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| 3/27/2005 12:00:00 AM

El calibrador

Frente al caos del servicio público y la falta de vigilancia de la ciudad, los controladores informales del transporte urbano independiente hacen su agosto.

"El 1640 le lleva dos minutos y el 7931, 10 minutos", le grita desde la calle un hombre menudo que sostiene en una mano una hoja llena de números al conductor de un destartalado bus de servicio público en la calle 140 con carrera séptima, de Bogotá. A cambio de la información, el chofer le da una moneda de 200 pesos.

Los pasajeros no saben muy bien ni qué significan esos números ni por qué el conductor decidió reducir la velocidad con la que venían. La explicación es que adelante iba otro bus, a poca distancia, que hacía la misma ruta. Por eso las opciones del conductor eran: o acelerar hasta alcanzarlo y librar una guerra del centavo por los pasajeros o darle mayor distancia para conseguir nuevos usuarios.

En los últimos meses han aparecido en muchos semáforos y esquinas de Bogotá estos hombres y mujeres, armados de reloj, papel y lápiz, que se ganan la vida anotando y dando cifras mientras esquivan el tráfico capitalino. Los llaman calibradores o 'sapos', pero ellos prefieren llamarse 'controladores de transporte urbano independiente', un oficio informal, de rebusque, que les permite hacerse entre 18.000 y 25.000 pesos al día. Su labor ha sido tan destacada, que ya algunas localidades, como en Engativá, crearon una cooperativa, con uniforme, chaleco reflectivo debidamente marcado y reglamento.

Aunque este oficio no es nuevo, pues algunas empresas de transporte tienen en su nómina a pocas personas para controlar los tiempos de algunas de sus rutas, lo que sí es nuevo es la proliferación de estos calibradores independientes que vieron en el caos y la sobreoferta de transporte una oportunidad de negocios, como Andrés, un joven costeño que pasó de cuidar carros a controlador en la carrera 11 con calle 85.

A medida que las troncales y buses de TransMilenio han ido tomando el control del transporte público de las grandes vías de Bogotá, los buses, busetas y ejecutivos han tenido que rebuscarse a los pasajeros en otras avenidas en las que aún no ha entrado este sistema.

Este desplazamiento y la construcción de la carrera 30 o NQS han puesto en evidencia la enorme sobreoferta de transporte público. Enormes filas de buses y busetas, a medio llenar, se toman las carreras séptima, 10, 13, la avenida 68 o la calle 13, entre otras. Según cifras de la Secretaría de Tránsito y Transporte, en la ciudad hay un poco más de 20.000 vehículos legales que, unidos a los piratas, podrían representar una sobreoferta de 5.000 vehículos.

El problema es que no se ha hecho una profunda reorganización del transporte público ni se ha aumentado el proceso de chatarrización que se ha desarrollado con TransMilenio. Por cada bus articulado nuevo deben ser eliminados sólo seis buses viejos, una tasa que no ha permitido atacar de lleno la sobreoferta. Por otra parte ni el Estado, ni el Distrito ni los transportadores han podido definir el uso de los más de 60.000 millones de pesos que hay en dos fondos para la reposición y la reducción de la oferta.

No obstante los esfuerzos de la administración de Luis Eduardo Garzón para controlar el transporte público, el caos todavía es evidente y se requieren medidas de fondo. Mientras esto ocurra, los calibradores seguirán explotando este nuevo y curioso filón de rebusque, un insólito subproducto de la evolución que vive el transporte urbano de Bogotá.
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