Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/07/10 00:00

Dios y amor

Crece en Colombia el movimiento de los sacerdotes casados en busca de la comprensión de la Iglesia y de la sociedad.

Dios y amor

Sólo Dios puede entender el conflicto interno que vive un sacerdote cuando siente que su vocación tambalea, no por falta de fe sino porque el amor de una mujer se interpone entre él y su obligación de mantenerse célibe. Pablo Betancur conoció esa angustia. A los 25 años, recién ordenado, fue enviado como párroco a la iglesia de San José, en el municipio antioqueño de Sonsón. Allí conoció a Gloria Cecilia Montoya, directora de la pastoral juvenil de la parroquia, y entre los dos hubo lo que en el mundo profano se denomina ‘química’. El conflicto interno no se hizo esperar. Antes que resistirlo o asumirlo prefirió huir: pidió el traslado a la isla holandesa de Curazao.

Durante 10 años Betancur se consagró al sacerdocio en este paraíso terrenal para turistas. Sin embargo el tiempo tampoco apaciguó su alma. Empeñado en encontrarle una solución definitiva a la contradicción que lo atormentaba le pidió ayuda a un sacerdote amigo. Este le hizo caer en cuenta de que estaba en todo su derecho de dejar la sotana si eso era lo que su corazón realmente quería. Betancur se retiró seis meses a reflexionar y concluyó que, en sus propias palabras, “todo me indicaba que había madurado lo suficiente como para seguir mis sentimientos”. Sin pensarlo dos veces el sacerdote regresó a Colombia a buscar a la mujer que amaba. En la actualidad Pablo Betancur y Gloria Montoya están casados por lo civil, tienen una hija de 6 años y esperan que el Vaticano le otorgue la dispensa que lo convertirá en un laico total.



Sotanas al exilio

El caso del ex párroco de Sonsón no es un hecho aislado. Datos precisos del Vaticano revelan que desde 1964 hasta hoy unos 62.000 sacerdotes han obtenido la dispensa. Los sacerdotes casados sospechan que estas cifras sólo evidencian la mitad de los casos porque muchos, como el padre Betancur, no han obtenido la dispensa pero igual han contraído matrimonio. El investigador español Pepe Rodríguez cuenta en su libro La vida sexual del clero que la jerarquía católica del Vaticano es consciente de lo que ocurre pero no ha querido enfrentarlo. En 1967, cuando hubo un inusitado número de solicitudes de dispensa, el papa Paulo VI sentó doctrina sobre el tema en su encíclica Sacerdotalis Coelibatus. Sin embargo la desbandada continuó. Por eso, según Rodríguez, décadas después el papa Juan Pablo II apeló a medidas más estrictas y ordenó congelar 6.000 casos de dispensas. También es cierto que la Iglesia se toma su tiempo antes de otorgar la dispensa. “La Iglesia quiere ser prudente frente a los casos en que los curas fallan, esperando que el sacerdote se consolide. Se da un compás de espera para que recapacite”, dice Elías Lopera, abogado y canonista asesor de la curia episcopal de Medellín.

Pero no se puede tapar el sol con las manos. El fenómeno ha alcanzado tal magnitud en el mundo católico que ya existe una Federación Internacional de Sacerdotes Casados, que agrupa a 92.000 miembros con sus respectivas esposas. En agosto del año pasado celebró su congreso mundial en Atlanta (Estados Unidos). Al evento asistieron 350 sacerdotes, en representación de asociaciones de 25 países, para discutir sobre el celibato opcional y sentar una protesta por la manera como actúa el Vaticano en detrimento de los derechos humanos del clero.

