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| 5/27/2017 10:15:00 PM

En la cuerda floja

La economía avanza a paso muy lento. Se necesita con urgencia un estartazo, pero el desánimo y el pesimismo limitan las posibilidades de una recuperación.

La situación no está nada fácil. La economía colombiana camina por una cuerda floja que, al menor descuido y de no tomarse medidas contundentes, podría causar un gran susto. El crecimiento de 1,1 por ciento del producto interno bruto (PIB), registrado en el primer trimestre del año, fue decepcionante y mostró que la economía sigue en un proceso de fuerte desaceleración que, incluso, podría no haber tocado fondo.

Aunque la mayoría de analistas esperaba un bajo crecimiento entre enero-marzo, el dato divulgado por el Dane prendió las alarmas, pues un aumento del PIB de solo 1 por ciento deja la economía en una frágil posición, ante la tendencia de desaceleración, lo que hace temer que el fantasma de una recesión, aunque lejano, comience a asomarse.

Al iniciar el presente año y luego de un tímido crecimiento de 2 por ciento en 2016, se llegó a pensar que 2017 no sería tan malo como el anterior, que fue catalogado como el más duro de este siglo. Las proyecciones del gobierno, el Banco de la República y los analistas apuntaban a que la economía crecería este año alrededor de 2,4 por ciento. Sin embargo, a medida que han pasado los meses las expectativas se han ido desinflando. Según la encuesta de opinión financiera de Fedesarrollo, correspondiente a mayo, el grueso de los analistas y el mismo Banco de la República consideran que el crecimiento económico será inferior a 2 por ciento. Es decir, como pinta el panorama, 2017 ya no se ve mejor que 2016 y queda poco más de un semestre para buscar que la economía no se siga debilitando y despejar los temores de llegar a caer en una recesión.

Una recuperación pronta y robusta no parece, por ahora, una hipótesis factible. El entorno, tanto internacional como interno, no ayuda para nada. Las condiciones internacionales, básicamente frente al comercio, son adversas, hasta el punto de que la fotografía de la economía colombiana se ve mejor que la de la mayoría de los países de la región. (Ver recuadro) En otras palabras, no hay mucho espacio para un cambio de rumbo, sino límites estructurales que marcan un cauce muy limitado.

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El escenario interno tampoco es fértil. El estado de ánimo del país es, ese sí, casi depresivo. El sol en las espaldas golpea a un gobierno que siente el desgaste de casi siete años y de un presidente con escaso capital político después de haberse jugado por la negociación con las Farc. Lo que se viene, en el entorno, es una campaña electoral con opciones radicales, tentaciones demagógicas y competencia pugnaz, seguramente en mayor medida que en ocasiones anteriores, y una proliferación de candidaturas –muchas populistas-- que solo contribuye a alimentar la incertidumbre.

En el corto plazo, los paros, protestas sociales y reclamos sectoriales demandan millonarios recursos, en un momento de arcas vacías. Esa brecha entre aspiraciones desbordadas y vacas flacas alimenta aún más la frustración y la desesperanza. Y en economía, las expectativas negativas se convierten en profecías que tienden a cumplirse. Si todo el mundo piensa que va a ser un mal año, probablemente terminará siendo así, pues las personas comienzan a frenar sus decisiones de consumo e inversión.

El desánimo generalizado está corroborado por los estudios de opinión. Según la gran encuesta publicada por esta revista, el 75 por ciento de la gente cree que las cosas en el país van por mal camino y el tema que más preocupa es el desempleo. Por su parte, la encuesta de opinión que realiza Fedesarrollo, correspondiente a abril, muestra que el índice de confianza de los consumidores se mantuvo en negativo y el industrial cayó a niveles que no se veían desde 2009.

Aunque el presidente Juan Manuel Santos pide destacar los hechos positivos de la economía, como la reducción de la inflación, la solidez del sector financiero y la expansión histórica del agro y no concentrar la atención solo en lo negativo, la verdad es que, más que pesimismo lo que hay es una dura realidad económica que enfrentan día a día las familias colombianas.

El asunto es que, detrás del dato puntual presentado por el Dane la semana pasada, se evidencia una gran debilidad de sectores relacionados con la demanda interna, lo cual confirma la sensación de pesimismo con que arrancó este año para los colombianos.

Preocupa que los empresarios no vean señales claras de un cambio en las condiciones de la economía. “Abril fue peor que marzo. No solo porque tuvo menos días hábiles sino porque el clima no ayudó, medio país estuvo en problemas. Por eso, a pesar del esfuerzo de los comerciantes, el día de la madre no fue tan bueno por culpa del invierno”, afirmó Guillermo Botero, presidente de Fenalco.

