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| 5/6/2002 12:00:00 AM

El ángel blanco

Por primera vez en Colombia un agente encubierto permitió resolver rápidamente un delito, en esta ocasión el escalofriante caso de la niña de 5 años utilizada como ‘mula’. SEMANA narra la operación.

El plan parecia perfecto: los agentes del Servicio de Aduanas del aeropuerto internacional John. F. Kennedy de Nueva York nunca sospecharían del equipaje de una niña de 5 años de edad con pasaporte estadounidense; jamás descubrirían los 1.300 gramos de heroína de alta pureza camuflados en el doble fondo de su maleta. Así que enviaron a la pequeña, solita, el pasado 18 de abril en el vuelo 020 de Avianca que partía desde Bogotá con destino a Nueva York. Pero como todo el país supo —y se escandalizó— el plan falló y la droga, con un valor de 100.000 dólares en las calles de Estados Unidos, fue descubierta por las autoridades. Como era de esperarse, el hecho produjo múltiples y enérgicas reacciones de los funcionarios en los dos países. El zar antidrogas de Estados Unidos, John Walters, calificó el caso como “un acto monstruoso”. La indignación de las autoridades estadounidenses era comprensible. No sólo se trataba de una ciudadana de ese país sino que era la niña más pequeña jamás utilizada para transportar droga en la historia del narcotráfico. La niña quedó bajo la custodia del servicio de protección de menores de Nueva York y las autoridades de los dos países comenzaron las investigaciones para establecer quién estaba detrás del aberrante caso. El lunes de la semana pasada, menos de dos semanas después de descubierto el delito, la Policía colombiana resolvió el misterio con un resultado no menos dramático: la responsable de haber planeado y utilizado a la pequeña como ‘mula’ del narcotráfico era nada menos que su propia madre, Myriam Lorena Conde Bravo. La Policía Nacional realmente empezó a trabajar en el caso de la ‘niña mula’ el pasado 24 de abril, cinco días después de haber sido descubierta la heroína en el aeropuerto de Nueva York. Sólo hasta ese día la DEA y el Servicio de Aduanas enviaron a las autoridades locales los antecedentes de Myriam Lorena Conde Bravo, en los que señalaban que había sido arrestada el 9 de marzo de 1996 en Miami con 1,5 libras de heroína camufladas en sus zapatos. Fue sentenciada a 57 meses de prisión en Florida, en donde nació su hija, y en 2000 fue deportada a Colombia. La información señalaba también que el padre de la niña, John Jairo Hurtado, había sido condenado en diciembre de 2000 a ocho años de prisión por delitos relacionados con narcotráfico. Con este aterrador historial en su poder la Policía colombiana comenzó la operación ‘Angel Blanco’, para la cual fueron asignados 30 hombres de la Dirección de Investigaciones Judiciales (Dijin) y de la Dirección de Inteligencia (Dipol). Los investigadores se dedicaron a rastrear el paradero de Myriam Conde hasta lograr establecer que vivía en su ciudad natal, Cali. En la capital del Valle del Cauca buscaron en el bajo mundo algún indicio que los condujera hasta la mujer de 32 años. Finalmente lograron ubicar a una amiga suya y tras varios días de seguimiento llegaron hasta el lugar en donde se encontraba Myriam. “El problema es que aunque ya la teníamos ubicada no había forma de arrestarla ni de judicializarla porque no había ningún cargo en su contra”, dijo a SEMANA uno de los oficiales de la Dijin que participó en el operativo. “Teníamos que buscar que ella confesara, pero era muy posible que si la capturábamos no dijera nada”. En ese momento los oficiales policiales buscaron el apoyo de la Fiscalía. Consiguieron que un fiscal los autorizara a utilizar en la investigación una figura nueva contemplada en el último Código de Procedimiento Penal, la de los agentes encubiertos. Si bien es cierto que muchas veces los organismos de seguridad del Estado, militares o policías, infiltran organizaciones al margen de la ley, también lo es que en muy contadas ocasiones sus pruebas han podido ser utilizadas como parte de un expediente judicial. De igual forma, los jueces y fiscales con frecuencia no aceptaban a los funcionarios que se infiltraban como testigos, lo cual alargaba o, incluso, sepultaba muchas de las investigaciones. La figura de agente encubierto cambia radicalmente el panorama ya que permite que el investigador que se ha infiltrado en una organización delincuencial no sólo sirva como testigo dentro de un proceso judicial sino que todas las pruebas que consiga durante esa labor sean consideradas con validez probatoria. Esto fue justamente lo que ocurrió en el caso de la ‘niña mula’ y lo que finalmente permitió la captura de Myriam Conde. Fuera de conseguir el permiso para interceptar los teléfonos de Conde y grabar en video todos sus movimientos, dos oficiales de la Dijin, equipados con micrófonos y cámaras ocultas, infiltraron el submundo de la organización mafiosa en el cual se movía la madre de la niña. “Nos ganamos su confianza y después de varios días conseguimos que ella nos contara todos los detalles del caso de la niña”, explicó a SEMANA uno de los oficiales. Entre otras cosas, Conde confesó que ella hacía parte de una red dedicada a conseguir ‘mulas’ para enviar hacia Estados Unidos heroína proveniente de los carteles del Cauca y el Eje Cafetero. Dentro de las conversaciones que sostuvo con los oficiales encubiertos, que quedaron grabadas en poder de la Fiscalía, afirmó que había ‘coronado’ cinco viajes a Estados Unidos. Dijo que no tenía ningún pesar por su esposo preso en Estados Unidos porque mientras ella estuvo en la cárcel su marido se había gastado las ganancias de los ‘viajes’ que había hecho. Sobre el caso de la niña a los oficiales de la Dijin les impresionó la frialdad con la que se refería a su hija. “Al comienzo nunca nos dijo que se trataba de su hija. Por el contrario, hablaba de ella como de una extraña y nos decía como con orgullo que ella había sido la que organizó esa vuelta (enviar a la niña cargada de heroína) y que por eso le iban a pagar 7.000 dólares. Dijo que no le preocupaba la suerte de la niña porque tenía pasaporte gringo y si la cogían no iba a sufrir. Después afirmó que a la niña la habían descubierto porque el dueño del embarque había decidido en Bogotá que en lugar de cargar la maleta con 800 gramos le metieran 1.300”, explicó el oficial a SEMANA. La confesión de Myriam Conde fue suficiente para que el fiscal ordenara su captura el lunes pasado. Ese día, poco después del allanamiento, el hijo de 8 años de Myriam le contó a los fiscales y a la Policía que él acompañó a su mamá cuando empacó la droga en la maleta de su hermanita. El niño está siendo protegido por la Fiscalía y es uno de los testigos clave de la investigación. A la sangre fría de una madre que fue capaz de poner a su propia hija al servicio de una banda de narcotraficantes para la que trabajaba se contrapuso la eficiencia de la Policía, que resolvió el caso en un tiempo récord de seis días desde que recibió las pruebas. Pero lo más importante del caso fue que, por primera vez en la historia judicial y policial del país, se autorizó y utilizó la figura de agente encubierto con éxito. Y esa será una figura que seguramente dará mucho de qué hablar en el futuro en casos de narcotráfico y en muchos otros de delincuencia organizada.
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