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| 2/20/1989 12:00:00 AM

El castrismo ya no es lo que era

Tad Szulc, el norteamericano que mejor conoce a Fidel Castro, hace el balance de sus 30 años en el poder.

Al cumplirse el aniversario número 30 del triunfo de la revolución cubana, el periodista norteamericano Tad Szulc, autor de la mejor biografía de Fidel Castro que hasta el momento ha aparecido --"Fidel, un retrato crítico"--, publicó un artículo en el que analiza la actual situación de la isla y sus posibilidades para el futuro, a la luz de lo ocurrido en 30 años de régimen socialista. Por considerar que es el mejor artículo que sobre el tema se ha escrito, a continuación SEMANA reproduce el análisis de Szulc.

"Ganar la guerra revolucionaria fue mucho más fácil que dirigir la revolución a nuestro cargo".

Tales fueron las palabras de Fidel Alejandro Castro Ruz pocos meses después de tomar el poder en Cuba, a principios de 1959. El joven líder máximo, de 32 años, se encontraba comiendo en un hotel de La Habana con unos amigos y visitantes a los que explicaba lo difícil que iba a ser llevar a cabo la transformación de su isla caribeña. La conversación se prolongó más allá de la medianoche y llegó al amanecer. Yo era uno de aquellos comensales y recuerdo vívidameme las promesas y los sueños gloriosos que trenzaban sus palabras, así como la excitación que se apoderó de Cuba en aquel amanecer de lo que debía ser una espléndida época nueva.

Castro habló apasionadamente de la necesidad de una reforma agraria, de la educación universal y del desarrollo económico y yo salí de aquel encuentro convencido de que bajo su mando, Cuba avanzaría gradualmente por la senda de la democracia y la justicia social. Aunque Castro manifestó su conciencia de que los Estados Unidos no tolerarían cambios radicales en Cuba (excepto la nacionalización de algunas compañías extranjeras), no saqué la impresión de que una revolución marxista-leninista se cerniera sobre la isla.

Veinticinco años más tarde viajé a Cuba en busca de datos para mi biografía de Castro, "Fidel un retrato crítico" (1986), y pude pasar muchas horas con él. Aunque no lo había visto desde la invasión de Bahía Cochinos, en abril de 1961, nuestro primer encuentro fue como reanudar una conversación interrumpida el día anterior. En una ocasión nuestra charla se prolongó a lo largo de tres días con sus noches. En una serie de entrevistas continuas lo vi en su despacho del Palacio de la Revolución, en recepciones oficiales, durante conferencias internacionales en La Habana, y en una casa que alquilé allí. Sus modales fueron siempre relajados y su actitud, incluso parlanchina. Ambos estábamos a punto de cumplir los sesenta y supongo que nuestro estado de ánimo era reflexivo.

Todavía rebosante de entusiasmo al cabo de 30 años de revolución, aún no había resuelto el problema planteado en 1959: cómo proporcionar a sus 10 millones de compatriotas (6 millones cuando derrocó al general Fulgencio Batista) la satisfacción marxista-leninista tan frecuentemente prometida durante la década de los años sesenta.

Después de tres décadas de experimentación, costosos planes económicos y tremendos subsidios soviéticos, el objetivo revolucionario de Fidel --la creación del "Hombre Nuevo Socialista" en un sistema socialista eficiente-- sigue siendo algo intangible. Y para empeorar las cosas, las viejas y jóvenes generaciones de cubanos han pagado un alto precio por lo que su sociedad les ofrece en la actualidad: la negación de sus libertades políticas e individuales.

Curiosamente, Castro se ha convertido tanto en la víctima de sus incumplidas promesas respecto a la construcción de un disciplinado socialismo, como en el prisionero de su convicción, irrevocable para sus íntimos, de ser el único capaz de entender lo que es bueno para Cuba. Incluso párece pasarle desapercibido lo que realmente le ocurre a su pueblo. Da la impresión de que al recorrer de un lado a otro la isla en helicóptero o en Mercedes, es sordo y ciego al descontento que le rodea.

