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| 6/6/1994 12:00:00 AM

DOBLE DESILUSION

Al llegar a un acuerdo judicial, Ames refleja desilusión por su oficio, y Rosario desilusión por su marido.

LOS PROTAGONISTAS DEL mayor escándalo de espionaje de la historia de Estados Unidos llegaron la semana pasada a un acuerdo judicial que les evitará ir a juicio. De ahí que haya renacido el interés por conocer las interioridades de un drama que comenzó como una historia de amor y terminó en las cárceles de Estados Unidos.
Un reportero del diario The Washington Post preguntó a Aldrich Ames, cuáles eran los motivos de su doble juego, considerado como la peor falla en el sistema de seguridad de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en sus 47 años. El ex espía respondió con frialdad: "Problemas financieros, inmediatos y continuos" .
La respuesta no recogía todo lo que Ames estaba pensando. Durante la entrevista quedó claro que no fue sólo el dinero, pues Ames está convencido de que el espionaje es un oficio con mecanismo audestructor, como las grabadoras de la serie Misión Imposible. Con el paso de los años se termina por borrar las fronteras de la lealtad.

INQUILINATO SECRETO
Durante los 31 años que trabajó para la CIA, viviendo una vida pública como funcionario del Departamento de Estado, y una vida privada como operario de la CIA, Ames fue entrenado para dividir su mente en una especie de inquilinato secreto.
En un cuarto de ese inquilinato estaba su familia, en otro la CIA, y en otro la KGB, el servicio de inteligencia soviético. Por eso cuando se le pregunto cómo podía vender secretos teniendo en cuenta sus juramentos de lealtad, su patriotismo y el futuro de su esposa y de su hijo, Ames contestó: "Yo tiendo a poner pensamientos y sentimientos en compartimientos separados". No es raro entonces que los problemas comenzaran cuando Ames comunicó sus cuartos, y agentes secretos de la KGB entraron libremente al compartimiento de la CIA, donde su esposa también se había asomado.

RIESGOS CONOCIDOS
A pesar de la confusión que se fraguaba en su mente, agravada por altas dosis de alcohol, Ames conocía las reglas y sabía los riesgos que corrían tanto él como los soviéticos por ser traidores a sus países.
"Yo consideraba que si los estaba vendiendo a ellos, al menos yo me estaba exponiendo a la misma suerte... Siento una especie de empatía con lo que les pasó a ellos. En realidad sentí... que lo que yo les había hecho me lo iban a hacer a mì.. porque en otro de estos compartimientos mentales era bastante seguro que esto no iba a continuar para siempre", dijo.
Muchos de estos detalles se hubieran conocido si el caso de Ames hubiera ido a juicio. Pero la experiencia le ha enseñado al gobierno de Estados Unidos que discutir en un estrado con espías traidores no es un buen negocio, pues los defensores empiezan a exigir documentos que pueden resultar tan dañinos como los pecados de los acusados.

SALIDA DISCRETA
ASI que la salida màs discreta que casi siempre han encontrado a estos litigios los fiscales gringos es sentarse a negociar con el acusado. Con Ames, agente que vendió sólo información ultrasecreta a la Unión Soviética, el gobierno no ha hecho una sola excepción. Y tal vez era obvio que no podía, hacerla, porque, además de ser un miembro veterano de la CIA, Aldrich Ames era un espía verdaderamente decepcionado de sus patronos.
Los funcionarios de la CIA sabían que el juicio hubiera sido una oportunidad para que Ames, que llevaba las de perder, hiciera público el añejo disgusto que guardaba. El doble espía se sentía "cada vez más alienado" por la politización y el descuido de las tradiciones en la CIA bajo el director William Casey y se quejaba permanentemente de que la institución había perdido su rumbo en un mundo que se movía demasiado rápido para la lenta comprensión de todos los burócratas.
Paradójicamente guardaba una leve esperanza de que el gobierno de Clinton cambiara las cosas. Una pareja de amigos de Ames, de Bogotá, lo escuchó comentar varias veces que Clinton era lo mejor que le había pasado a Estados Unidos en los últimos 20 años.
A falta de juicio, Ames negoció con el gobierno. En un acuerdo al que se llegó la semana pasada el ex agente reconoció sus delitos, recibió una sentencia de cadena perpetua sin posibilidad de obtener libertad bajo palabra y prometió cooperar con las autoridades para determinar el grado de los daños que causó.
A cambio de ello, su esposa Rosario Casas Dupuy será sentenciada a cinco años de cárcel para que luego pueda atender a su hijo Paul, de cinco años, que vive con su abuela en Colombia. Casas se declaró culpable de conspiración para espiar y de evasión de impuestos, pero no aceptó haber entregado documentos de la CIA. Podría tener posibilidades de ser liberada a los dos años y ocho meses.
La pareja, que perdió una casa de más de 500.000 dòlares en el estado de Virginia y el saldo que quedaba de los sobornos de 2,5 millones de los soviéticos, podrá conservar tres propiedades inmuebles en Colombia y una cuenta bancaria para pagar la manutención de Paul.
En lo que va corrido del caso, desde que la pareja fue arrestada en abril no ha habido una respuesta del gobierno de Estados Unidos que explique por qué se permitió que Ames continuara en el negocio si había claros indicios desde 1990 de que sus cuentas bancarias crecían injustificadamente. Sobre todo si se tiene en cuenta que por lo menos los 10 rusos y un alemán oriental (cuya lista proporcionó el gobierno) que espiaban a favor de Estados Unidos resultaron muertos o desaparecidos por su traición.

