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| 7/27/2003 12:00:00 AM

Doce horas con Uribe

Viaje al corazón del Vichada con el Presidente más popular de la historia reciente de Colombia.

Es sábado de madrugada en el aeropuerto Catam. El escudo de Colombia reluce al lado izquierdo del avión presidencial y al lado derecho el de la Santa Sede recibe mis plegarias para que el aparato llegue sin tropiezos a Puerto Carreño. Al entrar al avión se abre una salita con sillones en cuero que rodean una mesa central. Un militar de la Fuerza Aérea asigna los puestos, el primer mandatario entra y saluda de forma descomplicada. -Hija, qué bueno que nos acompañes-me dice el Presidente Alvaro Uribe Vélez, presentándome a los viajeros, y luego se sienta en el confortable sillón-. A su lado Marta Lucía Ramírez, ministra de Defensa, se abrocha el cinturón de seguridad. El Ministro de Agricultura y la Ministra de Cultura, muy vallenata en elegante lino ocre, se sientan frente al mandatario. Alvaro Araújo, senador por el Cesar; José Roberto Arango, alto consejero presidencial, y Santiago Montenegro, director de Planeación Nacional, se acomodan en un sofá de cuero contra las ventanillas opuestas. Uribe se quita las gafas y mira de cerca un mapa del Vichada. Tomás, su hijo mayor, habla por celular sobre pulseras y sombreros. Nos avisan que el vuelo será de una hora. Tomás apaga el celular, se arruncha y cierra los ojos. El avión decola puntual, el Presidente y la Ministra de Defensa se persignan y pronto la planicie oriental se tiende como un gigantesco tapete de musgo veteado de venas negras y amarillas. -¡Tomás! -grita súbitamente el Presidente-. ¡Mire los caños de La Primavera! Tomás, obediente mira, abriendo un solo ojo. El Presidente descuelga el teléfono y le pide al piloto que descienda para ver el lago de La Primavera. -Allá yo dormí en hamaca y al amanecer, después de trotar varias horas, nadé por esas aguas oscuras. ¡Ese lago sí es bueno pa'uno bañarse! ¿Cómo es la ganadería del lado de Venezuela? -Mejor que la nuestra -le contesta el representante de Vichada-. -¿Y los arbolitos?, ¿qué hacemos con eso? -le pregunta el mandatario en tono preocupado al Ministro de Agricultura-. -En Valledupar no se pueden sembrar ahora por el verano. Una aeromoza de la FAC ofrece bebidas. -¿Cuánto vale una hectárea de palma para que empiece a producir? -le pregunta al Ministro de Agricultura- -Unos 3.000 dólares. -O sea nueve millones de pesos. ¿Y cuánto produce en pleno? -Unas... 6 toneladas de fruta. -Dame el neto -le exige el Presidente-. -El lunes está eso. -Acuérdate que tenemos la meta de sembrar 11.000 arbolitos. Se podrían sembrar por el río Meta. ¿Qué hay de la inversión extranjera con Canadá? -Eso está casi listo. -¡Tomás! Mire la altillanura. Mire hombre esa belleza. Esa ya es altillanura, ¿verdad? -le pregunta al representante Julián Silva, quien asiente con la cabeza-, ¿qué es lo mejor para sembrar aquí? Esa tierra es muy amarilla, de ph alto. Carlos Gustavo, me duele no haber removido con el sector privado la siembra de los arbolitos. -Hay que reformar la ley para que el Ministerio de Agricultura aporte el 80 y no el 49 por ciento. -Sí. Hay que bregar a sembrar los arbolitos en el Cesar aunque sea experimentalmente. Eso lo hablamos el 8 de agosto y no se ha hecho nada. ¡Tomás! ¡Mire el río Meta! Hay que darnos una nadadita en el río, yo traje mi vestido de baño de Arturo Calle, ¿y ustedes? Todos se miran desconcertados. Abajo, incrustado en la inmensa llanura, el raudal se desliza sin prisa. Unas enormes piedras que parecieran haber sido dejadas allí por algún gigante interrumpen el paisaje. Son las Piedras de Custodio, antiguo dueño de aquel