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| 7/22/2006 12:00:00 AM

El campanazo

Aunque al final logró imponerse en la elección del presidente del Congreso, la aplanadora uribista resultó más débil de lo que parecía. ¿Quién tiene el poder en este Congreso?

El día que la aplanadora uribista estrenaba su poderío, por poco se queda varada en la entrada del Congreso. Una impredecible coalición de partidos de oposición y uribistas estuvo a punto de impedir la esperada elección de Dilian Francisca Toro, de La U, como presidenta del Senado, y de Alfredo Cuello, conservador, en la Cámara. El incidente dejó al descubierto la debilidad de la coherencia entre las fuerzas que apoyan al gobierno. Y abre una serie de interrogantes sobre la efectividad con que tratarán de sacar adelante las ambiciosas tareas que les dejó el Presidente en su discurso del 20 de julio.

Ese jueves, a las 2:30 de la tarde, cualquier cosa podría pasar. Un principio de pacto entre el Partido Liberal y el Polo Democrático, de la oposición, y de Cambio Radical (el partido de Germán Vargas Lleras) y Convergencia Ciudadana (de Luis Alberto Gil), ambos uribistas, casi le da una patada a la mesa y elige una directiva diferente a la que preveían en la Casa de Nariño. Aunque la situación al final pudo ser controlada y la aplanadora arrasó, quedó claro que a la 'coalición de las mayorías' aún le hace falta mucho más que pegante para mantenerla unida.

La jugada de Vargas Lleras, la oposición y Gil era más una pilatuna política que una recomposición de largo alcance. Uno tenía un objetivo diferente. La oposición quería hacer un acto de fuerza. Demostrar que a pesar de su carácter minoritario, tiene instrumentos para hacerle contrapeso al gobierno. Unas bancadas bien coordinadas en el liberalismo y en el Polo pueden llegar a ganar protagonismo. Si algo quedó claro la semana pasada, es que la oposición no va a desaprovechar ni un milímetro del breve espacio que tiene en el Congreso.

El caso de Convergencia Ciudadana es diferente. Allí fueron a parar congresistas que durante la campaña fueron expulsados de La U. Aunque su jefe, Luis Alberto Gil, no dice que dejó de ser uribista luego del incidente de la campaña, sino que se volvió independiente, quería mostrar los dientes y buscar una reivindicación. En esta ocasión lo logró, en la medida en que los dos bandos (La U y los conservadores, en una esquina, y Cambio, los liberales y el Polo, en la otra) se lo pelearon. Dejó la sensación de que no es un grupo de 'purgados' sino que puede llegar a ser un valioso fiel de la balanza.

Más llamativa fue la presencia, entre los que intentaron dar 'el golpe', de Vargas Lleras, un senador archiuribista. Vargas, sin embargo, tenía mucho que perder: las presidencias de Senado y Cámara en manos de La U y el Partido Conservador, y la Contraloría, muy probablemente, en cabeza de Julio César Turbay Quintero y no de su candidato, Carlos Medellín. Por eso le convenía patear el tablero, y aceptó los guiños que le hicieron, sobre todo los dirigentes liberales Juan Fernando Cristo y Rafael Pardo. El intento al final resultó fallido. Hay dos explicaciones. La primera, que el gobierno le metió todo el empeño a salvar el esquema inicial. Le envió a Gil una poderosa artillería de la cual formaron parte el secretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, el consejero presidencial Fabio Valencia, y los jefes de La U y Alas-Equipo Colombia, Luis Guillermo Vélez y Álvaro Araújo. Incluso el saliente ministro del Interior, Sabas Pretelt, intervino en los exitosos esfuerzos de atraer a Gil y a su bancada de congresistas paradójicamente expulsados del uribismo durante la campaña.

La otra versión asegura que el senador Vargas Lleras no encontró buen ambiente entre su bancada para consolidar la pilatuna. Allí hay uribistas de tiempo completo como Nancy Patricia Gutiérrez, Arturo Char, Antonio Guerra y Rubén Darío Quintero, decididos a jugar con el gobierno.

Los intensos tire y afloje previos al 20 de julio dejaron varias lecciones. El Congreso no se va a dividir en dos grandes tendencias, la de la oposición y la que apoya al gobierno. Más bien, se formarían coaliciones cambiantes, según los temas a tratar. Lo innovador, en comparación con los años anteriores, es que las alianzas no se compondrían al detal, sumando senadores y representantes individuales, sino por bancadas. No es imposible que en asuntos tan diversos como el TLC, la elección del Contralor o la reforma a las transferencias, se presenten, en cada uno, grupos distintos a favor o en contra.

Lo anterior significa que el uribismo no está firmemente unido. El Partido Conservador, La U, Cambio Radical, Convergencia Ciudadana y Alas-Equipo Colombia tienen orígenes muy distintos. Sus intereses políticos regionales también los apartan. Y compiten entre todos por la repartición burocrática. El domador de esta fiera, el futuro ministro del Interior, Carlos Holguín, tiene una misión muy compleja. Sobre todo cuando proviene de una de esas agrupaciones, el Partido Conservador. Seguramente al presidente Álvaro Uribe le tocará dedicarle más tiempo del que desearía a alinear sus huestes.

También quedó claro que dentro de las bancadas hay divisiones y problemas. Las de Cambio Radical salieron a flote la semana pasada. En La U hay dificultades de liderazgo, que se notaron la semana pasada, después de la ausencia de Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, ambos con cargos en el Ejecutivo. En el Partido Conservador la renuncia de Andrés Pastrana a la embajada en Washington casi termina frustrando el nombramiento del presidente del Partido Conservador, Carlos Holguín, como ministro del Interior.

El panorama, en fin, es más complejo de lo que parecía. La aplanadora uribista va a toparse con varios escollos en el camino. Y no es seguro que siempre pueda pasarles por encima.
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