Sábado, 21 de enero de 2017

| 2003/04/13 00:00

Domingo fatal

¿Qué pasó la trágica noche en que la periodista Clara Inés Rueda encontró la muerte después de pasar frente a un CAI de la Policía en La Calera?

Al filo de la medianoche del domingo 6 de abril un automóvil Audi negro pasó frente al CAI de Policía de La Calera en dirección a Bogotá. Después de cruzar por este punto Clara Inés Rueda, editora económica del periódico El Tiempo, se volteó hacia su novio, Rodrigo Mora, quien conducía el carro, y le dijo con voz trémula: "Estoy herida". El le pasó el brazo derecho por la espalda, la palpó y se dio cuenta de que estaba empapada de sangre. Aceleró y en cuestión de minutos, él calcula que no fueron más de 10 pues manejó como un demente, llegó a la entrada principal de la Clínica del Country. Faltando cinco minutos para las 12 de la noche, según los registros del centro médico, Clara Inés ingresó con una herida de bala en el abdomen y sin signos vitales. "La mayoría de sus órganos abdominales estaban comprometidos", recuerda el doctor Julián Gómez, director de urgencias.

De inmediato la trasladaron a reanimación. Allí recuperaron sus signos vitales y la remitieron a la sala de cirugía. El doctor Jorge Ospina, director de la Country, se encargó personalmente del caso. Mientras tanto tres policías que aparecieron en el lugar condujeron a Rodrigo hasta una patrulla. Desde el vehículo policial él llamó por celular a su familia, a su mamá y sus hermanos, y a la de Clara Inés. En esta última le contestó Claudia, una de las hermanas. Le contó que la joven de 32 años había recibido un disparo y le dijo dónde estaban. En cuestión de minutos Claudia y su mamá llegaron a la clínica. Un médico les dijo que estaban operando a Clara Inés. Poco después, en la madrugada del lunes, salió otro médico y les comunicó la trágica noticia. Habían hecho todo lo que estaba en sus manos, pero no habían podido salvarla.

Este fue el doloroso final de un fin de semana que, hasta el domingo en la noche, estaba lleno de ilusiones para Clara Inés. Ese día en la mañana la pareja observó una parte de la carrera de Fórmula 1 en Brasil y la película Novia fugitiva. A mediodía visitaron el concesionario Colwagen, porque ella quería cambiar de carro, y luego almorzaron en el restaurante Cábala, ubicado en una esquina del Parque 93. Después del postre fueron hasta la oficina de Rodrigo en Puente Aranda, en Textiles Concorde, a recoger unos papeles que él necesitaba para el viaje que tenía previsto para el día siguiente. A las 7 de la mañana del lunes tenía una cita de negocios en Panamá y por la noche tenía que volar a México,también por cuestiones de trabajo. Rodrigo incumplió estas dos reuniones por una cadena de sucesos irregulares que se desarrollaron a partir de la tarde del domingo 6 de abril.

Más o menos a las 6 de la tarde Clara llamó a su mejor amiga al celular para proponerle que fueran con sus respectivos novios a Andrés Carne de Res, un popular restaurante a las afueras de Bogotá al que cada fin de semana acuden centenares de personas. Sin embargo su amiga le contestó que estaba cansada y prefería quedarse en su casa. Clara y Rodrigo decidieron ir solos, necesitaban mirar algunas cosas para la celebración de su matrimonio. El suyo había sido un noviazgo relámpago. Se conocieron el 25 de diciembre del año pasado y a finales de febrero de este año ya se habían comprometido. La ceremonia iba a llevarse a cabo en Andrés el 23 de agosto. Como él es separado y tiene dos hijos debían casarse por lo civil. Sin embargo, para que este evento tan importante en la vida de ambos fuera memorable, habían decidido hacer una reunión sui generis en este restaurante. Por eso ese domingo hicieron el largo viaje desde la zona industrial de Bogotá hasta Chía para mirar la disposición de las mesas a una hora en la que la mayoría de la gente prefiere quedarse en casa.

