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| 5/21/2016 12:00:00 AM

El camino de Enrique Santiago y Roy Barreras a La Habana

El senador y el abogado español fueron los arquitectos del más reciente acuerdo logrado en La Habana. ¿Cómo se convirtieron en los negociadores del momento?

Hasta hace poco no se conocían. Sin embargo, Roy Barreras y Enrique Santiago redactaron a cuatro manos el intrincado documento que marca el camino para darle seguridad jurídica al acuerdo que le pondrá fin a la guerra. Si fueran futbolistas se diría que son el nuevo fichaje de la Mesa de La Habana. Barreras cuenta con la confianza del presidente y la delegación oficial, pues ha sido el alfil del proceso de paz en el Congreso. Santiago se ha convertido en un verdadero estratega que les ha ayudado a las Farc a trazar una hoja de ruta segura para dejar las armas y dar el salto hacia la política. ¿Cómo se convirtieron estos dos hombres en negociadores claves en la recta final de las conversaciones?

Posiblemente, lo único que une a Roy Barreras (53 años) con Enrique Santiago (51 años) es que sus abuelos paternos eran españoles. Los de Barreras salieron huyendo de la guerra civil hacia Estados Unidos, donde nació su padre, quien era médico. “Era un gringo republicano”. Roy siguió sus pasos y estudió medicina en la Universidad Nacional, profesión que ejerció durante 18 años. Cuenta que cuando era estudiante le tocaba rebuscarse la plata como taxista y panadero. Y que se convirtió en un bicho raro en el movimiento estudiantil de los años ochenta porque él era militante del Nuevo Liberalismo. “Los de la Juco me tildaban de ser de derecha”.

Luego del asesinato de Luis Carlos Galán las juventudes del Nuevo Liberalismo siguieron a César Gaviria. Por esa vía Roy conoció a Humberto de la Calle, quien sería vicepresidente de Ernesto Samper. En aquel tiempo, mediados de los noventa, Barreras tuvo una ‘palomita’ en la Cámara de Representantes, y se convirtió en uno de los más acérrimos opo-sitores de Samper durante el proceso 8.000.

Poco después hizo parte de la fundación de Cambio Radical, movimiento con el que se presentó en varias ocasiones a la Cámara –por lo menos tres-, en las que fue derrotado. Hasta 2006, cuando logró un escaño. Poco después sería expulsado de su partido por “deslealtad y afán de protagonismo”. La comisión de ética consideró impropio que Barreras saliera a cuestionar públicamente a Germán Vargas Lleras, y a defender motu proprio la tercera reelección de Uribe.

Barreras tiene otra versión. Dice que su salida de Cambio Radical tuvo que ver con sus críticas a la infiltración de paramilitares en su bancada. El de-

senlace de este episodio es que Roy terminó en el Partido de la U, y allí conoció al entonces candidato presidencial Juan Manuel Santos, con quien tuvo sintonía en el tema de la paz desde el principio. Barreras ha sido uno de los parlamentarios que más le han ayudado al gobierno en el Congreso, al punto que hoy hace parte del equipo negociador, y fue uno de los arquitectos del blindaje del acuerdo final que aparentemente se firmará en cuestión de semanas.

Las otras dos manos de ese blindaje son las de Enrique Santiago, un madrileño al que los dilemas de la transición y la reconciliación le han tocado en su propia familia. Mitad de ella –el abuelo, el padre y el hermano (teniente de navío)- son militares. La otra mitad, comunistas. Aunque Santiago creció cantando los himnos de la legión y acampando en guarniciones militares, se hizo militante de izquierda desde muy joven, llegó a ser secretario general de la juventud comunista y hasta hoy es un destacado dirigente de Izquierda Unida.

Como abogado se vinculó a grandes causas de derechos humanos. Tenía 33 años cuando participó junto al juez Baltasar Garzón en el proceso contra el dictador chileno Augusto Pinochet. Luego vinieron otros casos como la condena al exmilitar argentino Adolfo Scilingo –a quien le impusieron 640 años de prisión- y la investigación sobre los vuelos de la CIA.

Durante muchos años, Santiago fue secretario de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Este fue posiblemente su primer contacto con el entorno de las Farc, pues tramitó el asilo de varios militantes de la UP que huían de la violencia, y de algunos familiares de guerrilleros, incluso del secretariado. También defendió a varias personas cercanas a las Farc mencionadas en los computadores de Raúl Reyes, a las que se les abrieron causas penales en Europa. Por eso, además de haberse ganado la confianza de la delegación de las Farc por sus dotes como jurista y por sus convicciones de izquierda, también ha pesado la gratitud.

