Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 2012/11/17 00:00

Diálogos de paz: cinco dudas en La Habana

La ronda de negociación entre las Farc y el gobierno que empieza en La Habana va a aclarar si el proceso de paz en Colombia tiene una oportunidad en serio o será otra frustración. Cinco grandes inquietudes rodean este inicio largamente anunciado.

Tarde y con dudas. Después de un aplazamiento de última hora –del 15 al 19 de noviembre– empieza la negociación entre el gobierno colombiano y las Farc-Ep, en La Habana, Cuba. Fue grande el optimismo que despertó el proceso cuando se anunció, a fines de agosto. Y grandes las reservas que genera ahora, casi tres meses después, el inicio de la negociación. SEMANA presenta cinco temas de fondo, que son otras tantas preguntas que la sociedad y, en algunos casos, hasta los negociadores, se hacen ahora, cuando empieza la etapa decisiva del proceso.
 
La gran incertidumbre: ¿qué se discute?
 
Pese a que hay un documento común, la negociación no empezará por discutir lo  acordado sino por cómo interpretarlo.
 
Es elocuente que la negociación, probablemente, no arrancará, como se acordó, por la discusión del primer punto de la agenda, “política de desarrollo agrario integral”, sino por ventilar las declaraciones contrapuestas que las partes han venido dando sobre su contenido.

Lo que está acordado es clarísimo, dice el gobierno: hay un documento común, cuyo objetivo es llegar, “de manera expedita y en el menor tiempo posible” a un acuerdo que ponga fin al conflicto armado, a través de la discusión de cinco temas: desarrollo agrario integral, participación política, fin del conflicto, solución al problema de las drogas ilícitas y víctimas. Un momento, han dicho las Farc: el preámbulo de ese documento habla del papel de la sociedad, los derechos humanos, el desarrollo económico con justicia social y el desarrollo social con equidad y bienestar, y “cualquier punto que se aborde del acuerdo implica un desarrollo en el que se incluya considerar” estos temas. Para ellas, la negociación debe ser en torno a cómo poner fin a las causas que generaron el conflicto (armado, social y político).

Tras este cruce de declaraciones puede haber lógicas diferencias de interpretación del texto, materia de negociación. Pero muchos se preguntan si no indican que Iván Márquez, jefe del equipo negociador de las Farc, ha llegado con la intención (o la instrucción) de ampliar la agenda. El gobierno ha sido categórico: “aspectos fundamentales de la vida nacional como la propia Constitución, el modelo de desarrollo, el concepto de propiedad privada no está(n) en discusión”.

Así, antes que el tema agrario, todo indica que el primer pulso será definir el contenido de lo que se va a discutir y cómo cada parte interpreta el documento que les tomó siete meses acordar en la fase de conversaciones secretas, que tuvo lugar en Cuba entre febrero y agosto.
 
Un limbo de tres meses
 
Las partes empiezan a discutir en noviembre el acuerdo que firmaron en agosto.
 
El ‘Acuerdo general para la terminación del conflicto’ se firmó el 26 de agosto, en La Habana. Que la negociación en torno a ese documento empiece casi tres meses después de haberlo suscrito, es sintomático. Más allá de a qué deba atribuirse esta tardanza, para una negociación que el gobierno aspira que dure “meses”, un trimestre no es de poca monta. Además, la demora ha surtido el paradójico efecto de añadir una inesperada fase de transición al proceso.

En esa transición no solo salieron a flote diferencias de interpretación entre el gobierno y las Farc. La guerrilla aprovechó para llenar el espacio político con pronunciamientos que, desde hace una década, no tenían eco en los medios. El gobierno ha guardado un silencio casi completo. Con razón, pues pocos procesos de paz en el mundo han tenido éxito sin la reserva en torno a lo que se discute en la mesa. Sin embargo, ha brillado por su ausencia otro elemento, también clave para el éxito: nadie está haciendo pedagogía sobre el proceso, explicando su lógica, sus fases y su necesidad. El comisionado de Paz no figura en público. No se ve una intervención coordinada entre él, el ministro del Interior y el consejero Lucho Garzón. El presidente habla de cuando en cuando. Y eso es todo. Un gran vacío, en un país escéptico, que viene de una década de guerra, en el que la confrontación sigue cobrando víctimas a diario y donde hay sectores radicalmente opuestos a toda negociación.

