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| 4/8/2014 12:00:00 AM

La reconciliación de dos enemigos históricos

Un palestino y un israelí narran sus experiencias en el conflicto, historias que contarán en el día por las víctimas.

Cuando el dolor de la guerra supera el de la venganza, la paz se convierte en un horizonte posible. Este es el caso de Aaron Barnea y Bassam Aramin. El primero perdió a su hijo en el sur de Líbano, mientras al segundo le mataron a su hija de 10 años en un conflicto que desangra a las poblaciones de Israel y de territorios palestinos. Aunque se supone que Aaron y Bassam deberían ser enemigos, sus vidas se cruzaron por una razón muy diferente. 

A pesar del dolor y del precio que les tocó pagar por una guerra ajena a sus principios, ambos padres decidieron unirse y luchar por la paz en el mundo. Esta es la historia de los dos hombres que este jueves estarán en Bogotá conversando con 500 víctimas del conflicto colombiano a propósito del Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, que se conmemora el 9 de abril.

Un botón que cambió muchas vidas

Para Aaron Barnea, 1999 iba a ser uno de los mejores años de su vida. Era la fecha en la que su hijo Noam regresaba de la guerra. Pero cinco días antes de terminar el servicio militar, Noam cayó en una colina al sur de Líbano en una emboscada. “Era un muchacho de una capacidad excepcional, era nuestro hijo menor y su muerte fue para nosotros el fin del mundo”, explicó Aaron.

A los dos días de la noticia, una unidad del Ejército le llevó a Aaron todo el equipo de su hijo junto a un botón que él usaba en su uniforme, el regalo que su madre le había dado después de las pascuas judías. 

Los oficiales le contaron al desconsolado padre, que el botón que llevaba su hijo simbolizaba el clamor de miles de madres que pedían a gritos que las tropas abandonaran el Líbano. “Noam decidió que él estaba también a favor de la salida y no dejó de servir por un sentimiento de obligación nacional. Fue enviado allí por un gobierno democrático y no consideró que había lugar para dejar de servir. Pensaba que si él no iba, igual otros lo harían y sin embargo los oficiales nos contaron que antes de salir a la última misión, él insistió en portar ese llamado por la paz”, contó Aaron a Semana.com.

Cuando le dijeron que en el uniforme no estaba permitido usar símbolos civiles, Noam contestó: “Yo vine aquí de manera voluntaria porque sabía que si no lo hacía, los demás vendrían, pero exijo el derecho de protestar por nuestra presencia en el sur de Líbano y si no me dejan, pues mándenme de vuelta a Israel.” 

Pocas horas después, Noam cayó muerto portando el símbolo de la paz en Líbano. Para Aaron, la muerte de su hijo no sólo fue una pérdida, sino también un aprendizaje. “Cuando oí el relato de los oficiales, tuve la sensación de que Noam me estaba hablando a mi diciéndome: ‘papá, yo no voy a poder seguir luchando, pero tú sí. Haz lo que puedas por sacar las tropas y lograr la paz y que de una vez por todas termine la situación de que los padres sepulten a sus hijos’”, relató Aaron. 

Desde entonces descubrió que la opinión pública no era tan reacia a la actividad de los padres indignados. “Comprendí que había una sensibilidad especial por lo que decía la víctima”, sostuvo. En el mismo año en el que murió su hijo, se encontró con los representantes del Foro Familias de Caídos. 

Después de la ola de asesinatos y de la abrupta caída del acuerdo de Oslo entre israelíes y palestinos, el grupo de familias israelíes se dio cuenta de que el llamado a la paz había perdido su autenticidad. Era necesario cruzar la frontera de Gaza y tratar de llegar a un diálogo. 

Pero al principio Aaron pensó que se trataría de una misión imposible. Convencer a las familias del enemigo de que el dolor podía ser compartido y de que juntos podrían cambiar la realidad palestino-israelí era algo como menos utópico. 

En su camino, Aaron encontró familias dispuestas al diálogo y a la reconciliación. Pero los inconvenientes no tardaron. A finales del 2000 se produjo la rebelión armada de los palestinos, una acción que acabó con las vidas de miles de personas. “Lamentablemente, ya no podíamos cruzar la frontera y el contacto empezó a esfumarse”, recuerda Aaron.

