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| 2/20/2016 12:00:00 AM

Golpe a la confianza del proceso de paz

Después del grave episodio del proselitismo armado en La Guajira, Santos le dio un ultimátum a las Farc. ¿Está en peligro el éxito de la mesa de La Habana?

Si algo caracteriza al presidente Juan Manuel Santos es su carácter imperturbable. Sin embargo, el jueves pasado la noticia de que una delegación de las Farc, encabezada por Iván Márquez, estaba haciendo proselitismo político en La Guajira, lo sacó de casillas como nunca antes durante el proceso de paz.

El espectro de El Caguán estaba de regreso. Las redes sociales estaban que reventaban de fotos donde aparecían guerrilleros en camuflado, con fusiles al hombro, repartiendo propaganda a favor de una asamblea constituyente. Márquez y compañía entonaban discursos veintejulieros en una tarima pública, mientras el procurador general acusaba al ministro de Defensa de haber hecho un despeje ilegal, y los funcionarios del gobierno, que debían responder por este episodio, estaban fuera de base.

Este incidente, aparentemente pequeño, se convirtió en pocas horas en uno de los peores escollos de las conversaciones de paz, justo cuando entraban en su recta final y parecían no tener reversa. El presidente sintió que las Farc estaban faltando a su palabra. Peor aún, que Márquez, que es nada menos que el jefe de la delegación de paz de esa guerrilla, estaba dándole una estocada mortal a la confianza construida en los últimos meses y poniéndole un palo en la rueda al apretado cronograma para la firma del acuerdo que pondrá fin al conflicto.

Al final de la tarde, el gobierno le notificó a su contraparte que quedaban suspendidos los actos de pedagogía política en campamentos hasta nuevo aviso. Y el viernes, desde la propia Guajira, Santos le dio un ultimátum a las Farc: o el 23 de marzo se firma el acuerdo final, dentro de las líneas rojas que ha puesto el gobierno, o “los colombianos entenderemos que las Farc no estaban preparadas para la paz”.

¿Por qué una crisis en la recta final?

Desde el año pasado, el gobierno autorizó que los comandantes de las Farc viajaran de Cuba hacia los campamentos para conversar con sus tropas sobre lo pactado hasta ahora en La Habana. Esta era una decisión razonable, pues la guerrilla necesita que sus combatientes respalden sin dudas y con conocimiento de causa el proceso de paz. Al fin y al cabo, el proceso cambiará la vida de cada uno de ellos y eso, como es normal, les genera miedos e incertidumbres. Varios de los jefes guerrilleros –Pablo Catatumbo, Pastor Alape, Carlos Antonio Lozada y Joaquín Gómez– han viajado en medio de complejas operaciones logísticas que implican fuertes medidas de seguridad, entre las que están evitar contacto con la fuerza pública. Todo ello con el acompañamiento tanto del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), como de Cuba y Noruega como países garantes. La condición que ha puesto el gobierno es que en estas asambleas no haya medios de comunicación ni se realicen actos con la población civil, y menos aún con efectivos armados en cascos urbanos.

Hasta ahora, todo había funcionado bien. En virtud de estas reglas del juego acordadas con el gobierno, los guerrilleros han devuelto por lo menos dos periodistas que han intentado asistir a esas asambleas y han llegado hasta las puertas de los campamentos. Y, si bien, en algunos de estos eventos ha habido sociedad civil, esto se explica en parte porque las Farc también tienen redes clandestinas y bases de apoyo que no están en armas. De hecho, en los últimos días hubo un incidente en el sur del país, con un viaje de Gómez, que fue aclarado y superado en la misma mesa sin que pasara a mayores.

Pero, esta vez, el viaje resultó atípico. Una organización comunitaria solicitó permiso para realizar un evento cultural en la plaza de Conejo, corregimiento de Fonseca, en La Guajira, que está dentro del ‘cuadrante’ o área donde se le autorizó a la guerrilla moverse. El miércoles, una emisora invitaba al pueblo a congregarse al día siguiente en la plaza y el Diario del Norte, principal periódico de La Guajira, avisó acerca del gran despliegue sobre el encuentro. Por eso, el jueves llegaron buses cargados de personas de la región, había equipo de sonido y almuerzos para todo el mundo. Cuando Márquez, Jesús Santrich, Joaquín Gómez y el resto de los guerrilleros llegaron, ya el ambiente era el de un mitin político. Los videos y las fotografías publicados hasta ahora así lo ratifican. De inmediato, varios sectores de opinión reaccionaron contra el gobierno y dijeron que estaba promoviendo la “combinación de formas de lucha”. Y es que dos fantasmas siguen rondando en la Mesa de Conversaciones de La Habana, sembrando desconfianza: el del exterminio de la Unión Patriótica, que hace que las Farc tengan hoy como principal preocupación las garantías para su ingreso a la política legal; y, justamente, la de la combinación de proselitismo y fusiles, precisamente lo que se vio en Conejo.

