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| 11/16/1992 12:00:00 AM

DIANA, EL LIBRO DEL ESCANDALO

DESESPERADOS GRITOS DE SOCORRO
Se oían claramente las voces airadas y los sollozos histéricos que procedían de las habitaciones que los príncipes de Gales ocupaban en Sandringham House. Sucedió poco despues de Navidad y la real pareja albergaba pocos sentimientos festivos. Diana estaba embarazada de tres meses, del príncipe Guillermo, y se encontraba fatal. Su relación con el príncipe Carlos se desmoronaba velozmente. El príncipe parecía incapaz o poco dispuesto a comprender la confusión que dominaba la vida de Diana. La joven sufría espantosos ataques de náuseas, estaba obsesionada con Camilla Parker-Bowles y trataba desesperadamente de adaptarse a su nueva posición y a su nueva familia.
Posteriormente comentó a sus amistades: " Yo no era nadie y de pronto me convertí en princesa de Gales, madre, juguete de los medios de comunicación y miembro de la familia real. Fue demasiado para una sola persona". Había suplicado, adulado y discutido ardorosamente para ganarse la ayuda del príncipe, pero todo fue inútil.
Aquel día de enero de 1983, el primer Año Nuevo que pasaba en el seno de la familia real, amenazó con quitarse la vida. Carlos la acusó de actuar como aquel que siempre decía que venía el lobo y se dispuso a salir a cabalgar por los terrenos de Sandringham. Diana cumplió fielmente su palabra. Se detuvo en lo alto de la escalera de madera, se arrojó peldaños abajo y aterrizó al pie de la escalera.
La reina madre fue una de las primeras personas en llegar a la escena de los hechos. Quedó horrorizada y literalmente tembló ante la magnitud de lo que acababa de presenciar. Llamaron al médico local mientras George Pinker, el ginecólogo de Diana, se desplazaba desde Londres para examinar a su paciente real. El marido restó importancia al incidente y llevó a cabo su plan de salir a cabalgar. Por fortuna, Diana no resultó gravemente herida por esa caída, si bien le quedaron importantes hematomas en el vientre. Un chequeo minucioso reveló que el feto no estaba afectado.
El incidente fue una de las numerosas crisis domésticas que la pareja real afrontó en ese período temprano y borrascoso. Después de cada disputa, la distancia entre ellos se acrecentaba. El amigo James Gilbey dice con relación a los intentos de suicidio de Diana: "Eran mensajes de su absoluta desesperación. ¡Por favor, por favor, ayudadme!". Durante los primeros años de vida conyugal, Diana hizo varios intentos de suicidio y lanzó muchas amenazas. Cabe destacar que no se trataba de serios intentos de quitarse la vida, sino de gritos de socorro.
En cierta ocasión se arrojó contra una vitrina de cristal del Palacio de Kensington y en otra se cortó las muñecas con una cuchilla de afeitar. Otra vez se hirió con el borde serrado de una máquina para cortar limones, y durante una acalorada discusión con el príncipe Carlos, aferró la navaja que estaba sobre su tocador y se hizo cortes en el pecho y los muslos. A pesar de que sangraba, su marido la desdeñó. Como de costumbre, pensaba que Diana se inventaba los problemas. Su hermana Jane, que la visitó poco después, hizo un comentario sobre las marcas de las incisiones que Diana tenía en el cuerpo y se espantó al saber la verdad.
Posteriormente, Diana ha dicho a sus amistades: "Eran desesperados gritos de socorro. Necesitaba tiempo para adaptarme a mi nueva posición". Alguien que fue testigo del deterioro de la relación menciona el desinterés y la absoluta falta de respeto del príncipe Carlos hacia ella en un momento en el que Diana necesitaba ayuda desesperadamente. "Su indiferencia la arrojó al abismo cuando podría haberla cortejado hasta el fin del mundo. Podrían haber encandilado al universo. Aunque la culpa no es suya, el príncipe le inculcó ese odio a sí misma como resultado de su propia ignorancia, su educación y su falta de una relación plena con alguna persona en su vida".
