Martes, 21 de octubre de 2014

| 1986/01/13 00:00

EL CANTOR DE FONSECA

William Jaramillo acusa al nuevo Alcalde de Bogotá por su actuación en un episodio vinculado indirectamente al narcotráfico

EL CANTOR DE FONSECA

Hace una semana Diego Pardo Koppel era el personaje de momento, como la cara joven que a los 35 años daba por terminado el impasse de la Alcaldía de Bogotá originado en los episodios musicales de Hisnardo Ardila y en la no aceptación de su primer sucesor Diego Pizano.
Sin embargo, pocas horas despues de haberse posesionado, el nuevo Alcalde se encontraba envuelto en un remolino, que aunque de caracteristicas totalmente diferentes a las del caso Hisnardo Ardila, había adquirido una dimensión política comparable.
Esta dimensión la adquirió gradualmente, pues la revelación de la sensacional historia hecha por el senador William Jaramillo Gómez el un artículo de primera página de El Espectador, pasó inicialmente inadvertida por un exceso de prudencia el la forma como el matutino tituló presentó el asunto. Con el anodino titular "La maleta de los US $250.000.: Un testigo clave en el extraño caso Fonseca" y sin fotos de los protagonistas, el diario de los Cano estaba poniendo la cascarita al nuevo intento del presidente Belisario Betancur de solucionar la crisis del Distrito.
LOS HECHOS
La historia revelada por Jaramillo es la siguiente. El 9 de junio de 1978 un individuo llamado José Antonio Fonseca Acevedo llegó al aeropuerto Eldorado en Bogotá con la intención de tomar un vuelo a Lima. Entregó en el despacho de Avianca una maleta y tres horas después, aterrizó en la capital peruana. Allí descubrió que su maleta no había llegado y más tarde se enteró de que ésta se encontraba en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. El problema consistía en que la valija contenía, en un compartimento de seguridad, 250 mil dólares en efectivo y fue retenida por la aduana de los Estados Unidos que, a través de un télex, pidió explicaciones a Fonseca como condición para devolvérsela.
Los abogados de Fonseca demandaron al gobierno americano en la persona del entonces secretario del Tesoro, W. M. Blumenthal y todo parecía indicar, a principios de 1979, que las autoridades estadinenses se verían obligadas a devolver la maleta, pues no sólo no existía delito, sino que ni siquiera se podía probar una intención de cometerlo, ya que la maleta del dinero había llegado a Nueva York por un error de Avianca. Pero la Superintendencia de Control de Cambios colombiana formuló una solicitud para que le fuera entregada la maleta, con el fin de utilizarla como prueba en una investigación que se estaba adelantando en el país sobre el asunto.
Los representantes colombianos en Estados Unidos, entre ellos el entonces cónsul general en Nueva York William Jaramillo, se dedicaron a respaldar la solicitud, a la cual las autoridades norteamericanas le darían curso, con base en convenios internacionales, si Colombia lograba demostrar que la Superintendencia de Control de Cambios tenía la categoría semejante a la de un tribunal.
El principal testigo de la parte colombiana para sustentar la solicitud fue el entonces gerente de Proexpo en Nueva York, Federico Clarkson quien como funcionario del Banco de la República había participado años antes en la redacción del Estatuto Cambiario. Por la contraparte, es decir, por el lado de Fonseca, se presentó a la audiencia del 1° de mayo del 79, el abogado y ex superintendente de Cambios, Diego Pardo Koppel.
El concepto de Pardo, que sostenía que la Supercambios no tenía categoría de tribunal, no gustó entre los representantes colombianos. Sus argumentos se basaban en que, según él, la entidad era la de mayores poderes policivos de la rama Ejecutiva y que difícilmente podía ser considerado tribunal un organismo cuya orientación dependía de un funcionario de libre nombramiento y remoción del Presidente de la República. El juicio favoreció en primera instancia al gobierno colombiano, pero luego, esta decisión fue revocada por una instancia superior y los abogados de Fonseca ganaron el caso. El pleito le costó al Estado colombiano 69 mil dólares, unos 12 millones de pesos.
Hasta ahí, el episodio no parece muy emocionante. La espectacularidad proviene de hechos conocidos posteriormente. Primero, porque Fonseca no existe, o por lo menos no era el que se decía. La cédula con ese nombre corresponde a un anciano nacido en 1903 y cuya participación en el episodio de la maleta parece limitarse a haber perdido sus documentos. Detrás de Fonseca, apareció un tal Guillermo Delgado Toledo, un cubano que sí existe y que había sido deportado en diciembre del 78 a los Estados Unidos. Y detrás de Delgado estaba finalmente Gilberto Rodríguez Orejuela, hoy en día vinculado al narcotráfico y detenido en España por una solicitud de extradición del gobierno norteamericano a ese país.
En cuanto a la plata, el senador Jaramillo relata que su destino era el de engrosar los fondos con los cuales el gobierno del general Videla en Argentina estaba sobornando a los equipos contra los cuales se enfrentaba el seleccionado local en el Mundial de Fútbol del 78.
MALA PRESENTACION
Todo lo anterior, revelado en medio de la euforia del nombramiento de Pardo Koppel, poco ayuda a la imagen del nuevo Alcalde, en un momento en que el país está hipersensibilizado por las indelicadezas de su antecesor. Sin embargo, hay grandes diferencias entre los dos casos. Para comenzar no existe ningún aspecto delictivo en la situación de Pardo, y toda la discusión está centrada en la ética de su actuación.
A este respecto, hay varios puntos a favor de Pardo, algunos de los cuales él mismo menciona en su carta a El Espectador. En primer lugar, el Gilberto Rodríguez retenido hoy en España era considerado en 1978 un empresario y financista controvertido, pero sobre quien no pesaba acusación alguna. No existía entonces ninguna razón para que, en ejercicio de la profesión, Pardo se negara a servirle como testigo perito, que al fin y al cabo sólo implicaba emitir un concepto como abogado, sobre una entidad que había dirigido. Que un concepto vaya en contra de los intereses de la Nación en un momento dado o que el pleito tenga un costo millonario, nada tiene que ver con el perito.
Y otra cosa que tampoco involucra a éste es la espectacularidad de la historia, tanto por la trayectoria de la plata como por la identidad de los personajes.
A pesar de todos estos elementos a su favor, la primera salida de Pardo en su defensa no fue muy bien recibida, pues parecía evasiva. Se limitó a declarar: "Me abstengo de hacer comentarios al respecto". Tampoco fue muy concreto en cuanto a las condiciones de pagos de sus servicios, pero esto puede ser comprensible si se tiene en cuenta que se trata de eventos sucedidos hace cerca de 7 años. El único aspecto que pudiera parecer vulnerable es que Pardo sirvió de testigo perito para un personaje inexistente, lo cual él justifica diciendo que sus relaciones fueron con los abogados y que a él le correspondía tener conocimiento sobre la Supercambios y no sobre la existencia del cliente.
En todo esto, como siempre, hay un poco de política. Pardo Koppel es conservador pastranista. Todo el mundo quiere la Alcaldía para la época de elecciones. Existían reservas sobre su idoneidad para el cargo por falta de experiencia. Pero estas consideraciones no tienen nada que ver con el debate ético y no deben mezclarse.
Por otra parte, la ética es un criterio que se tiene que aplicar a todos los cargos por igual. No es necesario ser más honesto para ser Alcalde que para ser director de la CAR. Y lo que muchos se preguntan es por qué William Jaramillo, quien conocía la información desde hace casi 7 años, no reveló la historia cuando Pardo fue nombrado en la CAR. --

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