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| 2/6/2010 12:00:00 AM

Destino: Afganistán

¿Por qué no sale el grupo de soldados que Colombia ha entrenado para enviar con la Otan?

Esta semana llegan a Colombia los restos de John Felipe Romero, el soldado colombiano que murió en Afganistán el pasado primero de febrero cuando un contingente español cayó en una mina instalada por insurgentes talibanes. Tenía 21 años y apenas hacía tres que había salido de su humilde barrio en Soacha, para vivir con sus padres y hermanos en España. Resulta paradójico que su muerte se produzca justo unos días después de que el canciller colombiano, Jaime Bermúdez, anunció oficialmente que Colombia hará parte de la misión de la Otan en Afganistán.
Colombia ha venido cooperando con Afganistán en varios frentes por vía de los norteamericanos. Como se sabe, Estados Unidos considera muy avanzada la experiencia del país en campos como el desminado, la lucha contra el narcotráfico y las tácticas contrainsurgentes, y quiere que se apliquen en otros conflictos. Está claro que el grupo inicial sería de unos 100 militares, casi todos de fuerzas especiales, que irían en dos contingentes diferentes: el de la Otan y el de los norteamericanos. “La participación es absolutamente voluntaria”, dice el general Freddy Padilla de León, comandante de las Fuerzas Militares.

Aunque el grupo final no está seleccionado, ya hay personas en entrenamiento y a la espera de que se resuelva el problema que tiene atascado todo el proceso: la inmunidad de los soldados. Hasta ahora no hay un acuerdo establecido con Afganistán sobre los alcances de esta inmunidad y en el Ministerio de Defensa no se acepta una inmunidad diferente a la que gozan los soldados de las naciones poderosas como Estados Unidos, al lado de los cuales estarán los colombianos.
El gobierno asegura que si todavía no hay un acuerdo de inmunidad es porque no se ha hecho el trámite formal; otros observadores piensan que hay desconfianza. Hace poco la analista Laura Gil aseguró que la Casa Blanca no está convencida de llevar a los colombianos, y que la ONU en otras ocasiones ha guardado silencio cuando Colombia ofrece sus tropas. La razón aparentemente serían las violaciones de derechos humanos que han ocurrido en Colombia y que involucran a muchos militares. Bermúdez dice que, por el contrario, viajar a Afganistán requiere un estándar muy alto de profesionalismo y legitimidad y Colombia lo tiene. “El acuerdo está hecho, lo que falta es una nota diplomática”, dice.

El tema se está manejando con mucha reserva y hasta ahora no ha generado ningún debate político o público. Muchos expertos coinciden en que una misión de estas características es muy importante porque moderniza a los militares, los pone en contacto con el mundo y da mensajes de reciprocidad a las naciones. Así ocurrió en los años 50 con la participación en la guerra de Corea que partió en dos la doctrina militar colombiana. Pero Afganistán no es como el Sinaí. Es un escenario sórdido y difícil. Los propios norteamericanos han reconocido que hay incertidumbre sobre el desenlace y la cifra de muertos está creciendo: el año pasado murieron 2.412 civiles y 502 militares.

Daniel Ospina, un muchacho de Medellín de apenas 22 años, que sobrevivió a la emboscada donde murió Romero y que se recupera de sus heridas en Barcelona, le dijo la semana pasada al diario El País de Madrid que Afganistán: “No es como en Medellín, donde algunos niños te piden monedas en los semáforos. Aquí te suplican por agua o comida, y la gente bebe de las charcas”.
Por eso, aunque el general Padilla dice que el principal incentivo de los soldados para ir eventualmente a Afganistán es que “se cubren de honor y de gloria”, la pregunta que muchos se hacen es si eso sirve de algo. Romero fue enterrado como un héroe por el gobierno español. Quién sabe si entendía, por lo menos, de qué se trataba aquella guerra.
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