El despliegue de su confianza y de su habilidad para seducir a quienes le visitan, enmascara las fatigas de su pueblo, la escasez de bienes de consumo, la falla de alojamientos urbanos, la ineficiencia evidente de la economía dirigida por el Estado y, finalmente, la probabilidad de que muy poco ha de cambiar en el futuro.

Se cuentan historias bastante dignas de confianza acerca del Castro íntimo, voluble, impaciente, irascible y francamente violento con sus subordinados. Su comportamienlo no ha cambiado desde el 8 de enero de 1959, cuando entró en La Habana sobre un tanque, manifestando, de hecho l'etat, c'est moi. Tal como Luis XIV siempre mantuvo sicofantes a su alrededor. A pesar de su superficial fanfarria, es un solitario que no confía en nadie.

Cuando vi a Castro por primera vez, en 1959, me impresionaron su erudición, su sentido de la historia su agilidad política y su imaginación. Estas y otras cualidades son las que le dieron la victoria sobre Batista a pesar de todas las probalidades adversas. Gracias a esas cualidades, Castro se ha mantenido durante varias décadas como un muy admirado líder de Tercer Mundo, y Cuba ha llegado a jugar un papel relevante en Africa y América Central. ¿Qué es, entonces lo que le pasa a Fidel Castro?
La revolución castrista se encuentra, indudablemente, en algo así como una encrucijada final. Vista desde el interior de Cuba, su estancamiento resulta evidente. Tras los logros de los años sesenta y setenta, a nivel de vida cubano ha declinado agudamente durante los años ochenta. En 1987, por ejemplo, la producción, incluyendo la agraria, bajó un 3.2% respecto al año anterior.

Si es posible exceptuar la Corea de Norte de Kim II Sung, la Cuba de Castro se perfila como el país comunista más ineficiente y represivo del mundo. En su discurso del último 25 de julio (aniversario del primer levantamiento revolucionario de 1953) Castro declaró que la revolución cubana "crea, y no necesita imitar a nadie". En el actual bloque soviético el líder cubano se alinea con la facción anti-Gorbachov integrada por Erich Honecker de Alemania oriental, el rumano Ceaucescu y el checoslovaco Milos Jakes.

"Fidel está desesperado por su incapacidad para lograr que Cuba funcione", me confesó un hombre que conoce a Castro de toda la vida, "y esto le saca de sus casillas y le lleva a hacer cosas que no tienen sentido". Mi confidente duda de que Castro crea realmente en el marxismo-leninismo, y sugiere que en lo único que cree, retórica aparte, es en el castrismo.

Hablamos de la tremenda campaña ideológica llevada a cabo por Castro durante 1987 para fortalecer la revolución. Una campaña conocida como "Rectifiquemos los errores y las tendencias negativas", en cuyo desarrollo reintrodujo incentivos espirituales para inculcar a los cubanos el sentido de un trabajo de entrega al bienestar común, como alternativa a los incentivos materiales que los chinos, los rusos y la Europa del Este, comienzan a ofrecer. Bajo esta "rectificación', los obreros y los estudiantes cubanos han de trabajar como voluntarios sin paga en el campo o en la construcción durante sus días de asueto, tal como lo hicieran durante los años sesenta, cuando la nación se encontraba poseida del fervor nacionalista y la mayoría de los cubanos habrían hecho casi cualquier cosa que Castro les hubiese pedido.

Es significativo que Castro subraye los incentivos espirituales --medallas, premios y publicidad en vez de salarios más altos, mejoras en la vivienda y bienes de consumo --para reavivar el ideal del hombre socialista propuesto por el Che Guevara durante los primeros años de la revolución. Guevara, el medico argentino lugarteniente de Castro durante la guerrilla, fue, probablemente, el más puro marxista-leninista de toda su generación. Fue también el único intelectual entre los rebeldes capaz de compararse con Castro y el principal consejero ideológico de éste.