EL SHOW DEBE CONTINUAR
Se trata de una valoración partidista. Durante un período, en los primeros tiempos del matrimonio, el príncipe Carlos intentó ayudar a su esposa a integrarse en la rutina real. Su primera gran prueba fue una visita de tres días a Gales, en octubre de 1980. La muchedumbre dejó dolorosamente claro quién era la nueva estrella: la princesa de Gales. Carlos acabó por disculparse por no tener suficientes esposas con las que dar una vuelta. Si durante un paseo se desplazaba hacia un lado de la calle, la gente se quejaba colectivamente porque no había ido a ver a su esposa. "Parece que últimamente no hago más que recoger flores, Sé cuál es mi papel", declaró. Tras las sonrisas se ocultaban otras inquietudes no expresadas. Para los observadores de la realeza, la primera imagen de la princesa en un muelle de Gales azotado por la lluvia supuso una conmoción. Fue la primera ocasión que tuvieron de ver de cerca a Diana desde la larga luna de miel, y tuvieron la impresión de que contemplaban a otra mujer, porque no estaba delgada sino enfermizamente esquelética.
Antes de la boda había adelgazado, lo cual era de esperar, pero la muchacha que se movía entre la multitud, estrechaba manos y aceptaba flores parecía verdaderamente transparente. Diana estaba embarazada de dos meses y se encontraba peor de lo que aparentaba. Se equivocó al escoger el vestuario para esa lluvia torrencial que los acompañó a todas partes, quedó asolada por graves ataques de náuseas matinales y agobiada por las multitudes que acudieron a conocerla.
Diana reconoce que no fue una persona fácil de tratar durante ese bautismo de fuego. A menudo lloraba mientras se trasladaban de un sitio a otro y le explicaba a su marido que no podía hacer frente a las muchedumbres. No poseía la energía ni los recursos para afrontar la posibilidad de conocer a tantas personas. Hubo momentos, muchos en los que soñó con estar en su seguro piso de soltera y en compañía de sus amigas alegres y sin complicaciones.
Aunque se hizo cargo de su llorosa esposa, el príncipe Carlos insistió en que el real espectáculo callejero debía continuar. Como es lógico, se preocupó cuando Diana pronunció su primer discurso, parcialmente en gales, en el Ayuntamiento de Cardiff, donde le entregaron el acta de liberación de la ciudad. Al tiempo que superaba la prueba con aplomo, Diana descubría otro tópico acerca de la realeza. Por muy bien que lo hiciese, por mucho que se esforzara, jamás recibió un comentario loable de su esposo, de la familia real ni de los cortesanos. Dada su posición vulnerable y solitaria unos pocos aplausos habrían obrado maravillas. "Recuerdo que dijo que se esforzaba mucho y que lo único que necesitaba era una palmadita en la espalda, pero nunca se la dieron", recuerda una amiga.
Cada día procuraba controlar las náuseas para cumplir con los compromisos públicos. Tenía un miedo tan enfermizo de fallarle a su marido y a la "empresa" de la familia real que cumplió sus obligaciones oficiales a pesar de que estaba claramente enferma. En dos ocasiones debió cancelar sus compromisos y en otras estuvo pálida, demacrada y agudamente consciente de que no ayudaba a su esposo. A partir del 5 de noviembre de 1981, fecha en que se hizo el anuncio oficial del embarazo, Diana pudo hablar públicamente de su estado. La agotada princesa dijo: "Algunos días me encuentro fatal. Nadie me dijo que me sentiría así". Reconoció su debilidad por los bocadillos de beicon con tomate y se aficionó a telefonear a su amiga Sarah Ferguson, hija del comandante Ronald Ferguson, instructor de polo de Carlos. La irrefrenable pelirroja solía dejar su trabajo en una galería de arte de Londres y se desplazaba en coche al Palacio de Buckingham para animar a la regia futura mamá.
En privado, las cosas no iban mucho mejor. Se negó de plano a tomar medicamentos y, una vez más, sostuvo que no quería ser responsable si su hijo nacía deforme. Simultáneamente reconoció que el resto de la familia real la consideraba "un problema". En cenas de etiqueta en Sandringham o en el castillo de Windsor a menudo tenía que abandonar la mesa para vomitar. En lugar de irse a la cama, insistía en regresar, pues estaba convencida de que su deber consistía en intentar cumplir con sus compromisos.
