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| 8/1/2015 10:00:00 PM

El revelador caso de 'Cacerolo'

Esta es la historia de cómo la muerte de un jefe guerrillero puso en líos a varios integrantes del Ejército y, adicionalmente, dejó al descubierto corrupción en un Gaula militar.

Edwin Cacerolo fue el terror para muchos. Era el segundo comandante del frente 17 de las Farc que actúa en parte del suroccidente del país. Tenía un prontuario criminal extenso que acumuló en los casi 30 años que estuvo en las filas, el cual incluía cruentas tomas a bases militares como Mitú y Miraflores. También fue el responsable de quemas de vehículos, retenes ilegales y otras acciones en Meta, Tolima y Huila. Desde que llegó a este último departamento hace un par de años, se transformó en el azote de muchos de sus municipios cuyos pobladores fueron víctimas constantes de vacunas del guerrillero y sus hombres. Era considerado el mayor extorsionista de la región. Pero su larga carrera criminal terminó hace poco. El 5 de marzo Cacerolo murió junto a uno de sus escoltas.

En el parte oficial consignado en un comunicado de la V División se afirmó que el jefe guerrillero murió en enfrentamientos: “Luego de una ofensiva militar y varios días de inteligencia, tropas adscritas a la Quinta División y Novena Brigada del Ejército en el Huila dieron muerte en desarrollo de operaciones militares a Rafael Torres Morales, alias Edwin Cacerolo, cabecilla del frente 17 de las Farc. El enfrentamiento armado se registró en Baraya , en el sitio conocido como vereda Las Perlas, donde soldados del batallón Tenerife y Grupo Gaula de la Novena Brigada se enfrentaron con miembros de esta facción terrorista, dejando como resultado la muerte de su cabecilla y la de su escolta personal”.

En varios rincones de Huila respiraron tranquilos. Pero irónicamente en el corazón de la Novena Brigada, con sede en Neiva, muchos estaban nerviosos. La razón era simple. Varios militares sabían que la historia de lo que realmente ocurrió era diferente a la versión pública.

Aunque oficialmente se afirmó que el guerrillero y su escolta murieron al enfrentarse a las tropas, la realidad es que nunca hubo combates. Altos mandos de la Novena Brigada dijeron a SEMANA que la operación que terminó con su muerte se logró gracias a que un subversivo desmovilizado del Meta, fuente de información habitual de la brigada, se acercó y dijo que como tenía acceso directo a Cacerolo, a cambio de una recompensa podía entregar al jefe guerrillero. Según la versión de la brigada, se hizo una coordinación con el jefe del Gaula militar del Huila, mayor Óscar España, y se designó un soldado de ese grupo para que fuera, con la fachada de ser amigo del desmovilizado, a encontrarse con Cacerolo. Al llegar a la vereda el jefe guerrillero estaba en una humilde casa sentado con un computador. El soldado empezó a hablar con él, mientras el desmovilizado se quedó afuera con el escolta de Cacerolo.

La versión oficial indica que el comandante subversivo sospechó algo e intentó tomar un fusil y en la reacción el soldado le disparó. Al escuchar las detonaciones el desmovilizado también mató al escolta de Cacerolo. Minutos más tarde llegaron al lugar tropas y miembros del CTI para realizar el levantamiento de los cuerpos, y de un fusil y una pistola que supuestamente eran las armas que tenían los guerrilleros. El mayor y el soldado fueron condecorados, les dieron unos días de permiso y recibieron viajes a San Andrés y Santa Marta.  

Algo huele mal

La acción de un soldado que se mete al corazón de un frente de las Farc y él solo mata a uno de los más curtidos jefes guerrilleros mereció aplausos de sus jefes. Sin embargo, varias cosas empezaron a dejar serias dudas. La primera de ellas está en los cuerpos de los propios guerrilleros caídos. Los médicos forenses dicen que “los muertos hablan”, pues en los cadáveres y las necropsias quedan pruebas científicas que cuentan cómo murieron. Y así ocurrió. El cuerpo de Cacerolo presentó ocho impactos de bala casi todos por la espalda. Para los forenses el elevado número de proyectiles deja en claro que pudo existir un uso excesivo de fuerza letal. Pero, además, por la trayectoria de los impactos es evidente también que el guerrillero nunca tuvo oportunidad de atacar o defenderse.  

No menos revelador es lo que pasó con el escolta de Cacerolo. El cuerpo tiene cinco impactos de bala, también por la espalda. El cadáver tiene tatuaje, lo que quiere decir que le dispararon a muy corta distancia. Lo grave es que lo mató el desmovilizado que era fuente del Gaula militar. Que se use a este tipo de personas como informantes o guías es normal. Pero lo que es incluso un delito, y está expresamente prohibido por el derecho internacional humanitario, es que se les proporcionen armas. No es fácil explicar por qué los militares le dieron una pistola y munición oficial a este desmovilizado. Por su condición es un civil y al matar al escolta cometió un homicidio.

