Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/12/19 00:00

El año de la ofensiva

Los militares se metieron en la selva para darles un golpe definitivo a las Farc. Pero al Plan Patriota le falta política.

En el Plan Patriota combaten los 17.000 soldados mejor entrenados y armados.

En la noche de año nuevo, justo cuando las campanas tañían 12 veces anunciando la llegada de 2004, se iniciaba en el Caquetá la operación militar más importante de las últimas décadas: el Plan Patriota. Por primera vez en 40 años, las Fuerzas Armadas entraron al corazón de la selva en un operativo de largo aliento, con un histórico despliegue de tropa -17.000 soldados-, y asesoradas en el campo de batalla por el Comando Sur de Estados Unidos.

La zona elegida para esta gran ofensiva son 70.000 kilómetros cuadrados donde se mueven los bloques Sur y Oriental de las Farc, desde el Caguán hasta los Llanos del Yarí, a través de lo más profundo de la Amazonia. Un vasto territorio considerado la retaguardia del Secretariado y el territorio donde se supone están en cautiverio Ingrid Betancourt, medio centenar de oficiales, los diputados del Valle del Cauca y varios de los demás secuestrados por razones políticas.

La presencia de la Policía, las Brigadas Móviles y los soldados campesinos ubicados en cabeceras municipales; los patrullajes continuos de la infantería de Marina y el despliegue de aviones y helicópteros de combate han obligado a las Farc a replegarse hacia la profundidad de la manigua. Allí sobreviven a pesar de las dificultades de abastecimiento y de que se han golpeado sus principales fuentes de financiación: el secuestro y el cultivo y procesamiento de pasta de coca. El Plan Patriota no ha logrado desvertebrar la estructura de las Farc, pero les ha complicado la vida. La mejor prueba de ello fue la captura en febrero de la guerrillera Nayibe Rojas Valderrama, conocida como 'Sonia', quien manejaba buena parte de las finanzas del Bloque Sur. Su detención -en un cinematográfico operativo donde sólo hubo un disparo- demostró que la inteligencia, la coordinación y el apoyo aéreo pueden darle la ventaja al Estado en la guerra.

Hasta ahora las Farc no han respondido con acciones militares de envergadura. Su táctica es defenderse con campos minados y eludir el combate, con el territorio y el tiempo a su favor. Una táctica exitosa si se trata de conservar a sus hombres, pero que revela una menguada capacidad de combate. En cambio, han tratado de buscar ventaja en el terreno político, con la bandera del intercambio humanitario, tema en el que llevan la iniciativa. Primero insistieron en que se despejaran dos municipios clave del Caguán para entregar un grupo de secuestrados. Luego propusieron otros dos en el Valle, en una zona donde también sufren una severa presión militar. Su capacidad de dilación prueba que a pesar de estar pasando un mal momento, todavía el Plan Patriota no les ha hecho mucha mella. Y es que el mayor logro de las Fuerzas Armadas hasta ahora es el control territorial de una región que aunque selvática y poco habitada, es crucial para la seguridad del país. Sin embargo, la prueba de fuego está por venir. El reto para 2005 es que se logre la captura de los jefes guerrilleros y se desarticulen sus principales frentes.

Sin reparar mucho en los resultados, esta operación tiene el valor histórico de haber iniciado un cambio en las Fuerzas Militares. La Fuerza Tarea Conjunta Omega ha sido el laboratorio para que todas las armas trabajen bajo un mando único en un territorio determinado. Una labor titánica si se tiene en cuenta que la tradición de los militares ha sido competir entre sí y manejar cada uno sus propios recursos. No ha sido fácil, pero el cambio ya está andando y en los próximos años se extenderá a otras zonas conflictivas del país.

Otro aspecto importante es que por primera vez, las Fuerzas Armadas están a la ofensiva, en el territorio del enemigo, con un plan de largo aliento. Tienen apoyo aéreo para el transporte de tropa, para la evacuación de heridos, se han mejorado la dotación de armamento, el pie de fuerza y los recursos tecnológicos y de comunicaciones. También se han cualificado el trabajo de inteligencia y la planeación de operaciones.

Pero sostener la ofensiva depende de que haya plata para hacerlo. El Ministerio de Defensa aspira a que el gasto en seguridad para 2005 sea del 5,3 por ciento del Producto Interno Bruto. Pero este es un cálculo optimista que se basa en un crecimiento de la economía por encima del 4 por ciento, lo cual es improbable. La que sí está asegurada es la ayuda norteamericana de 110 millones de dólares, además de un incremento de los asesores militares y civiles que llegarán a 800.

Aunque tirios y troyanos aplauden que la Fuerza Pública retome el control de estas zonas y retorne a ellas la institucionalidad del Estado, algunas dudas se ciernen sobre si eso es lo que realmente está ocurriendo. Hasta ahora ha sido una campaña envolvente en lo militar y muy pobre en cuanto a la conducción política. Para empezar, muchos de estos caseríos están abandonados. Las Fuerzas Armadas controlan una selva inexpugnable y deshabitada, gracias a que gran parte de la población ha sido criminalizada por vivir de la coca y por sus inevitables nexos con una guerrilla que hasta hace pocos meses era el único seudoestado que conocían. La gente ha sido afectada con capturas masivas, con restricción de alimentos y combustible, y con las fumigaciones que regresaron en octubre pasado. Se les quitó su economía ilegal, pero no está claro con qué pueden reemplazarla. La justicia sigue prácticamente ausente y los gobiernos locales, débiles y sin recursos. Los 11.000 millones de pesos que ha invertido el Centro de Acción Integral -un grupo que coordina acciones sociales de diversas entidades estatales- en los cinco principales municipios donde se desarrolla el Plan Patriota han probado ser insuficientes.

Joaquín Villalobos, ex dirigente del Fmln de El Salvador, dice que en una guerra, los ejércitos pueden optar por recuperar población para controlar el territorio. O por el contrario, controlar a la población para recuperar el territorio. Para Villalobos "las Fuerzas Armadas deberían entender que no existe población civil enemiga, existe población civil atemorizada, instrumentalizada u organizada de forma ilegítima". Este parece ser un dilema no resuelto en sectores del gobierno y las Fuerzas Armadas. En casi todo el país -con notables excepciones- todavía prima una visión más cercana a la guerra fría -basada en el recelo- que la de ganarse la confianza de la población, tal como, por lo menos en el papel, propone la política de seguridad democrática.

El Plan Patriota fue diseñado por el gobierno para doblegar la voluntad de lucha de las Farc y llevarlas humilladas a la mesa de negociación. Y dado el poco despliegue institucional y la falta de una mayor conducción política, el éxito o fracaso de esta operación ha quedado en manos de los militares. Si en el año próximo los golpes a la guerrilla son contundentes, tal vez 2006 sea de negociación, en condiciones favorables para el gobierno. De lo contrario, el Plan Patriota puede convertirse en una doble frustración: no haber conseguido una clara victoria militar y haber desperdiciado una oportunidad para que finalmente el Estado se consolidara en estos territorios.

* Periodista de SEMANA

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