Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2013/10/31 00:00

Discurso de Ricardo Calderón en los Premios Simón Bolívar

Publicamos el discurso del jefe de investigaciones de SEMANA quien ganó el 'Gran Premio a la Vida y Obra'.

. Foto: SEMANA

Bogotá, 29 de octubre de 2013

Nunca me había costado tanto escribir algo. Me gano la vida escribiendo. Pero siempre sobre los demás. Y por lo general los demás no se emocionan mucho con lo que escribo de ellos.

Soy reportero y la reportería brinda satisfacciones personales, pero pocos reconocimientos notorios.

Sobre todo en mi caso. Buena parte de mi carrera la he hecho en la revista Semana en donde entendemos el valor del trabajo en equipo y por eso nuestras investigaciones, reportajes y crónicas no suelen ir acompañadas de ninguna firma. La firma nunca puede mover al reportero. El verdadero combustible del reportero son los resultados.

La última vez que leí algo frente a un auditorio fue hace más de 30 años. Era alumno de primero de bachillerato y la profesora de español me pidió que leyera, con otros compañeros, una cosa absolutamente cliché: 'Desiderata'.

Llegado mi momento me congelé de la punta de la lengua a los pies. El compañero que me seguía en el turno de lectura tuvo que quitarme el papel de las manos y terminar mi parte. Ese día entendí que hablar en público no era mi fuerte. Hoy, después de tantos años, lo estoy reconfirmando.

Estar aquí hablando frente ustedes y recibiendo este premio tiene mucho de ironía. Lo primero que pensé, como muchos de ustedes, es que había que tener más de 50 años para recibir un Vida y Obra. Y que el paso del tiempo debía notarse no sólo en la carrera profesional sino en el cuerpo.

Ustedes pueden decir que es un concepto prejuicioso, y debe serlo. Pero es lo que yo creía.
Por eso cuando Silvia Martínez, desde la dirección del Premio Simón Bolívar, me llamó a comunicarme la decisión del jurado, me atormenté mucho. Puede ser que tenga más obra que vida.

Pero en ese momento, por primera vez, agradecí al cielo el hecho de al menos ser calvo.

Ironía también es que, por algunos minutos, el jurado me obliga a salir de un anonimato que he mantenido por muchísimos años. Y no me siento cómodo en éste ni ningún otro escenario público. Acepto este premio, que me saca de la comodidad de mi cueva, porque sé perfectamente que es un reconocimiento a la labor de docenas de reporteros que poblamos las redacciones y las calles de este país.

Muchos de ellos, especialmente en nuestras regiones, no habrían podido subir a este escenario a recibirlo si se lo hubieran ganado. En este país donde la prensa es acorralada por las presiones de los grupos delincuenciales y los poderes locales y nacionales, soy un privilegiado de estar acá. Por eso este premio no es mío. Es de todos los reporteros.

Venciendo mi natural timidez creo que es importante que las nuevas generaciones de periodistas, que pueden sentir la tentación de navegar sobre el oficio en la comodidad de la tecnología, oigan de mi voz, hoy y aquí, que estoy orgulloso de haber dedicado mis esfuerzos y los de quienes me han recibido en sus equipos, a trabajar en asuntos que han tenido algún impacto positivo en la sociedad.

Hablo de los desmanes en el Caguán. De la cómoda vida de los hijos de los jefes guerrilleros en el extranjero. De los dineros calientes en el fútbol. De los mafiosos que querían ser Pablo Escobar. De los privilegios en las cárceles militares. Del complot de paramilitares para desprestigiar a la Corte Suprema de Justicia. Y de los excesos que protagonizaron los jefes paramilitares en Santa Fe de Ralito.

Pero también de ponerle rostro a algunos de los políticos responsables de masacres y establecer el vínculo entre los episodios de orden público y la política. De igual forma de los acuerdos secretos de funcionarios del gobierno Uribe cuando arrancaba la negociación con los paramilitares. De la infiltración de las autodefensas y narcos en el DAS. Y de lo que el país conoció como el “escándalo de las chuzadas” de ese organismo de inteligencia de la Presidencia de la República.

Dediqué tiempo y energía a desenmascarar a algunos falsos héroes del Ejército que, amparados en sus medallas, fueron los responsables de esa macabra época que se conoce con el nombre de “falsos positivos”. No olvido la manera en que también algunos oficiales de Policía deshonraron el uniforme trabajando al servicio de los delincuentes llegando a torturar inocentes para recuperar botines que pertenecían a la mafia.

Me acuerdo de tantas historias que sé que muchos que terminaron tras las rejas, hoy estarían felices de que no me acordara.

Recuerdo por ejemplo que llegué a Semana después de un puñado de años de trabajar en otros sitios. Entré como periodista deportivo porque mi amigo Hernando Álvarez me dijo que había un cupo en una sección de la que yo solo conocía algo del asunto de la Fórmula Uno.

Era la época de Mauricio Vargas como director y la revista comenzaba a destapar el proceso 8.000.

Era una redacción muy pequeña y faltaba gente porque la realidad oscura del país era enorme para tan pocas manos. Jorge Lesmes y Edgar Téllez lideraban los investigaciones y comenzaron a ponerme tareas que debía cumplir siempre y cuando nunca dejara de entregar los artículos de deportes.

Así fue como terminé escribiendo sobre la Selección Colombia y Juan Pablo Montoya, pidiendo prestada una máquina de escribir en cualquier lugar, y mandando las cuartillas por fax a Fernando Gómez Garzón desde La Macarena, La Uribe, San José de Apartadó, Tumaco, Barrancabermeja o San Vicente del Caguán.

Seguí en esa mezcla de periodista deportivo y reportero de orden público hasta cuando Isaac Lee asumió la dirección y me separó para siempre del “Pibe” Valderrama y de Montoya. Y terminé de lleno en esto. Hoy con el respaldo y el apoyo de Felipe López y Alejandro Santos.

Esa es la historia. O, mejor dicho, una parte de la historia que veo que también la conoce el jurado, que no sé cómo y a qué horas se metió en el archivo de mi vida y esculcó en todos los rincones para decidir que se me entregara este premio que hoy, repito, recibo con profunda humildad y en el entendido de que es un premio para todos los reporteros de este país.

Digamos que soy, a pesar de civil, uno de los soldados desconocidos del periodismo: el desconocido que recibe el premio más conocido de Colombia.

Muchos colegas han caído en estos años. Y otros resisten las amenazas y las presiones de quienes han querido imponer la ley del silencio o del miedo. A todos los tengo en mente hoy.

De nuevo agradezco a Felipe y Alejandro por haber apoyado que esas y muchas otras historias se publicaran. Agradezco al jurado, a los organizadores del premio y a todos los colegas que sientan como suyo este reconocimiento.

Gracias de verdad por dirigir a mí el reflector durante unos minutos. Ahora les ruego que lo apaguen y me permitan volver a lo mío, que definitivamente no es recitar 'Desiderata'.

Muchas gracias.

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