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| 6/12/2000 12:00:00 AM

El cambio es ahora

Una encuesta de SEMANA revela que los colombianos apoyan el referendo de Pastrana. Pero quieren un acuerdo político con los liberales para resolver la crisis nacional.

Una de las mayores dificultades que enfrenta un Presidente es la de tener que conciliar a veces con quienes fueron sus adversarios en las elecciones. Eso se debe a que la naturaleza de un Presidente es sustancialmente distinta a la de un candidato y mientras que la tarea del segundo es derrotar a sus oponentes la del primero es congregar a los gobernados. Pero hasta el momento el presidente Andrés Pastrana había optado por el arduo camino de gobernar con una coalición frágil. Si a eso se le agrega un ministro del Interior, como Néstor Humberto Martínez, eficaz demoledor de puentes con los demás sectores políticos, no era difícil concluir que se trataba de una fórmula para el desastre.

La semana pasada, por primera vez desde su posesión, el Presidente envió señales de paz a sus adversarios. La guerra entre poderes generada por la propuesta de referendo, con revocatoria del mandato, había logrado crear una sensación de zozobra en el país que llegó a poner en duda las posibilidades de continuar el lento proceso de recuperación económica. En pocos días se disparó el dólar, se cayó el Secretario General de la Presidencia y el Congreso estuvo a punto de estrenar la moción de censura con el Ministro del Interior, lo cual sólo se pudo evitar con la renuncia de Martínez antes del debate.

Si bien es cierto que el jefe del Estado no tenía alternativa distinta a entregar a su ministro de la política, el nombramiento de Humberto de la Calle en esa cartera y las declaraciones conciliadoras de éste sirvieron para descargar un ambiente muy tensionado. A ese nombramiento siguió una alocución televisada en la que Pastrana dijo que la reforma política propuesta por su administración “no puede servir de pretexto para dejar de avanzar en un gran acuerdo nacional, en concordia, por encima de los partidos, con una perspectiva de grandeza y solidaridad para el desarrollo económico y social para nuestro país”.

Un acuerdo semejante, según Pastrana, deberá servir para sacar adelante la plataforma de recuperación económica. Es decir, para aprobar la reforma tributaria, la del sistema pensional, la del régimen de transferencias y el manejo de los recursos de los entes territoriales. En síntesis, para sacar adelante los proyectos de ley que el gobierno tenía en el Congreso y cuya posibilidad de ser aprobados se redujo a cero cuando propuso la revocatoria del mandato de los actuales congresistas.

El Presidente incluyó en la lista de temas objeto de un eventual acuerdo la búsqueda de la paz con la guerrilla, la economía, el empleo, el narcotráfico y las relaciones internacionales, temas que calificó “de supervivencia colectiva”.

Pero el discurso presidencial no era solamente un llamamiento a fumar la pipa de la paz. Días antes el gobierno había retirado su proyecto de referendo del Congreso y lo había dejado en manos de los ciudadanos. El Presidente fue enfático en afirmar que el tema del referendo está por fuera de un acuerdo político. De hecho, al ponerlo en manos de los ciudadanos, cercenó toda posibilidad de modificar el proyecto oficial.



¿Acuerdo sobre lo fundamental?

La respuesta no se hizo esperar. El liberalismo, que en su mayoría recibió con beneplácito las palabras de concordia del entrante ministro del Interior Humberto de la Calle, dejó en claro que un acuerdo político no podía dejar por fuera el tema del referendo. Y, como si eso fuera poco, decidió poner en marcha su propio referendo, en el cual el partido de oposición incluirá una larga lista de temas sociales para oponer, a un referendo de naturaleza estrictamente política, uno de carácter social.

Pero quizá lo único más deplorable que el espectáculo de improvisación oficial en el tema del referendo fue la respuesta liberal. La propuesta presidencial, sin duda habilidosa, podría haber sido insuficiente para el momento político y la delicada situación de zozobra nacional pero la agresiva respuesta de Horacio Serpa, las frases destempladas del ex presidente Ernesto Samper y las declaraciones desalentadoras de Luis Guillermo Vélez no fueron propiamente señal de que el liberalismo enfrenta con grandeza el momento histórico.

La encrucijada, sin embargo, afecta sobre todo al gobierno. Para el Presidente es indispensable recuperar la paz política perdida desde que decidió proponer la revocatoria del mandato. Lograrlo sosteniendo la revocatoria y anticipando elecciones legislativas para integrar un Congreso cuya duración no superaría el año y medio parece un ejercicio imposible.