En 2001, cuando se dedicaba a apoyar a colombianos en el exilio recibió el caso de un político de este país asilado en Costa Rica, que estaba de paso en España y al que querían extraditar a Colombia. “Es godo pero tiene razón”, se dijo, y le brindó el apoyo que pudo. Ese godo resultó ser Álvaro Leyva, y entonces nació una amistad que ha perdurado. No se imaginaba que ese godo era amigo de las Farc: “Eso es realismo mágico”, dice. Sin embargo, su aterrizaje en La Habana no tuvo que ver con Leyva sino con Piedad Córdoba. Ella propuso su nombre cuando se supo que la guerrilla conformaría un equipo de asesores jurídicos del más alto nivel para abordar el tema de la justicia.

La estrategia

La disyuntiva que le planteó Enrique Santiago a las Farc cuando llegó a Cuba era fácil de resolver. “Hay dos caminos para obtener seguridad jurídica frente a crímenes internacionales: la amnistía general y la cosa juzgada”. Sin duda el mejor camino era el segundo, pues si optaban por el primero se pasarían el resto de la vida defendiéndose en tribunales de todo tipo. “Había que evitar el camino del avestruz o un cierre falso”. Él, que había acusado a Pinochet y Scilingo, lo sabía mejor que nadie. Por eso puso todo su empeño en la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz y una vez superado este tema pensó que su misión estaba cumplida. Pero estaba pendiente el blindaje jurídico del acuerdo.

El abogado español y Álvaro Leyva, quien también asesora a las Farc, coincidían con él en que había muchos instrumentos del derecho internacional que podían usarse. Ya Leyva tenía claro que el Acuerdo Especial era el principal de ellos. Sin embargo, Santiago está convencido de que el blindaje más fuerte proviene de la jurisdicción interna. Coincidía con el gobierno en que cualquier fórmula de blindaje debería tener asiento en las instituciones colombianas y pasar por el Congreso. Y ahí estuvo el primer punto de encuentro con Roy Barreras.

Barreras tampoco aterrizó en paracaídas en La Habana. Desde que el presidente Santos habló en su discurso de posesión sobre la posibilidad de la paz, Roy se puso en la tarea de darle un papel al Congreso. “La primera piedra fue la Ley de Víctimas”, dice. Porque allí se reconoce el conflicto armado, algo que había desaparecido del lenguaje político y jurídico colombiano. Él tenía la idea de presentar una ley para la paz, y el presidente le pidió que trabajara de la mano con el comisionado de paz Sergio Jaramillo. Juntos armaron la propuesta del Marco Jurídico para la Paz, antes incluso de que se hicieran públicos los diálogos con las Farc. “Ese marco le abrió la puerta a la justicia transicional”, insiste. Posteriormente, presentó una ley de referendo, con la idea de que el acuerdo final se refrendara el 25 de octubre del año pasado, con las elecciones locales. Esa idea no funcionó porque el acuerdo aún estaba crudo. Pero si algo tiene Barreras es persistencia. “Yo fui de los que creí en el 23 de marzo”, reconoce. Y por eso se le adelantó al gobierno y presentó el proyecto del plebiscito. “Pensaba que debía estar listo para marzo porque había que aprovechar la euforia que se desataría en ese momento”.

El blindaje

Aunque Barreras había ido a La Habana en tres ocasiones como miembro del Congreso, esta vez viajó como parte del equipo negociador, con la tarea justamente de ayudar en los temas que faltan por pactar y que involucran al Legislativo. Su estrategia, según dice, se basó en tres elementos: el primero, buscar al ser humano. Es decir, entablar con los guerrilleros un diálogo informal y personal. Segundo, “pasar de lo escritural a lo verbal”, es decir, construir primero los acuerdos en la convesación, y luego ponerlos en el papel. El tercero fue el ‘tête à tête’. Barreras, Santiago y Leyva construyeron el acuerdo en nueve reuniones y la mesa en pleno lo perfeccionó. Consideraron por lo menos diez escenarios y fueron descartando ideas hasta quedar con las que se presentaron la semana pasada.

Para Enrique Santiago el trabajo a cuatro manos con Roy fue ágil porque “él es un hombre práctico que sabe negociar. Sabe que se gana y que se pierde”. Además no había muchas diferencias. Ambos coincidían en que el acuerdo debía pasar por el Congreso y la Corte Constitucional. Pero, además, el gran mérito de Santiago fue convencer a las Farc de aceptar esa ruta institucional.

El blindaje jurídico del acuerdo, más allá de la gran polémica que generó en varios círculos políticos y jurídicos en Colombia, resultó ser la bocanada de oxígeno que necesitaba el proceso para entrar en la recta final, y se le debe en buena medida a estos dos hombres. “Yo pensé que el caso de Pinochet era lo más importante que había hecho en la vida, pero ayudar a terminar una guerra es lo mejor que me ha pasado”, dice Santiago, quien se prepara ya para el juicio contra el Partido Popular, en el caso Bárcenas. España oirá de él por mucho tiempo.

Mientras tanto, Roy no esconde su satisfacción por su nuevo papel como negociador. Está tan contento que una vez se firme el acuerdo final con las Farc, quiere dedicarse a conversar con el ELN. Una mesa en la que, si llega a participar, tendrá que poner a prueba todas sus dotes de estratega, su imaginación y su paciencia.

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