Durante casi todo el embarazo, Diana permaneció en el Palacio de Buckingham mientras pintores y carpinteros ponían a punto su nuevo hogar en Londres. Sólo cinco semanas antes del nacimiento del príncipe Guillermo la pareja se trasladó al Palacio en Kensington, residencia también de la princesa Margarita, de los duques de Gloucester y de sus vecinos inmediatos, el príncipe y la princesa Michael de Kent. Para entonces, Diana estaba hartísima. Fotógrafos y cronistas la vigilaban sin cesar, al tiempo que los periódicos comentaban cada uno de sus actos.
Sin que la princesa se enterara, la soberana ya había convocado en el Palacio de Buckingham a los directores de periódicos de Fleet Street. Una vez en palacio, el secretario de prensa les pidió que concediesen un poco de paz e intimidad a Diana. La petición fue ignorada.
En febrero, Carlos y Diana volaron a la isla de Windermere, en las Bahamas, hasta donde fueron seguidos por representantes de dos publicaciones sensacionalistas. Fotografiaron a la princesa, embarazada de cinco meses, corriendo en bikini en medio del oleaje. Diana y Carlos se pusieron furiosos cuando las fotos se publicaron mientras en palacio se hicieron eco del ultraje y comentaron que era uno de "los días más sombríos del periodismo británico". La luna de miel, entre la prensa, la princesa y palacio, tocó definitivamente a su fin.
Esa obsesión de la prensa diaria agobió todavía más a Diana, que ya había utilizado hasta el limite sus recursos físicos y mentales. La bulimia, las náuseas matinales, el derrumbamiento de su matrimonio y sus celos de Camilla se combinaron hasta hacer insoportable su vida. El interés de los medios de comunicación por el inminente parto le resultó inaceptable. Diana decidió que le provocaran el parto pese a que se comenta que George Pinker, su ginecólogo, dijo: "El parto es un proceso natural y hay que tratarlo como tal". Pese a que Diana era consciente del trauma de su madre después del nacimiento de su hermano John, la intuición le indicaba que el niño estaba bien. "Esta bien hecho", le comentó a una amiga antes de trasladarse con el príncipe Carlos a Lindo, el ala privada, del hospital St. Mary en Paddington, en el Oeste de Londres.
El parto fue, al igual que el embarazo, aparentemente interminable y difícil. Diana estaba constantemente mal y en cierto momento el doctor Pinker y el equipo médico evaluaron la posibilidad de practicarle una cesárea. Durante el parto a Diana le subió espectacularmente la temperatura, hecho que, a su vez, provocó preocupaciones sobre la salud del niño. Al final Diana, que recibió una raquianestesia, parió gracias a sus propios esfuerzos, sin apelar a los fórceps y a la intervención.
Su alegría no tuvo límites. A las 9:03 de la noche de 21 de junio de 1982, Diana dio a luz al hijo y heredero que se convirtió en motivo de júbilo nacional. Al día siguiente, cuando visitó a su nieto, la soberana hizo un comentario típico. Miró al recién nacido arropado y dijo secamente: "Gracias a Dios no tiene las orejas de su padre". El segundo en la dinastía monárquica aún se conocía oficialmente como el bebe de Gales...

LA LLEGADA DE SARAH
Al igual que con el romance de Diana, los acontecimientos empezaron a adquirir su propio ímpetu. En enero de 1986 la reina invitó a Sarah a alojarse en Sandringham; poco después, Carlos y Diana la llevaron a esquiar a Klosters, en Suiza. Diana prestó a Sarah una chaqueta a cuadros negros y blancos cuando visitaron al príncipe Andrés a bordo de su barco, el buque de guerra Brazen, que estaba atracado en el puerto de Londres. Diana guió diestramente a Sarah durante la primera aparición pública de ésta con miembros de la familia real. En comparación con la aspirante recién llegada, delante de las cámaras Diana parecía una actriz consumada. Se había transformado en una beldad refinada cuyo sentido innato del estilo era famoso en el mundo entero.
