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| 9/14/2012 12:00:00 AM

Discurso de Alejandro Santos: La prensa, el poder y su futuro

Discurso íntegro de Alejandro Santos, director de SEMANA, en el Foro Internacional de Periodismo, realizado en el marco de la celebración de los 30 años de la revista.

Muy buenos días a todos

Estamos realmente muy felices, pero también muy honrados, de poder celebrar estos 30 años con amigos, colegas, aliados y con todos aquellos que vemos en la información una fuente de libertad, en los medios un pilar de la democracia y en el periodismo, un espejo para entendernos como sociedad. Quiero agradecer a Pacific Rubiales por su apoyo, a nuestros distinguidísimos conferencistas internacionales y a los directores, editores y periodistas de Colombia y América Latina que lograron sacarle tiempo a esa vorágine inacabable de noticias que producen nuestros países, para refugiarse durante un día en este caluroso recinto y conversar sobre lo que hacemos. Pensar sobre el papel de la prensa en la sociedad y tratar de vislumbrar el futuro de los medios en momentos de grandes cambios y amenazas.

El periodismo es, en el fondo, la capacidad que tiene una sociedad para sintonizarse con un momento histórico. ¡Y vaya época que estamos viviendo! En Estados Unidos y Europa la prensa más seria y prestigiosa está tratando de sobrevivir y reinventarse frente al paradigma que impusieron las nuevas tecnologías. En América Latina, una prensa vigorosa y hasta ahora próspera, está poniendo el dedo en la llaga y destapando los abusos del poder político. Casos como los de El Universo en Ecuador, Veja en Brasil, o Clarín en Argentina, para citar solo algunos, dejan en evidencia la importancia que tienen los medios para las democracias. Y qué no decir del papel de la prensa en la democracia colombiana en los últimos 30 años. Una gran labor que yo resumiría en tres grandes luchas: 1. La lucha ética frente a los victimarios. 2. La lucha moral frente a la víctimas. 3.La lucha como contrapoder frente al poder político.

1. La lucha ética frente a los victimarios

Ante todos los intentos de los tentáculos del narcotráfico por apoderarse del país, la prensa se ha convertido en la conciencia ética de la sociedad. Desde la época de Pablo Escobar que le declaró la guerra al Estado, pasando por el cartel de Cali que trató de comprarse la política, hasta el paramilitarismo que intentó apoderarse del Estado desde las regiones, la prensa ha sido la punta de lanza de la sociedad para atajar estos intentos por arrodillar o desestabilizar la democracia. Cuando el gran Guillermo Cano, director de El Espectador, denunció la llegada de Pablo Escobar al Congreso de la República, fue tildado en su momento de fundamentalista moral. Cano fue el primero en trazar la línea de lo éticamente tolerable frente a la ambición desmedida del narcotráfico por adueñarse de todo. Y como era de esperarse, fue asesinado. Su magnicidio generó la inmediata unión entre los distintos medios para enfrentar esta nueva y poderosa amenaza que solo entendía la dialéctica de la plata o el plomo. Esta alianza y colegaje de la prensa en los ochenta, que fue clave en su momento para informar y buscar la verdad en medio de la guerra declarada contra los medios, debe ser un ejemplo para la prensa mexicana que hoy vive sus momentos más difíciles frente a la escalofriante ofensiva de los poderosos carteles de ese país.

De la misma forma, cuando el cartel de Cali intentó sobornar la política en los noventa, la prensa también estuvo ahí para denunciarlo, y estalló lo que el país conoció como el proceso 8.000. Y cuando el paramilitarismo se alió con las clases políticas locales y regionales para capturar las arcas del Estado y ejercer un control territorial, la prensa también estuvo ahí y el país conoció otro capítulo oscuro de nuestra historia: la parapolítica.

2. La lucha moral frente a las víctimas

La pregunta aquí es cuál es el papel de la información y cómo se valora la vida en un país atravesado por la cultura de la muerte. Cómo los medios pueden dignificar la vida en medio de la violencia. Cuál debe ser la voz de las víctimas en medio de la fascinación por los victimarios.

