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| 5/13/1996 12:00:00 AM

EL CAMPANAZO

A UN PAIS INMERSO EN EL PROCESO 8.000, LA GUERRILLA LE RECUERDA A SANGRE Y FUEGGO QUE SIGUE SIENDO EL MAS GRAVE FACTOR DE DESESTABILIZACION.

El lunes y martes de la semana pasada los cerca de dos millones de habitantes de Rionegro, El Retiro, Carmen de Viboral, La Ceja, Guarne, Santuario, Sonsón, Marinilla y otras poblaciones ubicadas al oriente del departamento de Antioquia, debieron resignarse a permanecer en sus casas por temor a represalias por parte defrentes guerrilleros que operan en la zona. Mediante una serie de comunicados anónimos los jefes guerrilleros amenazaron a los pobladores de la región, advirtiéndoles que en caso de desobedecer la orden de paro que habían impartido el domingo por la noche se-rían víctimas de graves atentados contra sus negocios y sus familias. Durante 48 horas el comercio y la industria de esa rica zona del departamento de Antioquia quedaron totalmente paralizados por orden expresa de los comandantes guerrilleros. "Todos tuvimos que quedarnos en las casas. ¿Quién se va a atrever a abrir el almacén para que lo quemen los bandoleros?", dijo a SEMANA un comerciante de Rionegro. Pese a la obediencia de la población civil que, atemorizada, no tuvo más remedio que cumplir la orden, la guerrilla asesinó en esa región a un suboficial de la Policía, quemó ocho vehículos en cercanías al aeropuerto José María Córdova, incomunicó telefónicamente a 12 municipios y dejó fuera de servicio a la central repetidora de las Empresas Departamentales de Antioquia. Lo que más llamó la atención es que todas esas acciones fueron realizadas a sólo pocos kilómetros de Medellín, la capital del departamento y una de las ciudades más custodiadas por las Fuerzas Armadas.Pero la situación del oriente antioqueño sólo fue el reflejo de lo que sucedió en todo el país la semana pasada a raíz del llamado paro armado liderado por el ELN. El balance fue bastante desolador: 24 civiles, 15 militares y siete guerrilleros muertos ; 20 civiles y 19 militares heridos; 32 vehículos quemados, 10 personas secuestradas; cuatro torres de energía, dos oleoductos y un gasoducto dinamitados y cinco retenes guerrilleros instalados. En un país como Colombia, que tiene la piel curtida por tantas acciones terroristas de la guerrilla y que ha sido testigo de muchísimos paros cívicos a lo largo de su historia, lo que resultó más preocupante no fueron tanto las cifras que arrojó el paro armado, como su significado en medio de la crisis política que vive el país. Si bien desde el punto de vista militar y de movilización social la escalada de la semana pasada muestra un debilitamiento creciente de la guerrilla comparado con lo que representaron, por ejemplo, los paros campesinos de 1988 y 1989, no se puede decir lo mismo en el terreno político. Con la táctica de actos terroristas simultáneos en varios departamentos del país, el paro de la semana pasada _promovido principalmente por la fracción del ELN que comanda el cura Manuel Pérez_ creó una sensación de control territorial por parte de la guerrilla que hacía tiempos no se veía. Pero más grave aun que la aparente demostración de fuerza, fue el hecho de haber logrado con un paro promovido con el pretexto de protestar frente a un gobierno cuestionado el milagro de recuperar en apenas unos días la justificación política que los grupos guerrilleros habían perdido desde la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo. Como le comentó un politólogo a SEMANA, "la guerrilla ya no necesita seguir directrices de Moscú para arroparse en banderas políticas. Ahora le basta con citar las frases del Departamento de Estado de Estados Unidos".Mutismo gubernamentalMás allá de la capacidad de resurrección de la guerrilla, otro de los aspectos que sorprendió de la ofensiva de la semana pasada fue la poca capacidad de reacción del gobierno frente a los hechos. Mientras que en ocasiones anteriores las acciones guerrilleras eran respondidas contundentemente y en forma inmediata por el ejecutivo de turno, en el paro de la semana pasada la plana mayor del gobierno brilló por su ausencia. "La respuesta militar y verbal del gobierno a la ofensiva guerrillera fue lamentable", dijo un analista político a SEMANA.El primer funcionario del gobierno que abordó el asunto fue el ministro de Defensa, Juan Carlos Esguerra. Y no le fue bien en su declaración. Al referirse a las acciones guerrilleras, el Ministro sólo atinó a decir que "el propósito fundamental de la guerrilla, que era parar el país, no se logró. Como paro no tuvo éxito, ni siquiera remotamente". Aunque los hechos demostraron que el paro guerrillero no tuvo los alcances que los propios subversivos esperaban, si se tiene en cuenta la situación que vivieron los habitantes del oriente de Antioquia, para citar sólo un ejemplo, no había tampoco suficientes razones para cantar victoria. Horas más tarde le tocó el turno al comandante general de las Fuerzas Militares, almirante Holdan Delgado, y tampoco salió bien librado. Al referirse a los efectos de las