Para el representante de los comerciantes, si bien cada año es como una escalera que empieza abajo y va subiendo, esto no garantiza que en la segunda parte de este 2017 haya una recuperación. No hay que olvidar, dice, que en una campaña electoral opera la ley de garantías que limita el dinamismo del gasto de las administraciones locales.

Los exportadores también están inquietos. En la medida en que el paro de Buenaventura se prolongue, los industriales y comerciantes verán incrementar sus costos al tener que desviar sus cargamentos de exportaciones e importaciones por los puertos del Caribe. De hecho, ya ha comenzado a pasar, explica Javier Díaz, presidente de Analdex. No hay que olvidar que Buenaventura es el principal puerto en el Pacifico por donde se canalizan cerca del 50 por ciento de las importaciones del país (y el 75 por ciento de las provenientes de Asia) y por donde se exporta hasta el 60 por ciento del café que se produce en Colombia.

Hay que reconocer que la economía colombiana recibió un choque sin precedentes a raíz de la fuerte caída en los precios internacionales del petróleo, cuya consecuencia fue la reducción de más de 30 billones de pesos en los ingresos fiscales. Según analistas internacionales, este choque externo ha sido relativamente bien manejado desde el punto de vista fiscal, el plan de ajuste ha funcionado y eso hay que reconocérselo al gobierno.

No obstante, faltan medidas más eficaces para volver a poner a marchar la economía al ritmo que avanzó entre 2010-2014, cercano al 5 por ciento.

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Un estartazo, pero ya

Tras la crisis petrolera, el gobierno lanzó varias estrategias para la reactivación económica. Primero presentó el llamado Plan de Impulso a la Productividad y el Empleo conocido como Pipe (en sus dos versiones) y ahora, a comienzos de este año, una estrategia similar denominada Colombia Repunta. Aunque en todos estos programas de choque coyuntural han contemplado estímulo a la inversión, y apuestas a otros sectores económicos como la construcción, la infraestructura, el turismo y el agro, la verdad es que no se han traducido en un mayor avance del PIB.

Estas estrategias de choque no han generado confianza entre los analistas. Para el presidente de Anif, Sergio Clavijo, el programa Colombia Repunta difícilmente logrará impulsar la economía en 1,3 puntos porcentuales en 2017 (o generar 750.000 empleos prometidos), de la misma manera que los programas Pipe I-II no lograron reactivar la industria. Según Anif, las únicas novedades de Colombia Repunta provienen de rebajas arancelarias marginales y búsqueda de mayor efectividad en la aplicación a proyectos de vías terciarias de recursos territoriales por 1,3 billones de pesos.

Lo cierto es que ahora la economía necesita un choque creíble, con impacto de corto plazo, para sacarla del letargo en que se encuentra. Expertos dicen que se requiere aplicar un fuerte estartazo que mejore la dinámica económica, que según el analista Javier Hoyos, se ha visto afectada este año particularmente por las tasas de interés, la carga tributaria empresarial, el aumento del IVA y de la tributación para las personas naturales.

Si bien no hay una herramienta única que pueda mover el aparato productivo, rápidamente, sí se podría, a través de una combinación de instrumentos, estimular la demanda, que es lo que más está preocupando en este momento.

El consenso general de los analistas es que las grandes acciones tienen que venir del Banco de la República, con su política monetaria. Gracias a la baja en la inflación, que pasó de 8,96 por ciento en junio de 2016 a 4,66 por ciento en abril, la Junta Directiva del Emisor ha comenzado a recortar su tasa de intervención desde 7,5 por ciento, máximo nivel al que llegó a finales del año pasado. El viernes, la junta redujo nuevamente 25 puntos básicos con lo que dejó sus tasas en 6,25 por ciento. Algunos creen que lo deseable sería recortes más grandes, pero más importante aún es que esto se transfiera rápidamente a las tasas del mercado del crédito.

Tasas de interés superiores al 20 por ciento para consumo son exageradas frente a una inflación del 5 por ciento. Más crítico aún es el caso de las compras con tarjetas de crédito, en donde el interés está en niveles del 30 por ciento, casi pegado al techo de la llamada tasa de usura. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, afirmó que están revisando con la Superintendencia Financiera el tema de la fórmula de cálculo de esta tasa, para buscar un alivio para los consumidores y forzar a los bancos a bajar el costo del dinero. Esto, además, les conviene a los mismos establecimientos, pues ayudaría a frenar el deterioro de la cartera, algo que ya les inquieta.

La vivienda debería ser otro gran jalonador de la economía. Este sector que había mostrado gran dinamismo en trimestres anteriores, retrocedió 1,4 por ciento entre enero y marzo. La causa fue el mal comportamiento de construcción de edificaciones que cayó 7,1 por ciento, siendo este su peor desempeño desde el tercer trimestre de 2012.

