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| 12/10/2011 12:00:00 AM

Días de furia en Bogotá

Los bogotanos viven una verdadera pesadilla por cuenta de los trancones, las inundaciones, los aguaceros, las actividades navideñas y las fallas en las comunicaciones.

Ala misma hora en que el cantante Residente de Calle 13 escribió en Twitter: "En Bogotá esta noche la rompemos", al referirse al concierto gratuito que ofreció el miércoles de la semana pasada en el Parque Simón Bolívar para prender la fiesta navideña, la ciudad rompía en caos, literalmente. Así se podía palpar en las redes sociales, en las que brotaban todo tipo de comentarios de bogotanos frustrados, atrapados en trancones de tres horas, varados por no encontrar transporte, empapados por el aguacero, con las casas inundadas y quejándose de un frío penetrante que solo incrementaba a medida que anochecía.

Las palabras de desespero en el mundo virtual eran apenas la expresión más mundana de lo que estaba sucediendo en el mundo real, que era mucho peor, y el resultado de una serie de factores infortunados que ocurrieron la semana pasada y convirtieron a una ciudad de ocho millones de habitantes en un desastre capital.

Todo empezó el lunes en la noche, cuando un derrumbe de al menos 15 toneladas de tierra taponó la avenida Circunvalar, una de las pocas vías rápidas que conectan el norte con el centro de la ciudad. Aunque de inmediato los trabajadores empezaron a remover la tierra, la Secretaría de Movilidad anunció que la avenida estaría cerrada por ocho días entre las calles 85 y 92. Este derrumbe también afectó el flujo de tráfico en otras importantes arterias aledañas al norte de la ciudad, como la carrera séptima, la 11 y la 15, y el camino hacia el municipio vecino de La Calera, donde viven muchas personas que trabajan en Bogotá. El viaje que usualmente es de 20 minutos máximo está tardando hasta una hora y media.

El nivel de caos al que llegó la movilidad esta semana fue extremo, pero los bogotanos sufren el problema desde hace meses. De hecho, la última encuesta de percepción de la calidad de vida en la ciudad lo refleja. El 51 por ciento de los capitalinos encuestados por la firma Ipsos-Napoleón Franco, en agosto de este año, afirma que se está demorando más en llegar de un lugar a otro. Por eso la gente ha optado por cancelar citas presenciales y ha decidido quedarse en la casa para trabajar. Los que no pueden han tenido que madrugar más y armarse de paciencia para aguantar los embotellamientos.

Los usuarios del transporte público se han ido acostumbrando a regañadientes a no encontrar taxis, ni siquiera en altas horas de la noche, y a hacer largas filas para subirse a un bus. Ya nadie sueña con hallar un asiento libre, sino un cupo. Y la puja por montarse en las estaciones de TransMilenio ya no es a codazos sino a los puños. Esta semana, el drama en el sistema de transporte público era que los buses no pasaban. El miércoles en la mañana, unos padres de familia bloquearon la Autopista Norte para protestar porque iban a quitarles el subsidio para el colegio a sus hijos, y provocaron un colapso en el sistema de transporte. Los usuarios, frustrados, no tuvieron más remedio que abandonar TransMilenio y caminar hasta por 40 cuadras para buscar rutas y medios alternativos que les permitieran llegar a sus trabajos o a sus clases en el centro y en el sur de la ciudad.

Las vías, además, no podían estar en peor estado. La calle 170 parece una carretera lunar por el tamaño de sus cráteres, donde han quedado atrapados varios carros. Los rayos también han tumbado algunos árboles. La semana pasada, las ramas no solo obstaculizaron las vías, sino que también aplastaron algunos automóviles.

El mal clima, los trancones y el pésimo estado de la malla vial, sin embargo, no fueron obstáculo para algunos optimistas que el miércoles en la noche y el jueves salieron a las calles a celebrar la noche de las velitas y a recorrer el alumbrado navideño por la ciclovía nocturna. Pero tanto entusiasmo solo provocó más trancones y congestión en las vías que sí estaban habilitadas para transitar. Ante la falta de suficientes policías de tránsito, los indigentes se convirtieron en árbitros del tráfico capitalino.

Pero el tiempo que miles de bogotanos perdieron la semana pasada en los trancones no se compara con las millonarias pérdidas de quienes tuvieron que abandonar sus casas inundadas. En las laderas de la ciudad, donde están los barrios más pobres, las escaleras que comunican sus callejuelas terminaron convertidas en cascadas de agua durante horas. La Alcaldía se declaró en máxima alerta porque encontró que había más de 100 puntos críticos en donde se podrían producir derrumbes, y desde principios de la semana se ordenó evacuar a decenas de personas.

En las zonas bajas, la gente luchaba inútilmente con baldes y cubetas, desde el martes, para sacar el agua que rebosaba de las alcantarillas. Las aguas negras del sistema de alcantarillado se devolvieron por donde se suponía tenían que bajar cuando el nivel del río Bogotá alcanzó su tope máximo y dejaron más de 45.000 damnificados en las localidades de Bosa, Engativá, Kennedy y Fontibón. La alcaldesa Clara López le pidió a toda la ciudad que ahorrara agua, se bañara más corto y no descargara tan a menudo los sanitarios, porque con el río desbordado, las aguas residuales se devuelven y la capital podría terminar en una emergencia sanitaria.

Los niños de algunos de estos barrios ya tienen afecciones en la piel y nadie está exento de desarrollar infecciones bacterianas por las aguas putrefactas. El problema es que en los puestos de salud y primeros auxilios no hay suficientes vacunas ni kits de aseo. El jueves en la mañana, 200 personas bloquearon la avenida Ciudad de Cali porque las ayudas no llegaban. Algunos damnificados también se han quejado de que los refrigerios que ha entregado el Distrito estaban ya en proceso de descomposición.

Para completar, algunos habitantes de varios barrios de Bosa, Kennedy, Puente Aranda, Usaquén, Chapinero y Fontibón se quedaron sin telefonía y sin servicio de internet, por fallas que afectaron a la ETB el mismo miércoles en la tarde, y en algunos sectores también hubo apagones esta semana. La oscuridad se presta para que personas inescrupulosas asalten las viviendas que fueron evacuadas. Por eso serán militarizadas.

Este desastre será un reto para las autoridades y para la administración distrital, que tal vez nunca habían enfrentado un caos semejante en la ciudad. Pero deben prepararse porque puede que con las temporadas invernales esta termine siendo una pesadilla recurrente. Se viven días de furia en la capital.
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