Lo primero que hay que decir es que los medios tenemos la responsabilidad moral y periodística de sensibilizar a la sociedad frente a lo que pierde con la violencia. Stalin decía: “Una muerte es una tragedia, un millón de muertes es un estadística”. Una de las responsabilidades de los medios es que la sociedad no pierda su capacidad de sorprenderse e indignarse, es decir, que a través del tratamiento informativo, se pase de la estadística a la tragedia.

¿Cómo? Buscando la verdad ¿Cuál verdad? La que emana de la sensibilidad de un criterio honesto y formado. Pero como dice el filósofo Todorov, la búsqueda de la verdad literal no es suficiente para que las sociedades superen la violencia. Es necesario conectar los procesos de victimización con las lógicas de poder. Entender que la violencia no es un fenómeno natural sino producto de un contexto político, histórico y cultural. De cómo, por ejemplo, ganaderos se organizaron en grupos de autodefensa para defenderse de las extorsiones y secuestros de la guerrilla y terminaron formando ejércitos de paramilitares que cometieron las peores masacres, desplazaron millones de campesinos y se aliaron con la clase política para capturar al Estado y ejercer un control territorial. De cómo la barbarie que hemos vivido no es un problema de unos desadaptados o de una irracionalidad sin rienda, sino de una racionalidad política y económica con objetivos muy claros.

El fenómeno del paramilitarismo se extendió en el país como una mancha de aceite durante ocho años sin que nadie dijera nada. Las pocas voces que se atrevían a denunciar eran asesinadas o estigmatizadas. Y fue solo hasta que la prensa investigó y denunció que la justicia actuó y puso contra la pared a gran parte de la clase política en un capítulo ejemplarizante para la separación de poderes de nuestra democracia.

En donde los medios debemos hacernos una reflexión es en la voz –o la falta de ella– que les estamos dando a las víctimas y las poblaciones vulnerables. Desfilan ataúdes, madres lloran a sus hijos ante las cámaras, vemos a diario viudas y huérfanos sufrir su impotencia.... ¿Pero importan? ¿Le importan al país? ¿Les importan a las clases dirigentes? ¿Les importan a los medios? El mundo rural, donde ocurre gran parte de los actos violentos, se ha ido incorporando al imaginario de nación a través de los medios por la vía de la muerte. La Rochela, Patascoy, Las Delicias, Puerres, El Salado, Macayepo, Mapiripán, van dibujando una geografía del territorio en nuestras mentes a través de la estela de la violencia. Por eso hay que fortalecer esa voz, una voz que no se expresa con toda su vitalidad y todo su orgullo, una voz de una Colombia profunda y acallada.

La otra deuda que tenemos como periodistas, sobre todo la televisión, es el de la dignidad. Esa visión periodística misericordiosa y asistencialista con las víctimas y las poblaciones vulnerables terminó siendo contraproducente: las despolitiza, les arrebata su ciudadanía y las despoja de su igualdad frente a los demás.

Grandes desafíos tenemos los medios en esta realidad convulsionada, llena de víctimas y victimarios, donde la búsqueda de la paz y la reconciliación pasa inevitablemente por la lectura que hacemos los medios de comunicación.

3. La lucha como contrapoder frente al poder político

En estos últimos 30 años la prensa, sobre todo la escrita, ha asumido su rol de contrapoder. Lo hemos visto con escándalos como el del Grupo Grancolombiano en los ochemta, el proceso 8.000 en los noventa, y la parapolítica o las ‘chuzadas’ del DAS en 2000, para citar solo algunos ejemplos. Pero más allá de los grandes escándalos, no podemos dejar de hacerle un homenaje a los más de 120 periodistas que han sido asesinados en Colombia en los últimos 30 años, haciendo un periodismo más silencioso pero más valiente, un periodismo que se atreve a denunciar y a destapar para que este sea un país más informado y más libre. ¿Cuál habría sido el curso de la democracia colombiana sin el papel crítico y fiscalizador de la prensa.