La tardanza tiene otro efecto: con diciembre a la vista, esta primera ronda en La Habana será, probablemente, la única en 2012 y difícilmente alcance siquiera para culminar el primer punto de la agenda, el agrario, que es, políticamente, el más complejo.
 
Los tiempos de la selva y los de la política
 
Entre las urgencias del gobierno, la parsimonia de las Farc y las expectativas de la opinión.
 
Una diferencia que puede volverse clave el año entrante, es en torno a los ritmos que las partes esperan imprimir a la negociación. Hay un evidente contraste entre los tiempos de la selva que manejan las Farc y las urgencias del tiempo político y de opinión en el que debe moverse el gobierno. Este ha hablado de un proceso de meses; las Farc han dicho que no ponen plazos al proceso y han dejado entrever que si ponerse de acuerdo en la agenda tomó año y medio, la negociación podría necesitar más.

Que el proceso dure no necesariamente es un problema y mucho va a depender de los resultados parciales de la negociación. Si en el camino se van logrando acuerdos sobre los puntos en discusión, y si estos se comunican adecuadamente, el proceso puede mantener el oxígeno necesario entre la opinión pública. Pero si la negociación se alarga en interpretaciones divergentes y declaraciones cruzadas y se superpone a la campaña presidencial, que debe empezar a mediados del año entrante, se corre el riesgo de que acabe contaminada por el fantasma de la ‘caguanización’.
 
Tres fases y una sola sociedad civil
 
¿Cuánto pueblo meterle al proceso y cuándo hacerlo?
 
No deja de ser revelador, también, que la primera demora en el calendario acordado para iniciar negociaciones haya sido provocada por la discusión sobre cómo participará la sociedad civil. Se supone que esta era nula en la fase exploratoria, de conversaciones secretas; limitada durante la fase de negociación, y más directa en la tercera fase, la de implementación de los acuerdos que se logren, cuando la sociedad tendrá, entre otros, un papel en la verificación de los acuerdos.

Ese es el ritmo previsto. Se acordó una agenda y en torno a ella se negociará cómo poner fin al conflicto. Si todo sale bien, una vez alcanzado el acuerdo final, las partes iniciarían el cumplimiento de sus compromisos: el gobierno, arrancando cambios y reformas, y las Farc, emprendiendo la dejación de armas y su reintegración a la vida civil.

Un punto fuerte de debate ha surgido en torno a cómo participará la sociedad civil en la fase de negociación. El gobierno aspira a que la mesa en La Habana cuente con una página web, para recibir y considerar propuestas, y ha dado su visto bueno a las mesas que adelanta el Congreso para recoger sugerencias en las regiones. Las Farc insisten en una participación más activa de la sociedad, eventualmente con el envío de delegados a La Habana. Desde la propia sociedad, crece el clamor por tener un papel más activo en la negociación y porque se involucre a los territorios y regiones desde ahora.

A causa de la falta de acuerdo en este tema se decidió no empezar el 15 de noviembre, como se preveía, sino el 19. ¿Habrá consenso para entonces?
 
Y el ELN, ahí
 
Hay otro actor pidiendo pista. ¿Cómo se le responderá?
 
Si de lo que se trata es de poner fin al conflicto armado, lo deseable es negociar también con el ELN. Mucho más débil que las Farc y consciente de que quedarse solo implica enormes riesgos, este ha ‘pedido pista’ en todos los tonos. En su más reciente comunicado, declaró que “está conformada y lista” su delegación para hablar con el gobierno. No se sabe si hay conversaciones en curso, pero, aunque dijo que no les va a abrir la puerta ya, el presidente Santos no lo excluyó: “Nosotros queremos establecer la dinámica de la segunda fase con las Farc, y vamos a estudiar las posibilidades de incorporar o abrir una conversación con el ELN”.

Una mesa conjunta presentaría no pocas dificultades para la negociación con las Farc. Una paralela, con condiciones similares a las pactadas con ellas, podría abrir un carril a la negociación con la otra gran guerrilla del país. Un proceso que tiene tanto interés como complicaciones.

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