En Colombia existen varias organizaciones de este tipo, la más fuerte es el Movimiento de Curas Casados de Cartagena (Mosacar), que reúne a 75 sacerdotes no célibes. Se trata de una cifra reducida de miembros que probablemente no refleja la realidad de esta situación en el país. Los sacerdotes casados agremiados piensan que hay por lo menos otros 300 compañeros en las mismas condiciones. Hugo Aceros, presidente de Mosacar, dice que en las asociaciones tratan temas que les conciernen a ellos como “la jubilación, el derecho a un salario por su trabajo, el derecho a la libre expresión y pensamiento, el derecho de la mujer a gozar de los mismos derechos que el hombre, el derecho de la mujer a ser atendida, protegida y dignificada cuando un sacerdote la embaraza, el derecho del hijo del sacerdote a ser reconocido, el derecho a que los tratamientos sicoterapéuticos de los sacerdotes sean costeados por la institución eclesial”.

Estos cuestionamientos levantan ampolla. Pero, sin lugar a dudas, el asunto sexual sigue siendo el que más le pone los pelos de punta a los jerarcas católicos. Por eso es que el tema de los sacerdotes casados sigue siendo un tabú, algo de lo que no se debe hablar, ni siquiera cuando los afectados obtienen la dispensa papal y se secularizan. “Cuando un cura se retira el obispo le exige que mantenga en el anonimato su antecedente ministerial. Lo meten a un limbo porque ellos creen que es un mal testimonio”, dice Luis Gonzaga, quien ejerció como sacerdote secular tres años y se retiró para casarse luego de recibir la dispensa. Gonzaga fue afortunado al obtenerla. En ocasiones el proceso para lograr la dispensa no es fácil y puede demorarse.

Quien lo intenta debe solicitarlo por intermedio del obispo ordinario, quien a la vez lo pondrá en conocimiento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el tribunal del Vaticano que estudia si vuelve al candidato al estado laico. Al final, de todos modos, la sensación es amarga. “Lo que más le duele al sacerdote que pide la dispensa es la incomprensión de los otros sacerdotes y la jerarquía”, dice Betancur, quien se desempeña como decano de la facultad de sicología de la Fundación Universitaria María Cano en Medellín.



El peso de la tradición

Para la Iglesia Católica el celibato es un asunto crucial. En un mundo cada vez más secularizado, en el que las vocaciones sacerdotales escasean y la competencia por fieles con otras creencias es cada vez más dura, apostarle tan fuerte a una tradición que ha alejado un número tan alto de sacerdotes del ministerio y no tiene suficiente asiento doctrinal es un riesgo inmenso. Porque si algo está claro hoy es que la prohibición de casarse fue un concepto pulido por la jerarquía eclesiástica en sucesivos concilios (ver recuadro). El historiador Antonio Restrepo sostiene que el celibato fue instaurado por razones políticas y económicas. Se quería que la burocracia eclesial fuera más fluida, no sólo para evitar que la herencia se interpusiera en la designación de los cargos, por ejemplo, sino para proteger el patrimonio de la Iglesia de las disputas sucesorales. Hoy las razones económicas siguen pesando a la hora de discutir sobre el celibato. Para la Iglesia tomar la decisión de dejar ir a sus ministros es más complicado de lo que parece pues, al fin y al cabo, cada sacerdote es una inversión. Prepararlo durante ocho años hasta la ordenación sacerdotal cuesta, a costos de hoy, 58 millones de pesos. Gran parte de este valor es costeado por la propia Iglesia, dado que la mayoría de los seminaristas tienen la vocación pero no los recursos para pagar su preparación.

De ahí que cuando un cura abandona el redil se convierte en una inversión perdida.Por eso, antes de impulsarlo a secularizarse lo invitan a trasladarse a otra parroquia o a otra diócesis si así lo conviene con el obispo. En últimas estas acciones lo único que logran es demorar un poco la decisión. Son paños de agua tibia que no consiguen apagar el incendio que se da desatado en el seno del catolicismo. En el futuro es probable que la situacion de los sacerdotes casados cambie, por ahora es imposible porque todavia resuenan en el ambiente las palabras que pronuncio el papa Jusan Pablo II ante unos periodistas en 1987: "Creo que va a ser inevitable que lleguen los curas casados, pero no quiero que ocurra en mi pontificado".

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