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| 2/21/2000 12:00:00 AM

Ecuador explota

Con el nuevo gobierno ecuatoriano, sumado a Chávez y a Fujimori, Colombia queda rodeada de regímenes autoritarios y radicales. ¿Habrá contagio?

Llegaron en grupos de dos o tres, y un día después eran cerca de 15.000. Traían la ropa que tenían puesta, una mochila con comida para dos días, un garrote y la ilusión de barrer con el Estado ecuatoriano. Como había dicho a SEMANA la líder Blanca Chancoso, “Queremos acabar con lo que hay para establecer un nuevo Estado”. Pero luego de un episodio de telenovela, los indígenas regresaron a sus tierras con el sabor amargo de la traición y con la seguridad de que en otra oportunidad habrá éxito. “No más comida para los mestizos”, era la amenaza que mascullaban mientras regresaban a sus parcelas. Una amenaza que, dada la capacidad de movilización de las comunidades y sus antecedentes, no es para tomar a la ligera.

Al final de una jornada desenfrenada el vicepresidente Gustavo Noboa quedó casi de rebote en el solio del titular, Jamil Mahuad. Durante tres horas el poder había sido detentado por una Junta de Salvación Nacional que durante ese lapso hizo pensar en el triunfo de la primera revolución indígena de América Latina. Cuando todo se vino abajo, la historia de Ecuador se había enriquecido con un episodio que a algunos podría parecer pintoresco pero que, en el contexto, debe ser tomado como una advertencia muy seria.



Rumbo al poder

Los varios miles de indígenas instalados en el parque de “El Arbolito” no tuvieron que hacer mucho esfuerzo el viernes para cercar el Congreso, la Corte y las sedes de otras entidades gubernamentales: sólo cruzar la calle y arrasar con las alambradas y los soldados que estaban detrás de ellas. Eufóricos y olorosos a aguardiente, encontraron la colaboración de algunos oficiales medios del ejército que ordenaron abrir las puertas el edificio legislativo, que se encontraba desierto.

Allí organizaron la que resultaría ser la primera versión de la Junta de Salvación Nacional, con el coronel en retiro Lucio Gutiérrez como presidente, el líder indígena Antonio Vargas como presidente del Congreso y el exmagistrado de la Corte Suprema Carlos Solórzano.

Al caer la tarde todos los dirigentes políticos habían rechazado varias veces el golpe en marcha y defendían la democracia y la Constitución. Ramiro Rivera, jefe de la bancada de Democracia Popular (partido de Mahuad), dijo a SEMANA que “si este golpe se consolida habrá comenzado el deslizamiento hacia el infierno”.

Mientras hablaba, en Guayaquil y otras ciudades grupos de personas se tomaban dependencias públicas, incendiaban vehículos y sembraban el caos en el puerto, donde este domingo se preparaba un plebiscito para decidir la autonomía de la región. Cuando al final de la tarde los indígenas avanzaban hacia Carondelet (el palacio presidencial) el presidente Mahuad aún permanecía allí y hablaba por televisión para decir que no había sido elegido para renunciar y que tendrían que sacarlo por la fuerza.

Media hora después, acorralado por la falta de respaldo militar, abandonó el palacio en una ambulancia rumbo a la base aérea, en el corazón de Quito. Allí permaneció varias horas, mientras Noboa volaba desde Guayaquil en un avión de la Marina para asumir el poder que Mahuad no había dejado y la junta no lograba consolidar.



Un general ambiguo

Entre tanto en el palacio repleto de indígenas se preparaba el segundo acto. El general Carlos Mendoza, ministro de defensa encargado, se entrevistó con el triunvirato pero en vez de convencerlos de abandonar su intentona, se unió a ellos, en reemplazo, por supuesto, del coronel Ramírez. En ese momento la revolución indígena, con el apoyo aparente del ejército, era un hecho.

Pero Mendoza no consiguió el respaldo de sus colegas. Para un observador ecuatoriano que pidió reserva de su nombre, las presiones de la comunidad internacional, tanto de la OEA como del grupo de Rio y del gobierno de Washington fueron demasiado. Derrumbado, a las 3 y media de la mañana del sábado Mendoza renunció al ejército. Vargas, con un pragmatismo digno de su raza, decidió retirarse también. Poco a poco, las calles de Quito vieron alejarse a miles de indígenas desilusionados. Y el coronel Gutiérrez pasó en horas de héroe a preso de la policía militar.



Indigenas y militares

Los indígenas ecuatorianos querían lograr sus reivindicaciones ancestrales en un Estado “plurinacional”. Una idea que nació con el partido Pachacutik, el Nuevo Amanecer que los indígenas ecuatorianos buscan desde hace muchos años.

Desde 1991, cuando realizaron el primer levantamiento, durante el gobierno del socialdemócrata Rodrigo Borja, los indígenas ecuatorianos proclamaron su deseo de que Ecuador fuera un Estado pluriétnico, plurinacional, pluricultural y multilingüe. Y para lograrlo organizaron su partido, que hoy tiene varios congresistas y alcaldes.

