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| 8/20/2011 12:00:00 AM

“Después de esto, la guerra es un paseo”

¿Cómo entrenan las unidades militares de élite en Colombia? SEMANA viajó con las Fuerzas Especiales del Ejército y una unidad de Combate Fluvial de la Infantería de Marina para averiguarlo.

El secreto de una unidad militar de élite puede resumirse en tres palabras: entrenar, entrenar y entrenar. Cursos agotadores, con 18 o 19 horas de trabajo diario, pruebas y exámenes que llevan la resistencia humana al límite, ocupan la mayor parte de la vida cotidiana del selecto grupo de integrantes de esas unidades, cuya única interrupción son las misiones de combate y los escasos permisos de descanso. SEMANA asistió en Tolemaida y en la base de la Armada en Putumayo a dos de la fases de entrenamiento más duras en las Fuerzas Militares: el reentrenamiento de Fuerzas Especiales del Ejército y la llamada "prueba de confianza" de Escalopendra, el curso de combate fluvial de la Armada.

"Cuando no estamos en operaciones, estamos entrenando". Así lo resume el capitán José Eduardo Pérez, después de pasar el día bajo el sol que abrasa el Centro de Entrenamiento de Tolemaida junto a tres torres conocidas como las 'trillizas', desde las que saltan una y otra vez los 62 integrantes de su compañía, Argelia, que vuelan por el aire con las manos enguantadas agarradas de sendas sogas para frenar un poco la caída libre de 18 metros.

Los miembros de Argelia son parte del batallón de 1.280 hombres de las Fuerzas Especiales, la élite de la élite del Ejército colombiano, cuyo trabajo consiste en perseguir "objetivos de alto valor", como los miembros del Secretariado de las Farc.

Son paracaidistas y lanceros, dos especialidades que implican durísimos procesos de selección. La de los segundos, por ejemplo, culmina con la legendaria y temida 'fase de selva' del curso: una semana solo, en la jungla, sin otro equipo que una jabonera en un bolsillo del uniforme, en la que hay un anzuelo, cuatro fósforos, un sobre de sal, un caldo de gallina, un alfiler y un preservativo (para guardar agua). Solo quien sobrevive siete días y logra orientarse hasta un punto previamente escogido para rescatarlo, recibe la insignia. Y esta no es sino una precondición para entrar a las Fuerzas Especiales.

Luego de una operación de combate de la que ninguno de ellos quiso dar detalles, y hasta que se les asigne una nueva misión, los 62 hombres de Argelia estarán varias semanas en Tolemaida en "reentrenamiento", que es lo que hacen cuando no están combatiendo. Gimnasia; prácticas de combate urbano; rappel (descenso con cuerdas); salto desde helicópteros al agua, con equipo de treinta kilos y fusil, en una técnica conocida como helocast; dominio del spie, que consiste en engancharse al vuelo a una soga que cuelga de un helicóptero; habituarse a condiciones de páramo, desierto y selva; sortear un listado de unas cien trampas y desafíos que pueden encontrar en situaciones de combate, son parte de las rutinas que estos hombres repiten una y otra vez, de cuatro de la mañana a once de la noche, seis días por semana, hasta convertirlas en respuestas tan automáticas como la del oficinista que abre el cajón de su escritorio. En una de las pruebas más difíciles, la compañía se divide en dos, en proporción de diez a uno, y el grupo más pequeño, de entre cuatro y seis hombres, debe salir indemne de una emboscada que les tienden los otros 55 o 60.

"Siempre estamos listos para una misión en un páramo o en el monte", dice Wílmer Angulo, soldado profesional hace 16 años, puntero de la compañía (el que va adelante en una operación, los ojos de la tropa).

En otro extremo del país, a orillas del río Putumayo, en Puerto Leguízamo, en la base de la Fuerza Naval del Sur, todo está listo para uno de los retos más difíciles del curso Escalopendra, para especialistas en combate fluvial. Apenas después de dos semanas de entrenamiento, de un total de nueve que dura el curso, 45 oficiales y suboficiales de la Infantería de Marina deben pasar la "prueba de confianza".

En las dos semanas que llevan en la base han aprendido de pilotaje y mecánica de motores de las lanchas de combate, de técnicas de socorrismo de combate y de artillería fluvial. Han perdido la cuenta de las horas que pasaron en el agua, nadando con el equipo a cuestas y el fusil en la mano, practicando apnea, para resistir hasta dos minutos y medio conteniendo la respiración o lidiando con la hipotermia. Al final de la segunda semana, los embarcan en Pirañas, lanchas rápidas, río abajo por el Caucayá, un afluente del Putumayo, hasta que están a unos diez kilómetros de la base. Con un morral de treinta kilos a la espalda, al cual el agua le añade otros cinco kilos, y su fusil terciado, los tiran al agua. No solo tienen que nadar los diez kilómetros contra la corriente, hasta la base, sino hacer toda clase de maniobras y simulaciones en el trayecto, como rescatar a un compañero herido o enfrentar al enemigo. Pasada la prueba, les quedan todavía siete semanas de curso.

"Lo más difícil es manejar la ansiedad, los nervios. Hay quienes no le tienen miedo a la guerra, pero se meten al agua y entran en pánico. En 15 días de entrenamiento, tienen que perderlo", dice el teniente Jesús Galindo, instructor del curso, que remata, con una sonrisa: "Después de esto, la guerra debe parecerles un paseo".
 
 
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