De alguna manera la llegada de la duquesa de York hizo menos soportable todavía su vida. La reciente duquesa se lanzó a su nuevo papel como un perro cobrador sobreexcitado. Durante su primera estancia en Balmoral, una experiencia vacacional que dejó a Diana agotada y sin aliento, la duquesa parecía hacerlo todo con gran soltura. Salió a cabalgar con la reina, a conducir el carruaje con el duque de Edimburgo y se empeñó en pasar algunos ratos con la reina madre: La duquesa siempre ha tenido una personalidad camaleónica que se adapta fácilmente a los deseos de los demás. Así había ocurrido cuando se mezcló con el grupo de Verbier: los amigos sofisticados y adinerados, aunque ferozmente sarcásticos, de su ex amante Paddy McNally. Y así ocurrió en ese momento, mientras se adaptaba a la vida de la familia real.
Un poco mayor que Diana, pero infinitamente más experimentada en cuestiones mundanas, la duquesa desplegaba todo su entusiasmo allí donde Diana mostraba desaliento, sincera alegría en comparación con los abatidos silencios de su cunada, y una energía sin límites en contraste con los constantes malestares de la princesa. Fergie alcanzó inmediatamente el éxito en el seno de la familia, Diana todavía era considerada una enigmática desconocida que se mantenía aislada. Cuando Fergie llegó como una ráfaga de aire fresco, el príncipe Carlos no tardó en establecer la comparación. "¿Por qué no eres como Fergie?", preguntó a su mujer. Resultaba un cambio de su cantinela habitual, que consistía en compararla con su amada abuela, la reina madre, pero el mensaje era el mismo.
Diana estaba profundamente confundida. Su rostro adornaba la cubierta de un millón de revistas y el público le cantaba alabanzas, pero su marido y su familia rara vez le prodigaban una palabra de estímulo, felicitación o consejo. Entonces no es de extrañar que Diana, que en esa época no tenía el menor sentido de la autoestima o la valía personal, aceptara la opinión de la familia real en el sentido de que debía esforzarse en parecerse a su cunada. Este aspecto se vio reforzado cuando los príncipes de Gales fueron a Mallorca como invitados del rey Juan Carlos de España en el Palacio de Marivent. Aunque el público pensaba que Diana había manipulado estas "vacaciones de cubo y pala en la arena" para escapar de los rigores de Balmoral, la idea había sido del príncipe Carlos. Incluso corrió un ridículo rumor que relacionaba amorosamente a Diana con Juan Carlos. La verdad es que el rey estuvo mucho más próximo a Carlos que a ella, quien lo consideraba demasiado play boy para su gusto. Aquellas primeras vacaciones fueron muy desdichadas para Diana. Estuvo enferma gran parte de la semana, mientras Carlos era permanentemente festejado por sus anfitriones. En breve, la noticia llegó a oidos del resto de la familia real. Una vez más, el problema era Diana; una vez más su marido le preguntó: "¿Por qué no eres como Fergie?"...
BAJO ESCRUTINIO DE LA PRENSA
La inquietud pública por el matrimonio de los príncipes de Gales coincidió con una creciente irritación por la conducta de los miembros más jóvenes de la familia real. El despreocupado ánimo hedonista que encantó a todos en los primeros tiempos de la vida de Fergie en la realeza, empezó a crispar los ánimos. A Diana se lo advirtió su astróloga Penny Thornton, cuando la visitó en la primavera de 1987. La astróloga previno a la princesa de que tendría que pagar un alto precio por todo lo que hiciese en los meses siguientes. A la conducta frívola en las pistas de esquí siguieron, en abril, una multitud de críticas, cuando se vio a Diana reir entre dientes mientras pasaba revista a los jóvenes oficiales del ejército en Sandhurst. Posteriormente ella explicó que su risilla nerviosa se había debido a unas bromas ligeras del comandante en jefe y también a su nerviosismo antes de pronunciar un breve discurso. Pero el daño estaba hecho, lamentablemente, y dos meses después en Ascot, volvió a ser objeto de un severo escrutinio. Los fotógrafos captaron el momento en que Diana y Sarah pincharon el trasero de su amiga Lulu Blacker con las puntas de sus paraguas cerrados.