De él forman parte organizaciones como Ecuarunari (Pueblos del Ecuador) y numerosas asociaciones de comunidades rurales. Algunos de sus líderes son veteranos luchadores estudiantiles y otros son dirigentes agrarios que reivindican desde el uso de sus lenguas hasta la aplicación de la justicia particular de las comunidades. Un analista dice que “los indígenas del Ecuador son fundamentalistas en cuanto tiene que ver con la defensa de su cultura, de sus raíces y de su futuro”. En los últimos episodios se ha detectado una importante presencia de ex guerrilleros de Alfaro Vive Carajo y miembros de partidos extremistas como el Movimiento Popular Democrático (MPD), de clara orientación comunista maoísta.

Su confluencia con sectores militares se dio en marco del marginamiento ancestral en lo económico y lo social. Sin posibilidades de desarrollo los indígenas encontraron el apoyo de los militares, en la construcción de escuelas y carreteras en las comunidades rurales. Los maestros de esas escuelas son oficiales que comienzan su carrera y los constructores de las vías son oficiales medios.

Esa convivencia permitió que desde hace algunos años hubiera coincidencias en cuanto a la solución de los problemas rurales. Según un análisis reciente los militares ecuatorianos tienen una particularidad: “Son los únicos soldados latinoamericanos que no son represivos, y menos lo pueden ser cuando en su mayoría los reclutas vienen de las comunidades indígenas”. Entre éstas y los militares hay gente “muy radical dispuesta a todo”, pero en su mayoría se los puede ubicar “en el centro izquierda decidido”.

Lo cierto es que los indígenas se convirtieron, por su capacidad de movilización y lucha, en los portaestandartes de toda una población que se ha visto empobrecida hasta llegar al hambre por la situación económica que atraviesa el Ecuador (ver recuadro económico). Esa es la razón por la cual los disturbios se extendieron a todo el país, incluso con saldo de varios muertos y heridos.



Panorama inquietante

A pesar del impredecible desenlace, es claro que la situación política y económica del Ecuador no parece en camino de estabilizarse.

El nuevo presidente, Gustavo Noboa, es un profesor universitario, hombre de pocas palabras y bajo perfil que tiene a su haber una reputación de hombre leal y ejecutivo eficiente. Pero desde la caída del presidente Abdalá Bucaram el Ecuador es un país políticamente inestable. Su sucesor, Fabián Alarcón, también enfrentó las protestas y terminó preso. Mahuad, con todo y ser un tecnócrata, también terminó rechazado. Nada indica que Noboa pueda cambiar a corto plazo la tendencia al deterioro que presenta la economía, y el anuncio de que la dolarización no será modificada asegura que la lucha indígena no tardará mucho en volverse a calentar.

Por eso los episodios de la semana pasada, en los que una parte importante del ejército se unió a las protestas populares parecen demostrar que no sería de extrañarse si en poco tiempo se instalara en el vecino país un régimen autoritario de cualquier orientación, de izquierda o de derecha.



Influencia en Colombia

Surge entonces el interrogante de qué implicaciones podría tener para Colombia la llegada de un eventual gobierno de tendencia radical en Ecuador.

Ese sería un escenario en el que, sumado al de gobierno Hugo Chávez en Venezuela y Alberto Fujimori en Perú, Colombia quedaría rodeada de regímenes autoritarios y radicales. La prueba de esta afinidad es que el mismo día de su intento de golpe el coronel Lucio Gutiérrez pidió expresamente el apoyo del gobernante venezolano.

Lo primero que salta a la vista son las consecuencias geopolíticas, como la posibilidad de tener tanto al norte como al sur gobiernos simpatizantes de la guerrilla. Chávez ha demostrado serlo y el frustrado triunvirato ecuatoriano tenía todas las características para seguir ese camino.

Este panorama es desconcertante para los observadores de América Latina. Si se quiere interpretar como el movimiento del péndulo habría que decir que no hay claridad ideológica. Si algo tienen en común Perú, Venezuela y ahora Ecuador es que protocolizan el fracaso de los partidos tradicionales, pues los tres tuvieron que recurrir a fórmulas por fuera de éstos para buscar soluciones.

Otra conclusión es que la tolerancia de las masas no es infinita ante el fracaso de modelos económicos que no mejoran las condiciones de vida de la población. En los tres países lo que se presentó fue una rebelión contra la pobreza, la corrupción y la ineficacia del Estado. El que estas protestas se hayan canalizado hacia fórmulas diferentes no desvirtúa el hecho de que el problema era básicamente el mismo.

En Colombia existe una tendencia a considerar que las instituciones nacionales son más sólidas que las de los países vecinos y que el manejo tradicionalmente ortodoxo de la economía hace imposible que las crisis colombianas sean comparables con las de ellos. En esta apreciación hay bastante de verdad (ver recuadro sobre economía) pero la validez histórica de la premisa está por primera vez en tela de juicio como consecuencia de la dimensión de la actual crisis económica. Si 1999, con su 20 por ciento de desempleo y su decrecimiento del 5 por ciento, es un caso aislado como el peor año del siglo y el país ya tocó fondo, el mito de la democracia madura y la economía ortodoxa podrían mantenerse. Pero si en el futuro lo que ocurrió en 1999 no es una excepción, sino una nueva tendencia, en pocos años Colombia podría ser el escenario de hechos como los que ocurrieron en Ecuador la semana pasada.
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