Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/06/06 00:00

EL CENICIENTO

Hace cuatro años Víctor Manuel Calderón vivìa en una alcantrilla. Hoy trabaja en una multinacional petrolera en Brasil.

EL CENICIENTO

LA HISTORIA DE VICTOR Manuel Calderón es tal vez uno de los más bellos testimonios de rehabilitación de un gamín. Hace sólo cuatro años Calderón era uno de los tantos miles de niños abandonados que deambulan por las calles de Bogotá pidiendo limosna, metiendo Bóxer y durmiendo en las alcantarillas. Pero hoy, a sus 19 años, Víctor Manuel es una persona totalmente diferente. Desde hace algunos meses trabaja como junior observer trainee en el Brasil, abordo de un barco de exploración petrolera de la compañía estadounidense Western International Inc., y gana mucho más de lo que puede soñar cualquier gamín de su misma edad, o aun que cualquier universitario recién graduado. Cada mes recibe 3.000 dólares, algo así como 2.500.000 pesos.
Lo primero que hizo Víctor Manuel cuando regresó al país, fue buscar a su mamá para entregarle un mercado, y a su hermana Daisy para regalarle un par de zapatos y una muñeca. Mientras intentaba averiguar por todos los medios el paradero de su familia, a la que había abandonado años atrás, pensaba por primera vez que había logrado superar su pasado de miseria, vicios y tristeza.
La dolorosa historia de su infancia comenzó, como él lo recuerda, cuando se dejó convencer por sus compañeros de escuela que la calle era la única salida para la pobreza en que vivía: "La falta de plata era insoportable, mi mamá tenía demasiados hijos y apenas se ganaba el mínimo. Eso no alcanzaba para nada, y decidí irme, para evitar que mi mamá tuviera tanto gasto". Sin pensarlo más, se fue de su casa y abandonó a su madre, una campesina de la vereda El Rosal (Boyacá). Y así, a los ocho años y sin más familia que otros niños de la calle, Víctor Manuel comenzó su lucha por sobrevivir en la gran ciudad. Una alcantarilla en la calle 127 con carrera 15, al frente de Unicentro, se convirtió en su hogar. De esa época recuerda: "Teníamos que ganarnos como fuera la comida. Lo normal era que anduviéramos toda la noche pidiendo limosna, aguantando frío y recogiendo cartón. No era raro que metiéramos droga. Era un mundo muy violento y había que soportarlo de alguna forma".
De este modo vivió duranté siete años, extrañando a su familia, a su casa, y durmiendo en medio de las aguas negras y las basuras de los alcantarrillados bogotanos. Pero lo que más lo atormentaba era el miedo a la muerte. "El peor momento de mi vida fue cuando unos policías nos persiguieron para darnos palo. Sentí la muerte cerca, y lo único que hice fue correr asustado. Estoy seguro de que si ese día no corremos, ahora no estaría contando mi historia".
Un día cualquiera, cuando la pandilla con la que Víctor Manuel acostumbraba a recorrer las calles se encontraba junto a la zona de restaurantes de comidas rápidas frente a Unicentro, el joven, que en aquella época tenía 15 años, se cruzó con Jaime Jaramillo, el director de la Fundación Niños de los Andes, quien ya era conocido entre los gamines de las alcantarillas por su labor de rescate y de ayuda. Sin dudarlo un segundo, Víctor Manuel se le acercó y le suplicó que lo sacara de las calles. Y desde ese día la vida le cambió por completo. Al poco tiempo, el joven ya estaba instalado en la casa de la fundación en Cajicá. "Empecé una vida nueva. Me bañaba todos los días, y tenía comida y un sitio limpio y caliente donde dormir. Eso era un sueño". Se dedicò a estudiar toda clase de labores manuáles, pero su ambiciòn iba mucho más lejos. Calderón resultó ser un muchacho inquieto, lleno de aspiraciones por salir adelante. Se procupaba por saber todo lo que sucedía en el mundo y leía lo que caía en sus manos. Y por casualidad descubrió un libro sobre sismografía. Desde ese momento, no pasó un sólo rato libre sin dedicarse a leerlo. Jaramillo se dio cuenta del interés de Víctor Manuel por el tema, y resolvió que era hora de darle una oportunidad. Así fue como logró que lo contrataran en la petrolera Chevron.
Comenzó como obrero en los pozos, cargando cables, separando baterías y haciendo toda suerte de trabajos de gran esfuerzo físico. "Pasaba horas enteras trabajando bajo el sol. Era agotador y la sed era insoportable. Pero el trabajo me gustaba. Además, me ganaba 400.000 pesos", comenta Víctor Manuel. Fue entonces cuando una importante revista internacional del medio petrolero le dedicó una portada a Jaramillo. Allí se contaba la historia de este ingeniero de petróleos colombiano que se dedica también a hacer obras de caridad. En uno de los apartes de la entrevista, Jaramillo afirmó que su gran sueño era ver a uno de los niños de la Fundación haciendo lo mismo que él. Y corrió con tanta suerte que un alto directivo de la companía Western Internacional, Gary Jones, leyó el artículo, y decidió darle la oportunidad de volver su sueño realidad. Así que se comunicó con Jaramillo y le pidió que escogiera a un joven que pudiera trabajar para la petrolera. El escogido fue Víctor Manuel.
Después de muchos exámenes de conocimientos básicos, física y matemáticas, de entrevistas, y de un viaje a Houston a las oficinas centrales de la compañía donde conoció a los altos ejecutivos, la firma resolvió que el joven era la persona indicada, y determinó contratarlo. Esta fue una victoria rotunda para Víctor Manuel, pues demostró en un sitio donde las palancas no valen que estaba capacitado para asumir esa responsabilidad.
Desde ese momento su carrera ha ido en ascenso. En una carta que sus jefes le enviaron a Jaramillo, lo describen como "una persona optimista, entusiasta, dedicada y trabajadora". Y eso lo ha demostrado a cabalidad. Cuando llegó al Brasil a vivir solo en un barco rodeado de brasileños, finlandeses y estadounidenses no le quedó más remedio que dedicarse a aprender a hablar portugués e inglés, y hoy, a pesar de que en su español todavía son evidentes las señas del argot callejero, Víctor Manuel se desenvuelve perfectamente hablando dos idiomas que hasta hace poco jamás había oído mencionar.
Después de haber laborado cuatro meses, durante agotadoras jornadas de más de 12 horas continuas, Víctor Manuel tiene ahorrados cinco millones de pesos, y su mayor aspiración es comprarle un lote a su mamá, en donde puedan construir una casa propia. Lo cierto es que su carrera va en ascenso, y, segùn sus propias palabras, lo bueno todavía está por venir: "Estoy seguro de que cuando uno tiene ganas de aprender no hay límites que lo frenen. Por eso sé que voy a llegar muy lejos".

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