El grupo de Familias de Caídos empezó a acercarse a familias de Jerusalén del este y de Cisjordania. Ya completan 650 familias, entre israelíes y palestinos. “Hacemos una cantidad de actividades para transmitir el mensaje de la reconciliación. Hoy sabemos que reconciliarnos no sólo es posible, sino esencial. Sin ella no es posible que una paz formal firmada entre las partes se transforme en una paz y firme y duradera”, agregó.

El mismo hombre que intentó reconciliarse en una violencia histórica dice que el conflicto de Colombia es incomparable con el de Palestina e Israel. “En el caso de ustedes se trata de una guerra intestina y aquí son dos pueblos encontrados que buscan su definición nacional en un mismo territorio”, expresó Aaron. Sin embargo, a pesar de las distancias entre Colombia e Israel, él sostiene que lo que no cambia en ningún contexto es el papel de las víctimas.

Para Aaron se trata de una ecuación muy sencilla. “Uno puede encerrarse en sí mismo y buscar la revancha. Esa es la reacción animal y visceral. Pero existe la alternativa de la víctima que aprovecha la fuerza moral que le otorga el hecho mismo de ser víctima para decirle a la sociedad: ¡Basta!”

Aunque Aaron optó por la segunda, lo difícil ha sido convencer a muchos indignados de que esa opción es posible y mucho más constructiva. “Aquí nos hemos enfrentado con víctimas que dicen que sólo por la fuerza se puede destruir el terror. Nuestro grupo surgió como una reacción a actitudes de este tipo. En realidad la historia no es sólo el resultado de conflictos violentos. El ser humano no sólo reacciona de forma visceral, tiene también cerebro. La verdadera solución es sacar fuerzas internas para decir hasta aquí”, le dijo Aaron a Semana.com. 

“Mi hijo cayó siendo soldado. La opción que podría tener es el odio irreconciliable a aquel que lo mató y volcar todas mis energías en esa dirección. Pero yo, personalmente, creo que cuando vivimos en un clima democrático nuestras energías deben ser llevadas a los responsables de esta situación, es decir, a nuestros gobiernos electos. Por eso todas mis energías deben estar enfocadas en convencer a mis representantes de la racionalidad de nuestras exigencias en lugar de llevarlas a un odio irreconciliable”, sostuvo.

Aaron escogió perdonar antes que vengar. “La reconciliación es un proceso y el perdón, su última instancia. Primero hay que reconocer que existen víctimas de ambas partes y que cada una tiene una noción diferente de la historia. Es además necesario digerir el dolor y esperar a que haya un perdón, una posibilidad de extender la mano”. 

Los casi 15 años que lleva este padre dedicado a la paz le han servido al mundo para que el mensaje de Noam no se quede sólo en el botón. Por eso cuando se le pregunta a Aaron qué cree que pensaría su hijo, él suspira y dice: “Yo creo que mi hijo estaría orgulloso del trabajo que hace su padre y en gran medida, sino es toda, esto lo hago por él”.

Respeto antes que revancha

A Bassam Aramin todavía le duelen las cicatrices de crecer en medio de la guerra. Este palestino se involucró en el conflicto de Israel desde niño, en la ciudad de Hebrón. Se unió a los combatientes de Fatah Libertad y en 1985 fue arrestado. Pero después de siete años en prisión, se dedicó a la paz. A diferencia de Aaron, para Bassam el interés por este tema empezó mucho después de que la muerte tocara su puerta.

En él 2005 fue uno de los fundadores de ‘Combatientes por la paz’, una organización de exmilitantes israelíes y palestinos que busca el fin del conflicto. Desde entonces, no ha tenido que empuñar un arma, ni siquiera cuando su hija Abir Aramin, de 10 años, fue baleada por un soldado israelí.

“Vivir de la revancha es muy fácil y lo único que traerá es más víctimas tanto de un lado como del otro -le dijo Bassam a Semana.com-. Debemos recordar que somos seres humanos, que tenemos un cerebro y somos mucho más que instinto animal”.

Para este hombre, la clave está en dejar atrás el pasado. “El mayor aprendizaje es que hice la paz conmigo mismo. Tenemos que poder superar nuestro pasado porque sin perdón no podemos pensar en futuro”, expresó.

El hecho de que personas como Bassam y Aaron, que han sufrido de primera mano las secuelas de la guerra, busquen la paz le dice mucho a la sociedad. “Desearía que mi hija fuera la última víctima. Pero creo que el mejor mensaje que me dejó su muerte es que para lograr la paz hay que hablar de respeto, nunca de revancha”, concluyó Bassam. 

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