo. De hecho, la buena salud de la economía en los últimos meses no ha sido un fenómeno nacional. Casi en todo el continente latinoamericano se ha repetido en los últimos meses el cuadro de crecimiento alto, revaluación de la moneda local, incremento de remesas y de ingresos externos, y baja inflación.

Hay, sin embargo, algunas áreas vulnerables al shock externo. El primero, y el más visible, es la devaluación. El ex ministro de Hacienda Rudolf Hommes considera que "el peso estaba sobrevalorado, y tarde o temprano se iba a ajustar". Los exportadores han esperado durante meses un cambio en la tendencia a la revaluación. Hay sectores que han perdido competitividad porque, al convertir los dólares que obtienen en la venta de sus productos en el exterior a pesos, sus ingresos han bajado. El ajuste esperado es todo un alivio.

Sin embargo, no todo es positivo en este frente. Para empezar, porque no se puede exagerar su magnitud. Javier Díaz, presidente de Analdex, dice que "es prematuro decir que ya cambió la tendencia". Además, agrega, "siguen entrando dólares por operaciones como la de Ecopetrol, y eventualmente las de ISA e Isagén". Y finalmente, "lo que ha pasado es fruto del nerviosismo y no de un cambio estructural en el mercado". En algunos productos, incluso, lo que se gana con la tasa de cambio se puede perder con una caída en su precio internacional: así le pasó al café la semana pasada.

La devaluación puede tener otras dos consecuencias, estas de carácter indeseable: aumenta el costo de la deuda externa, porque se necesitan más pesos del presupuesto nacional para pagar los mismos dólares del servicio de la deuda, y ayuda a la inflación porque sube el precio de las importaciones. En ambos casos, sin embargo, hay atenuantes. En cuanto a la deuda, porque el gobierno ha reemplazado fuentes externas por internas: un 70 por ciento hoy está en pesos. Y en lo que se refiere a la inflación, según el presidente de Anif, Sergio Clavijo, "se ha demostrado que el precio de las importaciones tiene un efecto limitado".

Los problemas más graves podrían surgir en el mediano plazo. Si hay una desaceleración de la economía mundial, como se prevé, bajaría la demanda por los productos colombianos y eso se traduciría, a su vez, en un menor crecimiento. Y si se mantiene el atractivo que ejercen los Bonos del Tesoro de Estados Unidos para las inversiones internacionales, será más difícil mantener el alto flujo de capitales que ha beneficiado a la economía nacional. "Si algo hemos aprendido es que el crecimiento depende mucho de la inversión", dice la senadora y ex directora de Planeación, Cecilia López.

Es muy temprano para determinar cuál va a ser el capítulo final de los sobresaltos de la economía mundial y de sus efectos sobre Colombia. Los problemas son serios y se pueden tornar aun más complejos. Las primeras medidas han caído bien, pero nadie puede decir que son suficientes u oportunas. Existe mucho nerviosismo y una gran incertidumbre sobre el verdadero alcance de la debacle hipotecaria en Estados Unidos.

La mayoría de los economistas consultados por SEMANA considera que la era del peso sobrevaluado quedó atrás y que no habrá regreso a los días de 1.800 pesos por dólar. Volver a bajar de 2.000 pesos por dólar es una hipótesis prácticamente desechada. El pronóstico, claro, es que el ciclo del peso revaluado se cerró. Sin embargo, tampoco ven una devaluación desbordada sino el retorno a las expectativas que existían hace un par de años: las de un dólar alrededor de los 2.300 pesos.

Pero todo puede pasar, y depende de lo que pase en la economía internacional, y no sólo de lo que hagan el gobierno y el Banco de la República para controlar los efectos negativos de la crisis. Y lo que pase en el mundo es muy impredecible: "Depende del miedo", según Rudolf Hommes. Lo cual significa que, más que una enfermedad grave, lo que hay es un clima de gran incertidumbre.

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