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| 2/26/2006 12:00:00 AM

El contestatario

Obsesionado y polémico, así era el empresario Pedro Juan Moreno, quien pereció la semana pasada en un accidente aéreo cuando hacía campaña para el Congreso.

Aunque fue un exitoso empresario y un experto caballista, Pedro Juan Moreno Villa (1943-2006) pasará a la historia como el hombre que tenía la obsesión de relatar a los cuatro vientos lo que él consideraba actos de corrupción. En este proceso libró duras batallas de las cuales ganó muchas, perdió algunas y no empató ninguna.

Esto le creó fama de duro e inflexible, si bien para sus amigos más cercanos era lo contrario: un hombre sencillo y desabrochado. Dejó enemigos con los que no tuvo compasión, pues para él no había términos medios. Era coherente en sus posiciones: creía que nadie debe transar en sus posiciones.

Su fama de obsesionado era bien ganada por dos episodios que le marcaron su destino: una calumnia que lo hirió para siempre y la distancia que en un momento crucial surgió entre él y el presidente Álvaro Uribe Vélez, su amigo y compañero de luchas desde hacía varias décadas.

La calumnia fue producto de una información divulgada por el general de la Policía Leonardo Gallego, quien vinculó a Moreno Villa y a su padre, Gilberto Moreno Peláez, en el desvío de precursores químicos con destino a los paramilitares de Urabá y Córdoba. Moreno Villa montó en cólera y se armó de miles de pruebas documentales para demostrar su inocencia. Su lucha duró más de cinco años en los que instauró 25 denuncias penales contra el oficial de la Policía que al final terminó pidiéndole perdón por lo sucedido aunque hasta el final trató de matizar su responsabilidad al explicar que fue un "malentendido provocado por la DEA". "Yo lo perdono, pero no lo olvido, general", remató el empresario.

Hasta ese momento era un personaje que nadaba como pez en el agua en la vida política antioqueña, pero el episodio tuvo repercusiones en el ámbito nacional. Fue entonces cuando el país supo que había sido la mano derecha del presidente Uribe cuando este ocupó la gobernación de Antioquia, que fue el creador de las polémicas Convivir y que era uno de los pocos que le aguantaba el ritmo paisa a su jefe.

Cuando Uribe decidió lanzarse a la Presidencia, Moreno Villa lo acompañó sin vacilar. Sin embargo, se desilusionó al ver el papel cada vez más influyente que asumía Fabio Echeverri Correa. Un hombre de quien Moreno Villa siempre dijo que era infame, pues había hablado mal de Uribe durante toda la vida hasta cuando ya lo vio a las puertas de la Casa de Nariño.

Esta deslealtad de Uribe y la obsesión que le quedó por el caso del coronel Gallego, alimentaron su idea de que en el país los poderosos abusaban de su cargo sin ponerse ningún limite. Por eso, fundó la revista La otra verdad, un medio de formato modesto que en cada una de sus ediciones tuvo un enorme impacto, incluso por encima de los grandes medios tradicionales.

Obsesionado con la investigación, logró grandes hits como 'las toallitas de Josefo' que terminaron con la salida del gobierno de José Roberto Arango, aunque también publicó artículos injustos y desproporcionados como el del avión presidencial. Sin embargo, cada texto suyo era temido en la Casa de Nariño hasta el extremo de que para muchos la piedra en el zapato de Uribe era su legendario amigo Moreno Villa. En público y en privado él aclaró que no tenía nada contra el Presidente a quien le seguía profesando el afecto de siempre, sino contra su séquito de colaboradores. "Está muy mal rodeado", solía decir.

Sus batallas no se circunscribían contra la guardia pretoriana del Presidente, sino que también las llevó contra reconocidas figuras del periodismo. Enfrentó a Mauricio Vargas, director de la revista Cambio; a Roberto Posada, D'Artagnan, el columnista más leído de El Tiempo, y a Daniel Coronell, columnista de SEMANA. Sus enfrentamientos tuvieron una audiencia enorme y a pesar del peso de sus rivales, nunca dio muestras de cansancio.

Su periodismo era visceral, controvertido e impactante. Para nadie pasaba inadvertido. Por eso, sorprendió cuando anunció que necesitaba una tribuna más amplia para exponer su lucha contra la corrupción y que buscaría llegar al Congreso. Se jugó por una curul para el Senado con el aval del Partido Conservador, del cual siempre dijo ser un militante más.

La familia y la política eran sus otras pasiones. Una familia que a propósito arrastraba un sino trágico, pues uno de sus hijos se suicidó. Moreno nunca pudo superar ese dolor.

En la madrugada del viernes pasado salió a Urabá desde Medellín en un helicóptero. Las encuestas que tenía en la mano le indicaban que tenía un potencial de votación alto en esa ciudad pero que para salir electo, necesitaba amarrar votos en las zonas rurales como Urabá, donde era muy apreciado. Viajó en compañía de su hijo mayor, Juan Gilberto Moreno, de 32 años, su asesora de campaña Ana María Palacio y el piloto Jaime Taborda. La nave se estrelló en el cañón de La Llorona donde hay una alta penetración de las Farc, una guerrilla que siempre lo tuvo en la mira. Y de la que él alguna vez dijo: "Podrán ser muchos, pero a mí no me asustan. La verdad, a mí no me asusta nadie".
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