POLIGRAFO INUTIL
La CIA alega que Ames había pasado varias pruebas del detector de mentiras en las que se le interrogó sobre el origen de ese dinero y entrevistas no autorizadas con soviéticos. Lo que la CIA no ha dicho es que muchos de sus agentes están entrenados para burlarse de los polígrafos en caso de ser capturados. Y Ames, que es un veterano, sabía cómo pasar la prueba.
El polígrafo, dice el columnista de The New York Times William Safire, es un objeto que los policías conocen como método espléndido para asustar a sospechosos y hacer que confiesen, pero que pueden burlar los mentirosos expertos, los sicópatas, o los espías entrenados.
En su propia declaración a la Corte, Ames expresó que había identificado "virtualmente a todos los agentes soviéticos de la CIA y de otros servicios estadounidenses y extranjeros que yo conocía".
Si lo que se há dicho en torno del resto de la información que Ames reveló a los rusos es cierto, los laberintos de la CIA son tan conocidos en Moscú como Disney World.

DIAS DE RADIO
Según su empleada Trinidad Chirino, María del Rosario Casas tenía un temperamento monárquico como en una ocasión en que ordenó a su marido que mandara a demoler los arreglos que le había hecho a la cocina de la casa porque no le habían gustado.
Casas calificó las declaraciones de Chirino como monstruosidades (ver recuadro) y dijo que la campaña de difamación obedecía a que ella la había despedido por varias fallas que había cometido.
Casas se negó a cancelar dos semanas de preaviso tras argumentar que éstas ya estaban pagas con préstamos personales que le había hecho a Chirino. El caso fue a una Corte que le dio la razón a la familia Ames. "Esta es una campaña de difamación que yo no sé quién ni por qué han resuelto", dijo María del Rosario en una entrevista radial con Darío Arizmendi, periodista de Caracol.
En ese diálogo radial, Casas hizo revelaciones que explican su parte en la historia. Dijo que antes de casarse Ames le había comentado que trabajaba para la CIA, pero no en labores de espionaje. Y para poder contraer matrimonio los funcionarios de la CIA le hiciéron pasar a él por un detector de mentiras en el que le preguntaron, entre otras cosas, si había trabajado alguna vez para los rusos.
También contó que se había enterado de que su marido era espía al encontrar en su billetera un documento de los rusos. En ese punto de la entrevista, la señora Casas insinuó que tan pronto confrontó la evidencia, Ames la presionó para que aceptara la situación. En la entrevista reflejó cierta desilusión de su marido, con quien, aunque se casó por puro amor, ahora le separaba desconfianza por esa doble vida que nunca conoció. Interrogada sobre si volvería a vivir con su marido si fueran liberados, Rosario lo dudó. No sabría lo que haría.

LA SALVADOREÑA MISTERIOSA
DE LAS COSAS QUE SE HAN dicho de los Ames, la que más ha indignado a María del Rosario Casas son las declaraciones de una mucama salvadoreña que trabajó para la pareja hace cuatro años en su casa de Arlington (Virginia).
Entrevistada por la cadena hispana Telemundo, la criada Trinidad Chirino dijo que los Ames llevaban una vida de alcohólicos y estaban más interesados en sus negocios que en su niño de un año y medio, Paul.
Chirino aseguró que en varias oportunidades, Ames golpeò al niño. Su patrona, dijo, le pedía que se lo llevara de la casa horas sin importarle el clima. "Pasaba varias horas dentro de mi carro mientras llovía y esperaba que llegara el momento de volver a la casa", dijo Chirino.
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