Una discusion insulsa

Rodrigo y Clara llegaron al restaurante poco antes de las 7 de la noche. Camilo, uno de los más de 100 jóvenes que trabajan en el lugar, fue el encargado de atenderlos. De entrada pidieron patacones, acompañados de mojitos, un coctel cubano hecho con ron y hierbabuena macerada con azúcar. La elección de este trago no fue casual. En la cotización que les habían hecho en Andrés para la fiesta del matrimonio les ofrecieron vodka y aguardiente. El novio dijo que prefería que los invitados tomaran whisky y mojito. El mismo cuya calidad llegaron a probar esa noche. En algún momento de la comida, pues a la entrada le siguió un plato de lomo tártaro, Rodrigo vio en una mesa cercana a un amigo, que estaba sentado con Andrés Jaramillo, el dueño del cotizado restaurante. Se acercó a saludar al primero y de pasó aprovechó para presentarse y comentarle al segundo que se casaban allí mismo. Andrés, según les contó Rodrigo a las autoridades, ni se inmutó. El novio de Clara Inés sintió que le estaba hablando a una pared. Después de este desplante, pues así lo sintió la pareja y se lo comentó él a los investigadores del caso, siguieron conversando en su mesa.

A las 9:43 de la noche, según quedó registrado en Andrés, los novios pidieron la cuenta. La factura salió por 200.000 pesos, valor que incluía la comida que consumieron, seis mojitos y un tabaco de 25.000 pesos. A partir de este momento los hechos que terminaron con la muerte de Clara Inés se vuelven un tanto confusos. Rodrigo les contó a las autoridades que como él había invitado el almuerzo, su novia pagó con su tarjeta de crédito la comida. Luego, según su relato, fue a despedirse de Andrés y se repitió la escena del desplante. Eso lo molestó mucho, se le subió la sangre a la cabeza y, tal como recordó en la versión libre que rindió ante la Fiscalía, reclamó que si él como persona no valía y su plata no valía, entonces sus billetes eran falsos. Y enfurecido los rompió delante de los asombrados comensales y meseros. La versión de éstos es un poco diferente. Según ellos a Rodrigo no le alcanzó el efectivo que llevaba consigo, discutió con el mesero y comenzó a romper los billetes que tenía en la mano. Para solucionar el problema Clara Inés pagó con su tarjeta, mientras él recogía pedazos de los billetes del piso. Igual en el suelo quedaron, según el administrador de Andrés, restos de dinero que sumaban 81.000 pesos.

A la salida del restaurante, según la versión de Rodrigo y la de los empleados que lo vieron abandonar el lugar, continuaba molesto y había decidido realizar el matrimonio en otra parte. Pasadas las 10 de la noche la pareja salió hacia Bogotá y en el camino tomó una decisión insólita, máxime cuando se había activado el indicador sonoro que advertía que tenían poca gasolina: regresar por la carretera Briceño-Sopó-La Calera porque, tal y como lo relató Rodrigo, pensaban que había trancón por la autopista, que es la vía obvia para regresar a esa hora a la capital. Al cabo de media hora el Audi negro con la pareja se detuvo en el peaje de La Cabaña. La recaudadora que hacía el turno a esa hora esperó mecánicamente que le pasaran los 4.900 pesos que tienen que pagar todos los vehículos que circulan por ahí. Aquí de nuevo las versiones de lo sucedido no coinciden. Rodrigo dijo en su versión libre que sacó sus billetes rotos y, como no se los recibieron, ofreció pagar con su tarjeta débito o de crédito. Como la recaudadora no las aceptó, él le pidió el favor que lo dejara continuar el viaje. La versión de la empleada, por su parte, es que un señor llegó, le mostró unos billetes arrugados, no mostró intención de pagar, aceleró y pasó por debajo de la barda de control que ya estaba un poco levantada.

¿El fugitivo?