Acá hace falta una política micro que le dé un nuevo impulso a esta actividad. En este sentido, el gobierno planea estimular la vivienda de clase media que tiene un importante efecto multiplicador sobre otras industrias. La idea es ampliar el programa de subsidio a las tasas de interés. En este momento, el subsidio aplica para viviendas entre 100 y 200 millones de pesos, sin embargo, el año pasado de los 25.000 cupos que había, los colombianos solo hicieron uso de 17.000. La idea, ahora, es subir el tope a viviendas de 300 millones de pesos para abrir el espacio a que más personas se puedan beneficiar de este subsidio de tasa que se traduce en cuotas más bajas.

Ahora bien, claramente, los ojos del país están puestos sobre las obras de infraestructura 4G. Cuando se diseñó este ambicioso megaprograma, se planteó que sería el motor que movería la economía en los próximos años. No obstante, han surgido preocupaciones por los recientes escándalos de Odebrecht, que si bien no tienen que ver con cuarta generación, sí han generado incertidumbre entre todos los jugadores del sector. Ahora con el incumplimiento de la española Sacyr, que participa en las 4G, aumentaron los temores.

Por ello, es tan importante, como dice el presidente de la Andi, Bruce Mac Master, que el gobierno envíe señales claras y contundentes sobre la continuidad de este programa, pues, en este momento, se trata del componente keynesiano más importante para mover la economía. “Hay que hacer un gran esfuerzo, desde asumir un mayor liderazgo gerencial del programa 4G para que no se desacelere este sector”, sostiene el dirigente.

El gobierno es consciente del papel que cumple este programa, por lo tanto, para facilitar la financiación de los futuros proyectos, acaba de aprobar un mecanismo para que los bancos internacionales, sin presencia en el país, puedan prestar en pesos para la construcción de las autopistas de cuarta generación. La nueva línea tendrá un cupo de 1,5 billones de pesos y pretende facilitar el cierre financiero de los proyectos de segunda y tercera ola de las 4G. Según Luis Fernando Andrade, presidente de la ANI, la inversión privada en infraestructura, incluyendo proyectos de 4G, aeropuertos, puertos y férreo, podría superar este año los 7,8 billones de pesos.

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Más gasto público

Según analistas, además de impulsar sectores como la construcción de vivienda y obras civiles, la forma más rápida para darle un estartazo a la economía, tendrá que centrarse en el gasto público. Con la reforma tributaria, que aumentó el recaudo, se amplió el margen de maniobra del gobierno y se esperaría que los mandatarios locales que ya se encuentran en su segundo año aceleren sus planes de desarrollo y gasten.

En este sentido, el gobierno está esperanzado en el impacto que tendrá la adición presupuestal que por 8,3 billones de pesos se tramita en el Congreso y que permitirá mayores niveles de inversión pública. De hecho, según lo aprobado en el primer debate en el Congreso, los recursos se destinarán principalmente a los sectores de minas y energía, educación, salud y proyectos relacionados con el posconflicto, la inclusión social y la reconciliación. Es decir, nuevas inversiones. Ahora, el impacto se verá este año, pero hacia finales del segundo semestre.

De la misma manera, el gobierno busca acelerar la presentación y aprobación de proyectos regionales financiados a través de regalías. Según el ministro de Hacienda, 896 municipios podrán aprobar directamente proyectos de inversión que contribuyan a la paz sin requerir aprobación de los Ocad. En el Congreso avanza el proyecto de acto legislativo sobre Sistema General de Regalías que permitirá aumentar inversión en zonas afectadas por el conflicto. Empezó la convocatoria a los gobernadores y alcaldes para que destraben muchos proyectos que se tenían engavetados y que sumarían recursos por cerca de 13 billones en regalías disponibles. Incluso, se ha contemplado dentro del proyecto utilizar por una sola vez dichos recursos para la construcción de vías terciarias por 1,3 billones de pesos.

En esta coyuntura tan compleja, el presidente de Anif dice que es importante acelerar la provisión de infraestructura regional (vías secundarias y terciarias), habilitar recursos territoriales (recursos de las regalías); redirigir los esfuerzos de política hacia inversiones estratégicas de largo plazo, mejorando los derechos sobre la tierra, reforzando el sistema de innovación en el sector y fortaleciendo el marco institucional agrícola.

El ministro de Hacienda tiene otra carta que podría ayudar a mover la economía. Dado que Ecopetrol tiene excedentes de caja en un volumen importante –estimados en 15 billones de pesos– el ministro Cárdenas cree que podría incrementar el plan de inversiones para este año. Eso tendría un impacto grande en el PIB de obras civiles.

