Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/05/08 00:00

El colmo

El coronel James Hiett, esposo de la narcotraficante de la embajada, se declara culpable y sigue en servicio. Mientras tanto la ayuda se estanca en Washington.

El colmo

Cuando se supo que la señora Laurie Hiett enviaba cocaína a Estados Unidos por el correo diplomático de la embajada de ese país era de esperar que se armaria un escándalo gigantesco. Sobre todo porque su esposo, el coronel James Hiett, era el comandante de la ‘base’ antinarcóticos de ese país en Bogotá. Tras esa, la denominación oficial del cargo en el Pentágono, Hiett era en realidad el hombre al mando de los asesores militares y el grupo de fuerzas especiales del ejército estadounidense en Colombia. Su trabajo, en otras palabras, era enseñarles a los colombianos cómo luchar contra las drogas.

Por eso muchos pensaron en la ironía de que su carrera se viera truncada por la conducta de su propia esposa. Pero como quedó demostrado, ni el coronel Hiett era tan inocente ni el hecho resultó tan escandaloso para Estados Unidos. En uno de los episodios más increíbles de la historia de la lucha contra el narcotráfico el oficial se declarará el próximo 17 de abril “culpable de encubrir las actividades de lavado de dinero de su esposa, quien se ha declarado culpable de traficar drogas”, como informó el diario The Washington Post. Según su propia confesión, el coronel experto en drogas viajó a Estados Unidos con 45.000 dólares que le entregó su mujer y los depositó en pequeñas cantidades en diferentes cuentas bancarias. En otras palabras, ahora los colombianos tienen que tragarse el cuento de que Hiett lavaba dólares de su esposa Laurie pero no tenía ni idea de dónde venía el dinero. O sea que para las autoridades norteamericanas su esposa sería la delincuente pero el impecable coronel no.

Sin embargo lo más grave es que el Comando Sur, al cual Hiett pertenecía, lo haya absuelto en una investigación y apoyado todo este tiempo. Y que el gobierno de Washington, incluida la embajada en Bogotá y los departamentos de Estado y de Justicia, hayan guardado absoluto silencio sobre el tema. De no ser por la denuncia de un irreverente periódico de Manhattan, The Village Voice, en agosto pasado, el asunto hubiera pasado inadvertido. Hoy en día, mientras los funcionarios norteamericanos siguen callados sobre un tema tan delicado, el paquete de ayuda para Colombia se encuentra empantanado porque al senador Trent Lott no le parece suficientemente urgente.

Pero esto no es todo. El comisionado para la Aduana de Estados Unidos, Raymond Kelly, emitió un comunicado el lunes pasado en el que asegura que su agencia sospechaba desde hace tiempo de James Hiett y de que su actividad criminal se llevaba a cabo en complicidad con su esposa Laurie. ¿Por qué entonces el coronel sigue en el servicio activo, estacionado en el fuerte Monroe en Virginia? ¿Y por qué Laurie Hiett se encuentra libre bajo fianza en Estados Unidos? ¿Estarían en la misma situación si fueran colombianos? ¿Van a ser pedidos en extradición a Colombia ya que los delitos fueron cometidos aquí?

Por ahora nadie sabe la respuesta a estos interrogantes. Lo único cierto es que lo menos que podrían hacer las autoridades norteamericanas es ofrecer disculpas públicamente a Colombia. Porque si algo queda claro es que cuando el narcotráfico afecta a una familia norteamericana, ésta es una víctima de las circunstancias y merece una segunda oportunidad. Pero si se trata de extranjeros, y en especial de colombianos, sólo una condena interminable es suficiente para expiar sus culpas por conspirar para envenenar a la juventud del país del norte.

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