SEMANA estuvo en el Huila y los testimonios de varios de los involucrados directamente en la operación, así como de otros militares de la Novena Brigada, dejan al descubierto un panorama aún más desconcertante. “Muchos acá en la brigada sabíamos que algo grande iba a pasar. Una semana antes de la muerte de Cacerolo se había conseguido el fusil y la pistola. Esas armas salieron de acá y después aparecieron al lado de Cacerolo y el escolta”, contó uno de los militares que por obvias razones pidió no revelar su identidad. “Al guía, el desmovilizado, le prometieron 120 millones de pesos de recompensa por entregar a Cacerolo, pero de eso debía darle 30 millones a los jefes del Gaula apenas saliera la recompensa”, dijo a SEMANA un suboficial que estuvo de primera mano en todo el proceso.

En la zona de Baraya, donde murió el jefe guerrillero, varios civiles le contaron a esta revista que él estaba planeando desmovilizarse y reconocieron que desde meses atrás, incluso, había empezado a quedarse con parte del botín que recaudaba producto de extorsiones con el fin de asegurar su futuro económico. Algunos afirman que el día de su muerte tenía 70 millones de pesos en efectivo de los que nadie da razón.

Las irregularidades de lo que ocurrió con la muerte de Cacerolo llegaron al alto mando del Ejército en abril pasado. De allí ordenaron a la Inspección General, en ese momento en cabeza del general Guillermo Suárez, enviar una comisión para revisar los hechos. “Ellos nos ayudaron mucho. Nos dijeron qué teníamos que decir, cómo decirlo y se arreglaron los informes, como por ejemplo, las órdenes de operaciones o el informe de primer respondiente, para que todo cuadrara. Hoy en papeles y soportes todo es perfecto. Están los informes de la Rime, órdenes de batalla, etcétera Se hizo un ‘acta de lealtad’ entre los que estuvieron y sabíamos del tema para contar la versión oficial y no contar lo demás”, explicó a SEMANA uno de los involucrados en la operación.

Ese intento de ‘tapar’ los hechos para salvar de responsabilidades no es algo nuevo (ver artículo anterior). Sin embargo, tal vez con lo que no contaron es que la Fiscalía ya venía investigando el tema y tenía en el radar al mayor, un capitán y otros militares más. Tras el reciente cambio de cúpula y la llegada al comando del Ejército del general Alberto Mejía, se ordenó nuevamente a la Inspección General, de donde ya había salido el general Suárez, realizar otras pesquisas. Las últimas ocurrieron la semana pasada y esta vez los funcionarios de la inspección sí hicieron varios hallazgos.

Más allá del tema específico de Cacerolo, descubrieron graves casos de corrupción que llevaban varios años en el Gaula del Huila. Uno de ellos, por ejemplo, tiene que ver con que los taxis que tenía esa unidad para sus labores de inteligencia habían sido puestos al servicio de particulares que habrían entregado el dinero producido a los jefes del Gaula. También se sorprendieron de encontrar que había soldados que trabajaban como jornaleros en las fincas de oficiales. Y no menos inquietante fue descubrir que hay serios indicios que señalan que pudieron existir otras muertes no muy claras como las de Cacerolo y su escolta. Algo que también indaga la Fiscalía.

Al ser consultados sobre el tema, voceros del Ejército afirmaron lo siguiente: “El trabajo de inteligencia militar que permitió el desarrollo de la operación que terminó con la neutralización de Edwin Cacerolo se había iniciado desde hace más de cinco años cuando delinquía en el Meta. La operación militar cumplió con los procesos de planeación y ejecución y contó con el apoyo del CTI para los actos urgentes y levantamientos. Los hechos resultados de la operación se encuentran dentro de una investigación de la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía, proceso que viene contando con la absoluta disposición y colaboración del Ejército. Por las investigaciones, el mayor España fue relevado del cargo y actualmente no cuenta con funciones administrativas ni de mando operacionales. Contra el mayor se adelantan investigaciones administrativas, disciplinarias y penales como parte de las medidas de control interno”.

Si bien el Ejército ya ha empezado a tomar las primeras decisiones es previsible que en los próximos días la Fiscalía también dé a conocer los avances y las primeras medidas. El caso de Cacerolo sin duda no es fácil, y no deja de tener algo de ironía el hecho de que desde la tumba el guerrillero siga dando de qué hablar.
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