La recaudadora le informó de inmediato lo sucedido al supervisor, quien se encontraba en una caseta a unos cuantos metros de la cabina de cobro, y éste, a su vez, reportó al evasor. Según el asistente administrativo de Concesión La Calera, la empresa que maneja los peajes de esta zona, el supervisor se comunicó al instante por radio con la Policía de Carreteras (Polca) y le dio la placa (BLG-203) y las señales particulares del Audi. Minutos después el vehículo y sus dos ocupantes llegaron hasta la estación de Terpel conocida como La Portada. En la bomba de gasolina, según el relato de Rodrigo ante las autoridades, él se bajó del carro y le pidió al dependiente que le echara la gasolina necesaria para llegar hasta Bogotá. El contador registró algo más de 18.000 pesos en combustible extra. De nuevo los billetes rotos no sirvieron para pagar y mucho menos las tarjetas. En la versión de Rodrigo le entregó al bombero su celular como prenda de que al día siguiente volvería a liquidar la deuda. Luego le cambió el aparato por una tarjeta, pero el empleado también se la devolvió y quedaron en buenos términos para pagar al día siguiente. Cosa que en efecto hizo uno de los hermanos de Rodrigo.

El empleado les dijo a las autoridades y a sus compañeros de trabajo que apenas se fue el carro activó el botón de pánico que llevaba oculto en el pantalón. Un dispositivo que activa una señal de alerta en el cuartel de Policía más cercano. Un agente de La Calera llamó a La Portada para averiguar con el empleado qué había sucedido. Este le contó lo ocurrido y, como no alcanzó a ver las placas, dio la descripción del vehículo. Ya en ese momento la Polca hacía su mejor esfuerzo para localizar el carro sospechoso (un auto que puede acelerar de cero a 100 kilómetros en menos de 10 segundos y alcanza una velocidad máxima de 220 kilómetros por hora), el cual tenía que ir mucho más rápido que la camioneta Chevrolet Luv en la que se desplazaban los agentes.

La Polca sospechaba que el vehículo reportado se dirigía a Bogotá. Por eso llamaron por teléfono a Miriam Angel, supervisora del peaje Los Patios, localizado en las goteras de la capital, para advertirle sobre la presencia de este carro y solicitarle que hiciera lo posible por detenerlo. Rodrigo dijo, en la versión libre que rindió, que en este peaje disminuyó la velocidad pero no paró porque en dirección hacia la ciudad no es necesario pagar. Era un sitio que conocía bien porque tanto él como su novia subían con frecuencia en bicicleta hasta este lugar. Miriam Angel le contó a su jefe, Hugo Ruiz, ingeniero encargado del control de peajes, una historia diametralmente opuesta. Luego de la advertencia, según su relato, colocó varios conos anaranjados reflectivos sobre el carril que lleva a Bogotá para obligar al carro a detenerse mientras llegaban los agentes de la Polca. La supervisora le dijo a Ruiz que el automóvil llegó hasta el peaje y se detuvo frente a los conos. Luego ella se acercó hasta la ventanilla del conductor para explicarle que debía aguardar la llegada de la Policía porque habían reportado una infracción cometida por un carro igual al suyo en el peaje de La Cabaña. El conductor, según Miriam, no le contestó, la miró y luego bajó la cabeza hacia adelante. Ella siguió hablándole, el conductor repitió el mismo movimiento y en forma inesperada arrancó y se llevó los conos como si fueran pines de bolos. Eran las 11:30 de la noche. La media hora siguiente fue crítica en esta historia.

Ese domingo, alrededor de las 9 de la noche, mientras Rodrigo y Clara Inés cenaban en Andrés Carne de Res, el agente Hemer Ariel Pérez, de 26 años, casado y con seis años en la Policía, recibió en el CAI de La Calera su turno de servicio, que iba hasta las 7 de la mañana del lunes. El agente Pérez estaba solo cuando, según sus declaraciones, recibió una llamada de la Central de la Policía en la que le advertían sobre un vehículo que había cometido una serie de infracciones en la vía y había hecho caso omiso de dos solicitudes para detenerse. Víctor González Arjona, abogado del agente, dijo la semana pasada que su cliente se puso muy nervioso con este aviso. Casi inmediatamente después el agente Pérez aseguró que escuchó el chirrido de unas llantas, por lo que supuso que el vehículo sospechoso estaba cerca. Rodrigo le comentó a un abogado que este sonido no pudo provenir de su carro ya que éste cuenta con un sistema de control de tracción para las cuatro ruedas que impide que el Audi derrape. Rodrigo dijo a los medios que él bajaba a una velocidad de 60 kilómetros por hora. Y para que este automóvil produzca este ruido tendría que tener apagado el sistema, cosa que casi nunca ocurre, o ir a más de 150 kilómetros por hora. Lo cual sería una proeza excepcional, por no decir que casi un suicidio, para un hombre que, de acuerdo con el informe de Medicina Legal, presentaba un nivel de alcohol en la sangre de 90 sobre 100.

