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| 3/27/2005 12:00:00 AM

El anhelado Dorado

Quien haya dicho que lo mejor de viajar es volver a casa no regresó a través del aeropuerto de Bogotá. El siguiente es el testimonio de un viajero.

"Nos dejaron en el potrero', dijo una señora emperifollada apenas se abrió la puerta del avión y vio las vacas pastando. Todas las posiciones de parqueo del muelle internacional estaban copadas. Como sólo llegó un bus a recogernos, nos tocó esperar varios viajes. Afortunadamente veníamos del invierno de Atlanta. Ya estábamos acostumbrados al frío.

El bus era pequeño y como si fuera una buseta de la Caracas nos fuimos apretujados hasta desembarcar cerca de una puerta lateral, como de servicio, en la que sólo cupimos en fila. Era mejor así pues nos tocó recorrer un túnel oscuro y quedarnos atrapados en el medio mientras dos policías verificaban los pasaportes a la entrada provocando un trancón.

El paso por inmigración fue rápido y eficiente. Pero la recogida de las maletas fue un infierno. No había por dónde caminar y tampoco ningún aviso indicando en cuál carrusel recoger las maletas. Le pregunté a un funcionario y me dijo que en la dos. Pero ningún carrusel tenía números. Supuse que la plata pagada por Samsung no habría alcanzado para eso.

Reprimí un breve impulso de alquilar un carrito: había que hacer fila para que un señor metiera no sé qué datos en un computador y permitiera jalar el carro; además me acordé que no lo dejaban sacar más allá de la aduana.

La noche se compuso cuando oprimí el botón verde y no tuve que pasar por la aduana. Me ahorré una fila, pero no la de la salida, la peor. Adelante iba una abuela, una de las buenas, porque sus tres nietecitos se metieron en contravía con flores y carteles a abrazarla. Era tanto su amor que no se fijaron en los 100 pasajeros que -conmovidos con la escena- esperábamos atrás cargados de maletas. Ahí estaba mi novia esperándome. Pero no parecía de buen humor.

Y tenía razones para ello. Había llegado temprano a dejar a su hermano y los policías no le habían permitido detener su carro en las primeras bahías. La primera es para las ambulancias; la segunda, para la gente importante -con escoltas o placa diplomática-. El hermano se bajó en la tercera y ella se fue a estacionar. Pero en la vuelta tardó 15 minutos, pues los cinco policías encargados de hacer fluir el tráfico estaban conversando animadamente -en la mitad de la tercera bahía- con un taxista que no dejaba pasar a ningún otro carro.

Cuando llegó al terminal sólo estaban habilitadas para entrar la puerta dos, la cuatro y la seis. ¿Para los acompañantes? Sólo las laterales, abiertas a la mitad. La cola para abordar Avianca atravesaba más de la mitad del edificio. Y eso que el counter está diseñado como un auténtico laberinto, donde cada una de las funciones -pagar el impuesto, verificar la visa, registrar- no se hacen al mismo tiempo como en otros países. Aquí es más divertido.

Cuando su hermano pasó finalmente todos los controles y se reencontró con ella, llegó el momento de relajarse. Además, las escaleras automáticas curiosamente sí servían. No cabía sino una maleta miniatura, pero no importa, casi siempre toca subirlas a pie. Y en un momento en que se le desapareció el equipaje tuvo la grata sorpresa de descubrir que quien se la había robado en realidad era un policía -disfrazado de mimo- que juega a esconder las maletas para que la gente las proteja. 'Sólo así bajaron los robos', le explicó el gendarme que juega a ser ladrón. Esquivando a todas las familias que lloraban y abrazaban a sus parientes a la entrada de inmigración, finalmente despidió a su hermano y me fue a encontrar en el muelle internacional.

En el camino a casa compartimos nuestras aventuras en El Dorado. Algún día una eventual concesión lo adecuará para manejar los ocho millones de pasajeros que lo usan al año, 10 veces más de los previstos cuando lo construyeron hace casi 50 años. Pero todavía es tan ilusorio como El Dorado de los conquistadores españoles".
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