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| 2/22/1993 12:00:00 AM

El Coletazo

¿Qué busca en realidad Pablo Escobar después de las bombas de la semana pasada?

El Coletazo, Sección Nación, edición 560, Feb 22 1993 El Coletazo
HACIA MAS DE DOS AÑOS QUE NO SE COLOcaba una bomba en Bogotá. Petardos, algunos, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Por eso, cuando el jueves pasado a las 9:45 de la noche explotó la bomba en la Avenida Chile, los habitantes de la capital revivieron los días de terror de tres años atrás.
Al cierre de esta edición el atentado no había sido reivindicado por ningún grupo, pero para las autoridades no cabía duda de quién la había puesto: Pablo Escobar. Era, en cierta forma, la crónica de una bomba anunciada, pues el 15 de enero, el jefe del cartel de Medellín había indicado en una carta al fiscal General de la Nación Gustavo de Greiff, que volvía a la lucha armada. "Frente a todas las circunstancias, no queda otra alternativa diferente a la de descartar la lucha jurídica y emprender y asumir una lucha armada y organizada. Como consecuencia de todo lo anteriormente dicho, deseo comunicarle a usted de manera oficial y pública mi determinacion de fundar y liderar un grupo rebelde armado que se denominará "Antioquia Rebelde", había afirmado Escobar.
En una carta anterior, como para ambientar su reingreso a la lucha armada, había escrito: "¿Qué haría el Gobierno si como respuesta a las torturas y desaparaciones colocaran una bomba de 10 mil kilos de dinamita contra la Fiscalía General de la Nación, contra la Administración de Impuestos Nacionales o contra Inravisión o El Tiempo?".
La bomba no acabó siendo de 10 mil kilos ni explotó en ninguno de esos blancos, pero si de 80 y en la Avenida Chile. Sorprendió que fuera en Bogota, pues los actos de violencia de Escobar, desde su fuga, habían sido en Medellín y el traslado de la guerra a Bogotá significaba que el campo de acción de "Antioquia Rebelde" iba a ser nacional. En pleno centro financiero de la capital -en la calle 73 entre carreras 6a. y 7a.- estalló un carrobomba que afectó las instalaciones de las principales aseguradoras, varios locales comerciales y algunas sucursales bancarias. Hubo 20 heridos y milagrosamente ningún muerto, pues a esa hora pocas personas se encontraban en ese sector.
Pero la noche apenas comenzaba. En medio del desconcierto los terroristas lograron escapar en un campero verde. Sin embargo varios transeúntes aportaron información clave a las autoridades, que desplegaron un operativo en busca de los criminales. Apenas la ciudad comenzaba a recuperarse del impacto y las sirenas de las ambulancias habían dejado de ulular, cuando una nueva detonación despertó a los bogotanos. Esta vez el escenario fue la Calle 100 con Carrera 32, donde a la una de la madrugada fue activada una carga de dinamita colocada dentro de una caneca de basura. En este caso los daños fueron únicamente materiales. Varios establecimientos comerciales y los ventanales de un sinnúmero de residencias quedaron destruídos por la onda explosiva.
A esa hora cerca de 500 agentes de la Policía Metropolitana continuaban rastreando las huellas de terroristas. Minutos después una patrulla divisó a dos sospechosos que llegaron a la Avenida 68 con calle 68, descendieron de un campero y colocaron una tercera carga explosiva bajo el puente. De inmediato subieron al vehículo y huyeron rumbo al occidente de la capital. Dos de los agentes desactivaron la bomba y otros dos se dieron a la persecución de los sospechosos. Tres cuadras adelante, los fugitivos fueron interceptados por la patrulla de la Policía. En su poder se hallaron bolsas de polietileno con residuos de dinamita.
Los hombres fueron conducidos a las instalaciones de la Sijin. Después de un largo interrogatorio, Hernán Darío Gómez Velásquez y Juan Luis Zapata confesaron haber sido contratados el día anterior en Medellín por personas que dijeron pertenecer a la organización de Pablo Escobar para realizar una serie de atentados dinamiteros en la capital.