Castro me dijo hace varios años que el error más grande cometido por la "revolución" (Castro nunca habla de sus errores, él habla de "nosotros" o de la "revolución") fue la pretensión de implantar en Cuba un comunismo puro, saltando la etapa socialista preparatoria recomendada por Marx y Lenin. El estuvo a punto de abolir el dinero, en 1966, cuando los rusos le advirtieron que una experimentación prematura con el comunismo significaría el hundimiento económico de Cuba.

Tras la muerte de Guevara en octubre del 1967, Castro pareció olvidar los incentivos espirituales y el hombre socialista, concentrándose en otros asuntos. Utilizó el pago de salarios y el favoritismo en la distribución de los escasos bienes de consumo para que los oficiales de alta graduación y los trabajadores más humildes se mantuvieran aferrados a sus deberes. Como resultado, una pavorosa corrupción se apoderó del Partido Comunista Cubano (del que Castro es su primer secretario, al mismo tiempo que presidente de Cuba y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas), añadiéndose a la erosión de la fe popular en las generosas cualidades del régimen.

La profundidad de la crisis que atraviesa su régimen es frecuentemente reconocida en público, aunque de un modo indirecto, por el mismo Castro. A mediados de los ochenta denunció a los "trabajadores que no trabajan" y a los "estudiantes que no estudian". Rechazó los planes anuales establecidos por sus economistas y despidió a sus autores por ser unos "despreciables tecnócratas". Castro rehizo personalmente los planes, interviniendo en sus más mínimos detalles, tal cual interviene en casi todos los detalles del gobierno.


Al comienzo de 1987 añadió a la campaña en favor de los incentivos espirituales una serie de duras medidas de austeridad que abarcaban desde el recorte de las raciones de azúcar (incluso el arroz y la carne se importan y están racionados) a la subida de las tarifas del transporte urbano (el sistema de autobuses está en las últimas) y la reducción de los programas de televisión. Toda la deuda externa de Cuba con Europa occidental ha de ser renegociada, pues La Habana carece de divisas para satisfacer los pagos. Y los soviéticos habrán de ampliar los plazos para la devolución de los billones de rublos que Cuba les debe (cuyas cifras exactas jamás han publicado).

La campaña por la "rectificación" busca mantener a raya a los demonios gemelos del capitalismo y la burguesía, y su alcance es tal que se han llegado a cerrar los pequeños mercados agrícolas que Castro autorizó en 1980, alegando que los labriegos se estaban haciendo demasiado ricos vendiendo cochinillos, pollos y ajos directamente a los consumidores privados. En una declaración pública (que ha de haber llegado a los oidos de Gorbachov, Castro dijo que tal como se están poniendo las cosas en el mundo, se consideraba a sí mismo como el verdadero y último portaestandarte del marxismoleninismo.

Al comienzo de la revolución, tanto Castro como Guevara creyeron que había que reducir el papel de la caña de azúcar como principal exportación cubana. Pero el azúcar es el único artículo de primera necesidad que Cuba es capaz de producir en cantidades suficientes como para exportarlo a la Unión Soviética. En 1968, cuando ya no se podía seguir ignorando esa realidad, Castro cambió de marcha de una manera tan brusca que estuvo a punto de hacer saltar el automóvil. Aseguró que la cosecha de 1970 alcanzaría la cifra récord de los 10 millones de toneladas (la media normal es de unos 6 millones). En su intento por conseguir lo que pretendia (la cosecha fue de 8 millones y medio) perjudicó al resto de la economía, al trasladar transportes, trabajo y otros recursos a las plantaciones de caña.

El azúcar sigue siendo el principal soporte de Cuba. La Unión Soviética no sólo compra toda su exportación, sino que la paga por encima del precio del mercado internacional. Pero la incapacidad cubana para cumplir con las cuotas de producción económica condujeron a las medidas de austeridad de 1987.

La mayor parte de la antaño floreciente industria ganadera se destruyó cuando las posesiones cubanas y norteamericanas sufrieron la reforma agraria. Los técnicos profesionales fueron sustituidos por oficiales del ejército sin ninguna instrucción adecuada. Los rebaños se diezmaron y nada se hizo por renovarlos. En aquella primera época Castro se negó a promocionar el turismo, considerándolo un atavismo "imperialista".