“Si realmente se quiere recuperar la gobernabilidad, dijo a SEMANA el jefe del liberalismo, Luis Guillermo Vélez, el acuerdo tiene que ser integral y eso significa que se tiene que tocar el tema político, es decir, el temario del referendo. De lo contrario, lo que quiere el gobierno es que los parlamentarios aprueben los proyectos de impuestos y pensiones antes de tomarse la cicuta, es decir, de ser revocados. Eso resulta, por lo menos, ingenuo”.



Ciudadanos por el referendo

Pero el Presidente sabe que la indignación frente a la corrupción de la clase política es tal que más de la mitad de los colombianos estaría de acuerdo en que cerrara a la fuerza el Congreso de la República. Entre los jóvenes esa cifra asciende a cerca del 70 por ciento en la encuesta que, sobre la crisis política, contrató SEMANA con la firma Invamer Gallup. Eso, por supuesto, no va a ocurrir, sobre todo porque semejante solución de hecho no encontraría aliados en la fuerza pública y no tendría posibilidad alguna de recibir aceptación internacional. No obstante, sólo cifras como esas podrían explicar porqué el presidente Andrés Pastrana decidió iniciar una guerra contra el Congreso, de la cual su gobierno podría ser el más damnificado. Y porqué, aún a riesgo de poner en peligro los tres ejes actuales de su agenda de gobierno —la paz, la recuperación económica y la ayuda gringa—, no está dispuesto a negociarlo con sus adversarios.

Pero, como en todas las encuestas en Colombia, la opinión muestra una abierta esquizofrenia frente a la crisis política. Sólo el 6 por ciento de los encuestados opina que la corrupción es el principal problema que se debe resolver, contra el de guerrilla y violencia (34 por ciento y 9 por ciento respectivamente) y desempleo (32 por ciento). Asimismo, mientras que una mayoría holgada está de acuerdo con el referendo y lo considera necesario y positivo para el país (sólo el 28 por ciento de los encuestados piensa que se trata de una ‘cortina de humo’), cerca de la mitad piensa que es necesario llegar a un acuerdo con los liberales aceptando cambios en el texto original.

Pero allí no termina la esquizofrenia. Una abrumadora mayoría (77 por ciento) se muestra de acuerdo con la propuesta de revocar el mandato de los congresistas mediante referendo. Esa es una buena noticia para Pastrana. Pero, a la vez, la mitad de los encuestados opina que el referendo debería incluir, además de la revocatoria y nuevas elecciones para Congreso, la revocatoria del mandato del Presidente y la elección de un nuevo mandatario. Todas las revoluciones, pareciera decir la encuesta, hacen temblar siempre a sus propios creadores.

En ese mismo sentido se han expresado los liberales.

“Puede haber un acuerdo incluyendo la revocatoria, dijo a SEMANA el senador Germán Vargas Lleras, si son elecciones generales y Pastrana se vuelve a presentar. O no hay revocatoria para nadie o la hay para todos”.

En lo que la encuesta es contundente es en el apoyo de la opinión a un acuerdo político que incluya un gabinete de unidad nacional. Casi el 80 por ciento de los encuestados opina que el presidente Andrés Pastrana debería incluir, en su nuevo gabinete, a miembros de la oposición, tanto liberales como independientes.

Esa pareciera ser, también, la opinión de algunos integrantes del equipo del Presidente. Pero dentro del gobierno la discusión ha sido enconada. Este fin de semana, luego de despedir al subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, Thomas Pickering, el Presidente y su equipo de colaboradores más cercanos, incluyendo al nuevo Ministro del Interior, se reunieron en Cartagena para debatir los caminos para alcanzar un acuerdo político y recomponer el gabinete.

Una tendencia del gobierno piensa que, ante la ausencia de directivas políticas que tengan fuerza para hacer cumplir un acuerdo en el Congreso, no vale la pena abrir las puertas de la discusión sobre el referendo y, por ende, el gabinete debe ser reintegrado a la mayor brevedad con nuevas caras pero de la misma coalición inicial de gobierno.

Otra corriente ha buscado convencer al Presidente de lo contrario. Preocupados por la severidad de la crisis, este grupo es de la opinión que sólo un acuerdo político amplio, que incluya el referendo y el gabinete, podrá garantizar la recuperación económica y la gobernabilidad.