Pero las autoridades se llevaron una sorpresa mayúscula cuando los dos terroristas siguieron hablando. Ambos confesaron la existencia de una caleta de 1.200 kilos de dinamita en una finca en La Calera. También revelaron que el plan terrorista que estaban llevando a cabo cuando se produjo su captura se haría en tres fases. La primera, que desarrollaron el jueves en la noche, tenía por objetivo generar pánico en la ciudadanía. La segunda consistía en hacer estallar 12 carrobombas de 100 kilos de dinamita cada uno en entidades del Estado y medios de comunicación. Por cada carrobomba accionado los sicarios recibirían un millón de pesos. La tercera y última etapa tenía como blanco los centros comerciales de la capital.
El viernes en la mañana las autoridades comprobaron cada una de las informaciones suministradas por los dos detenidos. En listones de madera, enterrados debajo del piso de la sala de una casa localizada cerca de La Calera, se encontró la dinamita. Y si bien es cierto que los cuerpos de seguridad lograron abortar este plan terrorista en Bogotá, no se descarta nada de ahora en adelante, pues las intenciones de Escobar quedaron evidenciadas.
El mismo las había anunciado en su última carta al Fiscal, en la que terminó diciendo "Estaré siempre atento al diálogo y a la búsqueda de la paz, pero de hoy en adelante las condiciones de ese diálogo serán las mismas que se emplean para todos los grupos rebeldes, llámense subversivos o guerrilleros". En otras palabras, Escobar aspira a que se le conceda el estatus de delincuente político, y que se negocie con él un reintegro a la vida civil con indulto o amnistía, igual al que se le concedió a movimientos guerrilleros como el M-19 o el EPL.
Esta aspiración no es nueva. Desde la famosa reunión en el hotel Marriot de Panamá en 1984, los narcotraficantes están buscando una salida negociada a sus problemas jurídicos. Durante algunos años se utilizaba eufemísticamente la palabra "diálogo" para describir esta negociación. En búsqueda de ese diálogo se reunieron con Germán Montoya y con Joaquín Vallejo durante el gobierno de Barco. Cada vez que había una reunión los narcotraficantes creían que estaban dialogando, pero el Gobierno consideraba que simplemente estaba escuchando. Y cada vez que salía a flote el malentendido entre estas dos interpretaciones, había un secuestro, un muerto o una bomha. En medio de todo este proceso fue asesinado Luis Carlos Galán y fueron colocadas las bombas en el avión de Avianca y en el DAS.
Al no resultar nada con la palabra "diálogo", se decidió utilizar la palabra "rendición". Escobar notificó que los narcotraficantes estaban dispuestos a rendirse y que lo único que se necesitaba era un interlocutor para poner en práctica la entrega. Sin embargo el Gobierno temía que la búsqueda de ese interlocutor lo que representara fuera el comienzo del diálogo. En esto tenía todo la razón, pues era exactamente lo que se buscaba.
Para presionar, el jefe del cartel secuestró a Alvaro Diego Montoya y a Patricia y Diana Echavarría. Se formó entonces una comisión de Notables, integrada por los ex presidentes Pastrana, López y Turbay, Monseñor Mario Revollo y el presidente de la Unión Patriótica, Diego Montaña Cuéllar. Estos enviaron una carta en enero de 1990, cuyo aparte trascendental decía "Estamos seguros de que la sociedad, ante una declaración de los Extraditables aceptando este llamamiento, liberando a quienes tienen como rehenes y suspendiendo de inmediato los embarques de drogas al exterior, miraría con benevolencia este gesto final, que los haría acreedores a un tratamiento menos riguroso que si insiste en sus procedimientos criminales.
Los términos "benevolencia" y "tratamiento menos riguroso" constituían el quid del asunto. Los partidarios del diálogo creían que ahí había algo, y los opositores temían que fuera el comienzo de una negociación. En realidad el concepto no era más que la expresión del principio de que quien desiste del delito le va mejor que al que persiste. Este principio había sido la base de la Ley de los Arrepentidos que había prácticamente acabado con las Brigadas Rojas en Italia. En Colombia acabó siendo adoptado por Cesar Gaviria, cuando fue elaborada la política de sometimiento a la justicia.