Al llegar los años setenta, cuando decidió finalmente que el turismo podía proporcionar las divisas que tan desesperadamente necesitaba, se encontró con que la infraestructura turistica cubana ya no tenía demasiado que ofrecer a sus visitantes. Los esfuerzos para renovar los recursos y rehabilitar ciudades coloniales como Santa Clara, Santiago y Trinidad no se pusieron en marcha hasta 1980.

Entre la austeridad, la mala gestión y el absentismo laboral, Cuba padece un desempleo y subempleo crecientes. La población de la isla ha crecido, sin que los empleos lo hayan hecho en la misma relación. El éxodo én 1980 de 125 mil cubanos que, en busca de la libertad o eludiendo a la justicia, salieron del puerto de Mariel rumbo a Florida, alivió por breve tiempo esa presión. Unos 55 mil cubanos sirven en unidades militares en Angola y Etiopía por ahora, y su ausencia también reduce el desempleo. En 1987 acordó conceder permiso para que unos 20 mil ex presos políticos abandonen la isla anualmente, en compañía de sus familiares y con destino a los Estados Unidos. Cuba ha pasado de exportar la revolución a exportar el desempleo.

Los cubanos están cansados. Uno lo ve en la cara de quienes van al trabajo en los desvencijados y repletos autobuses, y en la de los que hacen cola para conseguir artículos racionados en unos almacenes casi vacíos. Hay que esperar años para conseguir alquilar un apartamento. El 72% de los cubanos vive en La Habana, Santiago y media docena de ciudades más. Para comprar un coche (habitualmente un "Lada" soviético) hay que estar recomendado por el Partido Comunista, el sindicato y el Comité Local para la Defensa de la Revolución (que forma parte de la red policiaca vecinal establecida por el Ministro del Interior).

El ocio está severamente limitado. Los afortunados que tienen un coche han de afrontar el racionamiento de la gasolina. Los autobuses son escasos y lentos. La mayoría de la gente tiene grandes dificultades para disfrutar de las hermosas playas que Castro proclamó ser la orgullosa propiedad del pueblo.

