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| 11/27/2014 12:00:00 AM

El duro editorial contra la reforma tributaria

El diario ‘El Tiempo’, de propiedad del empresario Luis Carlos Sarmiento, critica el proyecto de ley que Mauricio Cárdenas defiende.

"La propuesta de reforma tributaria puede traer consecuencias negativas sobre inversión y empleo", la vehemente afirmación está en el editorial del diario El Tiempo este jueves, medio de propiedad del empresario Luis Carlos Sarmiento. Se trata de una dura crítica al proyecto de reforma que el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, adelanta en el Congreso.

El editorial señala que con este proyecto de reforma "el Gobierno puede acabar cuadrando sus cuentas, pero lo hará a costa de la actividad privada, que es la que genera empleo y oportunidades de progreso. Ese es un pésimo negocio para la sociedad colombiana, la que terminará pagando los platos rotos de esta insensatez".

Aunque quedaron varios puntos pendientes, este miércoles la reforma tributaria pasó el primer debate en las comisiones económicas conjuntas del Congreso.

A continuación el editorial ‘Con el pecado y sin el género’:

Aun en un país que ha visto tantas cosas, es insólito lo de ayer, cuando las comisiones terceras y cuartas de Senado y Cámara aprobaron en pocas horas los 56 artículos que componen el proyecto de reforma tributaria. En lugar del debate pausado y profundo que debería tener una iniciativa de esta envergadura, lo que se impuso fue la aplanadora del Gobierno, que, a punta de ‘pupitrazos’, hizo valer sus mayorías.

Así, avanza una propuesta cuyo texto completo fue radicado la noche del lunes y que apenas empezaba a ser digerido por el público en general. La versión más reciente no solo tiene el doble de artículos que la original, sino que cambia sustancialmente las fórmulas que en un comienzo se habían esbozado.

Si el esquema inicial era malo, el de ahora no es mejor. Más allá de prorrogar el gravamen a los movimientos financieros, el meollo del asunto es de dónde obtener la mayoría de los recursos para cubrir el faltante del presupuesto del 2015, que es de 12,5 billones de pesos.

En su momento, el Ministerio de Hacienda se inclinó por extender el impuesto al patrimonio que vence este año, pero, como las cuentas no le daban, decidió hacerlo más oneroso, aparte de agregarle el detestable nombre de impuesto a la riqueza. Ante la idea, el sector privado reaccionó con una proposición que tenía todo el sentido: hacer un sacrificio por un año, aceptando una sobretasa sobre la renta, con el compromiso de que se trabajaría en una reforma tributaria estructural, que corrija de una vez por todas un sistema que hace agua.

Pero los empresarios no contaban con que se quedarían con el pecado y sin el género. Por arte de birlibirloque, el Ejecutivo aceptó desmontar gradualmente la carga patrimonial, pero reemplazándola con más Cree, un impuesto creado en el 2012 que es parecido al de renta, con la diferencia de que incluye menos deducciones.

El efecto combinado eleva las tasas efectivas de tributación a la estratosfera. Así, las sociedades de mayor tamaño acabarán pagando cerca del 46 por ciento de sus utilidades, uno de los niveles más altos del mundo.

Como consecuencia, se envía un mensaje nefasto en contra de la posibilidad de atraer nuevas inversiones de todo tipo. Cuando los precios del petróleo han caído en más del 25 por ciento y el país necesita diversificar su base productiva, queda claro que aquí se penaliza el éxito, en lo que casi termina constituyendo una invitación a instalarse en otros países.

De esa manera, el Gobierno puede acabar cuadrando sus cuentas, pero lo hará a costa de la actividad privada, que es la que genera empleo y oportunidades de progreso. Ese es un pésimo negocio para la sociedad colombiana, la que terminará pagando los platos rotos de esta insensatez.

El presidente Santos dijo ayer que la reforma tributaria busca la equidad, con el argumento de que los afectados no serán más de 50.000 contribuyentes. Pero una cosa es el sano principio de que los que tengan más paguen más, y otra, que los que ya aportan la mayoría de los ingresos fiscales directos asuman toda la cuenta.

Por eso, en vez de cargarles la mano a los de siempre, el Ministerio de Hacienda debería asumir el reto de hacer las cosas técnicamente, perseguir a los evasores y no irse por la línea de la menor resistencia. De lo contrario, a la vuelta de unos meses estaremos lamentando los efectos de una iniciativa imposible de respaldar.

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