Fuentes cercanas a Palacio aseguraron a SEMANA, sin embargo, que el presidente Pastrana no está dispuesto a ceder en el tema del referendo. “Bueno o malo, dijeron, el referendo es la única iniciativa política que le queda al Presidente. Si la entrega, se queda sin política”.



La hora del cambio

El gran problema que subsiste es que, aún si quisiera negociar el referendo, el gobierno está entre dos fuegos, como los personajes de la tragedia griega. Por un lado, echó a andar un referendo de iniciativa ciudadana que cuenta hoy con promotores distintos al gobierno, los miembros del llamado Frente de Participación Ciudadana.

Si el gobierno se sienta a negociar con los liberales en el Congreso un temario de referendo los aliados naturales del Presidente se sentirían traicionados y acusarían a Pastrana de venderle el alma al Diablo. Pero si el gobierno insiste en su referendo, no habrá paz política y se enfrentarán el 16 de julio dos referendos: el oficial, hoy ciudadano; y el liberal, presentado por Serpa en Palmira el sábado.

“Como vamos, vamos para el peor de todos los escenarios, dijo a SEMANA Juan Manuel Santos. Esto es una competencia de referendos en la cual hasta la permanencia del propio Presidente estará en juego y en la que habrá una interinidad que puede durar un año en resolverse. Por eso es tan urgente y necesario algún tipo de acuerdo”.

Pero más allá de los detalles de un eventual acuerdo político, lo cierto es que el modelo de gobierno de Andrés Pastrana es hoy un ancla que impide al Presidente sacar adelante su programa de cambio.

Pastrana ha sido, desde el 7 de agosto de 1998, un Presidente lejano. Ha tenido un estilo de gobierno más parecido al del presidente Barco —sectario, terco, incomunicativo y beligerante— que al de los demás gobernantes de los últimos años. Tomó la decisión de gobernar con quienes forjó la alianza que lo llevó al poder, es decir, sus seguidores y no necesariamente todo el Partido Conservador, y un puñado de liberales que seguían al ex fiscal Alfonso Valdivieso y no con uno de los sectores del Partido Liberal.

La decisión de gobernar con una coalición tan frágil fue el primer error político del presidente Pastrana. De ahí en adelante el gobierno necesitó una notable capacidad de negociación burocrática frente al incesante chantaje de la clase política, método que resultó ser de gran utilidad hasta el pasado mes de abril, cuando el primer mandatario tomó la decisión de proponer al Congreso un referendo para reformar la política. Y decidió —con el argumento de que al no hacerlo la opinión pensaría que la respuesta del gobierno a la corrupción legislativa era apenas tibia— incluir la revocatoria del mandato sin un acuerdo político previo.

De ahí en adelante se produjo una crisis de gobernabilidad de extrema gravedad de la que el gobierno aún no sale.

El Presidente, sin embargo, pareciera estar sintonizado con el momento político. El cambio de Ministro del Interior, la escogencia de Eduardo Pizano —quien no es parte de su cerrado círculo de colaboradores y está lejos de ser un yes man— como Secretario General de la Presidencia, y la utilización de un lenguaje más conciliador por parte de los funcionarios de la administración son señales de que el cambio se está dando en el propio Presidente y en su manera de gobernar.

El espectáculo del Partido Liberal unido, jugando tan duro como el presidente Pastrana en el tema del referendo, es preocupante. Las señales de paz de la semana pasada dan paso a anuncios de una nueva fase de la guerra política más propia de los años 40 que del siglo XXI. El discurso de Serpa en Palmira y el anuncio de la guerra de los referendos es una mala noticia para el país. El Tiemp llamó de manera acertada en su editorial al referendo como un ¨´tremendo galimatías politico jurídico¨´. Ahora hay dos galimatías de esos y una guerra declarada.

Mientras tanto la opinión nacional y la comunidad internacional se pregunta cómo hará para sobrevivir el país una encrucijada como la actual, cuando el establecimiento político colombiano, empezando por el propio Presidente, se dedica a una lucha partidista anacrónica y salvaje al tiempo que la economìa colombiana no sale aún de la recesión de 1999 y cuando la guerrilla alcanza uno de sus momentos de mayor beligerancia polìtica con el anuncio de su ley general de boleteo y secuestro.

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