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| 10/5/1987 12:00:00 AM

EL CAÑAZO DE OCTUBRE

Al parecer la crisis de los cohetes de 1962 fue muy distinta de como la contaron entonces

Hace veinticinco años Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron a punto de ir a la guerra nuclear a causa de la llamada "crisis de los cohetes": la instalación de cohetes atómicos soviéticos en Cuba, que fue sentida por los norteamericanos como una amenaza intolerable. Ahora, sin embargo, se acaba de descubrir casi accidentalmente que no había cohetes atómicos en Cuba; que si los hubiera habido, la amenaza no era considerada intolerable por el gobierno norteamericano; y que la crisis no fue entre Estados Unidos y la URSS, sino entre el presidente John F. Kennedy y los generales del Pentágono.
Las sorprendentes revelaciones surgieron de una reunión organizada por la Universidad de Harvard a principios del año pasado para celebrar el aniversario. El cual, por lo demás, no se cumple sino el próximo 15 de octubre, cuando (en 1962) un avión espía norteamericano fotografió en Cuba las rampas para cohetes; o el 22, cuando Kennedy anunció el bloqueo naval a la isla si la URSS no los retiraba; o inclusive el 28, cuando el líder soviético Nikita Kruschev aceptó retirarlos a cambio del compromiso formal de que Estados Unidos no invadiría a Cuba. En fin, el caso es que, en marzo pasado, en un hotel de los cayos de la Florida se reunieron varios de los antiguos ministros y asesores de Kennedy y un grupo de profesores universitarios de ciencias políticas para hablar de la crisis de octubre del 62. Y lo dicho por ellos, tal como lo cuenta en el suplemento dominical del New York Times del 30 de agosto el periodista J. Anthony Lukas, tiene muy poco que ver con la versión de la historia que se había conocido durante los últimos 25 años.
Dice ahora Robert McNamara, por entonces secretario de Defensa del presidente Kennedy: "La afirmación de que la presencia de cohetes soviéticos en Cuba cambiaba el equilibrio nuclear estratégico es falsa. Nosotros teníamos en ese momento cinco mil cabezas nucleares, y los soviéticos tenían trescientas. ¿Qué diferencia había en que tuvieran trescientas cuarenta? Yo preguntaba entonces: ¿ qué diferencia hay entre que nos mate un cohete venido de Moscú o uno venido de Cuba? No veo la diferencia".
Agrega Ted Sorensen, consejero presidencial de Kennedy, que los republicanos estaban hablando mucho por aquel entonces de la posibilidad de que la URSS armara a Cuba. El Presidente, por razones de política estrictamente doméstica, trató de desbaratar el argumento de los republicanos advirtiendo a los soviéticos que no permitiría que llevaran a la isla "cohetes ofensivos tierra-tierra". Pero, explica Sorensen, lo hizo así solamente porque no sabía que ya los habían llevado. "Si hubiéramos sabido que los soviéticos ya tenían cuarenta cohetes en Cuba, hubiéramos trazado la línea en cien cohetes. Hubiéramos dicho con gran bombo que en ningún caso toleraríamos la presencia de más de cien cohetes en Cuba".
Pero tampoco los cuarenta cohetes que ya había tenían cabeza nuclear. El profesor Thomas C. Schelling, del Kennedy School of Government de Harvard, explica con ironía que eso es inconcebible: "Si ni siquiera se las confían a sus propios militares, qué se las iban a confiar a los cubanos", dice. Y Raymond L. Garthoff, analista de asuntos soviéticos para el Departamento de Estado en aquella época, lo confirma: "La CIA nunca nos dijo que hubiera cabezas nucleares". Las famosas fotografías que Adlai Stevenson mostró en el Consejo de Seguridad de la ONU eran de cohetes, pero no de cabezas, porque no las había.
Pese a lo cual, Kennedy y sus consejeros resolvieron plantear a los soviéticos un ultimátum, que Robert Kennedy entregó al embajador Anatoly Dobrynin. Se exigía en él el retiro inmediato de los cohetes de Cuba. Y se ofrecía a cambio el compromiso formal norteamericano de no invadir a Cuba, por una parte. Y por la otra, el retiro de Turquía de los cohetes norteamericanos Júpiter, pero a condición de que no fuera presentado públicamente como parte del trato. Los norteamericanos, de todos modos, pensaban retirar esos cohetes por considerarlos obsoletos e inútiles.