El mundo, expectante, coreó su desaprobación. "Demasiada frivolidad", protestó el Daily Express, mientras otros comentaristas acusaban a las dos jóvenes de comportarse como actrices de un serial. Mucho se habló de la conducta de Diana en la boda del hijo del duque de Beaufort, el marqués de Worcester, con la actriz Tracy Ward. Se señaló que mientras el príncipe Carlos se había retirado temprano, ella bailó hasta altas horas de la noche con una serie de compañeros, incluidos el galerista David Ker, el marchante Gerry Farrell y Philip Dunne. La forma de bailar de Diana, en esta ocasión enérgica, despertó muchos comentarios, aunque poco se dijo acerca de que Carlos había pasado la noche encerrado, conversando con Camilla Parker-Bowles.
La crisis en la relación de los príncipes de Gales se convirtió en tema de comentarios no sólo de los periódicos sensacionalistas, sino también de las revistas serias, la radio, la televisión y los medios de comunicación extranjeros. Por una vez, el palacio tomó nota de la tormenta desatada en los medios.
Jimmy Savile, que a menudo actúa como intermediario de gran influencia en los círculos reales, ofreció sus servicios. En octubre, cuando las especulaciones acerca del matrimonio de Carlos y Diana alcanzaron su punto culminante, sugirió a la real pareja desapegada que sería un eficaz eercicio de relaciones públicas su visita juntos a Dyfed, en el sur de Gales, que había quedado devastado. Con ello contribuirían, argumentó Savile, a quitar hierro a los perjudiciales rumores que corrían.
El breve viaje no fue un éxito. Quedó definido el estado de ánimo cuando Diana se reunió con su marido en la base Northolt de la RAF para emprender el corto vuelo a Swansea. En una escena presenciada por numerosos miembros del personal, el distanciamiento entre la pareja fue evidente. Diana ya estaba agitada antes de ver a su marido, pero no se hallaba preparada para la hostilidad de este al abordar el jet BAe 146 de la flota real. Cuando Diana intentó explicarle que los medios de comunicación le habían hecho pasar malos momentos siguiendo todos sus movimientos, el príncipe se mostró del todo
incomprensivo "¿Y que?", le espetó él con tono resignado, mientras Diana se refería a las dificultades que para ella con llevaba cumplir con sus obligaciones públicas en semejante atmósfera. Carlos se negó a escucharla, y durante casi todo el trayecto hizo caso omiso de su presencia. "Fue terrible", comentó ella a sus amigos más adelante. "Yo le estaba pidiendo socorro".
El distanciamiento de las relaciones personales entre ambos quedó subrayado al terminar la visita, momento en que se dirigieron, cada uno por su lado, a confines opuestos del país.
Había llegado el momento de que la princesa Diana evaluara la situación. Recuerda la ocasión en que para alejarse de la claustrofobia que sentía en el palacio de Kensington con sus cámaras espias, cortesanos vigilantes y muros carcelarios, fue a su paraje predilecto de la playa en la costa de Dorset. Mientras paseaba por las arenas solitarias, Diana comprendió que se había acabado cualquier esperanza de reconciliación que hubiese albergado. La hostil indiferencia de Carlos volvía poco realista cualquier idea de empezar de nuevo. Diana había intentado adaptarse a todo lo que él deseaba, pero sus esfuerzos por imitar la conducta de la duquesa de York, a quien el príncipe Carlos tanto admiraba, había sido un desastre sin paliativos. Carlos no se había acercado más a ella y su intento sólo había servido para hacer una caricatura de su imagen pública. Por su parte, la princesa se sentía profundamente incómoda con el mundo de superficial frivolidad encarnado por la duquesa de York. En el fondo de su alma sabía que para sobrevivir tendría que volver a descubrir a la auténtica Diana Spencer, la chica cuya personalidad había sido anulada y sumergida. Había llegado la hora de enfrentarse con los hechos de su vida. Durante largo tiempo había renunciado al control de sí misma, acatando sumisamente los deseos de su marido, de la familia real y de los medios de comunicación. En esa larga caminata en solitario comenzó a aceptar los retos de su posición y su destino. Este era el momento de empezar a creer en sí misma...
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