La gran pregunta ahora es cuál va a ser el papel de esa prensa en los próximos 30 años. Si los medios de América Latina nos miramos en el espejo de lo que ocurre en Europa y Estados Unidos, el panorama es bastante desalentador. Prensa, radio y televisión tienen su modelo de negocio amenazado por las redes sociales, internet y los gigantescos buscadores, las salas de redacción están semivacías por los recortes de personal, cada vez hay menos corresponsales y unidades de investigación, y cada vez hay más periodistas demasiado jóvenes y demasiado baratos. Cabe preguntarse cómo encaja el periodismo de calidad, en este nuevo modelo, el de la profundidad, la denuncia y el análisis, el de los grandes reportajes e investigaciones, el que requiere tiempo y plata, en un mundo mediático cada vez más inmediatista y donde cada día se vuelve más escaso el tiempo y más esquivo el dinero.

Se ha dicho a los cuatro vientos que hacer un buen periodismo es suficiente para que los medios sobrevivan. Tengo mis dudas. Es indispensable pero no suficiente. El Guardián quizá hoy el mejor periódico del mundo, el que tuvo el valor de denunciar a sus colegas del imperio Murdoch por chuzar teléfonos, el que tiene su credibilidad en el cenit de su ya larga trayectoria, está hoy en dificultades económicas. Prestigio periodístico, lamentablemente, no significa un medio rentable. Hasta The Economist, la nave insignia del periodismo global, que se veía navegando imperturbable con su periodismo serio, inteligente y sarcástico, en medio de esta tormenta, tiene ya las velas raídas. Lo insólito es que no es una crisis de audiencias, de lectores, de gente ávida de información, sino de publicidad. A pesar de que los medios tienen hoy más lectores, más televidentes y más oyentes, la publicidad no refleja la magnitud de estas audiencias. Una paradoja triste e inquietante.

Estamos en momentos de grandes transformaciones: cambian las tecnologías (redes sociales o internet), cambian las plataformas (Ipad o móviles), cambian las audiencias, cambia la propiedad de los medios, cambian las posibilidades de acceso a la información, pero lo que no cambiará nunca es la esencia del periodista, la del hombre que observa, piensa y analiza, la del corazón que hace palpitar el periodismo. Por eso, en medio de las angustias y los temores, de los cambios necesarios, de la concentración de la información que ya no se puede ver con prejuicio ni con nostalgia, o de los caminos que cada uno elige para reinventarse en este nuevo mundo, hay que proteger una sola cosa: el periodista. Buscar su talento, forjar su criterio, estimular su sensibilidad y blindar su integridad. Es lo que en el fondo le da sentido al periodismo en una democracia. Todos los conferencistas hoy, los moderadores y panelistas, fueron en su momento reporteros y redactores y construyeron su criterio y su voz propia al amparo de una libertad y de un sistema de valores, y de esa atmósfera intelectual y periodística apasionante que es vivir la realidad a través de una sala de redacción. Atmósfera que va desde la gloria que saborearon Woodward y Bernstein con Watergate en el Washington Post, hasta la reflexión y autocrítica que debieron hacerse el Wall Street Journal y el New York Times de por qué se engendró la peor crisis del capitalismo financiero en sus narices y no se dieron cuenta.

O de la angustia colectiva, que oscilaba entre la rabia y el temor que compartió el equipo periodístico de SEMANA al denunciar las chuzadas del DAS, cuando nadie lo creía posible, y en medio de una campaña de desprestigio en contra de la revista, pero que, al final del día, puso a prueba la fuerza de nuestras convicciones periodísticas y democráticas.

A los medios nos gusta citar a Albert Camus cuando dice que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Y quizá lo sea. Pero más que bello es apasionante. Por eso, frente a la realidad que estamos viviendo los periodistas y para lo que se nos viene encima, solo veo una opción: imaginación. Permítanme citar a otro autor francés, Marcel Proust, quien dijo: “Las mujeres bonitas son para los hombres sin imaginación”. Por eso, para ser creativos, a los periodistas nos va a tocar entonces rodearnos de mujeres y hombres feos para sobrevivir, si no al oficio, al menos a nuestra propia vanidad.
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