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| 7/25/2014 12:00:00 AM

El Amazonas que pocos conocen

El imponente río alberga comunidades indígenas, de las que casi nadie del país conoce. El aislamiento y el olvido marcan su historia.

Pocos lugares en Colombia se pueden dar el lujo de ser resguardos de paz. Quienes viven en el Amazonas, río arriba en la frontera con Perú, dicen que ellos no tienen problemas de seguridad como la presencia de guerrillas u otro grupo armado. Pero sí se quejan del olvido del Estado.

El municipio más bonito y atractivo para los turistas es Puerto Nariño, una población de 876 kilómetros cuadrados y 8.000 habitantes, a la que también se le conoce como pesebre de Colombia. En sus calles no hay una sola motocicleta y menos un carro. Sus vías todas son peatonales y rodeadas de naturaleza. En cada cuadra se ven indígenas que poco tienen que ver con sus antepasados, lo jóvenes ya no hablan sus lenguas tradicionales, tienen peinados raros y en su mayoría todos son católicos.

Elcy Cerrón es una indígena Tikuna. Ella aseguró que en solo Puerto Nariño hay 21 comunidades indígenas que pertenecen a su etnia, a los Cocama y los Yagua. La mujer acepta que sus tradiciones y su lengua materna se vienen perdido, porque es más importante saber inglés para atender al turista.

“Cada padre enseña el Yagua, el Tikuna y el Cocama. Claro que el Cocama se nos está desapareciendo”, señala. A lo que añade que pese a ser una comunidad donde predominan los indígenas, ellos sienten que hay más oportunidades para los “blancos”.

“Nos sentimos discriminados ante los blancos, los colonos. Ellos tienen la prioridad en el empleo. Porque somos indígenas creen que no podemos y traen gente de otras partes. Nosotros contamos con técnicos y tecnólogos. Como hay mucho desempleo nos dedicamos a la pesca, las artesanías y la agricultura”, agregó.

A Elcy también la preocupa otra situación. Dice que en Puerto Nariño hay inseguridad porque existen seis barrios además de los resguardos indígenas. “Hay robos y también problemas de alcoholismo”, explicó.


Las embarcaciones artesanales son las que utilizan los habitantes del Amazonas para desplazarse. 

En materia de servicios públicos, los habitantes aseguran que si bien vienen creciendo, aún falta por lo menos un 30 % de la población en tener servicio de luz y agua potable. El acceso a la población es fluvial y hay tres líneas al día. Ir a Leticia en un rápido, como llaman a las embarcaciones que trasportan los pasajeros, cuesta 29.000 pesos.

La Binacional

Puerto Nariño es tan solo una de las 112 poblaciones que visita la Binacional que desde hace ocho años realiza Colombia y Perú. En ella se busca llevar desarrollo a esas comunidades que a lo largo del río Amazonas y Putumayo se extienden, y sobreviven con muchas carencias.

Este año por la Armada Nacional de Colombia estuvo a cargo de la operación, que inició en Puerto Asís (Putumayo) y culminó en Chimbote (Perú) tras 67 días, el teniente de fragata Julián Carrascal, comandante del ARC Arauca. El oficial señaló que las comunidades que visitaron por estar apartadas, muy difícilmente tienen acceso a servicios de salud y la educación.

De la Binacional participaron los Ministerios de Defensa, Cultura y Educación. El primero con sus buques ARC Arauca y Cothue y los otros dos equiparon las escuelas con muebles y textos escolares.

La Registradora le entregó documentos de identificación a quienes los requirieron y Coldeportes suministró implementos deportivos. También se vinculó el SENA y el Instituto Nacional de Salud. Del lado peruano estuvo la Marina de Guerra de ese país y las diferentes entidades estatales. En total fueron 40 toneladas de donaciones.

Falta identidad

Continuando con el recorrido por el Amazonas, río arriba, está la comunidad 7 de Agosto, que también hace parte de Puerto Nariño. Al llegar allí, se sabe que es territorio colombiano porque está de este lado de la frontera, porque no se ve ni una sola bandera con el tricolor nacional. La Armada al desembarcar izó un pabellón en el centro del poblado, al igual que lo hizo a cada población colombiana que llegó.

Los habitantes de esa apartada zona, que deben pagar 50.000 pesos para poder desplazarse a Leticia cada mes, luego de navegar río abajo durante nueve horas en un ‘peque peque’ (embarcación artesanal) o tres horas en un rápido, dicen sentirse olvidados por el Estado. Aseguran que solo ven el apoyo cada año que llega la Binacional y que, por lo demás, les es más fácil comprar sus productos o ir al médico en Perú.


El SENA Capacitó a las mujeres indígenas durante la Binacional.

Teófilo Tapayuri, un Cocama que es el vicecuraca (líder) de su comunidad, señaló que una buena parte del año la población permanece inundada. Le pidió al Estado que no se olvide de ellos porque en materia de salud, educación y vivienda no tienen casi ningún apoyo.