Este episodio no podía ocurrir en peor momento, tanto para las delegaciones en Cuba como para la opinión pública en Colombia. En La Habana, gobierno y Farc están enfrascados en un duro debate sobre cuántas, dónde y cómo serán las zonas de concentración de la guerrilla para la dejación de armas. Uno de los puntos críticos es que mientras el gobierno quiere que sean zonas aisladas, sin población civil, para que no hagan política mientras tengan armas, los insurgentes quieren lo contrario. Aspiran a estar en territorios poblados, cerca de sus bases sociales, para empezar a construir su nuevo proyecto político en la vida civil. Adicionalmente, hay una tensión permanente porque las Farc quieren hacer política desde ahora, y de alguna manera la están haciendo. Cada vez más viajan más representantes de los partidos y congresistas a Cuba y, aunque lo hacen con autorización del alto comisionado, es claro que esto le incomoda a la delegación del gobierno, pues es visto como una distracción del objetivo principal que tiene la mesa, que es firmar el acuerdo.

El incidente de Conejo, por insignificante y trivial que les parezca a las Farc, es un golpe a la mandíbula para Santos, pues ocurre justo cuando el país parece descuadernarse a pedazos. A los escándalos sexuales en la Policía y la Defensoría, casos de galopante corrupción y una economía en aprietos habría que sumar que el plebiscito se ha ido desdibujando, mientras las Farc y el uribismo van imponiendo la idea de una constituyente. Por eso, cabe la pregunta de si Márquez y su gente hicieron este acto, tan torpe como provocador, por simple arrogancia, como un pulso político o para sabotear el ritmo apurado que lleva la mesa. Para nadie es un secreto que por lo menos Márquez y Santrich han sido unos negociadores duros, con posiciones más inflexibles y, según la percepción de muchos observadores, con menos afán de firmar un acuerdo.

¿Qué consecuencias tendrá?

La consecuencia más grave de este incidente es que la confianza queda gravemente herida. El gobierno dice que la guerrilla violó los protocolos de los viajes a hacer pedagogía. Las Farc insinúan que los protocolos no existen, y, en parte, es cierto porque hasta ahora han sido verbales y fruto de la confianza tejida en la mesa. Están basados en la palabra. Por eso, la confianza ha quedado rota. Tanto, que Santos respondió con un duro ultimátum. Le traza a las Farc las líneas rojas sobre temas de discusión de la mesa, y en la práctica amenaza que si no hay acuerdo el 23 de marzo habrá ruptura.

Pero a Santos también se le fue la mano. Las líneas rojas que marcó dicen que no habrá constituyente para refrendar los acuerdos; no habrá zonas de concentración donde haya población civil; no podrán incidir en la elección de magistrados de la jurisdicción especial de paz; y no habrá proselitismo político hasta que no dejen las armas. El mensaje del presidente es, en últimas, lo toman o lo dejan. Y esos no son los términos de una negociación política donde se respete a la contraparte, por más crítico que sea el momento. Hasta ahora, la mesa ha funcionado con relativa simetría y las palabras del presidente son una ruptura respecto a ese trato. Desde el punto de vista de las Farc, el discurso de Santos podría confirmar el temor que el propio jefe de esa guerrilla, Timochenko, expresó desde el año pasado, de que el 23 de marzo se convierta en una fecha fatal, y que el gobierno la use como arma de presión contra ellos.

La otra consecuencia, no menos grave, es que aunque se resuelva este nuevo contratiempo, su impacto sobre el cronograma de la mesa es muy grande. No solo porque tomará días o semanas reconstruir la confianza, sino porque el proceso de paz mismo sigue perdiendo oxígeno. El tiempo, como ya se ha dicho muchas veces, es el peor enemigo de la negociación en este momento, algo que no todos en las Farc parecen entender. Máxime, cuando está confirmado que el presidente Barack Obama irá a Cuba en marzo, justo cuando se esperaba anunciar, si no el acuerdo final, por lo menos el cese definitivo del fuego.

Finalmente, hay que saber que en la recta final de este tipo de negociaciones aparecen todo tipo de dificultades. Entonces llegan los saboteadores, cualquier error cobra dimensiones superlativas y los ánimos se caldean. Pero, también, es cierto que si no hay cabeza fría para tratar estas dificultades el pan puede quemarse en la puerta del horno. Al fin y al cabo, en La Habana nada está acordado hasta que todo esté acordado.

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