El agente Pérez dijo en su indagatoria que después de oír el chirrido de las llantas salió a la vía, puso sus conos reflectivos, cogió su paleta de 'pare' y se terció su escopeta. Esto de por sí ya contradice la orden que tienen los agentes de Policía de no abandonar el CAI si están solos. El abogado González narró con estas palabras lo que su cliente asegura sucedió después: "El conductor del vehículo de manera irresponsable, temeraria, le lanzó el vehículo. El vehículo se dio a la fuga. El casi lo arrolla. Son momentos confusos". Rodrigo aseguró en su versión libre que esto no ocurrió así. El no vio nunca al policía con su señal de pare ni nada por el estilo. Sólo pasó frente al CAI y unos metros más adelante Clara Inés le dijo: "Estoy herida". González ha insistido en que a su cliente se le disparó accidentalmente su arma de dotación al esquivar el carro que supuestamente lo embistió. Rodrigo, por su parte, asegura que nunca oyó el tiro. El Audi que conducía tiene un sistema de insonorización que lo aísla del ruido circundante. Si el disparo que mató a Clara Inés se hizo desde lejos eso explicaría porqué Rodrigo no escuchó la detonación. Pero si en el momento en que el patrullero Pérez afirma haber esquivado el carro, hizo un disparo a bocajarro, lo más seguro es que la pareja habría oído algo. Lo cierto es que Clara Inés recibió el impacto por el brazo y el proyectil atravesó el abdomen, perforándole la arteria aorta y la cava y comprometiendo varios órganos.

Todo lo anterior pone sobre el tapete la complejidad que entraña el uso de la fuerza. A primera vista lo ocurrido parece un exceso, en el cual la reacción no tiene ninguna proporcionalidad frente a la dimensión de las irregularidades cometidas. En términos resumidos se podía afirmar que por un problema de tragos se perdió una vida humana excepcional. Sin embargo la cosa es mucho más compleja. En un país donde reina la impunidad y pocos creen en la ley, funcionó en alguna forma una estrategia de control y de comunicación de las autoridades ante una serie de infracciones.

Lo que no se sabe aún es qué información tenía el agente Pérez antes de disparar. Si sabía que se trataba de un conductor pasado de tragos, que no había pagado 4.900 pesos de un peaje y un par de galones de gasolina extra, sería un acto criminal haberle disparado. Si la información de la cual disponía era simplemente que se trataba de un automóvil fugado, sin tener conocimiento de los detalles, su responsabilidad podría ser relativa. Un carro fugado puede ser el de un homicida, un secuestrador o un terrorista. Es probable que la velocidad con que se comunicaron las autoridades en este caso no haya permitido conocer los pormenores definitivos a la hora de proceder.

En todo caso la tragedia no pudo ser mayor. Clara Inés, una exitosa periodista, reconocida también por su carisma y su belleza y que se encontraba en uno de los momentos más plenos de sus 32 años de vida, vio truncados sus sueños profesionales y personales en un abrir y cerrar de ojos. Como la mayoría de las tragedias, ésta es muy difícil de entender pero eso no significa que sea necesario prejuzgar. La Policía no está exenta de responsabilidades. La situación penal del patrullero Pérez Pardo ha quedado en manos de la justicia penal militar. Pero en un episodio de alcohol y desacato a las autoridades la responsabilidad tiene que ser compartida. La única en este caso que fue totalmente inocente fue Clara Inés.

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