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| 6/4/2011 12:00:00 AM

¿El comienzo del fin?

Tras 100 años de prohibicionismo y 40 de guerra contra las drogas, el debate mundial sobre estupefacientes por fin está cambiando.

Por primera vez, un organismo de alto nivel, con destacados miembros de Estados Unidos, Europa, África y América Latina, llama a revisar las convenciones de Naciones Unidas que rigen la actual política de cero tolerancia frente a las drogas ilícitas y soportan la estrategia de la guerra contra las drogas, lanzada hace 40 años por el presidente estadounidense Richard Nixon.

"La guerra global (contra) las drogas ha fracasado". Así comienza el informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas, hecho público la semana pasada, con gran despliegue mediático. Aunque esta es la opinión de muchos expertos, por primera vez la lanzan en coro cuatro expresidentes (Fernando Cardoso, de Brasil; Ernesto Zedillo, de México; César Gaviria, de Colombia, y Ruth Dreyfuss, de Suiza), el ex primer ministro griego George Papandreou; el ex secretario general de la ONU Kofi Annan y el de la OTAN Javier Solana; George Schultz, ex secretario de Estado, y Paul Volcker, exdirector de la Reserva Federal, de Estados Unidos; el excanciller sueco Thorvald Stoltenberg, la ex alta comisionada de Derechos Humanos Louise Arbour, de Canadá, y los escritores Carlos Fuentes, de México, y Mario Vargas Llosa, de Perú, entre otros. El grupo es sucesor de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, encabezada por los tres expresidentes latinoamericanos, quienes, en 2008, produjeron un reporte similar.

La lista no solo es representativa por su geografía y por el peso de sus individualidades, que vienen tanto de países claves en las decisiones sobre políticas frente a las drogas como de naciones que han padecido sus efectos. La Comisión tiene el respaldo de dos multimillonarios: Richard Branson, dueño del grupo aeronáutico Virgin, y el inversionista George Soros. Y cuenta con la discreta simpatía de muchos políticos que ven en la guerra contra las drogas un remedio peor que la enfermedad. Entre ellos, la del presidente Juan Manuel Santos, quien ha dado antes un par de puntadas sobre la despenalización y declaró una prudente "bienvenida" al informe, a la espera de un consenso más amplio para, eventualmente, subirse al bus.

El fracaso del prohibicionismo -adoptado, a instancias de Estados Unidos, en 1908, en Shanghái- y de la guerra contra las drogas es un secreto a voces. Después de casi medio siglo y cientos de miles de millones de dólares invertidos en perseguirlo, el mercado ilegal de estupefacientes es el negocio ilícito más grande y próspero de la historia humana y ha dado lugar a organizaciones criminales cada día más sofisticadas y violentas. Por cada capo caído hay diez candidatos a reemplazarlo. En lugar de "un mundo libre de drogas", el consumo global de cocaína, heroína y marihuana aumentó en los pasados diez años, y ha abierto nuevos mercados y rutas. Hay absurdos como que la hoja de coca, la marihuana, la cocaína y la heroína comparten la misma lista de control en las convenciones de Naciones Unidas, la primera de las cuales data de 1961, cuando el conocimiento sobre estupefacientes era más moralista que científico. La insistencia en tratar al consumidor como un criminal y no como un enfermo congestiona la justicia, llena las cárceles y desangra los presupuestos locales. La obsesión prohibicionista se niega a ver los resultados de experimentos alternativos en muchos países que, bajo el nombre de "reducción de daños", ofrecen alternativas como la administración controlada de heroína o de drogas sustitutas como la metadona o la buprenorfina y el reemplazo gratuito de jeringas para prevenir el contagio de sida y hepatitis C.

Las alternativas también son conocidas. Basar las políticas frente a las drogas en evidencia científica y en el respeto a los derechos humanos y los principios de salud pública, y no en prejuicios morales que satisfagan al electorado más conservador. Diseñar políticas globales que atiendan condiciones locales. Dar peso en la atención del problema a la familia y al sistema educativo y de salud y no solo a los órganos de seguridad. Promover que los gobiernos experimenten con modelos de regulación legal. Focalizar en el crimen organizado los esfuerzos represivos y dar un tratamiento penal diferenciado a 'mulas' y capos. Promover la coherencia y la cooperación entre las distintas agencias de la ONU que tienen que ver con las drogas, en lugar del enfoque policial hasta ahora prevaleciente.

Estas convicciones no son nuevas. Han estado confinadas a los expertos o a voces influyentes pero solitarias, como la revista The Economist. Moisés Naim, exeditor de la revista Foreign Policy, describió el resultado en 2009: "El consenso de Washington acerca de las drogas descansa sobre dos creencias ampliamente compartidas. La primera es que la guerra contra las drogas es un fracaso; la segunda, que esto no se puede cambiar".

Cada día hay más evidencia sobre lo acertado de la primera creencia. Ha cambiado, también, el contexto: hasta hace poco, era impensable algo como la Proposición 19, que buscaba legalizar la marihuana y dividió a California. El debate sobre legalización de la marihuana crece en varios estados de Estados Unidos. Mandatarios que fueron entusiastas partidarios de las políticas prohibicionistas hoy reconocen su fracaso. El hecho es que las drogas y el crimen organizado ligado a ellas afectan cada día a más países, y los viejos remedios no parecen servir. Por algo la Oficina del zar antidrogas de la Casa Blanca se apresuró a criticar el informe y a decir que el gobierno de Barack Obama está haciendo énfasis en prevención y no solo en represión.

Sin embargo, lo de verdad nuevo es que quien promueve públicamente la crítica y los cambios es un grupo de personalidades como el que conforma la Comisión Global de Políticas de Drogas. Los tres expresidentes latinoamericanos que pusieron sobre el tapete el debate sobre la necesidad de un cambio de paradigma en 2008 han conseguido, con la Comisión y su informe, sacar el debate de los países productores y llevarlo a una plataforma global, en la que destacados personajes de las naciones consumidoras se han incorporado a la discusión. Y no se trata solo de hablar del tema. La conformación misma de la Comisión -que tiene, además de rostros representativos, músculo financiero- y el lanzamiento de su informe sugieren que la decisión de fondo es promover una campaña internacional para revisar no solo la estrategia antidrogas actual, sino las convenciones de Naciones Unidas, adecuándolas a la realidad de la producción, el tráfico y el consumo de las drogas. Solo esto puede llevar a modificar la segunda creencia de la que habla Naim, la de que la política de guerra contra las drogas no puede cambiarse. Y es una muestra de que el debate sobre drogas en el mundo, por fin, está cambiando. Si bien no se trata del 'fin del fin' de la guerra contra las drogas, quizá sí sea el comienzo de su fin.
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