“Vivimos en paz, pero de nada nos sirve. Estamos olvidados, ojalá esto no sea de cada año, sino que vengan cada tres meses. Nosotros vivimos olvidados por el Estado por estar apartados”, señaló.

Las comunidades del Amazonas viven de la pesca y la agricultura. Cuando el río no se desborda, cultivan gran variedad de productos que son llevados a Caballo Cocha (Perú) por estar más cerca que Leticia. En esa misma población compran con soles, la moneda del vecino país, los alimentos y los elementos para proveer sus pequeñas tiendas en donde se encuentran más marcas extranjeras que colombianas.

Peruano de corazón colombiano

Marcelo Trinidad Martín es un peruano descendiente de los Incas, quien mantiene intactas sus raíces y habla quechua para no olvidar las tradiciones de los indígenas de su país, pese a estar desde hace 12 años a kilómetros de la tierra que lo vio nacer. En el Amazonas conformó su hogar con una colombiana y tiene una hija.

“Cultivo en Colombia alimentos de primera necesidad: plátano, yuca, maíz, crío aves de corral. Mi lengua es quechua. Todo lo que cultivo lo vendo en Caballo Cocha porque es más cerca y de allá mismo traigo lo que vendo en mi tienda”, aseguró.

Relativamente cerca de 7 de agosto está otra pequeña población. Se trata de San Juan de Atacuari. Allí antes de pisar tierra firme a lo lejos se pude ver una pequeña lancha de la Policía, en la estación permanecen siete uniformados y son los encargados de vigilar la frontera y cuidar de la población.

Al hablar con sus habitantes, estos se quejan de las mismas situaciones. El olvido del Estado es lo que más los agobia. El arribo de la Binacional y con ella las ayudas, los hace salir de la rutina. Los niños son los más entusiasmados con tanto extraño. Las notas del himno nacional se entonan y con ellas arranca la jornada en el Bongo peruano y colombiano, los hospitales navegantes. Se atiende la población, allí van médicos, odontólogos y otros especialistas.

Un día después las Armada Colombiana y la Marina de Guerra del Perú arriban a la última población que visitarán en este 2014. Se trata de Chimbote, una comunidad donde se ondean banderas rojiblancas. Allí predominan los israelíes. Las mujeres llevan velos sobres su cabeza y los hombres no se cortan el pelo ni se afeitan la barba. La moneda oficial ya es el Sol, pero también se puede comprar en pesos colombianos. Sin embargo, sale más costoso.

Celia es una israelita que camina por la vía principal de Chimbote con unos pescados en la mano, que al preguntarle su nombre no entrega sus apellidos. Mientras ella habla su hijo de cinco años interrumpe con el convencimiento de un adulto para decir que él va ser policía comisario. Les manifiesta a los miembros de la Armada colombiana que en su casa tiene un revólver y una escopeta. Su madre entra en risas. En total son cien israelíes los que habitan la población peruana.


La Marina de Guerra del Perú y la Armada Nacional de Colombia participaron de la Binacional con cuatro buques.

El capitán de corbeta, Jeriko Palomino, fue quien comandó los 72 tripulantes de la Marina de Guerra del Perú que hicieron parte de la Binacional por ese país, sumado a las diferentes entidades del Estado. “En las comunidades hay un poco de pobreza. Lo que hacemos es prestarles apoyo y pues se pone feliz con lo que hacemos”, explicó.

Actividades ilegales

El oficial también habló de la lucha contra el tráfico de estupefacientes en la frontera colombo-peruana. “La Marina de Guerra cuentan con unidades para combatir el tráfico ilícito de drogas y que hacen todo el despliegue operacional”.

Si bien en la zona del río Amazonas no hay grupos de guerrillas, las autoridades sí tienen otra lucha. Contra el narcotráfico y el contrabando. En el primer caso se provecha la frontera tripartita (Colombia, Perú y Brasil) por grupos de personas, que si bien no son consideradas un cartel organizado, llevan droga de Perú a Manaos en Brasil. Los que hace que 116 kilómetros del Amazonas colombiano sean un paso obligado.

El capitán de fragata, Joaquín Adolfo Urrego, es el comandante de los Guardacostas del Amazonas. Sus unidades mantienen un patrullaje constante en la lucha contra los delitos transnacionales desde su base en Leticia.

“El tráfico de madera es poco. Viene de Perú hasta Leticia y de aquí puede salir para otras partes del interior. Se da por la falta del trámite aduanero. El narcotráfico es más complicado porque por ser una frontera abierta se aprovechan. En Colombia no hay cultivos, se desarrollan más en Perú, donde tienen laboratorios, la procesan y la envían hacia Brasil”.

Las cantidades de pasta básica de coca o clorhidrato de cocaína, transportadas por el río Amazonas en el sector de Colombia, considerado el río más extenso del mundo, en embarcaciones algunas veces artesanales, están entre los 10 y los 50 kilos.
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