Con base en este documento Escobar decidió liberar a los rehenes y "rendirse". No se negoció nada directamente con el Gobierno, pero si se acordó que se crearía una comisión de "rendición" para fijar los términos de la misma. El gobierno de Barco decidió cumplir lo ofrecido, creando una especie de zar de las drogas y nombrando a Raul Eduardo Arbeláez. El nuevo cargo, sin embargo, poseía unas funciones que poco tenían que ver con la "rendición". Escobar lo que esperaba era que los comisionados se sentaran con él a negociar los términos en que estaría dispuesto a ir a la cárcel. El zar de las drogas no tenía ninguna de estas facultades y sus funciones se limitaban, principalmente, al manejo de las narcopropiedades decomisadas. Pablo Escobar sintió que le habían puesto conejo.
Hoy nadie se acuerda ni de este cargo ni de quien lo desempeñó, pues todo esto no fue más que el cumplimiento, en su parte formal y no sustancial, de darle a Escobar un interlocutor para su rendición. Cuando él vio que el Gobierno no estaba dispuesto a negociar, se reanudó el terror. Primero fueron asesinados los candidatos a la presidencia Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, crímenes que Pablo Escobar siempre ha negado en forma categórica. Posteriormente fueron secuestrados Diana Turbay, Francisco Santos, Maruja Pachón y Marina Montoya. Esta última fue asesinada después de un golpe del gobierno a la banda de "Los Priscos".
A estas alturas la estrategia era más bien el silencio. Esto significaba tener a los secuestrados y pasarle la bola al Gobierno. Sin embargo, como para recordar de qué se trataba el asunto, después del secuestro de Francisco Santos, llamó a El Tiempo un personaje llamado "Caliche", quien manifestó que Los Extraditables aspiraban a ser objeto de un tratamiento político comparable al de la guerrilla. Un comunicado descalificó la vocería de "Caliche". Se trataba de una estrategia de globo de ensayo, dejando a "Caliche" pedir lo que querían Los Extraditables pero no comprometiéndolos a ellos con esta solicitud.
Pero, en el fondo, todo lo que se refería a "diálogo", "rendición", "tratamiento político", etc., tenía sólo una meta: eliminar la extradición. Cuando Cesar Gaviria llegó al poder, se trataron dos frentes al tiempo: el de la elaboración de la política de sometimiento a la justicia, que consistía básicamente en rebaja de penas para quienes se entregaran y confesaran. Por otro lado, se le pasó la papa caliente de la extradición a la Asamblea Constituyente, salvaguardando así el honor del Gobierno. La combinación de estos dos elementos produjo finalmente la entrega, primero de los Ochoa, y posteriormente de Pablo Escobar.
El absurdo incidente de la fuga de La Catedral es responsable de la situación que se está viviendo ahora. La verdad es que Escobar no tenía intención de fugarse, y desde el primer día después del escape ha intentado negociar su regreso. Nunca se pudo llegar a un acuerdo, pues el episodio fue una vergüenza mundial de tal dimensión que ha hecho imposible cualquier tipo de negociación. El Gobierno le apretó las tuercas a la política penitenciaria de los narcos y aunque Escobar estuvo a punto de entregarse, siempre había una exigencia. El Gobierno no cedió, pues la fuga se había convertido en el símbolo del fracaso de cualquier concesión. Aceptando las consecuencias que vinieran, se adoptó la postura de que, a partir de ahora, el que fijaba las condiciones era el Gobierno.
Y en eso estaba el país, hasta la bomba de la semana pasada. Como ya no existe la extradición, la gran pregunta es que quiere concretamente Pablo Escobar cuando dice que el diálogo tendrá que ser en las mismas condiciones que la guerrilla. Las únicas posibilidades serían la amnistía y el indulto. Pero si esto fracasó como aspiración hace tres años, mucho más tiene que fracasar ahora, después de la fuga de La Catedral. Pablo Escobar es un hombre astuto y realista, y tiene que ser el primero en darse cuenta de que no hay escalada terrorista que vaya a llevar a un indulto. Sobre esto nadie en Colombia tiene duda. Por lo tanto, sus opciones son una muerte violenta, una vida en la clandestinidad o una entrega. Aunque esto último parece poco probable en la actualidad, no tiene que ser descartado, pues Escobar puede ser cualquier cosa, pero no un suicida. Increíble como pueda sonar, en Colombia está corriendo sangre y explotando bombas por un hombre cuya única meta es volver a la cárcel.

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