terreno. -Era yo director de la Aeronáutica, aquí había una pistica de avioneta y nosotros la crecimos. Y vinimos a inaugurarla con el presidente Turbay -dice Uribe mientras aterrizamos-. Al abrirse la puerta del avión nos golpea una bocanada de aire hirviente y húmedo. Abajo hay comitiva: gobernador, alcalde, representantes de estamentos, monseñor de sotana blanca de abotonadura magenta coronado de solideo del mismo color esperan para saludar. El Presidente quiere subir a la más alta piedra para ver, desde allí, al río Bita desembocando en el Orinoco. El calor es apabullante. A lado y lado de las calles de Puerto Carreño las gentes se agolpan y los colegiales agitan banderitas. La arquitectura recuerda las casas de la United Fruit. Inmensos árboles bordean las calles y se nota que estrenan andenes estilo Peñalosa. Al llegar a la enorme piedra ya el Presidente sube raudo de sombrero aguadeño y mulera al hombro. Lo sigue la comitiva, todos suben, jadeantes, trotando detrás. La ministra María Consuelo se quita los zapatos de tacón puntilla y echa a andar descalza de gancho de su atractivo hermano, el senador Araújo. Llegamos empapados en sudor, sin aire y congestionados, salvo la Ministra de Defensa quien, intacta, se endereza los puños bien planchados de la camisa a rayas que sobresalen coquetos de la chaqueta de manga larga. -Vean la esquina de Colombia -empuja la voz el Presidente para que todos oigan-. Ese es el río Bita desembocando en el Orinoco y luego allí se une el Orinoco con el Meta. ¡Mírenlo! Allí, el río Orinoco viene en dirección sur norte, aquí es donde se hace la esquina -señala emocionado apuntando con la otra mano-, y el río sigue en dirección norte, pero buscando el este. Del otro lado vemos Puerto Páez, ya en Venezuela. ¡Esto es muy bueno aquí pero hay que ir a trabajar! -arranca a bajar a gran velocidad el llamado Cerro de la Bandera, que no es un cerro y no tiene bandera-. En el plantel el ambiente reverbera de asistentes al consejo comunitario. El Presidente entra muy peinado pero pronto se le encrespa el pelo por el calor y la humedad. Santiago Montenegro lee y apunta, y suda, y compara hojas, y sigue sudando sobre sus papeles húmedos. La ministra Ramírez sigue intacta. Suena el Himno Nacional y arranca el arpa llanera a tocar el del Vichada. El Presidente abre el consejo. -Tierra del sol naciente, esquina oriental de la patria, ciudad arropada por mangos y marañones... -Sólo tenemos luz dos horas. Nosotros los carreñenses pedimos interconexión eléctrica -suplica el gobernador de Vichada-. -¿Y eso cómo va? -interrumpe el Presidente-. -Está para el 31 de diciembre pero haremos lo posible de sacarlo antes de Navidad -contesta el viceministro de Minas y Energía-. -Pues volveremos el 20 para comprobar que sí se puso -dice Uribe-. Todo el recinto aplaude. El Presidente come mango biche con sal y a la Ministra de Defensa por fin le da sed y chupa una bolsita de agua. Un alcalde declara que se siente honrado de que lo visite un Presidente de "semejantes quilates" y que "necesitamos tres tractores". Otro alcalde le pide "una banda de guerra para poder hacer la paz". Todos agradecen a los soldados campesinos, "que los vamos a cuidar porque son nuestros hijos"; varios alcaldes se quejan de gobernar desde Bogotá por estar exiliados. -Estamos desesperados con los trámites de la gasolina -dice uno-. Los carrotanques duran 10 días parados, esperando a que el Ejército les dé el permiso, y cada día cuesta 300.000 pesos. -El general Barbosa tiene la respuesta -interviene el Presidente con ojo candente-. -En 24 horas está solucionado ese problema -contesta el general Barbosa-. Unas jovencitas entregan cajitas de icopor con pescado frito