Lo cierto es que mientras se buscan motores alternos que muevan el aparato productivo, también hay que apagar los incendios que se están prendiendo desde diferentes sectores sociales con reclamaciones, en muchos casos, muy justas. Solucionar muchos de estos problemas requiere de recursos, que solo se obtendrán si la economía crece más.

Pensando en el largo plazo, el país no puede sentarse a esperar que aparezca un nuevo pozo petrolero, como los campos de Cusiana y Cupiagua hace más de 20 años, que disparen la economía. Mientras la búsqueda de crudo da frutos, hay que encontrar nuevas fuentes de crecimiento y sectores líderes que generen empleo, riqueza y divisas para las próximas décadas. Se habla de la agroindustria y todo el potencial de desarrollo de la Altillanura, de las oportunidades que genera un país en paz sobre el turismo o del mismo sector industrial, entre otros. Sin embargo, nada de eso aportará rápidamente los billones de pesos que se dejaron de recibir por el petróleo.

Hay que seguir trabajando en la institucionalidad, la educación, el empleo y la infraestructura para mejorar la productividad y competitividad de las empresas del país. Así mismo, hay que corregir problemas estructurales del excesivo gasto público con una verdadera reforma tributaria estructural y pensional que promuevan la equidad.

Colombia no puede conformarse con ser un país de ingreso bajo, con lo que esto significa y el retroceso que representa para todos los colombianos. El país tiene las condiciones de capital humano y riqueza natural para ser una de las más grandes economías de la región. Por ahora, lo urgente, es luchar para que este año, por lo menos, se alcance un crecimiento similar al de 2016. Y mostrar nuevas acciones que convenzan a los ciudadanos de que las cosas van a cambiar y que el futuro será mejor.
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Mal de muchos…

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), América Latina crecerá tan solo 1,1 por ciento este año.

El bajo desempeño de la economía colombiana durante el primer trimestre del año resultó bastante insatisfactorio y preocupante. No obstante, si se compara con el crecimiento de otros países, especialmente de la región, la situación económica de Colombia es similar e incluso mejor que la de otras economías.

Por ejemplo, el crecimiento fue igual al 1,1 por ciento que exhibió Brasil en el primer trimestre del año, sin embargo, la mayor economía de la región viene de dos años de recesión (–3,8 por ciento en 2015 y –3,6 por ciento en 2016) y se espera que este año tan solo crezca 0,2 por ciento.

Fue superior al de Argentina (0,9 por ciento) que también viene en recuperación después de tres trimestres de contracción, y que el de Chile (0,6 por ciento) donde –por el contrario– se está comenzando a hablar de la posibilidad de caer en una recesión técnica, por primera vez desde la crisis financiera internacional de 2009. El crecimiento de Colombia fue menor que el de países como Perú (2,08 por ciento), que con el 3,9 por ciento en 2016 sigue siendo la referencia en la región, y México (2,8 por ciento). No obstante, estos países están enfrentando grandes incertidumbres. En Perú, el mal ambiente interno generado por las investigaciones sobre los sobornos de la empresa brasileña Odebrecht a funcionarios y políticos, junto con las peores inundaciones y deslizamientos de tierras en décadas, están haciendo estragos sobre la inversión. Y en México, el escepticismo sobre el rumbo de las relaciones comerciales con Estados Unidos ante la llegada de Trump y su anuncio de renegociar el Nafta, ha encarecido los costos de endeudamiento externo y comenzado a frenar el consumo y la inversión. En fin, Colombia parece haber salido bien librada del fuerte ajuste que tuvo que hacer la región ante la caída en los precios de sus principales productos de exportación. Por esto, tener la expectativa de que la economía crezca en 2017 a un ritmo similar al 2 por ciento del año anterior, no parece tan malo cuando se compara con el crecimiento esperado para la región. Según el Fondo Monetario Internacional, América Latina se expandirá solo 1,1 por ciento en 2017, luego de haber enfrentado años de contracción y estancamiento (–1 por ciento en 2016 y 0,1 por ciento en 2015). Para los más críticos, el mal de muchos es consuelo de tontos, por lo que resulta peligroso conformarse con crecimientos tan bajos. Si Colombia aspira ser un país de ingreso medio y cerrar las brechas sociales no puede seguir comparándonse con países como Venezuela, que ante la crisis política y social seguirá sumida en una profunda recesión con un decrecimiento de –7,4 por ciento en 2017, si no que tiene que compararnos con economías más avanzadas que tendrán este año una recuperación mucho más vigorosa con crecimientos superiores al 3 por ciento.

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