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| 5/30/1988 12:00:00 AM

EL CARNAVAL DE MAYO

Con motivo de los 20 años de mayo del 68 Antonio Caballero evoca su experiencia personal en estas jornadas estudiantiles

Decir "yo estaba ahí" cuando ese "ahí" sucedio hace veinte años es terrible. Hace que uno se sienta irremediablemente convertido en, yo qué sé, digamos Jorge Padilla diciendo que él estaba ahí, dándole el brazo, cuando mataron a Gaitán. Pero así es: hace veinte años era mayo del 68 en París, y yo estaba ahí.
Raymond Aron, el más lúcido analista de la derecha conservadora de Francia, que también estuvo ahí, publicó poco después un breve libro --uno de los pocos serios entre los miles de libros que produjo el mayo francés-- titulado La révolution introuvable (La revolución inencontrable). Demostraba en él que revolución no había habido. Y es verdad, no la hubo, en el sentido político tradicional de la palabra "revolución". Pero es que la revolución política estaba más en el miedo de la derecha tradicional --representada por Aron-- a que la hubiera, o en la ilusión de la izquierda tradicional --representada por el amigo de juventud de Aron, Jean-Paul Sartre-- de que la habría, que en la realidad de la calle. Lo que había en la calle era la fiesta. Algo muy parecido, si hay que ponerse a buscar comparaciones, a los Sanfermines de Pamplona tal como lo describe Hemingway en su novela "Fiesta": se lanza un volador al cielo y, literalmente, la fiesta estalla. Una fiesta total, caótica y feliz, que dura días y días, y que va mejorando.
En París, el volador de Pamplona (el llamado "chupinazo") fue la toma de la Sorbona por la policía el 3 de mayo. La cosa venía gestándose, claro está, en el hastío de 10 años de poder del general de Gaulle, en la exasperación de los millones de estudiantes del baby boom de la posguerra hacinados en universidades demasiado pequeñas, en la onda hippie que llegaba de los Estados Unidos, en las agitaciones estudiantiles de Alemania, en la guerra del Vietnam y sus conferencias de paz, que se celebraban justamente en París, en la lectura de los libros de Marcuse (que nadie ha vuelto a leer desde entonces), en la revolución cultural china, en los puños cerrados de los "panteras negras" del Black Power norteamericano, en la desobediencia civil de las universidades californianas, y en el exceso de abundancia de la sociedad de consumo. Pero eso es natural: así se preparan todas las fiestas, llevando primero los músicos y la cristalería, los toros de las corridas y la pólvora de los voladores y de los triquitraques. Es lo que el mismo general de Gaulle, con su formación de militar de estado mayor, llamaba "la intendencia". La fiesta propiamente dicha no comenzo sino ese 3 de mayo, cuando la policía sitió y tomó el vasto edificio de la Sorbona, en pleno Barrio Latino, y se llevó unos cuantos estudiantes presos sin que se supiera muy bien por qué.
Y la fiesta estalló, para días y días. Los estudiantes se tomaron el Barrio Latino de París y alzaron barricadas de adoquines, que la policía atacaba en negras cargas de cascos y escudos y gases lacrimógenos. Los obreros se tomaron las fábricas en la periferia industrial de París, y después en toda Francia, y se organizaban gigantescas manifestaciones que llevaban a cientos de miles de personas cantando La Internacional por los amplios bulevares de París. Se acabó la gasolina. Se paró el transporte. Las paredes se cubrieron de letreros. Si se mira bien ese estallido súbito e incontrolado de la fiesta en la calle es lo que constituye de verdad una revolución: la desaparición repentina y total del sometimiento a toda norma y a toda restricción. En resumen, el carnaval, que no es otra cosa que la desaparición del poder, su evaporación. La revolución del mayo francés consistió en que, como en los carnavales, se podía andar por la mitad de la calle, a solas o en pareja o en compañía de medio millón de personas vociferantes, sin que hubiera semáforos ni carros. Los parisienses --¡oh milagro!-- hablaban entre sí sin haber sido previamente presentados. Olía a humo y a gases lacrimógenos. Y todo el mundo hablaba sin parar, o peroraba en las esquinas, o inclusive cantaba, y si le daba la gana pintaba en las paredes. Había marchas trotskistas y maoístas de la linea Liu Shao Chi y de la línea Lin Piao y de la línea Saint Germain des Prés, y marchas anarquistas y bakuninistas y bujarinistas. Fueron los días de gloria de los grupúsculos. El que quisiera podía crear su propio grupúsculo, o cambiar de grupúsculo como quien cambia de pareja en la mitad de la rumba. Y los comunistas ortodoxos, convertidos de la noche a la mañana en "crápulas stalinianas" decían que eso no era serio. Y por añadidura, el general de Gaulle se había ido una mañana en helicóptero, nadie sabía a dónde, ni a nadie le importaba.
No era sólo la desaparición del poder: era además la burla al poder: como en esas fiestas de pueblo en la que, por un día los policías son lo malos y los demás --el pueblo-- son los buenos, y no al reves. La burla de Dany "el rojo" (todo era "rojo" entonces) sacándole la lengua a una fila sombría, de casco y cachiporra, de agentes de los CRS. La manifestación de burla al discurso de De Gaulle por radio --"il a dit n'importe quoi": "no dijo un carajo"-- en que anunciaba que él pensaba seguir siendo presidente de Francia. Lo primero que hacen las revoluciones "serias" es cambiar un poder por otro, sustituir la policía que hay por una nueva policía. Y por eso no son revoluciones. La de París, que no buscaba cambiar nada en particular sino todo en general, se burlaba de la policía e ignoraba el poder. En la Sorbona ocupada por los estudiantes, la Internacional Situacionista se tomo el conmutador teletónico para poner a manejarlo a un sordomudo.
Y en ese París en fiesta, sin carros, sin metro, sin semáforos, con una policía que no sabia qué hacer mientras daba cargas ciegas contra las barricadas y recibía adoquinazos, reinaba algo muy parecido a la felicidad. Uno se ponía cita con una novia en la terraza de un café (porque seguían abiertos los cafés, y era la primavera) para ver pasar una manifestación, y era como ver pasar, en Río de Janeiro, una escuela de samba. O iba a participar un rato en la toma de la Sorbona o en la orgía de discursos de la Sorbona ocupada, a oír a Sartre o a Cohn Bendit, y era como estar hasta el amanecer en una parranda vallenata. Y todos --salvo Raymond Aron y los comunistas-- descubriamos de pronto que en realidad París es una ciudad hecha para andar a pie, como Venecia.
Deberían organizar en París un mayo todos los años. Yo iría.--
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