y pan de casabe. Por fin sube Montenegro. Muestra gráficas con líneas, cubos, triángulos y esferas: Esta línea roja ascendente -señala el director de Planeación-, muestra que la transferencia para educación aumentó mucho y la raya horizontal, que es la cobertura, permanece inmodificada. El dinero entró y la educación no aumentó. El gobernador se defiende y Montenegro, firme, aconseja investigar. Alguien de acción comunal dice que las carreteras no sirven sino tres meses al año. -¿Para cuándo está el puente sobre el Bita? -pregunta el Presidente-. -Ya está la zapata -contesta el gobernador-. El presidente de acción comunal dice que "el puente está mal jotiao, la zapata se ha demorado ocho meses y no se ha terminao". Otro explica que "la carretera Villavicencio a Santa Rita en verano se echa 12 horas y en invierno se echa de 18 a 20 días". El viceministro de Transporte queda en arreglar el trecho. Pasan más cajitas, esta vez con ternera a la llanera. El calor es intenso. -Mi chequera es flaca, no puedo hacer promesas -advierte el Presidente-. Hablan los ministros, los viceministros, los puertocarreñenses. Se dividen en grupos y en subgrupos. Los indígenas, los marañoneros, los de cultivos ilícitos se reúnen con la encargada del Plan Colombia. Otros con el Bienestar Familiar y otros con los ministros del Medio Ambiente y de Cultura. Algunos problemas son solucionados, otros parcialmente y otros no hay cómo. Es un consejo vivo y activo. Por fin salimos al aire fresco. En cinco lanchas Caribe, cargadas de ametralladoras y escoltados por un Black Hawk, vamos en busca de las toninas, que salen de cuatro en cuatro, a las 4 de la tarde. Después de varias vueltas por el amarillo Orinoco, el transparente Bita y el verde Meta, Uribe, sin haber visto estos delfines rosados, decepcionado, da orden de regresar. Arriba el cielo se enciende en listones rosas que se reflejan sobre los torrentes revueltos. En el avión Uribe habla tranquilo. -Siempre es mejor decir la verdad dice el Presidente, acomodándose en el sillón-. Cuando lo de Jennifer Flowers a Clinton le aconsejaron decir la verdad y cuando lo del secuestro del ministro Echeverri me demoré unas horitas en averiguar qué había pasado pero salí a decirle la verdad al país. -Sin embargo no hubo claridad -le objeto-. Nadie sabe qué pasó -el Presidente me mira fijamente-. Los helicópteros de la Gobernación de Antioquia -continúo- iban y venían del lugar del secuestro y el Ejército no tenía idea en dónde estaban los secuestrados. -Allá estuvimos con la Ministra -dice mirando a la jefe de Defensa, que asiente en silencio-. Esa selva es muy tupida -la Ministra vuelve a asentir-. Atrás los generales cabecean, frente a mí la Ministra mira al infinito y la impecable azafata ofrece bebidas. -Cuando Bush atacó a Irak yo estaba viendo por televisión... -cuenta el Presidente-. - "Atacamos" -le corrijo, deteniéndome en seco ante la mirada paralizante de Uribe-. -Yo veo poca televisión -continúa él, ignorando mi comentario y dirigiéndose a Araújo-, y leo poca prensa. -A mí el Presidente me ha aconsejado no ver tanto periódico -interviene la Ministra de Defensa-. -Uno está muy bien informado y muchas veces a los periodistas sólo les interesa lo superficial, no les interesa lo que realmente le importa a la gente. -Pero ustedes tendrían que leer la prensa -le interpelo- para poder saber de qué está informado el colombiano. -Mira, en eso uno tiene la sensibilidad muy a flor de piel -me contesta suavemente y, para mostrarme, alarga su brazo desnudo, a la vez que pasa su mano acariciando su antebrazo fuerte y nervudo de chalán antioqueño-. Quedo muda ante el gesto.
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