Los habitantes de la capital son quienes, en términos generales, lo tienen más fácil. La vieja Habana, el barrio colonial junto al puerto, ha sido maravillosamente restaurado, y los paseantes se cuentan a miles en sus estrechas calles y amplias plazas, gozando de unas tardes muy hermosas. En el patio de un palacio restaurado, puede sonar un piano interpretando a Chopin, un cuarteto de violines interpreta a Mozart en una cámara cercana, y un conjunto caribeño evoca los ritmos tropicales a lo largo de la calle. Todo es una espléndida combinación y una fuga de la realidad.
Bajo Castro, el apoyo oficial a la cultura ha sido constante, si bien altamente selectivo. El gobierno concede premios literarios a escritores y poetas cubanos y extranjeros. Pero los escaparates de las librerías no ofrecen algo que roce los límites de la ortodoxia política e incluso estética.
El Ballet Nacional Cubano se encuentra entre los mejores del mundo, pero es sumamente difícil acudir a una de sus representaciones. Hay mil peticiones para cada una de sus entradas. Para el ciudadano medio de La Habana, la vida nocturna tiene que ver con unos pocos bares y música estrepitosa. Los lugares calientes como los clubes de los hoteles y el famoso "Tropicana", con su fastuoso espectáculo, están reservados para las delegaciones de visitantes extranjeros y los turistas con abundantes divisas.
¿Cuál ha de ser el futuro de Castro? La respuesta más simple es que mientras Castro tenga salud, nada es probable que cambie. Dado que tiene un buen aspecto, puede pensarse que se mantendrá en el cargo, por más que insista en que ya ha dejado en manos de otros muchas de sus responsabilidades... Por ejemplo, el Partido Comunista, las confederaciones laborales y el Poder Popular, que son ahora grupos de autogobierno que funcionan localmente bajo el amparo de la Asamblea Nacional. Es cierto que Castro cada vez tendrá más dificultades para gobernar, en la medida en que no le será posible paliar la mengua del viejo espíritu revolucionario ni conseguir milagros económicos.
He ahí el enigma del problema de Castro. A diferencia del marxismoleninismo, el castrismo todavía parece suficientemente fuerte como para asegurarle el apoyo de las masas, con independencia del penetrante aparato de seguridad con los ojos puestos en los desviacionistas. Fidel todavía electriza a una gran mayoría de cubanos cuando se levanta y se pone a perorar, a amenazar, a prometer, a halagar, pero las explosivamente fervorosas respuestas que recibia de las masas durante los años sesenta son un episodio del pasado. Los cubanos saben que, en realidad, el sistema político no funciona, y de una manera creciente, aunque sosegada, acusan a los privilegiados burócratas del Partido Comunista.
El desafío al sistema vigente vendrá, probablemente, de la generación más joven. La generación educada en el régimen de Castro, que escucha las emisoras de radio extranjeras y ahora comienzan a preguntar, en privado, por las razones de que el sistema no funcione de un modo más racional. Cuando Castro era estudiante, la Universidad de La Habana era un toro de tremendos debates políticos. Bajo el comunismo ese foro ha desaparecido.
La juventud cubana está más pendiente de lo que América y Occidente puedan ofrecerle --en ideas y en cosas materiales --que de las estructuras del marxismo-leninismo.
Lo que queda más alla de toda predicción es el futuro de Cuba cuando Castro muera o comience a estar incapacitado. Aunque su hermano Raúl --cinco años más joven-- haya sido formalmente designado como sucesor al Estado, a la revolución y al Partido Comunista, lo cierto es que la reciente historia mundial demuestra que tales preparativos no suelen funcionar como estaba previsto. Sería absurdo suponer que Raúl gozará de la popularidad personal de la que goza Fidel. A Raúl se le respeta y se le teme, pero no se le ama. Su control sobre las fuerzas armadas y los servicios de seguridad podrían asegurarle un periodo en el poder, asumiendo todo el aspecto de una ocupación militar. El hecho de que el entorno revolucionario de Castro produzca alguien capaz de sustituirlo es bastante dudoso.
En ausencia de Castro aflorarían las tendencias reformistas que atraviesan actualmente el mundo comunista. Y cabe asumir que los Estados Unidos no se estarían con los brazos cruzados en el transcurso de semejante desarrollo. Tampoco es probable que la Unión Soviética viera con malos ojos el establecimiento de mejores relaciones entre esa nueva Cuba y Occidente, cosa que, por otro lado, aliviaría los subsidios soviéticos.
Lo que parece claro es que el trigésimo aniversario de la toma del poder por Castro marca para Cuba, Latinoamérica y el Tercer Mundo el fin de una era. Fidel Castro puede mantenerse durante un cierto tiempo, con su retórica y su genio político, pero el mundo ya no es lo que era en los días impetuosos de 1959. La relación Este-Oeste ha cambiado, como lo ha hecho el comunismo al que Castro se afilió. Las naciones más pobres buscan otros modelos de desarrollo. El marxismo-leninismo ya no goza del favor de la mayoría de los países latinoamericanos, africanos y asiáticos. La revolución de Castro tampoco. Las luchas por la liberación nacional que tan bien supo capitalizar, han concluido sustancialmente. Castro comienza a borrarse como uno de los protagonistas del escenario internacional.

Cuando me fui de Cuba y vi a Fidel Castro por última vez, dejé a un hombre que durante casi la mitad de su vida ha tenido entre las manos el control absoluto de una nación. Un hombre histórico, una figura heroica. También dejé a un prisionero de sus propias ideas y prejuicios, divorciado tanto de las realidades del mundo como de las de sus conciudadanos. Cuba no es el lugar que Castro profetizó aquella noche de 1959. El castrismo tampoco es lo que era.--
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