acciones de la guerrilla y tratando de descalificar los actos subversivos, el alto oficial se preguntó cándidamente: "¿Por qué no destruyeron más carreteras, por qué no destruyeron todos los puentes, por qué no intervinieron el tráfico realmente en todo el país?". El ministro Horacio Serpa, por su parte, se limitó ante el acoso de los periodistas a la salida del Congreso a condenar los hechos y a decir por enésima vez que en Colombia no hay territorio vedado para que las Fuerzas Armadas hagan presencia. Las declaraciones del Ministro del Interior 24 horas después del paro guerrillero, según un ex ministro conservador, "dejaron la sensación de que Serpa está pensando más en cómo defenderse ante la Corte que en el descuadernamiento del orden público".Pero para un amplio sector de la opinión pública lo más significativo es que el propio presidente de la República, Ernesto Samper, hubiera pasado agachado en medio de semejante alteración de orden público.¿Asunto de plata?A la desacertada respuesta gubernamental se sumó sin duda la pobre respuesta militar. Después de ver las imágenes que transmitieron los noticieros de televisión de los guerrilleros andando por las carreteras del país asesinando civiles, quemando vehículos e intimidando a la población, la opinión pública se preguntaba ¿dónde está la tropa? Si bien es cierto que por el tipo de acciones, realizadas en su mayoría por pequeños comandos que atacaron sorpresivamente sus objetivos, era imposible hacer presencia en todos los sitios donde atacó la guerrilla, también lo es que en las acciones de la semana pasada el Ejército se limitó a recibir palo. El pretexto que desde hace varios años vienen esgrimiendo los altos mandos militares para esta actitud defensiva y la falta de éxito en la lucha contraguerrillera es la carencia de recursos para enfrentar la subversión adecuadamente. Ese argumento, parcialmente justificado, se ha visto reforzado aún más en los últimos meses por los recortes presupuestales que este gobierno ha tenido que hacer para enfrentar el déficit fiscal (ver recuadro).Sin embargo, hay quienes piensan que más allá de la falta de plata el problema del Ejército es de falta de ganas. Según un experto en temas militares consultado por SEMANA, "la pasividad de las Fuerzas Armadas tiene todos los visos de ser intencional. Ellos saben que la creciente sensación de que el gobierno civil no funciona los fortalece y los coloca como factor decisorio hacia el futuro, sin que eso signifique necesariamente que estén pensando en una solución militar a la crisis".Pero la falta de ganas no obedece solamente a cuestiones estratégicas de largo plazo. Tiene mucho que ver también con la sensación que hay dentro de los uniformados de que en momentos de crisis como los que vive el país no se definen las guerras y de que ningún gobierno débil puede hacer políticas de paz. "Es por eso _añade el experto militar_ que lo que hay en este momento no es ni guerra ni paz, Sólo un suspenso táctico durante el cual cada sector está apertrechándose y cargando bate-rías para lo que vendrá después, cuando se acabe la crisis".Desde el punto de vista de la tropa, "el problema es de ánimo", como dijo a SEMANA un oficial retirado del Ejército. "Para ganar una guerra _agregó_ se requiere un 30 por ciento de equipos y un 70 por ciento de ganas". Y puede que el ex oficial tenga razón. Una crisis política como la que afecta al país, que metió en el torbellino al presidente Samper y sus ministros, a la clase política, a los gremios, a la Iglesia, a la Procuraduría General, a la Fiscalía, a la Contraloría y a las distintas cortes, no tendría por qué dejar por fuera a las Fuerzas Armadas, así éstas no puedan expresar abiertamente su posición, que algunos consideran sintetizada en las palabras del general Manuel José Bonet, director de la Escuela Superior de Guerra, cuando afirmó que "somos el Ejército de la Nación, no del régimen".El oscuro panorama de orden público que vivió el país la semana pasada se ensombreció aún más con la decisión de la Corte Constitucional de suspender la mayoría de las normas extraordinarias dictadas por el gobierno en su lucha contra el secuestro, por considerar que éste no las fundamentó suficientemente. En un país donde hay más de 1.500 secuestrados y a solo pocas horas de haber sido plagiado el hermano del ex presidente Cesar Gaviria (ver artículo siguiente), resulta casi increíble que el gobierno no encuentre los argumentos legales suficientes para demostrar que es necesario adoptar medidas extremas que permitan combatir su expansión.Si a estos hechos se suma el de que el paro de la semana pasada fue organizado tan solo por parte del ELN, la situación se torna aún más preocupante. Como le dijo un experto a SEMANA: "El silencio de las Farc es muy sospechoso y es muy posible que también estén planeando cómo medirle el aceite al gobierno y sacar su tajada de la crisis Si sólo una fracción del ELN fue capaz de infartar a medio país es mejor no pensar lo que harían todos los grupos guerrilleros juntos".
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