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| 6/28/2008 12:00:00 AM

EDITORIAL

Toda sociedad necesita símbolos para sobrevivir. E Íngrid Betancourt encarna en su frágil humanidad y en su admirable coraje, la parábola universal de la tragedia de nuestro país. La imagen de Ingrid es la cara de muchas Colombias. Pero fundamentalmente de dos: la de la lucha por la dignidad y la de la esperanza de la civilidad.

Por eso cuando a pesar de su entereza, se estremeció y, con voz entrecortada, dijo: "Gracias Colombia", interpretó a todos los colombianos. No solo ella derramó una lágrima, todos lo hicimos. No sólo Ingrid, los tres norteamericanos y los 11 policías y soldados abrazaron la libertad. Cada colombiano ese día fue un poco más libre. Porque en la historia reciente del país, ningún flagelo ha arrugado tanto nuestra alma colectiva como lo ha hecho el secuestro.

Esta tragedia también ha sido una exploración a la condición humana. A los instintos más primarios que se desatan en la opresión del cautiverio, pero también a los sentimientos y valores más nobles que enaltecen al ser humano cuando están frente a la adversidad. La valoración de la vida -y el riesgo de la muerte- en los intentos de fuga, la humillación permanente de sus captores, la hermandad que se teje entre los secuestrados, el amor al prójimo en estado de vulnerabilidad, la condición sicológica frente al paso infinito del tiempo, la adaptación social a la esclavitud sicológica, las nuevas relaciones de poder en esta nueva realidad enjaulada, han salido a flote en las increíbles historias de cada uno de los secuestrados, cuyos mensajes van dibujando la metáfora de un país que ha construido su carácter e identidad en la vorágine de la violencia.

Pero al ver el rostro de cada uno de secuestrados que recobran la libertad

rescatados, fugados o liberados? estamos frente a un símbolo de lucha por recuperar la dignidad. La de Ingrid, que con su valor y entereza, desafió en el terreno simbólico a la autoridad despótica y brutal de sus victimarios. La de cada uno de los 11 policías y soldados cuyas palabras tenían la fuerza de una roca y, con el puño en alto o los ojos aguados, exaltaban la libertad y la fraternidad. Quién no va ser un demócrata sino el hombre que después de ocho años secuestrado y haber sufrido los peores vejámenes reivindica la libertad, la convivencia y la civilidad. Es también, en el inconsciente colectivo, la lucha de una nación por encontrar su dignidad. Frente a su propia historia, sacudida por una interminable guerra fratricida, pero también frente a su futuro, donde no ha podido dibujar claramente su identidad, en un mundo complejo, voraz y globalizado.

Oir las palabras generosas y magnánimas de Íngrid, sentir cómo el alma de un ser humano cobraba vida en la voz de cada uno de los soldados y policías que le hablaban al mundo cuando estaban ebrios de libertad, y derramar una lágrima, como lo hicimos tantos colombianos, al ver en las imágenes de ayer el retrato de un lucha colectiva por un país civilizado, es lo que hace de Colombia una nación admirable. n ?
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