Pero tenían la certidumbre de que los soviéticos rechazarían el ultimátum. De modo que, simultáneamente, Kennedy y su secretario de Estado Dean Rusk prepararon una declaración que le enviaron a U. Thant, secretario general de la ONU, por interpuesta persona, y que en caso necesario U. Thant deberia presentar como iniciativa propia: un llamado para que fueran retirados al tiempo los cohetes norteamericanos de Turquía y los soviéticos de Cuba. Esa sería la salida si la URSS exigía que el retiro de los Júpiter se hiciera públicamente. Así lo revela ahora Rusk en una carta enviada a la reunión de la Florida, y con ello deja en claro que Kennedy estaba decidido a aceptar la humillación política con tal de evitar el conflicto.
Resumía en la reunión de la Florida un profesor de la Universidad de Cornell: "Si Kruschev no tenía cabezas nucleares en Cuba, como ahora parece probable, y Kennedy estaba resuelto a evitar la guerra a cualquier costo, como ahora parece igualmente probable, entonces los dos lados estaban dañando. Kennedy amenazaba con un ataque que no pensaba lanzar contra cabezas nucleares que no estaban ahí. Es algo que deja pensativo".
McNamara sugiere un motivo para los malentendidos: "Habíamos hecho la operación de Bahía de Cochinos contra Cuba--explica--pero en ningún momento pensamos invadirla con fuerzas militares norteamericanas: sólo que eso el Kremlin no lo sabía. Fn el Pentágono había gente hablando de un 'golpe preventivo' contra la URSS. El general Curtis Le May (jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea) hablaba abiertamente de darlo en caso de que los rusos llegaran a arrinconarlos. De modo que ellos debieron pensar que estábamos planeando no sólo derrocar a Castro, sino además tener la capacidad para un ataque preventivo. Eso debió ser lo que los llevó a hacer lo que hicieron en Cuba. Pero ni el Presidente ni yo pensamos jamás en lanzar un ataque preventivo bajo ninguna circunstancia".
Pero los militares sí lo pensaban. El general Maxwell Taylor, jefe del Estado Mayor, Conjunto en tiempos de la crisis de octubre, recientemente fallecido reveló hace cuatro años en declaraciones grabadas en video que él "siempre fue partidario de sacar los cohetes de Cuba a tiros", aunque, a posteriori, se alegraba de que no hubiera sido necesario. Y el asesor Garthoff destapa ahora "una cosa que el 'Excom' (Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional, cuerpo ad hoc nombrado por Kennedy para manejar la crisis) no sabía en esa época. El general Thomas Power, entonces jefe del Comando Aéreo Estratégico (SAC), dio instrucciones a todas sus unidades para que entraran en alerta nuclear; y no las dio en clave, como hubiera correspondido, sino en limpio, para que los soviéticos las captaran y se sintieran humillados por su inferioridad nuclear". En la reunión de la Florida--cuenta el periodista Lukas- McNamara alza los ojos al cielo ante esa nueva revelación sobre la insubordinación de los militares.
Señala Lukas que los universitarios presentes en la reunión se asombran de que el Presidente tuviera tan poco control sobre los generales que querían que estallara la guerra. Ted Sorensen defiende a Kennedy: "No era tan fácil. Había muchas presiones...". Y todos los participantes confirman que la presión militar era "tremenda". McNamara, secretario de Defensa, revela que incluso después de que Kruschev aceptó retirar los cohetes, los generales del Pentágo no querían bombardear La Habana e invadir Cuba. "El Presidente los invitó para darles las gracias por su apoyo durante la crisis, y le hicieron una escena terrible. Curtis Le May salió diciendo: 'Perdimos. ¡Debiéramos atacar hoy mismo y aplastarlos!". Y George W. Ball, entonces subsecretario de Estado, concluye: "Teníamos una ventaja: un secretario de Defensa que era algo más que un simple portavoz de los militares. No quiero ni pensar en lo que hubiera pasado si hubiéramos tenido uno como el que hay ahora".
La reunión de la Florida estuvo pues, llena de revelaciones apasionantes que obligan a mirar bajo una luz muy distinta la que ha sido llamada "la más grave crisis desde la Segunda Cuerra Mundial". Con la única salvedad de que es posible que tampoco esta vez las versiones sean ciertas. En la reunión, un profesor de la Universidad de Pennsylvania pidió a los participantes "información nueva de ustedes que nos ayude a entender mejor estos problemas; si nos la dan, les estaremos eternamente agradecidos". Y Abram J. Chayes, que en aquel octubre de hace 25 años era asesor del Departamento de Estado, le respondió con una pregunta: "¿ Quieren que les demos información
verdadera o información falsa?".
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