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| 6/20/2015 10:00:00 PM

Destinos cruzados en medio del conflicto

Dos policías y un exguerrillero, que era miembro del frente responsable de la pérdida de la vista de uno de ellos, ahora son grandes amigos.

El 16 de agosto de 2005 fue el último día en que Fredy Villarreal pudo ver la luz. Cerca de 400 guerrilleros del frente 29 de las FARC emboscaron a los 47 policías de su Escuadrón Móvil de Carabineros y se encendieron en un combate de cinco horas en las montañas de Policarpa en Nariño. Cuando creían que todo había pasado, un cilindro bomba explotó y dejó a Fredy sin un oído, con el rostro destrozado e invidente de manera instantánea. Aun así, hoy considera que lo suyo fue un accidente y no un atentado.

Casi un año y medio antes, el subintendente de contraguerrilla Wilson Barreto perdió la visión en Puerto Rico, Meta, cuando las FARC detonaron una casa bomba mientras él y otros policías escoltaban una incautación de cocaína y dinero. Murieron diez personas. “Duré cinco días inconsciente y cuando desperté volví a nacer. Lo único que me quedaba era mi familia”, asegura.

En cuestión de segundos las vidas de Villarreal y Barreto cambiaron radicalmente y ambos, en la distancia y sin conocerse, se recuperaron poco a poco. La Policía y la Fundación Corazón Verde se encargaron de la reconstrucción del rostro de Fredy y de las dos prótesis para sus ojos. Barreto, dos años después del atentado, tuvo que volver al Hospital de la Policía, luego de que en una finca en el Huila recibió un disparo en su columna que no lo dejó en silla de ruedas pero sí encerrado en su propio pánico durante dos meses, con temor a ser asesinado en cualquier momento.

Para 2005, cuando ambos policías iniciaban una nueva vida impuesta por la guerra, Luis Hernando Barón estaba a punto de desmovilizarse del frente 49 de las FARC, al que había pertenecido durante 13 años. “Aunque entré por convicción siendo niño, me cansé de la guerra, de estar entre la vida y la muerte y me desmovilicé cuando me enviaron a una operación de inteligencia urbana”.

Villarreal y Barreto aprendieron a ver con sus otros sentidos y con la ayuda de la Fundación Tejido Humano se hicieron abogados, ambos hoy con maestría. Por su parte, Barón lleva nueve años en la Fundación para la Reconciliación y es facilitador de Escuelas de Perdón y Reconciliación (Espere), donde aprendió a recuperar la confianza en los demás y a ver a los que antes eran sus enemigos como seres humanos y amigos.

Sin embargo, solo se conocieron el año pasado cuando fueron becarios en un programa de liderazgo de la Fundación Origen. La organización convoca a altos ejecutivos del sector privado, políticos, académicos y emprendedores, y en uno de los ciclos de talleres de este año Barreto, Villarreal y Barón se encontraron. La idea es que a través de sus experiencias puedan fortalecer sus capacidades para liderar procesos de cambio en sus empresas y comunidades.

Al principio, Luis Hernando Barón y Regis Ortiz, otro compañero desmovilizado, no les confesaron a sus colegas de grupo que eran exguerrilleros y mucho menos cuando Barreto y Villarreal se presentaron como policías. Tuvieron que compartir habitación con ellos e incluso se ofrecían para llevarles agua o acompañarlos hasta el baño. Pero cuando decidieron contarles la verdad, los policías sintieron temor. “¿Nosotros ciegos qué podíamos hacer, cogerlos a bastonazos?”, recuerda Barreto con humor.

“No les volví a recibir nada, que tal que nos envenenaran, o nos estuvieran haciendo inteligencia. Cómo es posible que anoche durmiera con el enemigo al lado”, afirma Villarreal. Sin embargo, a medida que avanzaron los talleres los prejuicios cayeron y se perdonaron.

Por simple casualidad Villarreal se enteró que Barón fue miembro activo del frente 49 de las FARC, el mismo que según todos los informes fue responsable del atentado donde perdió sus ojos. Aunque parezca difícil de creer, hoy los tres son amigos, se visitan en sus casas y hasta comparten cervezas. Entendieron que aun desde bandos opuestos son víctimas de una guerra que hoy consideran “inútil y vacía”.

El perdón para ellos llegó luego de un proceso de más de diez años. “En las dinámicas de la guerra si mi tragedia le hubiera ocurrido a un guerrillero, yo me hubiera alegrado. Hoy comprendo que llegado el momento nos hubiera tocado matarnos, era nuestra realidad, por eso soy capaz de perdonar”, concluye Villarreal.
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